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Artículo | A la memoria de Francisco Verdayes, por Mauro Barea

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Foto: Radio Fórmula Roo

 

En la presente colaboración, Mauro Barea escribe un emotivo texto, en exclusiva para Vértice, a propósito del reciente fallecimiento de Francisco Verdayes, quien fue, sin duda, uno de los periodistas más importantes de la historia de Quintana Roo, generador insoslayable de la memoria de Cancún y, al mismo tiempo, su cronista más destacado por derecho propio.

 

 

A la memoria de Francisco Verdayes

 

 

Mauro Barea

 

2010 fue el año en que finalmente conocí a Francisco Verdayes. Y digo finalmente porque llevaba mucho tiempo vagando sin un rumbo claro de investigación; todo se reducía a simples estallidos de ideas que llevaba ancladas en la mente, algunas desde la infancia y adolescencia y que a duras penas hallaban aterrizaje. Esa investigación me había llevado a errar por mi ciudad tomando fotos, recopilando información de forma desorganizada y sin metodología alguna que iba vaciando en la Wikipedia. Preguntando aquí y allá, usualmente terminaba en callejones sin salida, con sombras difusas que no podían darme respuestas convincentes sobre el pasado de Cancún y sus alrededores.

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Foto: Mauro Barea

Hasta ahora sigo sin explicarme por qué no había escuchado del trabajo de Francisco y Pioneros. Sigo preguntándomelo, aunque intuyo que la fragmentación social de Cancún tiene mucho que ver. El encuentro tuvo que venir por medio de contactos que me llevaron de Ramón Patrón García (+), otro gran amigo de la cultura, a Pioneros. Me entregó una tarjetita firmada y me dijo que fuera con él y platicara, ya que nos veía intereses afines para con Cancún, aunque el mío se decantaba más hacia la literatura. Debió ser julio o agosto de 2010. Era una de sus presentaciones en un salón del hotel Xbalamqué, de su reciente libro Cancún antes de Cancún. Su presentación amena, como a él le gustaba hacerla, me deslumbró por su elocuencia y la facilidad para que, con su oratoria no desprovista de comentarios graciosos, aprendiera algo nuevo. Era un cofre de información y de anécdotas que sacaba de la chistera como auténtico mago. Cuando acabó, lo atajé a la salida y le enseñé la tarjeta de Ramón Patrón, para que viera que venía «recomendado». Esto último puede sonar hasta ridículo, pero no lo conocía de nada y las experiencias previas con personalidades cercanas a la cultura y la historia o ciencia en Cancún no habían resultado gratas. Con el antecedente de Fernando Martí y su nulo interés en mi proyecto —ni en recibirme en su oficina—, me prevenía de nuevas decepciones. Quizá era una de mis últimas cartas por jugar en Cancún. A Verdayes lo agarré «de bajada», por supuesto, y recuerdo claramente su cara como de no creerse lo que le decía y viendo los manuscritos que le entregaba, uno sobre el huracán Gilberto (que, a pesar de mis esfuerzos y estar inspirado en su trabajo, Juan José Morales no quiso leer) y el otro, lo que se convertiría en Terra incognita de Gonzalo Guerrero. Fueron segundos de no saber qué hacer, cercado por el cariño y admiración de la gente que ya lo seguía en sus conferencias y que se acercaban sin barrera social ni cultural alguna. Y fue esa primera sonrisa, la que tampoco sabía lo que me depararía, la que me dio unas pocas esperanzas: «claro, déjamelos y los checo». Debí pensarlo: seguro serían otras copias de manuscritos a la basura, sin salida, sin interés, de nueva cuenta. Debí pensarlo porque era una época donde me ahogaba en rechazos y silencios, y hoy me alegro de haber sido ignorado por casi todo Cancún, excepto por Francisco Verdayes Ortiz.

Verdayes
Foto: Mauro Barea

A los dos o tres meses, cuando creí que todo estaba olvidado y se cumplía una decepción más, recibí una llamada. Era él. Resultó que se había leído los manuscritos. «Yo no soy de novelas, camarada, pero tus temas me interesaron y me los leí. Déjame decirte que son muy buenos y vamos a hacerte un reportaje para Revista Pioneros. Lucy va a ir a tomarte fotos». Yo escuchaba atónito. No podía creérmelo. Alguien me había leído, y no solo eso, me haría el primer reportaje como escritor de toda mi vida. Sí, él fue mi primer y mejor entrevistador (e irónicamente el último cuando escribo estas palabras) mi mejor primer impulsor, cuando a todo mundo se la sudaba (y se la sigue sudando) quién o lo que era «Mauro Barea». Eso es de reconocer en Francisco Verdayes y quiero puntualizarlo claramente. Yo no era nadie para él, quizá una mera brizna de arena vagando por una ciudad que padece amnesia crónica. Y Francisco Verdayes hizo lo que más le reconocí en vida y reconoceré en su memoria de ahora en adelante: era un hombre generoso, y más allá de su generosidad, él creía en ti, y creía en las nuevas generaciones. Cuando veía algo, realmente creía en ti y buscaba las formas de potenciar aquello que había visto. Y con ese enorme e inmerecido reportaje a dos páginas, ahí empezó nuestra aventura en Revista Pioneros. No sabía cómo agradecerle, pero rápidamente él se las ingenió: me invitó a presentar un libro de Rodrigo de la Serna en la Casa de la Cultura, un recinto que se me haría familiar de ahora en adelante, y con él fue mi primera presentación de un libro, el cual reseñé y apareció en febrero de 2011 como mi primera aportación a Pioneros. Y entonces me sorprendió de nuevo con una propuesta: yo sería el encargado del artículo principal del número de marzo, con Gonzalo Guerrero, gracias a que se había leído el manuscrito de ese embrión de novela. Aún me veía dubitativo, pero como dije antes, él era alguien que creía en ti y te lo demostraba con esa confianza inverosímil. «Tú ya eres un producto terminado, camarada, escribes muy bien», me empezaba a decir. Trataba incluso de acercarme al periodismo, y me regaló uno de sus libros, Los retos del periodismo, que debería tener una reedición para su uso en muchas escuelas de esta noble profesión, hoy lamentablemente perdida en su mayoría. Ahí aprendí mucho de su técnica depurada en la redacción de notas y artículos y su forma de dar conferencias, y lo más importante, la búsqueda de la verdad en los hechos históricos.

 

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¿Por qué ha sido la persona con la que mejor he trabajado hasta ahora? Primero, porque el doctor era la misma encarnación del término trabajar. Si nos embarcábamos en un proyecto, era porque se iba a hacer y finalizar con todos los recursos a disposición. Ese 2011 fue muy activo: en abril me invitó, claro, a ser parte de los festejos del 41 aniversario de Cancún, donde conocí su vocación de ayudar e impulsar a jóvenes promesas en diferentes partes de la organización, haciéndolos parte de una inmensa familia. Además, se fue gestando el V Centenario del Mestizaje, con Gonzalo Guerrero como figura icónica de las ponencias y eventos en el palacio municipal. Por supuesto, él quería echar la casa por la ventana e invitó a los mayores expertos en el tema, como el Dr. Iván Vallado y el Dr. Salvador Campos; este último no se pudo concretar ya que, por la confianza que tenía el doctor Verdayes con esa administración municipal —de Julián Ricalde— lo dejaron mal a última hora económicamente cuando las invitaciones a los ponentes hispanos ya estaban confirmadas. Incluso pensó en pagarle de su bolsillo el avión, ya que se estaba viendo mal como persona, y odiaba eso. Odiaba no cumplir su palabra. Odiaba dejar mal a alguien, no lo soportaba. De pura suerte no derivó en embolia o ictus, ya que la presión para él fue extrema. El evento se llevó a cabo a su pesar sin más contratiempos, y con todo, aprendimos muchísimo de esa experiencia y conocimos increíbles personas como el doctor Vallado y otros grandes gonzalistas. Tiempo después, esa cumbre nos trajo una recompensa inesperada: el mejor documental que se ha hecho, Entre dos mundos, producido por TV UNAM y Sherefe, llegando a emitirse por National Geographic. Gracias a esos ecos dispersos de la cumbre organizada por Francisco, la productora nos contactó y al final quedé como consultor. El día de la presentación en Xcaret para la rueda de prensa estábamos invitados, pero no precisamente como medio periodístico. Aquí fui testigo una vez más del mago: entramos como turistas invitados a Xcaret y salimos como corresponsales con suculentas entrevistas, material en audio y video y notas de primer nivel. En mi memoria se quedará para siempre grabada la cara desencajada y echando chispas de la directora del INAH Adriana Velázquez Morlet, mirando como Verdayes hacía chistes con los actores y producción entre entrevista y entrevista, y ella, que le gustan los reflectores, en segundo plano, en un rincón, fuera de la fiesta que nos habíamos montado. No es por alardear, pero la producción del documental estaba encantada con el trabajo del doctor y mi apoyo, con su encanto natural que tenía con la gente y esas entrevistas tan buenas que se sacaba de la manga. Al acabar, Verdayes me dijo entre risas, con esa picaresca tan suya: «esta me la tiene jurada, a nada estuvo de mandarme sacar». Qué risas, Dios mío, qué genial era trabajar con Francisco Verdayes. Ya se pueden dar una idea con esto. En el aire las componías, querido doctor.

 

Verdayes
Foto: Mauro Barea

 

Haber trabajado codo a codo con Francisco es algo de lo que me puedo sentir afortunado: investigando, tecleando, haciendo las ediciones de textos y videos amalgamaba chistes y juegos de palabras, te impulsaba a dar lo mejor con un ambiente festivo, de alegría y energía perpetuas. Lucy, la responsable en gran parte de que Pioneros funcionara, tenía que venir a poner un poco de cordura cuando las bromas y chistes se convertían en microfiestas en su oficina: «a ver Platanito, bájale, que no se te puede dar cuerda». Vaya momentos más increíbles. Francisco Verdayes era un ser de luz, no como una metáfora, porque al menos conmigo siempre fue él mismo, no se dejaba nada para convivir con alguien. Cuando te consideraba parte de su familia, no tenía ningún recato en decirlo: «Mauro es como mi hijo». Lo decía públicamente ante mi estupor, pues nadie fuera de mi familia me había dicho algo así, y personalmente tenía mucha consideración con su familia, no quería incomodar ni mucho menos, pero nunca fue un problema. Me hubiera gustado hablar más con él de este tema, pero en mi silencio ya estaba implícito el honor de que me considerara con tan alta estima.

 

Verdayes
Foto: Mauro Barea

La amistad creció, y las colaboraciones en la revista se sucedieron número a número. Tenía carta blanca para publicar en Pioneros, y la tuve hasta el final en la página de Facebook. De paso, seguí su ejemplo dando espacio a personas sobresalientes que invitaba a colaborar o que incluía en mis artículos. Tenemos días inolvidables que no están al alcance de cualquier cronista local, como el viaje en yate de lujo con veinte sacerdotes para conocer Boca Iglesia, incluyendo un pescado tikin xic en Isla Mujeres al regreso[1], un día que quedará grabado en mi memoria para siempre. Francisco Verdayes estuvo conmigo en momentos cruciales personales, y la retroalimentación intelectual fue mutua hasta el final. Queda inconcluso el proyecto de la nueva edición del Cancún antes de Cancún que ayudé a pulir y revisar palabra por palabra a distancia estos últimos meses; por su exceso perpetuo de trabajo aún no había podido darle atención para los últimos toques gráficos y de imprenta, a pesar de mis «regaños» por darle prioridad. Otro trabajo de línea del tiempo de Cancún me parece que quedó pendiente también. Espero que se puedan retomar esos trabajos, un grandísimo trabajo que no hace nadie actualmente, nadie como él.

 

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Foto: Mauro Barea

Me reitero: soy una persona afortunada al haber coincidido con él en este plano. Al principio me parecía una locura la idea de poner una calle con su nombre, porque conociéndolo, él sería el primero en rechazar tal barbaridad. Era un hombre que se daba a los demás, él no perseguía ningún título, beneficio económico egoísta ni una posición social que le diera ventaja. Era un hombre dado a su familia y su trabajo, periodista de cepa, dedicado a reportear, a buscar la nota, los detalles, la verdad última de las cosas, un minero de nuestro pasado que siempre terminaba sus incursiones con el mono de trabajo sucísimo, hecho trizas. Pero pensándolo fríamente ya, sí que sería conveniente poner no una calle, sino una avenida o un hermoso paseo arbolado con su nombre.Para no olvidarnos del hombre, para no dejar que se lo lleve la arena del tiempo, y que las nuevas y próximas generaciones aún puedan pronunciar su nombre, aunque sea para algo tan simple como indicarle el destino a un amigo. Tiene que quedar bien claro que lo que hizo Verdayes por esta ciudad es impagable, porque muy pocos dedican el trabajo de su vida a tratar de entender una ciudad poco agradecida y que tiene menos años de los que tenía él, a desentrañar sus secretos, sus voces dormidas, a intentar por todos los medios que no nos olvidemos que existió un Gabuch, que existió un Emilio Maldonado o un Rudy. Es verdad que se queda un vacío abrumador ante nosotros, porque siempre he dicho lo mismo desde hace años: Cancún rara vez agradece, recuerda y homenajea en su conjunto. Es verdad que deja grandes amigos, conocedores, culturales, amigos que se forjó gracias a su grandiosa personalidad y que no lo olvidarán, pero son esfuerzos independientes, valiosos e invaluables, pero independientes. Espero equivocarme, de verdad. «Lléveme al paseo Francisco Verdayes, por favor». ¡Cómo sonaría eso! ¡Qué mejor música saliendo del pecho para homenajearte por una eternidad! El día que vuelva a pisar Cancún le diría al taxista en el aeropuerto que me lleve a ese sitio, antes que a ningún otro.

Verdayes
Foto: Mauro Barea

Me hubiera gustado escribir algo así para el doctor Verdayes (lo de «doctor» es un argot futbolero muy nuestro) en vida. Pero claro, ahora llegan las lágrimas que escuecen y ahogan, los malditos arrepentimientos quemando el presente y echando a perder cualquier intención de hacer nada para recordar los buenos momentos, las ganas de haber podido pasar más tiempo con una persona así de extraordinaria. Pero a su gran familia, a Mariana, Carlos, Aarón, sus queridos hijos, Lucy y Ana, su madre doña Susana, que también me abrieron las puertas de ese navío, a sus amigos verdaderos, sepan por estas palabras que ya están más que bendecidos por cruzarse con una persona de este calibre, un ser humano que seguramente se conoce una vez cada cientos o miles de años. Tengan la tranquilidad de que su memoria está a salvo al menos conmigo, con la gente que de verdad lo aprecia, y que ya estará con su padre seguramente platicando allá arriba. Cómo lo recordabas, doctor, con qué pasión hablabas de tu señor padre. Algún día espero alcanzarlos, de momento solo me queda esa esperanza.

Ya se me han ido dos grandes, muy grandes, a los que Cancún debe mucho en letras y que, por su trabajo, su ausencia le pesará muchísimo a la ciudad. Uno es Carlos Hurtado, y otro mi querido doctor Verdayes. Trataremos de no defraudar en las estafetas que nos dejan, pero tengo que ser realista, el listón nos lo han dejado alto, altísimo.

Descansa en paz, querido doctor. Gracias eternas por todo lo que nos enseñaste.

 

 

[1]https://maurobarea.wordpress.com/2017/06/22/la-soledad-de-boca-iglesia/

 

 

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Mauro Barea (Cancún, 1981). Estudió la Maestría en Creación y Apreciación Literaria en el IEU Puebla. Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica de Madrid y consultor del documental sobre Gonzalo Guerrero Entre dos mundos. Actualmente colabora en las revistas Relatos sin contrato (España) Bitácora de vuelos (México) y escribe la columna Mexicano en Gades para el periódico El Castillo de San Fernando (Cádiz). Correo electrónico del autor: bareagm@gmail.com

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