Mural

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Los murales de Holbox 

 

Diego Covarrubias

 

 

 

                                              “Los científicos dicen que estamos hechos de átomos,

pero a mi un pajarito me contó que estamos hechos de historias.”

Eduardo Galeano

 

 

Aparte de huracanes y epidemias de mosquitos, pocas noticias perturban la somnolienta tranquilidad de la falsa isla de Holbox, y las que lo hacen, son rápidamente borradas de la memoria colectiva, desterradas al olvido, ignoradas como si nunca hubieran sucedido. Esta amnesia selectiva tiene un objetivo claro: no alejar a los turistas, que llegan cargados de dólares y de credit cards, a sumergirse en las aguas color turquesa de la laguna de Yalahau, o en las dóciles y someras aguas del Golfo de México.

Además de una vida simple y aletargada, y de las playas infinitas ornamentadas con cuerpos tatuados, curvilíneos y bronceados, Holbox ofrece a sus visitantes la contemplación de hermosos murales que decoran sus espacios públicos.  Murales que tienen diversas imágenes: mujeres con peinados en forma de flamencos, un Pinocho pescador, un saxofonista que lanza melodías en forma de peces, hombres rodeados de jaguares azules, catrinas con esqueletos de delfines, colibríes marinos; arte urbano exiliado a un pueblito costero y concebido por el feliz contubernio entre la exuberancia tropical, el color y la imaginación.

Por eso, y porque la vida está llena de sorpresas, a nadie pareció sorprenderle que el 10 de septiembre de 2020, un nuevo mural apareciera en la esquina de la calle Atlántico con la calle Morelos, cerca del puerto. En el mural, de casi cinco metros de frente, se veía a una niña de rasgos mayas caminando desde un mar lejano y acercándose al espectador. El pelo, negro como el zapote, bajo un misterioso sombrero azul. Sus ojos oscuros y almendrados al mismo nivel que la nariz, como si su rostro aindiado no permitiera más oquedades que las de sus anchas fosas nasales. Las manos ocultas detrás del torso, tal vez entrelazadas a la altura de la cintura, tal vez sosteniendo algo. Su lejana mirada de una dureza desafiante. Ninguno de los artistas que en ese momento residían en la isla reclamaron su autoría, unos pensaron que lo habían pintado otros, y en un lugar donde el arte público es tan común como las gaviotas, el mural fue aceptado como uno más de los muchos que decoran la isla.

Esparcida entre estos murales, la vida en Holbox transcurre al ritmo de un letargo simple que se acuna en hamacas, acariciado por una lenta brisa marina, y que se ramifica por todo el pueblo a partir de la calle Tiburón Ballena, una calle que parece un río seco de fina arena que conecta la laguna con el mar; desde el añejo puerto al que llega el ferry proveniente de Chiquila, hasta el inútil faro que, como la Torre de Pisa, se inclina sobre la playa vencido por el viento y por los años. A lo largo de esta calle van y vienen peatones, bicicletas, carritos de golf, y algunos coches que apenas sobreviven fuera de su hábitat urbano; condenados a la lentitud y al lodo de los baches, frecuentemente inundados por las fuertes lluvias. Alrededor de la plaza principal, que sigue siendo el corazón del pueblo, laten, entre tiendas de diminutos trajes de baño y restaurantes con especialidades veganas, antiguas casas de madera con el zaguán abierto, que enseñan sin pudor sus íntimas cotidianeidades. Casas habitadas por viejos sentados en el mínimo portal, tomando cervezas para espantar el calor, sacudiéndose los agresivos escuadrones de mosquitos, y hablando de todo y de nada, como lo vienen haciendo desde siempre. Casas que existen en dos tiempos simultáneos: un presente próspero que habla en inglés y un pasado de añoranza permanente; de leyendas que contaban valientes pescadores de tiburones, como la de la niña del mar que visita el pueblo de cuándo en cuándo, para cerciorarse de que todo estaba bien.

Tres días después de la aparición del primer mural, un segundo mural fue descubierto en una sección de la concha acústica de la plaza principal. La misma niña, los mismos rasgos, pero mucho más cerca del espectador, como si los tres días y noches que habían pasado desde la aparición del primer mural le hubieran servido para acercarse más al pueblo. En la imagen de cuerpo entero se podía distinguir la ropa gastada y polvorienta, las manos ocultas detrás de la espalda, como si escondieran algo, los pies apretujados en unos huaraches maltrechos por el camino andado. El rostro endurecido de cejas levantadas, y una mirada oscura de nubes negras presagiando tormentas. De nueva cuenta, unos pensaron que los autores eran otros, y entre tantos artistas con egos desbocados, nadie se preocupó por ir más allá en el afán de conocer a los anónimos autores. El mural permaneció ahí, y la niña observaba desafiante, cada vez más cerca.

Pasaron otros tres días y un tercer mural apareció en un muro verde y descarapelado de la calle Tiburón Ballena, entre la avenida Damero y la avenida Pedro Joaquín Coldwell, cerca de la playa, a diez metros de la esquina más concurrida del pueblo: la hot corner. La misma niña, su rostro ocupando ahora la totalidad de la imagen. Los rasgos más evidentes por la abrupta cercanía. Estrellas, tal vez constelaciones o brazos de galaxias dibujadas sobre la tela azul del sombrero. Mechones de pelo negro cayendo como tentáculos de medusas sobre las orejas. Los ojos bien abiertos, alargados. Las cejas como alas de águila desplegadas en el cielo de la frente, la boca apretada, cruzada por una mancha blanca de pintura desprendida, y las fosas nasales infladas, como si estuvieran en medio de una inhalación profunda. Un pedazo de tela roja similar a una bufanda protegiendo su cuello. La anónima niña con la dura mirada de siempre, que parecía decir: “Ya llegué”.

La noche de ese mismo día, la noticia de un inusual asesinato perturbó la tranquilidad de la isla. Un narcotraficante tabasqueño apodado “el Maicol”, fue encontrado muerto en la colonia Los Manueles, cerca de la playa, con una herida mortal de arma blanca en el pecho, a la altura del corazón. El único periódico que cubrió el hecho señaló que: “El ahora occiso ya había logrado evadir la justicia el año anterior, al escapar de un operativo realizado por los sietes policías encargados de la seguridad de la isla, y desde entonces se encontraba prófugo, a pesar de tener tres ordenes de aprehensión pendientes de ser ejecutadas”. La noticia, centrada en el asesinato, parecía omitir toda indagatoria al respecto del presunto asesino o sospechoso, y fue poco comentada, siguiendo la tácita y unánime decisión de no asociar a la isla con hechos trágicos que pudieran ahuyentar a los turistas. Sólo los más viejos del pueblo se juntaron clandestinamente en sus mínimos portales, y entre lentos tragos de cerveza y con voz humedecida por la brisa marina, murmuraban, casi en secreto y como desentendiéndose del tema: “Ya era hora, a ver si así deja de venir de fuera tanto malandrín mal intencionado.”

Al día siguiente del homicidio, un cuarto mural apareció en una pared cercana a la escena del crimen. En él, la misma niña, pero ahora de espaldas, alejándose de la perspectiva del espectador. Sus manos entrelazadas arribita de la cintura, sosteniendo un cuchillo ensangrentado, que iba dejando un rastro rojo de sangre y arena aglutinadas a mitad de la calle, junto a huellas de huaraches, que, como flechas de arena, apuntaban al mar.

En la tarde de ese mismo día, Don Nivardo Mena Villanueva, presidente municipal y uno de los habitantes más viejos de la isla, convocó a su oficina a los dos únicos trabajadores del Departamento de Limpieza Pública, y les ordenó borrar el último mural, así como los dos primeros.

—Sólo dejen el mural de la cara —les dijo—, el que está cerca de la esquina principal.

 

 

 

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Diego Covarrubias radica en Cancún. Recientemente publicó en Malix Editores el libro “Entre la memoria y la Imaginación”.

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