Artículo Reseña

Historia | Un trimotor en la memoria: Lázaro Cárdenas y sus visitas a Quintana Roo

Lázaro Cárdenas

El escritor David Anuar hizo un ensayo sobre la visita del presidente Cárdenas a Quintana Roo, en la década del 30, cuando tuvo una primera y accidentada experiencia en un avión trimotor, para regresar años después por barco.

Cárdenas fue clave para conocer a fondo el estado y el texto es una breve muestra de la tesis con la que Anuar obtuvo, en 2019, el Premio Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de maestría en historia otorgado por el INAH a nivel nacional. La tesis todavía no ha sido impresa.

Por David Anuar

 

El 22 de diciembre de 1936, probablemente en un día frío de la Ciudad de México, llegó un proyecto peculiar a las manos del presidente Lázaro Cárdenas del Río. Poco menos de media docena de hojas membretadas con el rimbombante título de “Expedición Científica Exploradora Mexicana (Sureste de la República y Centroamérica)”.[1]

Quien ponía esta propuesta en manos del presidente Cárdenas era nada más y nada menos que su mentor intelectual, amigo íntimo y secretario de Comunicaciones, Francisco J. Múgica. Además del membretado que daba nombre a la iniciativa, en el costado superior derecho aparecía con santo y seña el artífice de la misma, el poeta yucateco Luis Rosado Vega, famoso compositor de la canción “Peregrina”, y entonces director del Museo Arqueológico e Histórico de Yucatán. Me pregunto qué pensó el presidente Lázaro Cárdenas al tener ese proyecto entre sus manos. ¿Qué tenía él que ver con la arqueología del país?

Si bien en aquella época no existía el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), sí estaban en el mapa nacional otras instituciones que cumplían funciones similares, como la Dirección de Monumentos Prehispánicos de la Secretaría de Educación Pública o el prestigiosísimo Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. ¿Será que pensó en desechar la iniciativa?, ¿o pedir que fuera sometida ante una instancia distinta y especializada en la materia?, ¿podía desairar la propuesta que llegaba a sus manos por conducto y recomendación de su mano derecha e íntimo amigo Francisco J. Múgica?, ¿no había en todo esto algo así como un conflicto de intereses y de afectos?

Tal vez, nada de esto pasó por los pensamientos del entonces presidente Lázaro Cárdenas. Quizá sólo vino a su mente un recuerdo, entrañable y al mismo tiempo aciago. Cuenta el cronista Francisco Bautista Pérez en su libro Quintana Roo, anatomía de su historia una anécdota sobre la visita de Lázaro Cárdenas a Payo Obispo (nombre que en aquel entonces tenía la ciudad de Chetumal). El 19 de marzo de 1934, como parte de su campaña electoral, el entonces candidato a la presidencia voló en un platinado trimotor Ford del campo aéreo de la ciudad de Mérida a Payo Obispo.

Es bien conocido el hecho de que Lázaro Cárdenas realizó a lo largo de su vida, de forma casi sistemática, apuntes de todo aquello que consideraba relevante de su día a día. Echando mano de ese conocimiento y quizá, sólo quizá, aderezando su pluma con algo de ficción, Francisco Bautista Pérez sugiere que las anotaciones de Cárdenas aquella mañana de marzo se enfocaron en el paisaje, lagunas, tropicales bosques, humedales, y también en la cualidad de los vientos, que Cárdenas tradujo en la siguiente nota: “Baila el aparato”.[2]

 

El comité proterritorio de Quintana Roo

Acta Constitutiva del Comité Pro Territorio Federal de Quintana Roo | El Espacio de Mario

Una hora después, el platinado trimotor aterrizaba sin inconvenientes en Payo Obispo, Campeche, donde Cárdenas fue recibido por una multitud que lo esperaba desde las 8 de la mañana. Sí, leyeron bien, Campeche. Durante la presidencia de Pascual Ortiz Rubio, por distintos motivos políticos que fueron disfrazados de argumentos económicos (la onerosa administración del Territorio “costaba mucho” al erario federal), el Territorio de Quintana Roo fue suprimido como entidad política y dividido entre Campeche y Yucatán a través de un decreto fechado el 17 de diciembre de 1931. A este periodo se le ha conocido popularmente como el desmembramiento de Quintana Roo.

Ante esos hechos, surgió un movimiento social y político conocido como Comité Pro-Territorio de Quintana Roo, cuya principal demanda era la restauración del Territorio como entidad de la federación, así como la posibilidad de elegir a sus diputados y autoridades locales (pues usualmente eran impuestos, ya fuese por el centro del país o por Yucatán o Campeche, según las aguas y los vientos del momento). Sin embargo, el presidente Pascual Ortiz Rubio hizo oídos sordos.

Poco más de dos años habían pasado desde la supresión del Territorio cuando Lázaro Cárdenas visitó Payo Obispo. Con este trasfondo, se explica la multitud que recibió al candidato con pancartas y un discurso en pro de la restitución de Quintana Roo pronunciado por Baltasar P. González frente al candidato y futuro presidente de la República. Cárdenas, después de un silencio largo y tenso, dijo que, en caso de ganar, una de sus primeras acciones de gobierno sería restaurar el Territorio Federal de Quintana Roo.

Como sabemos, Cárdenas cumplió su promesa menos de un año después: el 11 de enero de 1935 emitió un decreto donde reincorporaba el Territorio Federal de Quintana Roo. Por si fuera poco, en ese lunes 19 de marzo de 1934, animados por Cárdenas y con la anuencia del gobernador de Campeche (seguramente más a regañadientes que de buena gana), los habitantes de Payo Obispo llevaron a cabo un plebiscito para la elección de su diputado local en el Parque Hidalgo.[3]

A las 12:50 de ese mismo día, el candidato presidencial volvía a subir al platinado trimotor Ford. Durante el vuelo, según nos vuelve a relatar el cronista Francisco Bautista Pérez, un norte embistió a la aeronave, y si pudiéramos echar una ojeada sobre el hombro de Cárdenas en aquel instante, tal vez veríamos su letra más apretada, nerviosa, sentenciaría un perito en taquigrafía. De nuevo, Cárdenas tradujo la intensidad de lo vientos en otra nota: “Fuerte norte. Baila el trimotor”. Y un poco después añadió: “Continúa con su jarana el trimotor”. El general Lázaro Cárdenas, alto, fuerte, aficionado a los caballos y su trote, militar revolucionario, bosquejó en su libreta, en la intimidad de las líneas, su miedo a los aviones.

Con las hojas del proyecto entre sus manos, la voz de su amigo Múgica lo devolvió a la fría estancia de Palacio Nacional donde Cárdenas despachaba. No sabemos si recordó el miedo que sintió durante aquel vuelo, la emoción de corregir una injusticia como la perpetuada por Pascual Ortiz Rubio, o simple y sencillamente tuvo un interés genuino por la arqueología y la investigación científica. Lo cierto es que el presidente Lázaro Cárdenas aprobó y apoyó el proyecto de Luis Rosado Vega.

Preocupación por los grupos indígenas

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La Expedición Científica Mexicana (este fue el nombre oficial de la iniciativa) tuvo una duración de siete meses –de junio a diciembre de 1937–, en los cuales se efectuaron un total de cinco rutas de exploración que incluyeron trabajos en Veracruz, el Territorio de Quintana Roo y Centroamérica.

El peso de los estudios recayó en la arqueología, pues la Expedición recorrió más de 60 sitios en Quintana Roo, y descubrió más de 30 zonas inexploradas.

Entre sus trabajos más importantes estuvieron la primera reconstrucción del sitio arqueológico de Tulum y la preservación de sus pinturas murales a cargo del arqueólogo mexicano Miguel Ángel Fernández.

La iniciativa llegó a su fin en 1938 en la Ciudad de México con una exposición en “el salón más bello” de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, y más tarde en el Palacio de Bellas Artes.

El gobierno de Lázaro Cárdenas es muy conocido por eventos trascendentales de nuestra historia nacional como la Expropiación Petrolera o el impulso mayúsculo que dio a la Reforma Agraria a través de la repartición ejidal de antiguas haciendas y latifundios. Sin embargo, durante la presidencia de Cárdenas, éste realizó otras acciones importantes aunque menos conocidas: su preocupación por los grupos indígenas del país, lo que se tradujo en distintas iniciativas como los Internados Indígenas (uno de los cuales operó en Quintana Roo), su fomento al conocimiento técnico científico y, por otro lado, un contante y sonante interés por los Territorios Federales de Quintana Roo y Baja California, a tal grado que dedicó un discurso y medidas especiales para ellos. Así, el apoyo de Lázaro Cárdenas a la Expedición articuló varios de sus intereses que, además, nos muestran otro rostro del presidente que suele quedar a la sombra de los grandes acontecimientos de su gobierno.

En agosto de 1937 Cárdenas tenía programado un viaje para conocer los hallazgos de la Expedición y conocer el Territorio a sus anchas, cosa que no había podido hacer en su primera visita cuya duración no había rebasado las 4 horas. Sin embargo, en un telegrama fechado el 23 de agosto, Luis Rosado Vega expresaba su desazón ante la cancelación del viaje. ¿Por qué no fue Cárdenas a Quintana Roo?, ¿a caso el recuerdo de aquel aciago vuelo lo acechaba?, ¿sentía pánico a los aires del Caribe? Poco verosímiles son estas ideas. Cárdenas, aunque pudiera sentir miedo como cualquier otro ser humano, definitivamente no era cobarde, como lo demostró reiteradamente en su actuación política y personal al enfrentarse con las compañías extranjeras durante la Expropiación o al ponerse al tú por tú con el mismísimo Jefe Máximo de la Revolución: Plutarco Elías Calles.

Las razones por las cuales Cárdenas no asistió a Quintana Roo en agosto de 1937 se encuentran en otro lado muy distinto. En esas mismas fechas, el presidente se encontraba en Mérida, llevando a cabo la Cruzada del Mayab, es decir, la expropiación de las haciendas henequeneras. Sin embargo, su iniciativa encontró muchísima resistencia en la conservadora sociedad yucateca, por lo cual tuvo que permanecer más tiempo en esa entidad para atender personalmente el asunto y, en consecuencia, no pudo asistir a la cita pactada con la Expedición y el Territorio.

Expedición por barco

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La historia de Lázaro Cárdenas con Quintana Roo no acaba en una visita frustrada. A finales de 1939, el primer mandatario hizo una gira por todo el Territorio del 27 de noviembre al 8 de diciembre. Para la tranquilidad del presidente, esta vez el medio de transporte no fue un trimotor Ford sino el barco de guerra “Durango”, que había sido adaptado para uso presidencial, una pequeña mansión flotante, según la opinión de algunas mujeres xcalaqueñas que fueron invitadas a conocer el navío.

La gira inició en Isla Mujeres, pasando por Cozumel, Tulum, Tankah, Xcalak, Chetumal, Bacalar, las poblaciones en las márgenes del Río Hondo para concluir en Felipe Carrillo Puerto. En esta gira acontecieron muchas anécdotas dignas de mención, pero quisiera concluir este texto con una imagen que me parece entrañable y poco conocida. Cito el testimonio de una de las xcalaqueñas antes mencionadas: “cuando llegó Cárdenas lo llevamos a la escuela y dijo que él no aceptaba ese banquete de ninguna forma, que él no quería ese banquete ahí porque de eso en México estaba fastidiado. Él quería una cosa campestre bajo los cocos que se llevaran todas las mesas debajo de los cocos, a la orilla del mar.”[4]

Así me gusta imaginar a Cárdenas, a orillas del mar Caribe, cubierto por el frescor de las palmeras, kilómetros de altas palmeras verdes, y el sonido de las olas frente él; y él sorbiendo el agua de un coco recién abierto y con un cuenco de ceviche y mariscada, frutos de la mar nuestra para el presidente que le devolvió a Quintana Roo el peso específico de su existencia política.

29 de marzo de 2022

Poesía

David Anuar (Cancún, Q. Roo, 1989). Historiador, poeta y traductor. Licenciado en Literatura Latinoamericana (UADY, 2013) y maestro en Historia (CIESAS, 2018). Becario del PECDA (2012, 2015) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020). Ganador del Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011), del Premio Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de historia (2019), del Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura (2020), del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos (2020), y del Certamen de ensayo Luis Alberto Arellano (2021). Autor de varios libros, entre ellos, Memoria de Gabuch (ICAQROO, 2020) y Alguien hunde mi cabeza (Mantis Editores, 2021).

 

[1] Actualmente se puede consultar el proyecto en el Archivo General de la Nación, Fondo Lázaro Cárdenas, Caja 746, Expediente 535-16.

[2] Francisco Bautista Pérez, Quintana Roo, anatomía de su historia, Chetumal: Secretaría de Turismo del Gobierno del Estado de Quintana Roo, 1993.

[3] Antonio Higuera Bonfil, Historias y Hombres: El Comité Pro-Territorio de Quintana Roo, Chetumal: Fondo de Publicaciones del Gobierno de Quintana Roo, 1992.

El salón más bello

[4] Tomado de Antonio Higuera Bonfil, Historias y Hombres: El Comité Pro-Territorio de Quintana Roo, Chetumal: Fondo de Publicaciones del Gobierno de Quintana Roo, 1992, p. 54. Esta misma anécdota, aunque abreviada, es relatada por Luis Rosado Vega en Un pueblo y un hombre, Ciudad de México: Mijares y Hno. Impresores, 1940, p. 369.

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