Alternature

Alternatura

 

 

Alternatura

 

 

Raza de Caín, ardiente corazón,

guárdate de esos grandes apetitos.

 

Raza de Abel, tú creces y roes

¡como las chinches la madera!

 

Raza de Caín, arrastra

por los caminos a tu arruinada familia

 

Charles Baudelaire

 

 

En el principio no había Ley ni Libros que nos mostraran el camino. Sólo estaban Madre y Padre, pero ellos vivían como ausentes, clavados en otro sueño. Continuamente los oíamos balbucear: Pa—ra—, Pa–ra-í…, Pa—-ra—-í, Pa—ra—í—so… Fuera de sus inútiles y poco reveladores sonidos, Madre y Padre se pasaban los días en el río, pescando reminiscencias, uniéndose en extraños abrazos donde sus cabelleras se enredaban en grandes nudos que semejaban serpientes; y entonces, en ese como desenfreno de agua, jadeaban y balbuceaban, una y otra vez: Pa—ra—ííí—-soooooo…

Como entenderán, mi hermano y yo vagábamos solos, sin una rama, sin un tallo, y mucho menos un tronco al cual aferrarnos. Nadie nos enseñaba nada. Él era sólo una sombra que venía de todas partes y que iba a todos lados. Nunca lo entendí. Creo que nadie lo hacía. Mi estúpido hermano se desquiciaba cada vez que veíamos las negras nubes que auguraban su retumbante presencia. Pobre Abel, sus ojos se inyectaban de sangre y un espumarajo se apoderaba de sus labios. Salía corriendo como una gacela asustada que huye de un tigre o cómo sea que Padre haya nombrado a esos seres tan excepcionales, aunque un poco desproporcionados para mi gusto; por supuesto, Padre no es el culpable, él no creó ni una pizca de arena, ni una brizna de agua.

En fin, como les decía, el pobre de mi hermano salía en su frenesí de polvo e iba directo hacia los hatos de ovejas y otros inmundos animalejos, y tomando el cuchillo de los sacrificios comenzaba un verdadero carnaval, vísceras y ríos de sangre salpicaban por doquier. Después de la hecatombe, mi extenuado y eufórico hermano encendía una gran hoguera e inmolaba sus excéntricos asesinatos. En ese momento, y sólo en ese momento, el cielo se despejaba (sólo, obviamente, sobre la estúpida cabeza de mi tonto hermano), y una como luz acuosa, casi lechosa, descendía y lo bañaba en una no sé qué gloriosa aceptación. Al contemplar aquel espectáculo de mi hermano, una pregunta me atosigaba el espíritu: ¿era esa la única alternativa?

Abel se la pasaba todo el día cuidando su rebaño, y haciendo otras menudencias por el estilo; yo, por mi parte, no era afecto a crear lazos entre los animales y mi persona. Yo prefería la libertad. Mi única y verdadera actividad era deambular por las frondas. Debo de reconocer ante ustedes que el reino vegetal siempre fue mi debilidad: pacífico, frío e independiente; y no como esos deleznables animaluchos que todo el tiempo se la pasaban bramando, balando, berreando, mugiendo, y haciendo una infinidad de ruidejos que me son, francamente, insoportables.

Un día, por curiosidad, tomé algunas ramas y hierbajos que me parecieron excepcionalmente lindos: verdes, muy verdes, con patrones y figurines en rojo y amarillo, verdaderas obras de ingenio, arte, le llamarían después. Como de costumbre, recorrí la línea que iba del vado al pie del monte, y regresé dando un rodeo por la cueva que Abel llamaba casa. A un costado se encontraba mi luminosa enramada de flores silvestres, mucho más fragante que esa pocilga llena de orines y tétricos trozos fecales. Al llegar, observé que mi hermano hacía un sacrificio, un pequeño cordero manco era la víctima. Después le siguieron dos ovejas robustas y retozonas. Al final, una como lumbrera descendió de las altísimas alturas y envolvió a mi hermano en una insoportable luz (Moisés, a quien ustedes seguramente conocerán, sería una patética ascua de ceniza junto a él). Un tanto intrigado me acerqué, no es que tuviera miedo, sólo que por experiencia sabía que el fuego podía ser devastador para las plantas que llevaba en las manos. A pocos pasos tropecé con una estúpida piedra que se atravesó en mi camino, y las flores que tanto me había esforzado en recolectar cayeron dentro del fuego consumidor que se había tornado Abel. Enojado e impotente (era impensable propinarle una paliza a mi hermano mientras era, literalmente, un bólido de fuego), me refugié en mi enramada, donde bebí una infusión de flores para calmar mis nervios que se crispaban como púas de acacia.

Al día siguiente, con unas tremendas ojeras (un poco de aguacate las solucionaría), me abalancé indignado sobre Abel, quien yacía tirado en el suelo, en el mismo lugar donde había inmolado, contra mi voluntad, a mis hermosas flores. En realidad, nunca quise matarlo, deben reconocer que yo ignoraba por completo, en esos momentos, lo que significaba la muerte. Cómo podía yo haberlo sabido…díganme, ¿cómo? Nunca había visto a uno de los nuestros morir; y nuestros padres eran como inmortales.

Abel era más fuerte que yo, siempre había sido así, en cambio, mi agilidad y resistencia (gracias a mis largas y constantes caminatas) eran superiores a las suyas. Enrabiado, Abel me había acertado dos golpes en el rostro en respuesta a mi embestida. De repente, se paralizó, como si algo en su interior hubiera dejado de fluir. En el horizonte una columna de negras nubes se aproximaba, con gran celeridad, hacia nosotros. Con sus ojos aterrorizados –como cada vez que veía la nube–, me propinó una patada en el estómago, haciéndome vomitar todo el aire que se alojaba en mi cuerpo. Por algunos momentos yací en la penumbra. Cuando por fin pude levantarme, con la vista borrosa, me proyecté contra Abel, quien estaba a punto de degollar una ternerita dentro de mi idílica enramada, ¡mi enramada! Furioso, lo impacté. El fuego del altar, improvisado por mi hermano, consumía a lengüetadas mi hogar. Todo se precipitó, la sangre de la ternera, su sangre y mi sangre, la luz, el fuego que descendía, la muerte, y mi hermano degollado en el que sería mi primer y último sacrificio.

 

 

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PoesíaDavid Anuar (Cancún, Q. Roo, 1989). Poeta, dramaturgo y traductor. Licenciado en Literatura Latinoamericana (UADY, 2013) y maestro en Historia (CIESAS, 2018). Becario del PECDA (2012, 2015) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020). Ganador del Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011), del Premio Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de maestría (2019), del Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura (2020) y del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos (2020). Autor de Erogramas (2011, Catarsis Literaria El Drenaje), Cuatro ensayos sobre poesía hispanoamericana (2014, Ayuntamiento de Mérida), Bitácora del tiempo que transcurre (2015, Ayuntamiento de Mérida), Estrellas errantes (2016, UAEM) y Memoria de Gabuch (2020, ICAQROO). Editor de la antología Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo (2017, Plataforma Colectiva), y de la obra completa de Adriana Cupul Itzá, Y mi cuerpo no ha muerto. Poesía recuperada (1993-2002) (2019, IMCAS). Su obra poética y narrativa ha sido traducida al inglés.

 

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