La urbe, entre el amor y el odio:

Efraín Huerta y Los hombres del alba

 

 

Miguel Ángel Meza

 

Cuando en 1944 Efraín Huerta publicó su poemario Los hombres del alba, tenía sólo treinta años de edad y seguramente ignoraba que en esos momentos estaba agregando unos de los libros de poesía capitales a la historia de la literatura mexicana. Los hombres del alba es un libro definitivo para entender al poeta Huerta, figura al lado de textos de la talla de Muerte sin fin de José Gorostiza, Canto a un dios mineralde Jorge Cuesta, y Piedra de sol de Octavio Paz; y resulta fundamental para aprehender y visualizar a una ciudad en toda su monstruosidad y grandeza, la capital mexicana de la época, que ingresaba de lleno a la modernidad y al desarrollo capitalista, con todo lo que esto suponía de oportunidades desiguales, injusticias y miseria.

Los hombres del alba; primera edición.

Hoy no resulta difícil comprender la afirmación de David Huerta, en el sentido de que la ciudad de México sería una realidad ininteligible sin la obra del escritor mexicano nacido en Silao, Guanajuato, el 18 de junio de 1914. Es también en este sentido que Gustavo García descubre en Los hombres del alba uno de los antecedentes directos de la obra de José Carlos Becerra, en su concepción desolada de la ciudad, y de La región más transparente, la novela de Carlos Fuentes, pasando por la obra de Nacho López.

Muchas de las imágenes de la ciudad descubiertas por Huerta rebasan el límite histórico y se nos presentan como vivencias muy inmediatas y actuales, que sabrá reconocer todo aquel que haya vivido en la Ciudad de México, a pesar de la vertiginosa transformación del rostro citadino. Sin embargo, la experiencia poética de Huerta no sólo va más allá de su tiempo, sino incluso de su lugar específico: la sentimos tan cercana en todo sitio porque además de evidenciar el intenso itinerario vivencial de un individuo concreto, recoge el ánimo existencial peculiar que privó a lo largo del siglo XX.

Es sorprendente la capacidad del poeta para transportar en duros versos, de ríspida musicalidad, su aventura poética en la urbe, con una sensibilidad incansablemente admirada, con una lucidez no exenta de compasión que reconoce en los rincones sombríos, en las calles decadentes, en las avenidas y edificios de aséptica y repudiable modernidad, un mundo pleno de contrastes e iniquidades:Mi gran ciudad de México/ el fondo de tu sexo es un criadero/ de claras fortalezas, / tu invierno es un engaño de alfileres y leche(…) tus horas como gritos/ de monstruos invisibles, /  !tus rincones con llanto / son las marcas de odio y de saliva/ carcomiendo tu pecho de dulzura!

En “Teoría de olvido”, “La muchacha ebria”, “Declaración de odio”, “Declaración de amory los cantos de abandono”, entre otros poemas, Huerta concreta y proyecta su visión desolada, amorosa y contradictoria de la ciudad de México; y pule y encuentra en cantos “desesperados y tiernos, coloquiales y abstractos, oníricos y citadinos, intimistas y de ágora”, el tono de voz justo para su temple, enérgico e iracundo, a veces solemne, con registros trágicos muchas veces, siempre apasionado, definitivamente colérico: Te declaramos nuestro odio perfeccionado a fuerza de sentirte cada día más inmensa, /cada hora más blanda, cada línea más brusca. / Y si te odiamos, linda, primorosa ciudad sin esqueleto, / no lo hacemos por chiste refinado, nunca por neurastenia/ sino por tu candor de virgen desvestida, /.

Las imágenes de Huerta resultaban, hasta para la poesía que predominaba en ese momento, agresivas y novedosas, y aún ahora nos conmueven e impresionan sus hallazgos inauditos. Son imágenes desgarradoras, en poemas de sostenida emotividad, que traslucen angustia de poeta precoz: Aquí desconocemos las flautas y las máscaras/ y se encuentra perdida entre limones muertos/ la burbuja plateada y sin sentido/ lo que allá entre las prostitutas y los andróginos/, se llama adolescencia… sobre la grupa tierna y suntuosa de la madrugada, / hacer florear escrúpulos/ o martilear furiosamente sobre azucenas tibias, tan ingenuamente calladas/ como purísimas hasta el suicidio.

En su prólogo a la Poesía completa de Efraín Huerta, David Huerta advierte que “sin una lectura cuidadosa de Los hombres del alba la visión de la obra del poeta resulta penosamente imparcial, incompleta, mutilada. Sí, desde luego, los poemas de la última época son una admirable explosión jovial —no por festiva menos amarga, en ocasiones autoescarnecedora—, una saludable muestra de desenfado y desmadre, una lección de frescura y ardiente ironía; pero sin la lectura, nada complaciente, de “La muchacha ebria” y de las declaraciones de amor y odio a la ciudad de México, entre otros poemas de este libro central, los textos finales de Huerta quedan despojados de su antecedente más fértil y más poderoso”.

Un lugar común para descalificar algunos versos de Huerta es acusarlos de “panfletarios” o “propagandísticos” debido a su cargado tinte político e ideológico. Es su llamada poesía social que fue tan acremente satanizada por cierto sector intelectual al descubrir al poeta que apoyaba sin rubores al estalinismo y al comunismo. Hoy, en efecto, nadie avalaría algunos versos del Huerta político. Sin embargo, habría que preguntarse, honestamente, cuál es el peso real de estas líneas en el conjunto de su obra. En todo caso, es la reafirmación de la vena romántica y apasionada de un poeta comprometido con su tiempo. Pero, en realidad, Huerta es mucho más que esos versos y esas odas ideológicas y cívicas de ocasión histórica.

Es también muchísimo más, incluso, que los mismos poemínimos, esos versos epigramáticos y sarcásticos, de humorismo juguetón, en los cuales también se ha querido encuadrar a todo el poeta. Muchos de sus seguidores, por desgracia, han encumbrado sólo al poeta de los poemínimos, muchos de los cuales son, sin duda, de gran ingenio y densidad poética: Me/ parece/ vitalmente/ siniestro/ que los/ suicidas/ no/ hubieran/ querido/ seguir/ muriendo. O este otro:Y cuando/ suceda/ lo que suceder tiene/ no me voy a dar/ por enterado/ si acaso/ por/ enterrado. O este:Sufro/ bonitamente/ líbreme/ Dios/ de los/ malos/ sufrimientos.Huerta, efectivamente, puso en verso el ingenio del habla popular y la inventiva pícara y sombría al mismo tiempo del mexicano. Pero resulta extremadamente sospechoso y superficial olvidarse del Huerta visceral, del culto, del que cantó a la mujer y a la ciudad con intransigencia y ternura, con dolor y piedad.

En Los hombres del alba—afirma José Joaquín Blanco— Huerta terminará “cantando precisamente a lo más envilecido: a la raterilla de camión, a la putilla ebria, a los hombres reventados y purulentos, a los infames en medio de su noche brutal. Y es precisamente en este libro, donde tanto se odia a lo feo o innoble de la sociedad capitalista y expoliadora, donde tanto se zahiere a lo que queda debajo de los sueños cristianos-marxistas-leninistas-surrealistas-humanistas del poeta, donde empieza ese viaje al fondo de la miseria y el asco humano en busca de la purulenta pureza total, de la Gran Belleza de Abajo”.

A casi ochenta años de la publicación de Los hombres del alba, leer la poesía de Huerta resulta una experiencia placentera por su enorme actualidad desafiante y la frescura vital de sus pinceladas expresionistas. Leer la poesía de Huerta es trasponer el umbral de un mundo sombrío y destoievskiano y adentrarse en la miseria de los infraseres de la sociedad, de los seres “distantes del ideal socialista del hombre nuevo o del ideal cristiano del hijo de Dios”. Caminar por la ciudad que proyecta el poeta, es caminar al lado de prostitutas y poetas, homosexuales y devotos, al lado del hombre de la calle atormentado por su pesadilla cotidiana y dispuesto a enfrentar la fatalidad de las batallas que se avecinan.

“La poesía de Efraín Huerta —señala David Huerta— no sólo forma parte de la literatura mexicana y tiene en ella un lugar destacado. Es también, sobre todo, parte de nuestras vidas. El arte regresa a la vida, de la que salió y a la que enriquece como el más delicado y poderoso de sus frutos. El árbol dorado de Goethe —caro a José Revueltas, hermano a Efraín Huerta— sigue dándonos una sombra luminosa en estas extraordinarias páginas de poesía”. Tropo

 

 

También te puede interesar:

Archivo Tropo | «Voces de ciudad joven», la primera antología cancunense, por Miguel Meza

 

****

Miguel Ángel Meza. Ciudad de México. Poeta, narrador, crítico y editor. Desde 1986 radica en Cancún. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004) y de la revista literaria tropo a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor de los poemarios Destellos de mareas (Praxis, 2004) y El rostro que habitamos (2015) y del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar-CCL, 2014). Actualmente, coordina varios talleres de lectura y edita la revista literaria Tropo (segunda época). Obtuvo en 2019 el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.