Cuento

Cuento | «El graznido», por David Anuar, 2da mención del Premio Estatal «Rafael del Pozo y Alcalá»

Tras la lectura de los cuarenta y tres cuentos recibidos en la convocatoria de la pasada edición del Premio Estatal de Cuento “Rafael del Pozo y Alcalá”, los miembros del jurado, compuesto por los escritores Nicolás Durán de la Sierra, Agustín Labrada Aguilera y Macarena Huicochea, decidieron otorgarle la segunda mención honorífica al escritor cancunense David Anuar, por el cuento “El graznido”, por ser un “buen cuento corto. En su lenguaje, en apariencia sencillo, aparecen recursos literarios importantes y hay buena dosis de humor. Tiene un estilo rítmico y preciso, propio del periodismo”.

A continuación, pues, presentamos esta obra, en cumplimiento con las bases de la convocatoria, la cual estipuló la publicación de los cinco cuentos ganadores en este suplemento literario.

 

 

El graznido

 

Por David Anuar

 

Cancún, viento duro en las costillas, pensó mientras cruzaba a trompicones los charcos de agua que se formaban en la avenida Uxmal. A su espalda, la terminal de camiones se perdía entre la llovizna. Arriba y más atrás, los nubarrones cortaban el atardecer y los últimos rayos, intermitentes, se despedían de negocios y camellones repletos de árboles y racimos de zanates.

Cancún, viento duro y calado en las costillas, volvió a pensar, mientras subía la banqueta contraria. Frente a él, con los neones apagados, se encontraba la emblemática tienda de antiguallas el Arca de Noé, con su puerta de cristal y un letrero colgante que decía: “Cerrado hasta nuevo aviso”. Se acercó y echó una mirada. La oscuridad cubría los estantes. No se veía nada en esa negrura de espejos empañados por la lluvia. Por los alrededores remolineaban turistas perdidos en la canícula del viaje y el alcohol.

Caminaba hacia la avenida Tulum. Al llegar a la esquina, frente al Monumento a la Historia de México, se detuvo. Las gotas y los zanates proseguían su embestida, su inalterable invasión, la impostergable consigna de humedecerlo todo, enturbiarlo. Ahí, de pie, con el agua acumulándose y penetrando la mochila que había llevado a cuestas durante dos año de estudio por el continente europeo; ahí, con los dedos del agua escurriéndole desde la boina, hacia la camisa, por el surco de su espalda, hasta los pantalones de mezclilla; ahí, mirando ese monumento, esa gran licuadora de concreto, se repetía: Cancún, viento duro en las costillas. Decidió fotografiar ese coloso que la población local ignoraba por rutina. Ahí estaban los rostros de Juárez, Zapata, Cárdenas, Carranza, tatuados en la piedra blanca. Ahí, de alguna forma, se suponía que estábamos nosotros, murmuraba en sus adentros, aunque sabía que todo ello era una historia ajena a esa ciudad que siempre había respirado de otro modo.

El claxon de un coche lo devolvió a la realidad, guardó la cámara, y prosiguió. La Tulum se abría ante él como una pista de aterrizaje abandonada, llena de árboles grisáceos que desplegaban sus ramas hacia el cielo. Poco a poco las farolas se encendían dejando al descubierto el semblante desfigurado de la avenida. Locales vacíos como cuencas humanas le daban la bienvenida, el cráneo rapado de la Tulum mostraba sus heridas: paredes grafiteadas, cortinas metálicas, pasadores puestos, más y más letreros de: “cerrado hasta nuevo aviso”, “cerrado provisionalmente” o, a secas, “cerrado”. Algunos negocios permanecían abiertos, luchaban por sobrevivir al inacabable aguacero y el lúgubre canto de los zanates.

La lluvia arreciaba. Corrió a refugiarse al techo volado de una zapatería abandonada. Junto a él, un vendedor ambulante cubría desesperadamente su mercancía con unas páginas del periódico de la ciudad. “Descontento general, dueños exigen medidas de seguridad, alcanzó a leer en uno de los bordes.

El vendedor, un hombrecillo de cobre, lo veía entre la esperanza y el espanto. El recién llegado sacó una moneda de cinco pesos y pidió un cigarrillo. El ambulante hurgó entre los pliegues de periódico mojado y encontró uno. Lo entregó y le ofreció fuego. El joven se recostó en una columna, mientras exhalaba la primera bocanada de humo. Fijó su vista en el vendedor y le dijo: “¿Qué ha pasado acá? ¿Por qué tanto local cerrado?” No hubo respuesta. El ambulante sonreía nervioso, desviaba la mirada, registraba la mercancía. “Qué pues, no me escuchó. ¿Qué pasó acá?” “Nada siñor. Temporada mala”, respondió el hombrecillo que, al ver menguar la lluvia, se escabulló y desapareció en la esquina de las Azucenas.

Ya era noche cerrada, apagó el cigarro y lo tiró en un bote de basura donde un zanate de pico inmenso removía los desechos en busca de alimento. El ave voló hacia una rama cercana, donde miles de ojos acechaban. Retomó su camino. Más y más locales mostraban sus puertas cerradas, era el notable el abandono de las vidrieras y las estanterías vacías. Pasó de largo el bar Karamba, la calle Tulipanes, hasta llegar a la tienda de Sybele, en que un hombre gordo, vestido de negro y con cara de zanate, vigilaba la entrada. El peculiar edificio de cuatro niveles, ventanales de madera y enormes vitrinas de cristal, resistía desde hacía veinte años las malas temporadas y, recientemente, el graznido y la mierda de los pájaros.

Levantó ligeramente la mano para saludar al hombre, quien lo veía con desconfianza. Se aproximó lentamente hasta que estuvo a dos palmos de distancia.

–Qué tal, mucha lluvia, ¿no?

El hombre de negro lo veía con sus minúsculos y enrojecidos ojos.

Silencio.

–Oiga, ¿sabe usted por qué hay tanto negocio cerrado? –insistió el joven.

–¿Es nuevo por acá? –respondió el hombre con una mueca burlona.

–Anduve fuera por algún tiempo.

–Pos bienvenido ­­–dijo el hombre de negro, mostrando una sonrisa que dejaba entrever unos dientes sucios y picados.

–Gracias. Y entonces, ¿qué pasó, pues? ­–insistió.

–Ya lo verá joven. Ya lo verá –dijo el hombre, soltando una risa chillona como un graznido al atardecer.

El hombre le dio la espalda y giró en la esquina de la calle Claveles, mientras los ecos de su risa vibraban en el aire y en las ranuras de su corazón. La noche y la lluvia cerraban sus alas en torno a él. Apretó el paso. Llegó a la calle de Crisantemos. Al doblar sólo encontró más huesos y osamentas de locales: “Se renta”, “Se vende”, “Traspaso: ¡Urgente!”, “Remato”.

Caminaba rápido, el pulso se le aceleró, sentía la adrenalina fluyendo en su sistema, minúsculas pulsaciones tironeaban de su sangre. Completamente empapado comenzó a tiritar. La luz de las farolas se volvía tenue, un fulgor ambarino le crispaba los nervios. En el suelo una hoja de periódico era remolcada por la corriente que fluía desde la bocacalle hasta la alcantarilla. Recogió el amasijo de papel y leyó lo que restaba del encabezado: Crisis en el paraíso por infestación de Zanates… más de cien negocios… lo demás era ilegible.

Estaba a una cuadra de su casa. Finalmente, después de dos años de estudiar en Inglaterra y Francia, podría volver a dormir en su cama, sentarse en su escritorio y cuidar de su colección de plantas.

Ahí estaba, parado en la puerta, goteante, sin nadie que lo recibiera. No importaba, pensó, estaba en casa y escucharía el canto de las chachalacas al amanecer, el croar de los grillos en la noche, y el bullicio del Parque de las Palapas por las tardes. Abrió la reja, recorrió el pasillo, mientras tomaba nota mental de las cosas que había que hacer: deshierbar, podar la buganvilia, cambiar la tierra de la albahaca y la hierbabuena, pintar el porche, y la lista crecía más y más. No importa, hoy no importa, se dijo y entró en su habitación.

Cancún, viento duro y calado en las costillas, pronunció en voz baja, casi como un rezo. Se quitó la ropa. Su cuerpo estaba entumecido. Abrió la regadera y se metió en el chorro de agua caliente. Poco a poco sentía que los músculos cedían; poco a poco, el cansancio y aquella sensación de extrañamiento se iban por la coladera.        

Estaba extenuado y no había nada para cenar. Se recostó en la cama mientras sus mejillas recordaban la tersura de sus sábanas y el peculiar olor a pan horneado que tenía su cuarto. Se fue desvaneciendo en la noche, en el repiquetear de la lluvia en el tejado.

 

El sol y el canto de las chachalacas entraban por la ventana. Giró un par de veces en la cama destendida, respiró hondo y fue al baño. Estaba en casa, tuvo la certeza de que estaba en su hogar, en el terruño que le confería paz, tranquilidad y un atisbo de eso que todos los pobladores negaban: su identidad.

Aquellos pequeños placeres que llamaba vida estaban todos reunidos ahí, su café, su escritorio, los recuerdos de su infancia, las muescas en la puerta en que medía su altura junto a su madre, o el pequeño huerto donde cuidaba las plantas junto a su padre. Todo, absolutamente todo estaba ahí. Recorría la casa como un detective que reconstruye un crimen; así, él reconstruía su pasado, la cotidiana certeza de su memoria.

Necesitaba desayunar, se dirigió a la puerta mientras se preguntaba por qué tantos negocios habían cerrado y, sobre todo, en dónde podría encontrar una tienda abierta para comprar un poco de pan dulce. Le dolía el estómago, el hambre. Al llegar a la puerta, lo sobresaltó el plumaje negro de un zanate que golpeaba la ventana como si buscara algo en el interior de la casa. Había escuchado alguna vez que esas aves eran especialmente afectas a los objetos brillantes. Quizá algún adorno colgado en la pared había llamado su atención.

Al girar la perilla, se percató de que al pie de la puerta había una nota. Una nota que lo heló hasta la médula:

 

 

Pos bienvenido

le informamos que, por su bienestar, el de su familia y el del vecindario, a partir de mañana deberá cubrir una cuota de 2500 pesos mensuales.

De no pagar, aténgase a las consecuencias.

No se moleste en buscarnos.

Iremos a su puerta.

 

Atentamente:

La Colecta de los Zanates

 

 

Dejó la nota en la mesa, y recordó los periódicos, el miedo, los candados, el hombre de blanco, los ojos que acechaban desde las ramas, el plumaje en su ventana. Un escozor le subió desde su estómago vacío hasta la garganta, con un regusto a jugos gástricos, murmuró: Cancún, graznido duro en las costillas.

 

 

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Texto de presentación | Premio Estatal de Cuento “Rafael del Pozo y Alcalá”, por Luciano Núñez

 

 

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PoesíaDavid Anuar (Cancún, Q. Roo, 1989). Poeta, dramaturgo y traductor. Licenciado en Literatura Latinoamericana (UADY, 2013) y maestro en Historia (CIESAS, 2018). Becario del PECDA (2012, 2015) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020). Ganador del Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011), del Premio Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de maestría (2019), del Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura (2020) y del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos (2020). Autor de Erogramas (2011, Catarsis Literaria El Drenaje), Cuatro ensayos sobre poesía hispanoamericana (2014, Ayuntamiento de Mérida), Bitácora del tiempo que transcurre (2015, Ayuntamiento de Mérida), Estrellas errantes (2016, UAEM) y Memoria de Gabuch (2020, ICAQROO). Editor de la antología Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo (2017, Plataforma Colectiva), y de la obra completa de Adriana Cupul Itzá, Y mi cuerpo no ha muerto. Poesía recuperada (1993-2002) (2019, IMCAS). Su obra poética y narrativa ha sido traducida al inglés.

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