El reconocido autor chetumaleño, Saulo Aguilar Bernés, aborda en este cuento el amor que florece en los entresijos de un mundo violento.

 

 

La cascada de humo asciende acariciando sus labios, su nariz, sus pómulos, hasta formar un velo a la altura de sus ojos. Exhala lento, mirando espirales danzar hasta perderse. Preciosa como siempre. Solo puedo abrir un ojo, pero con eso me basta para darme cuenta. Entonces digo su nombre casi como un susurro, como siempre lo he repetido para mí: Leticia… dejando que mi lengua sea una ola rompiendo contra la roca para después arrastrarse de nuevo hacia el mar. Así me arrastraría ahora hacia sus pies si estos dos simios no estuviesen sosteniendo lo que queda de mí, con mi pantalón empapado de sangre.

Leticia… Leticia… Leticia.

Los dos hombres me llevan hacia la luz donde está ella, la única luz en medio de la bodega. Alguien hala una silla y me dejan caer ahí. Ella está del otro lado de la mesa. Cuando me ve aprieta los labios y lanza una aguja de humo hacia donde estoy. Ahora es ella quien dice mi nombre como en nuestras mejores noches: ¡Mario! Después voltea la cara y se tapa la boca con la mano, cierra los ojos, llora. Le digo que estoy bien, pero la sangre que escupo al balbucear solo empeora las cosas. Trato de sonreír, no sé si lo logro con la cara toda hinchada, pero me esfuerzo en ello.

Otra voz irrumpe exigiendo silencio. La voz de su esposo, El Bueno, como se le conoce.

Ella se muerde la mano y logra transmutar el llanto en un simple sollozo. Sigo pensando en repetir su nombre, pero eso solo la haría llorar de nuevo. Sonrío, no hay nada más que pueda hacer.

El Bueno dice cosas que no entiendo porque la cabeza me palpita y me da vueltas. En lugar de escucharlo pienso en que Leticia se ve igual de hermosa que el día en que la conocí en aquella fiesta con su blusa de escote en la espalda y sus jeans ajustados. Recuerdo haber visto los tatuajes en su brazo desde lejos. Una gama de colores exótica que me llamaba a mirar más de cerca.

Nunca esperé que me hiciera caso, pero las cosas a veces ocurren sin tener mucho sentido y a quien le importa el maldito sentido de las cosas cuando aprendes a apreciar el momento en el que levanta su labio superior un poco para sonreír o la manera en la que ladea su cabeza cuando me mira.

Para cuando me di cuenta ya estábamos fumando un toque a solas. El mejor toque de mi vida.

Como no iba a serlo si su marido es el sujeto que mueve la mierda más fina de toda la ciudad. Todo porro, toda línea, toda pastilla diluyéndose en un trago llega a las calles gracias a él. Gracias a El Bueno.

Fue hasta la segunda vez que nos vimos que me dijo quién era él y cuáles eran los riesgos. Acepté todo mientras la miraba perderse entre las sábanas del hotel, con su cuerpo de lienzo lleno de arte y sus labios rojos como la sangre que ahora me cubre, mientras besaba cada poro de su piel humedecida por el sudor.

Estaba hipnotizado, ciego como una polilla kamikaze que vuela hacia la trampa eléctrica en medio de la noche.

Para ese entonces yo era nuevo en la ciudad y me ganaba la vida vendiendo un poco de clonazepam o diazepam que Roberto, mi primo, se robaba de la farmacia en donde trabaja, así que no conocía nada sobre El Bueno. Pero mi primo sí, porque fue uno de sus dealers durante un tiempo. Me dijo que al menos dos de cada tres muertos provienen de los ajustes de cuentas de sus hombres. Mis preguntas no eran solo las de un curioso, así que tuve que contarle a mi primo sobre Leticia. Fue el único que lo supo durante mucho tiempo.

En cuestión de semanas ya lo sabía todo: de  quienes debía cuidarme y  lugares en donde no debía aparecerme, por si acaso, para andar por ahí pegado a las paredes sin que nadie pudiese verme.

Mientras tanto seguía viendo a Leticia en secreto y hablando con ella por el whats durante todo el día. Leyendo sobre lo que me contaba, compartiendo opiniones de distintas cosas e intercambiando links de canciones de rap (porque ella tenía algo con el rap y aunque yo era más del punk conocía algo de eso) que luego utilizábamos para hacer playslists que reproducíamos en nuestros encuentros.

Así pasamos de vernos ocasionalmente a acostarnos toda la semana, en donde fuera que hubiese unos minutos para estar a solas. Parques, pasillos de supermercado, camiones con rumbos inciertos. Pero nuestra estrategia de camuflaje no duró para siempre, pronto todas nuestras precauciones se fueron a la mierda y los hombres de su marido comenzaron a sospechar, a seguirnos sin que nosotros nos diéramos cuenta. La rutina nos tendió una trampa.

Ella comenzó a ponerse cada vez más nerviosa, me decía que  estaba preocupada, que sentía que tarde o temprano iban a descubrirnos, que sería mejor no vernos pero yo hice caso omiso de sus labios rojos de oráculo, de sacerdotisa mirando el futuro. Boca de bruja. Por el contrario le propuse que escapáramos y ella soltó una carcajada para después comenzar a besarme.

Esa fue la última vez que estuvimos solos. Era un viernes cualquiera en un motel cualquiera en el que por primera vez no recurrimos a las posiciones más complejas ni a las pruebas de resistencia física sino a un sexo lento, pero esmerado, de lengüetazos estratégicos y ritmos cadenciosos, sincopados. Fue ahí,  mirándonos a los ojos y apretando los dientes que me dije a mí mismo que podría pagar el precio más alto, sea cual fuere, a cambio de esto.

Me detuve para venirme sobre su vientre. Entre jadeos ella dejó correr las lágrimas y me preguntó si alguna vez podría perdonarla. En ese momento un sujeto entró  con un bate y comenzó a molerme a golpes. No tardé en perder el conocimiento.

Heme aquí ahora.

Leticia… Leticia… Leticia.

¿Quién lo diría? Hasta los malditos fármacos son controlados por El Bueno en esta ciudad. Ojalá Roberto coma mierda por el resto de sus asquerosos días.

Ella llora más cuando El Bueno comienza a darle puñetazos a la mesa. Luego la abofetea e intento levantarme, pero luchar contra la pesada mano que me sujeta es imposible. Cuando deja de golpearla da la orden y los dos simios me levantan y me bajan el pantalón para mostrarle que me han cortado la verga y los huevos. Alguien tira el pedazo de carne cercenada sobre la mesa, envuelto en un periódico chorreante.

Escucho otra vez su llanto. Me dejan caer en aquella silla. El Bueno toma su arma plateada y la asienta frente a Leticia. Le dice que ya sabe que es lo que tiene que hacer, pero ella dice que por favor no, que de eso no habían hablado. Uno de los simios también empuña un arma y le apunta. Su marido dice que esto no es un juego, que él no puede asesinarla, pero cualquiera de sus hombres sí.

Leticia levanta el arma con las dos manos temblorosas. Mira lo que queda de mí y yo la miro a ella tan preciosa como siempre y miro sus lágrimas caer de sus ojos hinchados, bajar por sus mejillas como hilitos negros por el delineador mientras su marido comienza a gritarle que lo haga, que acabe conmigo antes de que lo haga enojar en verdad.

Los gritos cesan, se hace un breve espacio de silencio como los que antes usábamos para besarnos. La miro y logro reunir fuerzas para decirle que esté tranquila, que ya la he perdonado. Suspiro.

Leticia…

Leticia…

Let…

 

****

Saulo Aguilar Bernés (Chetumal, 1993). Autor del libro “Cosas del juego” (Capítulo Siete/UniModelo, 2019) y coordinador de editorial Gazapo.

Sus relatos aparecen en revistas como Círculo de Poesía, Blanco Móvil, Letralia y Tropo a la uña. Un par de estos fueron traducidos al polaco y al italiano.

Becario del programa Interfaz en Mérida, Yucatán, en narrativa (2017) y del FONCA (2020-2021) en cuento.

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