caribe mexicano
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Por Agustín Labrada

 

Aunque el escritor más conocido del Caribe mexicano sea el novelista chetumaleño Héctor Aguilar Camín, en esta esquina del mundo se escribe más lírica que épica y los premios recaen más sobre los bardos. No obstante, hay libros que corroboran que aquí también se cuentan y novelan diversos tópicos, con disímiles visiones y estructuras.

 

Ello se podría ejemplificar con, entre otros libros, las novelas Cancún, todo incluido, de Carlos Hurtado, y Luna menguante, de Mario Pérez Aguilar; el conjunto de relatos de Macarena Huicochea Ángel de luz y sombra, y el libro de cuentos de Mauro Barea El gato sobre el féretro, que conforman una honda parte de la literatura quintanarroense.

 

Si bien el paisaje caribeño es un estímulo fecundo para la poesía, lo son también historias de vida, leyendas ancestrales, seres y episodios cotidianos que asombran y surcan un espacio donde transpira la heterogeneidad multiétnica de sus habitantes y pugnan diversas identidades en diálogo, en una época marcada por la globalización.

 

En tal sentido, uno de los libros más cosmopolitas –por la serie de tramas y por los personajes que las protagonizan– es Cancún, todo incluido, donde Carlos Hurtado explora en los submundos del alcoholismo, la corrupción político-administrativa, las divisiones sociales, la prostitución infantil, la hipocresía empresarial y el dolor humano.

 

Irónicamente, la novela lleva el título de un texto publicitario, pero no refleja ese paraíso que venden al turista, sino los lados más oscuros de la humanidad que puebla Cancún, con un estilo realista, a veces casi periodístico, que recuerda ciertas páginas de Ernest Hemingway, y un lenguaje transparente, no exento de potentes colores locales.

 

Al revés de la novela de Hurtado, la de Mario Pérez Aguilar Luna menguante, historia de un asesinato transcurre en el sur, en un Chetumal fronterizo e igualmente cosmopolita, pero más estrecho y en décadas pasadas, en un entorno de casas de arquitectura anglocaribeña, cantinas, soledades, traiciones, desarraigos y muertes.

 

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Si bien no hay sorpresas en el tratamiento literario, que se centra en la primera persona mediante un personaje-narrador, y a veces se incide de más en el costumbrismo, la fábula de esta obra está llena de apasionamiento y sensualidad, entre destellos de realismo mágico y situaciones exóticas, que finalmente conducen a la tragedia.

 

Más cerca de lo poético que de la prosa se halla el libro de Macarena Huicochea Ángel de luz y sombra, un libro de literatura fantástica, cargado de alegorías y símbolos, tras los cuales subyacen cierta filosofía y también enfoques críticos para desnudar, a través de personajes mágicos, penumbras humanas, y tradiciones lacerantes y absurdas.

 

Hay, en estos relatos, características del cuento como constructo literario –brevedad, desarrollos de conflicto, participación de pocos personajes…–, pero sus cúspides se hallan en el final-sorpresa. Textos como “Bestiario” y “Donde se quiebra la voz de las sirenas” son sumamente seductores y en ellos se funden metáforas universales.

 

El libro El gato sobre el féretro demuestra ser creado por un autor dueño de un amplio oficio, que le permite fabular distintas narraciones con dominio técnico y profusión lexical. Así, Mauro Barea exhibe sus herramientas afiladas con las que cuenta anécdotas, emociones, inquietudes… de protagonistas muy cromáticos e intensos.

 

Sobresalen en el conjunto dos cuentos: el que lleva el nombre del libro y “Terra incógnita”. El primero, donde convergen la obviedad realista con la vertiente de lo fantástico, por su fina elaboración. El segundo porque se trata de la prehistoria de Cancún y hay una alarma sobre el desastre ecológico y humano que vendría después.

 

En estos libros mencionados, fluyen cuatro discursos narrativos diferentes que recalcan una de los atributos fundamentales de las letras del patio: la variedad, lo cual aquí no equivale a dispersión, sino a riqueza tanto en el lenguaje y las estructuras narrativas como en los imaginarios que se abordan y los personajes que en ellos viven y actúan.

 

Dos antologías del cuento quintanarroense se han publicado ya: Como el mar que regresa, a cargo de Miguel Ángel Meza Robles, y Va de cuento, compilada por Nicolás Durán de la Sierra. En ambas, hay un muestrario de disímil calidad estética, pero también una constancia de que el ejercicio narrativo se ejerce aquí con energía.

 

En una lista menos extensa que la de los poemarios, se pueden enumerar cuadernos de cuentos y novelas de raigambre quintanarroense: un quehacer que asciende en diferentes ritmos, en la búsqueda de una originalidad signada por influencias, que delinea, entre luces y oscuridades, un sublime perfil identitario en esta margen donde nace el cielo.

 

 

 

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Agustín Labrada. Escritor de origen cubano residente en Cancún, autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la Generación de los Ochenta Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo.

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