salvar el fuego

 

salvar el fuego

 

Por Luciano Antonio Núñez

 

 

Existe una falta creencia entre los lectores, cuyo rastro habría que buscar en la psicología o en la misma literatura, que dice que los libros se leen hasta el final.

Jorge Luis Borges vino a decirnos que no, que los libros no deben leerse como obligación, que no debe existir ese sentimiento de abandono o falta de mérito en no llegar a la página última.

«La literatura no debe ser obligatoria. Siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad».

Se ufanaba falsamente de no haber leído novelas, algo que quedó desmitificado en la entrevista que le hiciera Mario Vargas Llosa, acaso para despejar sus propias dudas por el género; o acaso por sentirse atacado en su mayor mérito narrativo.

Borges había leído muchas novelas que para él era un género que se terminaba pareciendo al periodismo. Y tenía sus razones. Para Borges la mejor arquitectura era la del cuento que cultivó como pocos, según el canon de Harold Bloon, y lo sitúa entre los más grandes escritores de todos los tiempos.

Desde que leí esa frase del mejor escritor argentino he sobrellevado mejor el hecho de abandonar un libro a la mitad o al comienzo.

Cuento esto, o hago este escarceo, porque leí con detenimiento la crítica del escritor y crítico, Miguel Meza, en la que destaca el poder narrativo de la obra del guionista Guillermo Arriaga, Salvar el Fuego (Alfaguara). Recordé también a Kevin, de una conocida librería de Cancún, que me había recomendado su lectura porque le había fascinado.
Bajo estos dos argumentos de peso decidí adquirir en formato de papel el libro de marras.

Si bien Arriaga conoce a la perfección los entresijos de la narrativa: sabe causar expectación, es un experto en saber desde dónde comenzar a jalar los hilos y resortes para que todo se vaya fundiéndose en un final atrapante, fue la abrumadora retahíla de detalles (a mi juicio muchos de ellos superfluos) lo que me generó mi cansancio, la exhaustiva repetición de una jerga del narco (que está, eso sí, muy bien ejecutada), que me condujo al abandono de Salvar el Fuego. Dejé el libro esta semana en la página 158 de algo así como 700.

Si bien las historias son sumamente interesantes: la de una bailarina que busca y encuentra la pasión en una obra, que después ofrecerá en la prisión, donde se enamorará de un villano culto, fratricida y sicario por diversas circunstancias, es el formato narrativo que asemeja al noruego Karl Ove, con detalles por demás ínfimos, microscópicos, los que terminaron con ese abstracto contrato de lectura que se adquiere una vez que se compra un libro.

Meza ha logrado ―con su análisis profundo para Vértice― dotar al lector de mejores elementos para analizar la obra; lo mío, si se quiere, es sólo una forma de retomar aquello que proclamaba Borges, que un libro, de alguna manera, debe ganarse al lector y que la adquisición de uno no es un contrato inflexible, con letras pequeñas y con obligación. Lo que atrapa a unos no siempre funciona para todos, pero sin dudas la lectura abre dimensiones que hacen la vida más amplia.

 

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Reseña | Salvar el fuego: un cruce de fronteras interiores, de Miguel Meza

 

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Luciano Antonio Núñez (Tucumán, Argentina, 1976). Periodista y escritor radicado en Quintana Roo, México. Licenciado en Comunicación Social.  En su país natal, publicó el libro de entrevistas “Voces que vuelven”, editado por el Archivo Histórico de Tucumán, y textos suyos figuran en la  “Antología Cultural de Tucumán (1916-2016)”. En México, la “Gaceta del pensamiento” publicó cuentos y parte de su poemario “Tan lejos y otra vez en casa”. Trabajó en periódicos y revistas, y es fundador del portal Grupo Pirámide.

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