“Museo de la Inmortalidad”, de Nikolaus Hirsch y Michel Müller.

 

Por: Isabel Rosas Martín del Campo

 

El espacio arquitectónico destinado a quien ya no está con nosotros se proyecta a partir no de nuestras visiones de la realidad sino desde una cosmogonía que suponemos es superior a la vida misma. Nikolaus Hirsch, por ejemplo, es un diseñador alemán que concibió un museo sobre la muerte. Sus palabras: “la arquitectura puede construir un puente entre la vida y la muerte, y hasta cierto punto, borrar los límites”, es la búsqueda difícil a la que se enfrenta el arquitecto cuya consigna es proyectar para el que vive. ¿Pero realmente el que muere deja de vivir? Apenas el hombre se hizo consciente de la diferencia entre el que lo mira a los ojos y el que deja de mirarlo para siempre, reflexionó, que el ser es algo más que un cuerpo inerte. Es energía. Esta es la paradoja secular que habita en la mente del ser desde entonces.

¿Cómo puede o debe comprenderse la inmortalidad, en tal caso, para el diseño?

Ya Heidegger lo aseveró en su ensayo “Ser y tiempo” acerca de la muerte: “como algo que se presenta en la vida del hombre en el ahora”. Es decir, siempre está allí al lado de nosotros esperando la señal. La muerte no es un futuro nunca, aparece en nuestro presente de manera extraña e imprevista.

En tal caso, la muerte es un tipo de vida que ya no nos corresponde entender, sino apreciar. Desde las antiguas civilizaciones el tránsito de la vida hacia la eternidad ha significado una preparación para la trascendencia. De ahí la creencia de que no morimos; es al contrario una variación de cuerpo físico a cuerpo metafísico.

La significación del espacio del ser que ha partido de esta dimensión concreta a una abstracta será la representación de una superficie ilusoria para una eterna estadía donde habitan seres que aún nos escuchan. Incluso vagan entre nosotros como una fuerza inexplicable pero poderosa.

Los panteones, los mausoleos, los espacios para los caídos y criptas son ciudades perennes de inmortalidad, su pasividad taciturna nos da muestra del silencio representado en la lápida que lacra el nombre de cada alma silente. Antecedido por toda la abundancia que abraza la mitología de la muerte. Cada día el sincretismo de nuestras ideas concibió tradiciones multiculturales en torno al camino etéreo del ser que vive a través de la muerte. Dioses y ángeles de la muerte o una parca esquelética, asechan al hombre y a sus creencias desde los inicios de su existencia. La diferenciación entre la vida que da cauce a la sangre navegante y la otra, la que seca los torrentes sanguíneos para transformarlos en tierra y despejar del cuerpo el alma eterna, quizá para introducirse de nuevo en otro cuerpo expectante es apenas la paradoja más inquietante de la existencia.

De coronas, caminos floreados, altares y ritos se revisten los rincones de cada casa creyente. Panteones se pueblan de caminantes acompañados de sus almas idas creyendo que son las luces que cargan en sus manos. Así, el espacio arquitectónico presente en cada circunstancia seguirá otorgando un espacio para cada ser que se despide de este mundo a vivir la vida eterna. “La muerte es el comienzo de la inmortalidad”, dijo en un momento Maximilian Robespierre, irónicamente muerto por decapitación. Su idea es una muestra palpable de verdad, pues es un hombre que continúa presente entre las líneas que documentan la historia.  La inmortalidad no es una idea del siglo XVIII; es una idea de sobrevivencia espiritual desde los primeros tiempos; induce la conducta del hombre hacia la moralidad de sus actos en pos de la promesa divina de la eternidad.

En cualquiera de sus formas el simbolismo de la muerte seguirá siendo un misterio de vida.

 

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Isabel Rosas Martín del Campo es arquitecta, tiene una maestría en escritura creativa y actualmente estudia un doctorado en filosofía del pensamiento complejo. Su consigna es el estudio profundo del ser humano dentro del espacio arquitectónico como existencia. Es catedrática universitaria, capacitadora certificada, docente certificada para la asignatura de temas de arquitectura y es conferencista en Neuroarquitectura. Vive en Cancún desde hace veintiocho años.

 

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4 comentarios

  1. Desde que el ser humano está en el planeta la representación no solo material sino espiritual ha estado presente en todas sus formas, la trascendencia que podemos aspirar como arquitectos es poder equilibrar la funsion con la belleza, y en el mejor de los casos con el Arte.
    Recordando a un amigo Etíope, que su tribu le rendía culto a la muerte. ” La muerte es un ser inexplicable por el cual nos explicamos las cosas inexplicables”.

    Arq. Luis Aguilar Castañeda.

  2. Interesante el artículo, como para reflexionar sobre la consciencia de sí mismo y nuestra trascendencia cosmogónica.
    Pienso que la arquitectura te da la oportunidad para expresar al Ser las posibilidades de la Belleza.

    1. ISABEL ROSAS MARTÍN DEL CAMPO

      Creo que la arquitectura para la muerte ofrece un tipo de belleza cosmogónica que va más allá de la estética formal eso logra la trascendencia de la misma.

  3. ISABEL ROSAS MARTÍN DEL CAMPO

    Estimado Luis , tu amigo etíope define a la muerte y la muerte de una forma en la que nadie puede resistirse a su verdad.

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