Alcalá

Alcalá

 

 

Con motivo del lanzamiento de la primera edición del Premio Estatal de Cuento “Rafael del Pozo y Alcalá” 2021, que convoca Grupo Pirámide, a través de su suplemento Vértice, presentamos este cuento del autor que la da título a este certamen. Dicho texto forma parte de “Doce muecas y un gesto“, libro que vio la luz 1980, por lo cual es considerado como el primer volumen literario publicado en la historia de Cancún.

 

 

 

Contacto

 

 

—Sr. Albala —la voz de la secretaria sonó con el matiz metálico a través del interfón—, larga distancia por rojo. Le habla el Sr. Ruz.

 

—Gracias, ¡bueno! Ruz, ¿qué pasó, mi hermano? —inquirió el Sr. Albala mientras retiraba el sillón de la amplia mesa de su despacho y extendía las piernas.

 

—¡Pero, Miguel, son las 20:30!, ya no hay vuelo, podemos dejarlo para mañana; yo saldría de aquí sobre mediodía y podríamos firmar la documentación por la tarde —un corto intervalo y el Sr. Albala francamente de mal humor exclamó—. ¡Ni modo!, me vas a tener toda la noche manejando y con este tiempo. ¡Maldita la gracia que me hace!

 

—¡Lucy!

 

El grito dejó oírse en todo el edificio, haciendo innecesario el interfón. La secretaria irrumpió visiblemente alterada ante tamaño grito.

 

—¡Qué ocurre, Dn. Julián! ¡Qué pasa!

 

—¡No pasa nada!, cancele todo el programa de mañana, salgo de viaje. Dígale a Manuel que me cheque al carro: aceite, agua, gasolina, todo. ¡Ah, y que me compruebe la presión de los neumáticos!, y usted llame a mi casa, que me preparen el maletín de viaje para un par de días y que de una vez pase Manolo a recogerlo. Avíseme cuando esté todo listo. Y un favor, Lucy, tráigame el expediente de la embotelladora, revise que esté completo: actas, acuerdos, correspondencia, último estado de cuentan: en fin, compruebe que no falte nada.

 

—¿Algo más, Dn. Julián?

 

—Nada, Lucy, sólo discúlpame por el grito de antes, es que me crispa tener que viajar con este tiempo.

 

—¿Quiere que lo acompañe, Manuel? —ofreció la secretaria.

 

—No, gracias, es preferible que se quede aquí, puedo demorar y no tiene caso; no tarde en prepararme ese expediente, quiero revisarlo antes de salir.

 

Una hora más tarde, el Sr. Albala tomaba asiento ante el volante de su automóvil, dejando a su lado el portafolios. Afuera del estacionamiento privado, el viento soplaba fuerte y la lluvia arreciaba. “¡Qué nochecita para viajar!”, pensó mientras arrancaba el Mercedes con suavidad. La calle, pese a la temprana hora, se encontraba vacía; el tiempo reinante no invitaba a salir de los hogares a sus conciudadanos. Una vez lejos de la ciudad, se arrellanó en el asiento reclinando un poco el respaldo y prendió la radio; en esos momentos empezaba el parte meteorológico; las noticias no eran buenas, el tiempo tendía a empeorar, los vientos racheados se verían incrementados en su velocidad y el locutor recomendaba a los automovilistas manejar con precaución.

 

El agua formaba una espesa cortina sobre el parabrisas del carro y la luz de los potentes faros no conseguía alumbrar a más de tres metros adelante. Los limpiabrisas funcionaban a su mayor velocidad y ésta era insuficiente para despejar el agua que la lluvia proyectaba sobre el cristal tenía que acercarse lo más posible al parabrisas. Dn. Julián volvió a colocar el respaldo verticalmente ya que tenía que acercarse lo más posible para distinguir la carretera.

 

Una mirada al tablero; el reloj marcaba las 12:05. En sólo 170 kilómetros había invertido más de dos horas y media; le dolía la espalda y se encontraba tenso, sentía agarrotados los músculos del cuello; el tiempo había empeorado, como ya avisara el servicio meteorológico. Prácticamente, ahora no conseguía superar los 40 kilómetros por hora; debía descansar un rato; dos kilómetros más adelante, divisó a su derecha un claro fuera de la cinta asfáltica; con precaución estacionó el automóvil dejando las luces prendidas. Sabía que dentro de la guantera había un termo con café caliente y un estuche con dos pequeñas botellas con cogñac y whisky. Efectivamente, Lucy no le había fallado. Destapando el envase refractario y sobre la misma tapadera se sirvió una buena taza de humeante café; del estuche extrajo la botella de cogñac y directamente le dio un buen trago. Ahora sí, volvió a reclinar el asiento y se dispuso a saborear el café; la radio estaba retransmitiendo una selección de jazz. Actuando sobre el mando eléctrico, el asiento se desplazó hasta el tope en el sentido horizontal, lo que le permitía estirar las piernas en toda su longitud.

La lluvia amainó de golpe, no así el aire que soplaba con fuerza; el ambiente dentro del vehículo era sumamente agradable; de pronto, algo como un relámpago iluminó el costado Izquierdo del automóvil; en ese momento las luces y la radio del carro se apagaron.

 

—¡Caramba! —exclamó en voz alta— ¡Qué extraño!

 

Incorporándose sobre el reclinado asiento observó cómo la luz que le habla sorprendido se alejaba carretera adelante. “¿Y esto?”, se preguntó, nuevamente en voz alta, mientras que las luces y la radio se ponían otra vez en funcionamiento.

 

Con un encogimiento de hombros. Dn. Julián volvió a su cómoda postura, no sin dar un nuevo trago al café. No había transcurrido un par de minutos cuando de nuevo las luces y la radio volvieron a apagarse mientras alrededor del carro se extendía una luz de extraños reflejos verdosos. Una nota aguda, como mantenida en diapasón, llegaba a sus oídos; la temperatura había subido en el interior del carro; a través del panorámico, el Sr. Albala pudo ver como un cono de luz en cuyo centro se encontraba su coche, iluminaba un área de unos cincuenta metros cuadrados de superficie; la extraña luz cambiaba de color y, al unísono, la nota aguda de sonido cambiaba su tono. Dn. Julián sentía la piel erizada y un sabor a cobre se adueñó de su paladar; el miedo se estaba apoderando de él; se pasó su mano derecha por el rostro y la retiró húmeda de sudor. No, no era posible, no se explicaba aquella situación. Quiso arrancar el motor y una vez más pudo comprobar que no existía electricidad dentro del automóvil. Sus manos se aferraban al volante, cuando pudo observar que la luz estrechaba su círculo y como lamiendo físicamente la carrocería del automóvil se alejaba verticalmente; las luces permanecían apagadas. Por el costado izquierdo y a través de la ventanilla “algo” se movía en el aire; flotaba desplazándose, cruzando la carretera sólo para posarse a unos cien metros de su carro, cuyo sistema eléctrico seguía sin funcionar.

 

Debía ser un helicóptero de la Dirección de Tránsito —pensó—, no podía ser otra cosa. ¿Qué otra cosa, podía ser? Sin embargo. ¿por qué no funcionaban sus luces y la radio? Su vista se dirigió de nuevo a “aquello” posado a su izquierda. No lo pensó más, la lluvia había cesado por completo: abrió con ademán decidido la portezuela del carro y se apeó del mismo, no sin antes extraer del portafolios una treinta y ocho automática que empuñó con firmeza.

 

El aire azotó su rostro; la luna había surgido pletórica de luz entre los contornos desdibujados de las nubes; su claridad iluminó profusamente el paisaje circundante; con claridad vio “aquello”. De un diámetro de unos ocho metros, dos grandes platos invertidos oscilaban ligeramente a medio metro escaso del suelo. Mas que su voluntad, una fuerza extraña lo atraía hacia la nave. Ahora sabía sin duda que se trataba de una extraña nave. Desechó la idea de platillos voladores; aquello debía tener una explicación lógica.

 

Siguió avanzando.

 

El balanceo que había observado se había extinguido; ningún sonido llegaba a sus oídos y sólo una tenue luz pálida se desprendía como modulada, como acompasada por un extraño pulso. A sólo unos quince metros se detuvo, figura humana se desprendía de la nave; esa fue su impresión, no bajaba, se desprendía como resbalando por una inexistente escalera. Las formas de una mujer con el pelo suelto al viento se enmarcaron en el reflejo de la luz de la luna; con paso casi felino, aquella figura avanzó hasta que dar parada junto a él. Dn. Julián sintió que sus piernas perdían fuerzas; sólo con un sobrehumano esfuerzo no trastabilló; sus ojos se dilataron hasta sentir dolor, su boca quiso modular alguna palabra sólo para conseguir que su mandíbula quedara colgando estúpidamente; mientras la pistola se escurría de sus manos al suelo. ¡No!, aquello no podía ser real; ante él tenía el arquetipo de la perfección hecha belleza; si alguna vez soñó con una mujer perfecta, ahora la tenía frente a sí, de estatura media, su cuerpo totalmente desnudo era armónico y pletórico de formas; su pelo caía sobre sus hombros después de dibujar en lasos reflejos el contorno de la cabeza que se izaba sobre un delicado cuello: sus hombros eran redondos; su busto se proyectaba provocativo, erecto, rematando en su curva con dos botones incitadores de caricias; su piel se adivinaba tersa y suave, con la tersura del melocotón maduro y suave como alabastro pulido. Su cintura se estrechaba para dejar paso a la cadencia de unas curvas perfectas en las caderas; su vientre rosado como duna modelada por el viento alisio, terminaba en un monte de Venus perfecto; triángulo ensortijado tejido, negra mácula esponjosa, abrigada por dos muslos que, como firmes pilares esculpidos en firme carne, prolongaba su belleza en la armonía de sus piernas.

 

Una oleada de calor interno hizo aflorar en la piel de Dn. Julian una sensación de rubor. Un paso más y aquella sílfide mezcló su cálido aliento con el Sr. Albala, Sus brazos se ciñeron alrededor de su cuello y sus labios se unieron en un beso arrebatador. El sentía la tibieza de la carne desnuda contra su cuerpo, tibieza que traspasaba su ropa para quemar en dulce ardor su piel. Entrelazados, ajenos a todo razonamiento, sin cruzar ningún tipo de comunicación que no fueran caricias al unísono, se encaminaron al carro. Una vez dentro, sus cuerpos se fundieron en la cama conformada por los asientos. Aquello no tenía sentido, destellos de normal vivencia acudían a la mente embotada del Sr. Albala, para una y otra vez poner llamada de atención sobre lo insólito de las circunstancias; para caer en el éxtasis de una entrega desbordada y sin freno.

Fundidos, inmersos en cópulas sin fin, las horas se desgranaban entre arranques de sexualidad desbordada.

 

―――――

 

 

El tiempo en la mañana es francamente primaveral. Junto a un Mercedes estacionado en la orilla de la carretera, una ambulancia se encuentra cerca del automóvil; el forense ha terminado de momento su examen.

 

—Teniente —exclama el galeno, mientras cierra su negro maletín e introduce sus lentes en el bolsillo superior izquierdo de su saco—, no entiendo nada; este hombre ha sido castrado con la delicadeza de un virtuoso del bisturí; sus órganos genitales han sido extirpados meticulosamente; sus cordones seminales han desaparecido. Diríase que han sido cercenados para un estudio posterior; tal es la limpieza con que han sido operados, esa es la palabra. Este hombre no ha sido castrado; ha sido operado quirúrgicamente. La ausencia de sangre sólo se explica porque con anterioridad ésta ha sido extraída hasta la última gota del cuerpo. Las manchas sobre los asientos son de esperma, de eso no hay duda. ¡Ahl, la muerte ha sido producida por paro cardiaco entre las 12 horas y las 3 de la madrugada; no me pregunte más, porque hasta no tener el resultado de la autopsia no sé nada de nada. A usted —continuó— le quedan bastantes dudas que aclarar, esas huellas de pasto quemado en derredor del carro y las del otro lado de la carretera, la pistola tirada y el porqué de la pintura despellejada del carro; en fin, Teniente, que si mi labor se presenta con dificultades, no le resto la suya. Le deseo mucha suerte.

 

 

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AlcaláRafael Del Pozo y Alcalá (España, 1933). En 1977 comenzó a escribir para el Excélsior y, posteriormente, para el periódico Novedades de Quintana Roo, donde colaboró asiduamente. Fue jefe de Radio Cultural Ayuntamiento y director de la Casa de la Cultura. Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial, a mediados de los ochentas dirigió el entonces “Diario del Caribe”, con el que logró afiliarse a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

En 1980, publicó su libro de cuentos “Doce muecas y un gesto”, el cual es considerado la primera obra escrita y publicada en Cancún, por la entonces “Editora del Caribe” de Enrique Sumohano.

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