Cena

Cena

 

 

Cena para cuatro

 

Diego Covarrubias

 

 

 

El mismo día que mi hija se fue a la Ciudad de México a iniciar sus estudios de gastronomía, mi esposa dejó un papelito doblado arriba de la pila de libros que tengo en el buró al lado de mi cama, y después abandonó el departamento con una maleta al hombro. Esta intromisión en el orden de lectura establecido me incomodó, ya que esperaba con ansiedad iniciar esa misma noche Línea de fuego de Arturo Pérez-Reverte, y aunque leer el papelito sería cuestión de minutos, el acto se me hizo intrusivo y de mal gusto. Con la molestia a cuestas postergué su lectura, e incluso estuve a punto de sumergir el dichoso papelito hasta debajo de la pila de libros, donde le correspondía, pero por alguna razón no lo hice. Antes de irme a dormir lo desdoblé y leí el mensaje. Decía: ADIOS!, así, con mayúsculas, sin tilde y un solitario signo de exclamación en afán de énfasis. No había nada más; ni una justificación, ni una despedida. Nada, la solitaria palabra era como un cadáver rodeado de cinta policiaca, al cual nadie se acerca para no contaminar la escena del crimen. Entendí que en esas cinco letras estaban apretujados dieciocho años de hartazgo y de desgaste matrimonial, y tuve la convicción de que el adiós que anunciaba era un adiós definitivo y para siempre. Por supuesto que tendríamos que atender los trámites del divorcio y acordar detalles a través de nuestros abogados, pero para efectos prácticos, a partir de ese momento mi estado civil era al mismo tiempo separado, divorciado, soltero, es decir, solo. Ya no tuve ganas de iniciar la lectura del libro de Pérez-Reverte. Apagué la luz, me extendí cuan largo soy en el despoblado colchón de la cama y después de un rato, pude, para mi sorpresa, conciliar un sueño profundo y reparador.

Confieso que al principio el saco de la soledad me vino a la medida. Para un ser antisocial y silencioso como yo, la soledad solitaria calza mejor que la soledad acompañada. Al paso del tiempo la relación entre mi esposa y yo había migrado a ser una relación de familiares incómodos que no se van nunca. Sin ella, podría despertarme a la hora que fuera, mantener la luz de lectura encendida hasta la madrugada o hasta que los libros cayeran desde mis manos hasta el piso, vencidos por la gravedad del cansancio. Sin ella, podría comer lo que fuera y a la hora que fuera y donde fuera; olvidar justificaciones y promesas y disculpas, y sobretodo, olvidar olvidos. Sin embargo, al poco tiempo sentí que tanta soledad se estaba aproximando a la locura, y que para no perder contacto con la realidad necesitaba compañía en al menos una actividad diaria. Decidí que esa actividad sería la hora de la cena, y entonces tuve una idea que en su momento me pareció genial, y que hoy es la causa de la apremiante situación en que me encuentro. Voy a tratar de explicarla a la mayor brevedad posible, ya que el peligro acecha.

Lo primero que hice fue ir a Home Depot y comprar un espejo rectangular de buen tamaño y poco peso. Usando nylon resistente, colgué el espejo del plafón del comedor, de tal modo que quedara flotando arriba de la silla que está en la cabecera opuesta a la que yo me siento. Desde mi propia cabecera empecé a platicar con el reflejo del espejo, contándole lo más relevante que me había pasado durante el día, que para ser sincero, no era mucho. Me sentí escuchado y acompañado, pero esa sensación duró poco. A la semana siguiente la cena se volvió monótona, aburrida y predecible, y decidí ir un poco más lejos. Compré otros dos espejos y los situé del mismo modo que el primero, pero a cada lado de la mesa, en un ángulo tal que me permitía, desde la cabecera que yo ocupaba, ver simultáneamente los tres reflejos. Este pequeño ajuste hizo más divertidas y multitudinarias las cenas.

No recuerdo si fue a la tercera o cuarta noche después de esta innovación. Yo hablaba de comprarme un coche nuevo, de agencia, más acorde a mi condición de soltero, algo que me rejuveneciera, tipo Fiat 500, rojo, o tal vez azul. En esas divagaciones estaba, cuando el reflejo a mi derecha pareció despertarse de un sueño y me dijo: “No mames güey, ¿para qué?, no lo necesitas”. Y entonces, los otros dos reflejos aprovecharon para meterse a la discusión y dar cada uno su punto de vista. Al final, entre todos acordamos una decisión, si no unánime, si consensuada: buscaría dos o tres modelos de coches diferentes y escogeríamos la opción más barata.

La siguiente noche la cena arrancó ya en fluida conversación, como si la noche previa nos hubiéramos quedado a mitad de un tema, como si fuéramos amigos de toda la vida. Platicamos de todo y de nada. Nos reímos, brindamos, y al final de la noche nos dieron la una y las dos y las tres cantando a coro y a todo volumen canciones ochenteras. Así, varias noches más, irrigadas con whisky o con vino tinto, que desembocaban en el sereno mar de las madrugadas.

Una noche sentí que los tres reflejos mostraban una cierta hostilidad hacia mi persona, pero la justifiqué porque había sido un día particularmente difícil. A partir de esa noche cesó el ambiente festivo y las cenas se volvieron poco a poco más serias, más parecidas a un juicio en el que casi siempre yo ocupaba el banquillo de los acusados, y ellos, los tres reflejos se turnaban el rol de fiscal, de jurado y de juez. Las sentencias que emitían eran siempre condenatorias y cada vez más duras y desproporcionadas, como si quisieran deshacerse de mí. Sorprendido ante el inesperado giro de los acontecimientos, llegué a cancelar varias cenas, pero siempre con la esperanza de regresar al ambiente distendido y fácil de las primeras noches.

En la cena que tuvo lugar el día de ayer me sentí francamente atacado, cuestionado, incluso ridiculizado. Incapaz de soportar tanta hostilidad y previendo una sentencia de muerte en mi contra, di un manotazo en la mesa, y anunciando el fin de la cena, me levanté y me fui a mi habitación. Metido en mi cama y escondido en la lectura del libro de Pérez Reverte todavía escuchaba sus risas, sus críticas, el feroz odio hacia mí persona; como si pertenecieran a un culto misterioso cuyo único objetivo fuera eliminarme. Las palabras llegaban desde el comedor como dagas voladoras, buscando clavarse en mi pecho. Cerré el libro y después los ojos, y me dije, ¡basta!

Al día siguiente de esa noche atroz, es decir, hoy, me desperté y fui al comedor. Descolgué los tres espejos. Los llevé a la bodega y los pusé detrás de los adornos de navidad y de la caja de herramientas. ¿Qué se creían? Más tranquilo, me dirigí al baño a empezar mi ritual de todos los días. La puerta del espejo que ejerce de botiquín de medicamentos y bodega de desodorantes arriba del lavabo estaba abierta. Al cerrarla, me tope de frente con los tres reflejos, que me miraban desde la superficie pulimentada y lisa, con una mirada centelleante, cargada de odio; como demonios bíblicos, desafiantes y enloquecidos. Sin darles tiempo de decirme nada, abrí la puerta lo más que pude para tomar vuelo y la cerré con violencia desmedida. El espejo estalló en mil pedazos; mil espejitos cayeron al suelo cada uno conteniendo la mirada enfurecida de los tres reflejos. Sin voltear a verlos me vine corriendo a la cama a escribir este mensaje. Apenas termine de redactarlo, voy a tratar de escapar del departamento o de salir al balcón, y desde allí, pedir ayuda al guardia de la caseta de seguridad. No sé si lo logre, porque en cualquiera de las dos rutas hay por lo menos cinco espejos.

En caso de que no sobreviva, dejo este mensaje doblado sobre el libro de Pérez-Reverte, para desenmascarar a los culpables. Son tres, viven en los espejos, y si no fuera por la mirada volcánica que como rio de lava burbujeante emerge del cráter de sus ojos en erupción, diría que sus rasgos físicos son idénticos a los míos.

 

 

También te puede interesar:

Cuento | Mi ritual cotidiano, de Mariel Turrent

 

 

 ****

 

Diego Covarrubias radica en Cancún. Recientemente publicó en Malix Editores el libro “Entre la memoria y la Imaginación”.

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.