Cuento

Cuento | «El plantador de luciérnagas», de Gabriel Vázquez, 3er lugar del Premio Estatal «Rafael del Pozo y Alcalá»

Tras la lectura de los cuarenta y tres cuentos recibidos en la convocatoria de la pasada edición del Premio Estatal de Cuento “Rafael del Pozo y Alcalá”, los miembros del jurado, compuesto por los escritores Nicolás Durán de la Sierra, Agustín Labrada Aguilera y Macarena Huicochea, decidieron otorgarle el tercer lugar de este certamen al cuento “El plantador de luciérnagas” del escritor Gabriel Vázquez Dzul, porque:

“Es un cuento bien logrado en lo técnico, con buen manejo de los tiempos verbales, de algunas pinceladas poéticas y del idioma en general, (…). Tiene un pie en el realismo mágico. El autor presenta bien a los personajes y entreteje la trama con habilidad, en una historia cargada de una cosmovisión peculiar que, sin duda, representa y recrea no sólo la vida de un individuo, sino también de una comunidad y de una cultura, con varios símbolos bien colocados y desarrollados, donde se logra la complicidad del lector a través del guiño final, en el que abre la puerta a la imaginación y lo fantástico”.

A continuación, pues, presentamos esta obra, en cumplimiento con las bases de la convocatoria, la cual estipuló la publicación de los cinco cuentos ganadores en este suplemento literario.

 

El plantador de luciérnagas

 

Gabriel Vázquez Dzul

 

 

Jacinto espera frente a su casa los ocasos que cada día se demoran unos minutos más. Cansado de verle, de esa mirada tardía y apretujada del anciano, el sol chisporrotea sus últimas llamaradas entre los cerros carcomidos por sequías. Así, como tostando los recuerdos, como incinerando las historias. Luego de noventa y ocho eternidades, Jacinto viste de arrugas profundas, cabello de mimbres, tos seca como sus manos, sombra ocelada y labios rugosos. La fortuna le ha abandonado y la perpetuidad se nota en sus músculos caídos. Está enojado con su tiempo, con su vida de flaquezas y carencias, con su vejestorio cuerpo que no puede más que mirar atardeceres, más que cargar con esa antaña costumbre de esperar la muerte.

Está sentado en un sillón de petatillo que vio mejores días. Acomoda tremulosamente entre sus manos una lata oxidada. Algo así como un tesoro. Sus dedos temblorosos frotan la añeja lata y la acercan a los ojos atrapados detrás de unos párpados estriados. Observa su contenido y enseguida la cubre.

Como si el tiempo se detuviera, mira de nuevo al compañero sol ataviarse de nubes y cielos nocturnos. Lo mira arroparse de lamentos, de tristezas, como si éste descubriera al fin sus nostalgias y deseos nunca cumplidos; ahora con sus años de machete y yerba seca, de venenos de alacrán en sus rodillas, de cascabeles escondidos en sus pies y manos.

Al acechar de nuevo el contenido de aquella lata, los recuerdos de su niñez vuelven a él, con los olores de humo y cenizas de un fogón, con el sinsabor de melancolías, de golpes y regaños por las mañanas y por las tardes, de lamentaciones que nunca acaban y de injusticias.

 

– Jacinto, hijo, ven aquí, mira esto que te voy a dar – le ordena don Marcelino mientras Jacinto, a sus ocho años, se acerca temeroso a su padre, a la espera de un coscorrón, de una bofetada o de cualquier otra reprimenda. Los ven aquí de su padre se acompañaban siempre de una golpiza sin razón, sin explicación ni arrepentimiento. Con una lluvia de maldiciones sobre su rostro, Jacinto se acerca como animal salvaje que trata de robar la vianda. Con miedo a la orden de su padre, responde frente al señor con voz de cervato – mande usted in yuumil. Llevaba días sin saber de él, aunque tampoco quería hacerlo. Él ya ha descansado de maltratos paternos por algún tiempo, y ahora está frente a su padre de nuevo. Don Marcelino, un hombre de palabras recias y un acento maya que azotaba en cada discusión o pleito; una persona encrudecida por una lucha personal con su pasado.

Don Marcelino sonríe de manera inquietante y, con el aliento a ron de caña y la ropa hediendo a sudor de semanas, saca de una bolsa de mecate un envoltorio de papel – toma, se lo quité a un wacho – le dice a Jacinto sin desmembrar su macabra sonrisa, una que inventa en el momento, porque él tampoco conoce la felicidad.

– Pero toma, ¡rápido! – Alza la voz antes de doblegar su robusto cuerpo sobre una banca y apresurar la mano izquierda sobre su costado al mismo tiempo que desvanece su sonrisa y la cambia por un gesto de dolor. Jacinto toma el envoltorio mientras ve con incertidumbre a su padre comenzar a toser y apretar más fuerte su costado. Por un instante, el señor descubre su cuerpo para mirar un agujero del que espumea sangre, como manantial a punto de secarse, como los últimos chorros de un cántaro agrietado. El gesto de don Marcelino cambia de nuevo, del dolor apretado entre los dientes a uno apacible, acomodándose para el descanso.

En cada párrafo de ese episodio, Jacinto vive un desconcierto ¿Es acaso una forma de remordimiento de su padre? De cualquier modo, no es claro si su muerte es una bendición o, todo lo contrario. Jacinto quiere pensar que ya no colapsará por los constantes maltratos, supone que ahora los llantos y los ramalazos finalmente acabaron. Ahora, también su madre podrá dormir sin preocupaciones ni sufrimientos junto al viejo Marcelino. Pero esta tranquilidad entredicha está acompañada de un dilema empañado de nuevas responsabilidades para su madre, su hermanito Magdaleno y Jacinto ¿Cómo sobrevivir en una época turbia de una guerra ajena, una guerra de la que sabe lo mismo que aquel envoltorio? Lo único cierto en este momento es la desventura de un señor que llamó por años in yuumil pero que no siente ningún tipo de afecto, por lo que no sufre su duelo.

[En medio de un sepelio incautado por el abandono, Jacinto salé como despuntando el polvo del suelo con los dedos de los pies, como un ave en su primer vuelo, entre tropiezos con el aire diurno y caluroso.]

Sin perder el aliento, Jacinto llega debajo de una ceiba perdida en el monte; una ceiba vieja y abandonada de xtabayes. Aquí los campesinos suelen sentarse a comer sus pimes y sus generosas porciones de keeyen; en donde descansan las mulas, los perros y las escopetas de los cazadores. En una piedra asienta su diminuto y correoso cuerpo de indígena. De su morral saca el empaque de papel, poco a poco descubre su contenido: un recipiente cuadrangular de latón, brilloso y membretado, “The Peanut Co., U. S.”. Le quita brevemente la tapa y observa su interior mientras los ojos se llenan de humedad incandescente.

 

Como arena de un reloj, Abanal se hizo desierto. La guerra ha desterrado lo poco que el pueblo había crecido y terminó sin tener claro quien ha ganado; más bien, todos perdieron. Jóvenes y adultos depositaron sus años para defender sus tierras de mestizos yucatecos y un mismo tanto murió sin poder regresar sus restos a Abanal (en algún momento el lugar de maíz y pavo de monte). También, con las batallas perdidas, muchos tuvieron que huir a Belice, otros simplemente fueron desapareciendo poco a poco sin razón alguna. Abanal dejó de ser aquel pueblo de abundancia, con sus nubarrones verdes de naranjos y mandarinos; menos regresaron sus lluvias constantes. La abundancia se hizo polvo justo cuando los vientos de ánimas en noviembre llegaron acompañados de otra guerra, una silenciosa, la del hambre.

 

Entre las sequías y algunos chispazos de benevolencia, Jacinto se convierte en el proveedor de su pequeña familia. Como suele hacerlo cada mes, él y su hermanito Magdaleno llegan a Muna, la cabecera municipal a unas nueve leguas de Abanal. En un caballo que ya había visto mejores ocasiones, casi tan flaco como los carrizos del tajonal, llevan maíz y chicle para intercambiarlos por arroz, azúcar y café; y en el morral de Jacinto, la pequeña lata con sus secretos y sus resplandores.

Torturados por el sol de la mañana dominguera, llegan a la tienda de doña Mukuy, una señora rolliza, poco amable y dos veces viuda. No era fácil de tratar y poco probable que deseara hacer trueque; como cualquier comerciante prefería el dinero. Con un español atropellado, entrecortado con palabras en lengua maya, Jacinto inicia la conversación con la señora quien cada vez muestra menos signos de querer participar en el regateo. Luego de un rato, Jacinto sale con el mismo costal de maíz y el quintal de chicle sin tener consentimiento de la señora.

Como si la derrota lo extraviase en su mente de preadolescente, no se percata de un muchacho y su compañero mestizos que apresuraron el paso detrás de ellos; el más grande jala el morral de Jacinto, haciéndole tirar su cargamento. –– ¡Dámelo! –grita Jacinto corriendo detrás de los fulanos. Mientras acontece la persecución, el ladrón saca del morral aquella lata brillante y se detiene.

– Mira, pero ¿qué es esto? un indio como tú no puede tener algo así ¿dónde lo conseguiste? – cuestiona a Jacinto, mientras éste cunde de rabia sus ojos y comprime sus puños de pedernales. Aquel mestizo es más grande que él, pero desde la impotencia de su pequeña humanidad maya, surge un coraje incontrolable. Entonces, Jacinto se arroja sobre el muchacho blandiendo sus brazos de jornalero hasta que le tumba al suelo. Allí, Jacinto brinca sobre su pecho y hunde sus rodillas sobre los hombros del ladrón, lo deja inmóvil. Como jaguar enloquecido, Jacinto clava sus largas y enlodadas uñas en el cuello del muchacho; su acompañante se acerca para atacar por detrás a Jacinto, pero Magdaleno toma una piedra del tamaño de una naranja y se pune enfrente amenazando con la mirada chispeante, como poseído por el hambre. El cómplice se echa a correr perdiéndose en las calles del lugar.

– ¡Déjalo ya Jacinto! – Grita doña Mukuy, quien desde lejos ha presenciado todo el pleito – No voy a decir nada, vi lo que pasó – Con virtud de espanto, el joven mestizo se levanta como agradeciendo a la señora el haberle salvado la vida y se alejó tan pronto como pudo secándose con las manos la sangre de su cuello. Aún jadeante, Jacinto se limpia el polvo del cuerpo y recoge la lata del suelo. Como si hubiera recordado el fallido trueque, encogido de hombros, regresa para recoger su costal de maíz y el quintal de chicle. Jacinto toma su carga al tiempo que escucha decir a la señora – Pon esa mercancía adentro, te daré lo que necesites ¡pero será la última vez! – entonces, los rostros de los niños se iluminan de nuevo.

 

De vuelta en el sulfurar del ocaso, en el último respirar de la tarde de un otoño con olor a incienso y hoja ahumada de platanal, Don Jacinto rememora en su choza de paja sus añales de una vida injusta. Sin esposa y sin hijos, y habiendo sepultado a su hermanito hace ya varios años, la soledad ha sido su hábito más preciso. Su milpa tan árida como su semblante es lo único que tiene; un pedazo de tierra detrás de una gran ceiba abandonada de xtabayes; con menos de una decena de árboles frutales y algunas cañas de maíz que no alcanzaron a secarse. A su edad es más que suficiente. Con su delicado cuerpo de anciano, todos los días suele llevar su jícara con agua para regar aquellos surcos de antaño. Todas las mañanas contempla aquella parcela estéril sin perder la esperanza de un brote nuevo de maíz. Pero hasta el sereno de la madrugaba procura no caer en ese sitio.

 

[Senil, en un pueblo con aroma a silencios, los días saben a pelambre quemado. En ese pueblo los hombres sólo existen en niños y ancianos porque los jóvenes… los muchos nortes se los han llevado. ¿Qué pasó con ese pueblo que nació de la abundancia? ¿Qué tributo ahora entregará su nombre antiguo (Ya’abal Nal) que en lengua maya significa “mucho elote”?]

 

–Don Jacinto, buenas tardes – pasa por allí Juan, un niño que acostumbra ser oyente de las historias escondidas del anciano. Pero éste no contesta, sólo mira eternamente la luz escondiéndose en la penumbra, esa luz de monte que no echará de menos, la de su infancia turbulenta y ennegrecida.

Extrañado del silencio del viejo, el pequeño Juan se acerca y toma asiento en una banca de madera junto al sosegado veterano. No aglutina una sola palabra, se une a la confabulación callada con don Jacinto. Sólo permanece a su lado hasta que el naranja del cielo se desvanece en el anochecer. Lo deja allí, sentado con su lata llena de misterios que Juan aún no alcanza a descifrar. Sin despedirse, se aleja con calma y un desconcierto que no logra asimilar.

Más tarde esa noche, la lluvia se desata rugiendo sobre los tejados de paja, cartón y lámina de las casas de bajareque del pueblo, en tal manera como en muchos años la lluvia no aparecía. Casi toda la noche escampa la dicha y la alegría, algunos esperan en vigilia un tanto por miedo a inundarse y otro tanto para escuchar ese bramar fresco del agua sobre sus techos. Pero la calma regresa y en la distancia un concierto de croares ameniza la madrugada.

De la puerta del modesto jacal de Juan una fila de luciérnagas comienza a iluminar el lodoso camino. El niño puede ver esa extraña y resplandeciente danza de insectos, mientras se acomoda en su hamaca para dormir después de escuchar la canción satisfactoria del aguacero. Con la misma curiosidad con la que escucha las historias del anciano, se levanta y camina hacia esa vereda de luces, como ocelote acechando jabalíes. Sus pies chapotean en los charcos recién habitados por los sapos. A lo lejos se nota la casa de Jacinto, allí termina aquel raro, pero intrigante, paisaje de luciérnagas.

Sin perder ni un segundo el concierto de batracios como fondo musical, Juanito comienza a caminar cada vez más rápido hacia la choza de Jacinto. Mientras se acerca, voces de mujeres en liturgia se escuchan rezando en el lugar. Frente a la casa del viejito, se detiene para observar a tres mujeres y dos ancianos ofreciendo el rezo en torno a una caja hechiza de madera cubierta de algunas flores y la iluminación de veladoras. Es el cuerpo del viejo Jacinto, en la soledad, tal como había vivido. El niño se da la vuelta y de nuevo la hilera de luciérnagas muestran un camino de luces hacia al monte. Juan, de nueva cuenta, decide seguir el conspirador camino iluminado.

Camina por varios minutos, pero sus pasos no cansan su cuerpo de ocho años. Finalmente, la vereda de luciérnagas termina en un claro de monte y justo en medio de él se levanta una ceiba vieja e invadida por bejucos; justo frente a la milpa de Jacinto. Junto a su tronco, y casi iluminado por el despuntar de un día renovado, la imagen de un anciano flaco y castigado por el tiempo, se encuentra parado con una mano sosteniendo una vieja lata oxidada frente a la milpa mojada pero vacía.

– ¿Don Jacinto? – pregunta Juan para sí – Don Jacinto – Dice en voz alta sin obtener respuesta. Camina hacia él y le mira en la cara, es el mismo rostro acompañado de arrugas y una tos tan seca como sus manos, con su cabello de mimbres grisáceos y con su sombra cansada (una que a rastras seguía sus pasos, con los cascabeles en sus pies y venenos de alacrán en sus rodillas, con sus recuerdos de maíz y de machete).

No dice más. El anciano destapa aquella lata de años y se la entrega a Juanito. El niño mira su interior mientras sus ojos se llenan de esa misma humedad incandescente. Dentro, centenares de luces se movían sin cesar. Del asombro, el niño cae sentado debajo de esa ceiba seca, sin dejar de mirar aquel espectáculo luminoso. Frente a él, en aquellos surcos de tierra mojada, hilos de luces se elevan; luces interminables de días que en algún momento existieron.

 

Amanece. Unos campesinos miran espantados un maizal vigoroso frente a la vieja ceiba, en un lugar donde un día antes existía nada, sólo unas cañas que alcanzaron a librar las secas. Debajo del árbol y acurrucado entre las raíces salientes ven también a Juanito durmiendo profundamente luego de una larga vela; en su mano derecha sostiene una lata oxidada por la memoria y los hechizos de la infancia. Uno de los campesinos se acerca y toma el recipiente, dentro encuentra nada, sólo humedad y óxido. Enseguida la suelta y se aleja.

En su mano izquierda el niño sostiene algo. Poco a poco, dedo a dedo, Juan desprende su puño entre sueños. En él, una pequeña luciérnaga se sacude las alas. Libre, vuela y se pierde entre el maizal.

 

 

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Gabriel Vázquez Dzul (Muna, Yucatán, 1976) es licenciado en Antropología Social por la Universidad de Quintana Roo y maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de Michoacán. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias Sociales en el Centro de Estudios Rurales de El Colegio de Michoacán. Ha realizado diversas actividades en las artes visuales y montado exposiciones plásticas en ciudades como Zamora, Michoacán y Guadalajara, Jalisco. La serie Enraizados recibió mención honorífica en la categoría de fotografía del Concurso 39 de la revista Punto de partida.

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