Alicia

 

Alicia

 

 

La literatura escrita en Cancún no se podría entender sin la figura de Alicia Ferrera. Para muestra de ello, presentamos el siguiente texto (publicado en la segunda época de Tropo a la uña) de Marién Espinosa Garay, quien, con motivo de la presentación del poemario Delmira en llamas, escribe acerca de la importancia de Ferreira como poeta y tallerista, así como de este último libro de poesía intenso y simbólico.

 

 

Alicia en aire, invocación

Marién Espinosa Garay

 

 

Hace más de veintitrés años llegué a Cancún y, buscando la única biblioteca que entonces existía en la comunidad, me dirigí a la Casa de la Cultura. Allí encontré a una dinámica mujer, maestra y poeta, que irradiaba, a través de aquellos claros ojos suyos, un dinamismo extraordinario.

Me sentí bienvenida cuando Alicia Ferreira me invitó a participar en proyectos, concursos de poesía, pláticas, eventos. ¿Cómo podría saber entonces que estaba ante  un personaje inolvidable, que cimentaría algunas de las florecientes instituciones culturales de Cancún? Alicia ha sido, además de mujer de letras, directora, organizadora y pionera.

Ella dio nacimiento al taller de creatividad literaria Surgir en 1990, el más antiguo de nuestra ciudad. Siempre inquieta, al año siguiente encabezó la sección Recreación y Cultura para el Patronato por los Jóvenes de Cancún y, en 1994, comenzó su destacada participación en la Casa de la Cultura.

Los poetas cancunenses de todas las edades encontraron en Alicia no sólo una promotora sino una cómplice. Lanzaba convocatorias para concursos de poesía unos, de narrativa otros. De esta manera, a su alrededor brotó un semillero de poetas y escritores, como Michel Moreno, Dulce María Medina, Lía Villava, Alejandra Camposeco, Esther Almeida, Mariel Turrent para nombrar sólo algunas –perdonen la omisión–, entre muchos.

Con ritmo y pulso fueron apareciendo sus obras. Algunos títulos: Jardín interno, Escalas del paisaje,  La mujer en el Faro y otras historias, Fragmentos y astillas… Alicia, a pesar de su sensible partida es y seguirá siendo una grafitera del silencio.

En 2011 hizo el honor de invitarme a presentar su libro Delmira en llamas, Invocación. De esta obra, la autora comentaría al entrevistarse con la también escritora y también uruguaya Karinna Maich para el 1er. número de Tropo a la Uña, segunda época:

 

“Todo mi libro Delmira en llamas (Invocación), es contar la vida y la muerte, el final de Delmira. Pero a su vez, yo la invoco. En el último verso ella acude a mí, a mi memoria…o a mi presencia. (…) Entonces empecé a invocar a Delmira para que viniera, que me hablara, que me explicara, y eso fue lo que escribí. Me referí fundamentalmente a su muerte violenta, a su carácter. Escribí un poema respecto a cómo ella, con sus ojos, ve la cama; en otro, ella cuenta cómo quedaron los cuerpos devastados. Hay otro poema que cuenta por qué se reunía con el marido, por qué la mató… Creo que la invocación se vio compensada” [1]

 

Alicia

El 24 de octubre de aquel año tuve la oportunidad de comentar, ante un público generoso, el poemario Delmira en llamasInvocación. Difícil tarea decir algo ante una poeta de su altura. Entonces yo hice lo mismo, comencé a invocar a las poetas femeninas desde la antigüedad, para que me auxiliaran en la tarea. Así nombré  por supuesto a Safo, alegando que las antes llamadas poetisas nos permiten ver el mundo decantado a través de unos ojos femeninos. Dando un salto de siglos, mencioné después a la mística Sta teresa de Ávila, pero me puse meditativa para subrayar que, según la sabiduría popular, las mujeres que hablan latín,  ni se casan ni tienen buen fin y, por supuesto, para ejemplo no pude dejar de nombrar a la insigne Sor Juana. Más adelante mencioné otros nombres señeros, como Elizabeth Barret y Emily Dickinson. Pero más cerca de nuestro espacio y nuestro tiempo, eché un vistazo a las latinoamericanas: Juana de Ibarborou —tan uruguaya como Alicia—, la argentina Alfonsina Storni, la chilena y Premio Nobel Lucila Godoy, o Gabriela Mistral. Y así en esta hermandad casi conventual, después de invocar sus nombres y evocar una misma vocación poética, en el común denominador de la condición femenina, me atreví a decir que Alicia, nuestra poeta, buscando ese debate interno que a veces es pregunta y hasta reclamo, encuentra a Delmira Agustini y establece con ella un diálogo ferviente, intenso, casi místico, de sensibilidad a sensibilidad.

Entonces hice un paréntesis para dibujar el esbozo de un retrato: Delmira era también una niña prodigio que vivió el arranque del siglo XX impregnada de la estética modernista, entonces liderada por Rubén Darío. La muy joven poeta es considerada miembro de la llamada Generación de 1900. Sin embargo, el escándalo de Delmira no consistía solamente en ser mujer, poeta, hermosa y valiente, sino que sus temas exponían la sexualidad femenina de maneras pocas veces intentadas en el arte de aquellos tiempos. Aparecía entonces ante una sociedad puritana la poética de un erotismo tan explícito como sublime, sorpresivamente incendiaria ante la tradición milenaria de la poesía escrita por varones, donde la mujer es apenas la musa inspiradora, muda, complaciente, abnegada y hasta moribunda a veces. Delmira inflamó el  escándalo de una apuesta por la vida, por una nueva manera de habitar el mundo, sin avergonzarse de la expresión sincera de la más íntima femineidad.

Declaré entonces que Alicia buscó en Delmira una amistad de mujer a mujer, de poeta a poeta. Indagó su presencia, le siguió la pista en los versos, en los subtextos, en los hipertextos, en los pretextos. Invoca:

 

El cristal resbala el alba en gotas.

Te escucho lejana

pasos de sombra

transparencia de voz

frenada en la mitad del aire

 

Así, una poeta se encuentra en la otra. Desde las infancias compartidas:

 

Yo soñaba siempre

aún despierta

Las noches se alargaban en mi frente.

Caminaba sola

murmurando palabras incoherentes

y preciosas

 

Y al morir un ave entre sus manos, la niña dice:

 

Yo quería que volara para alejarme con él

de mi destino.

 

Destino extraño para Delmira quien, apenas casada regresó al hogar paterno diciendo: “¡Es tan vulgar…!” Acaso el amor  o la sensualidad desprovistos de poesía le parecían de una insoportable mediocridad. Pero después del divorcio, en medio de algunas entrevistas furtivas –dándole oportunidad tal vez a la reconciliación–, el esposo acaba disparando a la joven poeta, suicidándose después.

 

La nada avanzaba hacia nosotros…

…las manchas cárdenas

desgarran consternadas

El límpido reflejo de la cama.

Caídos en la nada.

 

Pero además, Alicia elige morir junto a Delmira, víctimas ambas, juntas e inocentes, como si la invocación hubiese sido a la inversa, para compartir la sorpresa del desamor, del proyectil, del olvido.

 

…Nosotras

caídas en la sordidez del cuarto

perdimos el rubor

y la alas

en el cautiverio de tu peso

Luego

La bala construyó el tallo débil del silencio

La noche bebe el llanto como un pañuelo negro.

 

Y después, el disimulo del escándalo en la alta sociedad:

 

…la ronda de los rostros en silencio

Mientras recogen pétalos marchitos…

Cuántas huellas fugándose

en la espesura del decoro.

 

“¿Por qué?”, se pregunta Alicia. Han pasado más de cien años desde la tragedia y el tiempo no ha borrado esta terrible interrogación. Pero esta muerte será transformada por Alicia en imágenes de flores, como si una explosión de sangre pudiera ser recortada en pétalos. Porque las manchas cárdenas se han llenado de savia, de perfume y cuando Delmira corresponde a la visita y asiste a la invocación de Alicia,  lo hace en medio del susurro de las rojas flores del ceibo:

 

Escribo tu nombre

Te invoco

Cantera de hojas nuevas

Sonrojado incendio del ceibo”.

(El ceibo, no la ceiba. El ceibo: símbolo del Uruguay).

 

Ahora que Alicia ha partido al destino que a todos nos espera, acaso quisiera reescribir las palabras que una vez dije para presentar su poemario. Y titularlas: “Alicia en aire, invocación”. Si, Delmira en llamas, ella se consumió en el ardor íntimo de sus pasiones perfumadas, pero Alicia no. Alicia en aire, en el aire del faro, como su poema, ella es La Mujer en el Faro,  siempre en las alturas, mirando al horizonte y más allá. tropo

 

 

[1]MAICH, KARINNA (2013) En la emoción renuncio al riesgo…, Revista Tropo a la Uña, No. 1, segunda época, p. 5

 

 

 

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AliciaMarién Espinosa Garay (Monterrey, 1953). Maestra en estudios humanísticos y licenciada en Ciencias Humanas. Primer Lugar Premio FIMPES 2021 a la Innovación Educativa y 1er lugar concurso de cuento “Como el mar que regresa”, 2000, Casa de la Cultura, Cancún. Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1990. Docente universitaria, artista plástica, pintora, escultura.

 

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