Por Jorge Antonio Villalobos

 

Cuando llegó su secretaria para avisarle que unos policías querían hablar con él, Eugenio recibió la noticia como si ya la conociera, como algo cotidiano. Es viernes, seis de la tarde. Lupita, en la puerta, esperó medio minuto la respuesta de su jefe. Él seguía absorto en la computadora hasta que, con un gesto sonriente, indicó a Lupita que los hiciera pasar. Los tacones altos de su asistente dejaron un camino sonoro que se desvanecía por el corredor. De regreso, el taconeo creciente indicó la llegada a su privado. El sonido se detuvo y Eugenio escuchó: pasen, es la puerta derecha. No apartó la vista de su trabajo hasta que se levantó de la silla para saludar y ofrecer asiento a los visitantes. Los oficiales se presentaron como el agente López y el comandante Gutiérrez y después de un protocolo para justificar su presencia pero sin exponer el verdadero motivo de la investigación, el comandante Gutiérrez comenzó el interrogatorio. Bueno licenciado, entrando en materia, ¿conoce usted a María de Jesús González García? Eugenio contestó todas las preguntas con la seguridad de siempre, sin extrañarse, sin mostrar interés, pero con las respuestas claras del que dice la verdad. Explicó al comandante que era su cliente, que llevaba el divorcio de la señora González. Lupita, me trae el expediente quince veinticinco del dos mil diez del primero familiar, por favor. En el expediente se encontraba la ratificación de todas sus respuestas y todo lo que él podría saber de Mari Chuy: treinta y dos años, sin hijos y casada con un monstruo.

Pero déjeme decirle comandante, que si el ingeniero Martínez pretende acusar a mi cliente de robo o abuso de confianza o lo que resulte, la querella no va a proceder, mi cliente se llevó las cosas con autorización judicial. En el auto de admisión de la demanda la juez acordó como medida provisional que mi cliente depositara sus cosas en casa de su mamá y por lo que respecta al carro, aunque esté a nombre del hijo de su esposo, lo vamos a pelear como parte de la pensión alimenticia y el ministerio público no tendrá elementos para ejercitar acción penal contra mi cliente, porque la juez en estos días va a señalarlo como garantía, puesto que ya acreditamos que el hijo está como presta nombres…  y lo sé porque yo personalmente hablé con la licenciada, afirmó. Los judiciales se miraron con desconcierto e ignoraban todo.

Lupita, fiel a su virtud, desde su escritorio ponía atención al diálogo. Visualizó a Eugenio en su papel. Tenía confianza en que el licenciado iba a defender a toda costa a aquella víctima de ese machista golpeador, como ella lo imaginaba, pues un día Mari Chuy confesó a Lupita, mientras esperaba al abogado, que su esposo la golpeó varias veces. Pobre mujer, pensó. Tenía fe en Eugenio, no había de qué preocuparse, Eugenio podrá ayudar a Mari Chuy, incluso aunque fuera culpable, aunque tuvieran pruebas, Eugenio hará justicia.

El agente López miró al comandante como para desbaratar todo aquel mal entendido pero el comandante con los ojos le pidió silencio, de lo cual Eugenio pudo percatarse. ¿Cuándo fue la última vez que vio a la señora mi lic? Lupita, ¿cuándo fue la última vez que vino la señora González? El miércoles licenciado… vino a firmar unos papeles. Eugenio hizo un gesto como si todo fuera obvio. El miércoles, cierto, continuó él, incluso yo la llevé a casa de su mamá, porque ahorita no quiero que use el coche, no vaya a ser que el ingeniero lo haya reportado robado y se lo detengan. Los judiciales estuvieron conformes con el hecho de que Eugenio había dejado a Mari Chuy en su casa a las diez de la noche, que platicaron en la oficina, más o menos, dos horas antes de que la dejara; que la mamá estaba de vacaciones y Mari Chuy estaría sola toda esta semana. Además, el licenciado era un hombre directo, no se anda con chingaderas, pensaba el comandante, es un buen abogado, derecho, lo cual en parte era verdad y un punto a favor de Eugenio. Consideró oportuno poner al licenciado al tanto de todo, pues incluso podría ayudarlos. Explicó la razón de la visita y Eugenio respiró profundo, unos segundos más tarde fue hacia la puerta para cerrarla. Lupita no pudo seguir escuchando y consideró como una falta de confianza que Eugenio cerrara la puerta, pues ella era la bitácora de todo cuanto acontecía en la oficina, circunstancia a la que el mismo Eugenio había dado pie. No puede ser comandante… ¿Por qué mi lic? Porque yo voy a verla hoy, en su casa, a las siete. ¿Para qué? ¡Por favor comandante! ¿Cómo cree usted que la señora González paga mis honorarios si no tiene en dónde caerse muerta? El agente López rió hasta que Eugenio y el comandante lo callaron con la mirada. Perdón… es que… Con sus manos el agente describió el exquisito cuerpo de Mari Chuy. Los otros dos hombres lo observaron severamente, se encogió de hombros y hubo un poco de silencio, mismo que aprovechó Eugenio para invitar un cigarro a los oficiales. Los tres fumaron, buscando ordenar las ideas. Bueno mi lic, pos nosotros nos retiramos, gracias por su ayuda y, pos usté sabe, lo vamos a seguir molestando para la integración de la averiguación previa. Le dejaron un citatorio para presentarse a declarar ante el agente del ministerio público, papel al que Eugenio no prestó atención. Mientras los oficiales se retiraban, quedó absorto por un momento y ya una vez solo volvió su atención a la computadora.

El taconeo creciente anunciaba a Eugenio que Lupita volvía. ¿Cómo te sientes? Preguntó ella. Pues mal, un cliente menos y poco trabajo. Si no me confirman la operación de la maquiladora voy a tener que cerrar el despacho, con lo de la universidad no es suficiente. Él se apartó del escritorio, deslizando hacia atrás la silla cuyas pequeñas ruedas rechinaban un poco y en la que estaba sentado. Este movimiento y el espacio entre el escritorio y él eran la invitación para que Lupita se sentara en sus piernas, como acostumbraban al quedarse solos. ¿Y nosotros? ¿Si cierras la oficina que va a pasar con nosotros? Dije la oficina, no lo nuestro. Por el momento debo concentrarme en la maquiladora, si esa operación se logra cerraremos esta pocilga para abrir otra mejor.

Lupita tenía dos años trabajando para Eugenio y terminó por darse cuenta que asegurar su futuro significaba compartir su vida con un hombre que estuviera mejor preparado para solventar ese futuro. No era una mujer ambiciosa, deseaba vivir bien pero con el menor esfuerzo. Buscar un marido no sería difícil, puesto que era una mujer atractiva, pero atenderlo sí, criar hijos más. No pide mucho de la vida, nada más tranquilidad sin hijos, no quiere seguir cargando con bocas que alimentar como ya hizo: un padre alcohólico, dos hermanos siempre en problemas de pandillas y una madre mártir que no podía mantener a sus tres hombres. Lupita debió comenzar a trabajar desde los dieciséis años, durante ese tiempo, antes de mudarse de ciudad y comenzar a laborar con Eugenio, aprendió que una mujer pobre y sola no puede llegar lejos. No tenía una familia que la ayudara, por el contrario, si ella sabe lo que es tener un ojo morado o un labio abierto e hinchado —lo que la hizo comprender bien a Mari Chuy— es por sus hermanos o su padre. Pero, ¿sabes?, gracias a mi madre soy lo que soy, le había dicho a Eugenio en una ocasión, yo no quise ser como ella, sumisa, estúpidamente sumisa hasta convertirme en un trapo. Cuando solicitó el trabajo había recién llegado a la ciudad, totalmente segura de que sin la carga de su familia todo habría de ser más sencillo, empero, no fue lo que esperaba. Estaba tranquila, no había gritos, no había que limpiar el escusado después de que su padre vomitara y llevarlo a la cama, pero el dinero no era suficiente. En casa, su madre también trabajaba y por muy poco que fuera, dos pesos siempre serán más que uno. Por eso, aquella tarde en que Eugenio por primera vez hizo para atrás la silla y le dijo ven, entendió perfectamente, ya que en varios de sus empleos anteriores hubo de tolerar manoseos y hasta una vez chupó un miembro para conservar el trabajo en una fábrica; y supo que lo mejor sería dejarse llevar, ganarse a Eugenio para que la relación fuera sin hostigamiento, por el contrario, placentera y no una obligación laboral; por eso fue a sentarse sobre sus piernas y lo besó, como si hubiera estado esperando ese ven desde el primer minuto que llegó a la oficina. Después de dos años está enamorada de Eugenio y su actual preocupación es que Eugenio se canse de ella.

Ella se incorporó para levantar su falda, ahora no, señaló Eugenio. ¡Claro! Al cliente lo que pida y a la empleada cuando tú lo pidas, increpó Lupita. La miró, no es eso, tú no eres nada más una empleada y lo sabes. Y, efectivamente, lo sabía, no era una simple empleada. La relación entre ellos es paterno filial y erótica. Él tiene cuarenta y tres años, ella veinticuatro. Cuando están solos la relación es de hombre a mujer, ante los demás la relación es de padre a hija y se hablan de usted: él siempre la corrige, siempre establece el cómo, cuándo y dónde, a los que ella paciente atiende y obedece, con fidelidad de parentesco y no laboral, pues el carácter y paciencia de Lupita habían sido previamente entrenados en casa, por lo que hasta cuando Eugenio está de mal humor y levanta la voz, ella lo observa maravillada porque, a pesar de su estado de ánimo, es todo un caballero que siempre pide las cosas por favor. Gracias a él, ella tiene un modo modesto de vivir pero sin carencias: departamento de interés social, vehículo austero pero nuevo, seguro de gastos médicos, teléfono celular y ropa suficiente, en especial ropa interior. Se miraron por un buen rato y él comenzó a tocarla nuevamente. Entendió que debía amarla antes de regresar a casa, pues era la forma de asegurarle que su relación en ningún momento ha corrido peligro por Mari Chuy ni lo correrá por alguna otra mujer que se líe con él. Por un instante, mientras él desabrocha la blusa de Lupita, a ella le viene a la mente la imagen de Mari Chuy haciendo el amor con Eugenio. Lo abraza y abre los ojos para que la imagen desaparezca pero en esos precisos segundos en que sus ojos se encuentran con los de él, se pregunta dónde estará ella, por qué desapareció o por qué huyó, no alcanzó a escuchar todo. La posibilidad de que estuviera muerta la paralizó por un instante, su marido es capaz de todo. ¿En qué piensas? En nada, respondió ella y lo besó nuevamente. Todo va a estar bien, tranquilízate, dice Eugenio al tiempo que ella lo besa. Sus movimientos roban de la silla un ligero rechinido.

Eugenio supo que Lupita mentía, que pensaba en Mari Chuy y eso hizo que él también la recordara. No era la primera vez que una cliente le pagaba con su cuerpo, empero, era la primera vez que su cliente era realmente hermosa. Cuando la vio desnuda descubrió a una mujer que puede manipular la voluntad de un hombre débil de carácter. Lupita no quería tener hijos por estar cansada de ser responsable de otras personas, Mari Chuy no quiso tener hijos por no perder la firmeza de sus senos, vientre y glúteos. Eugenio se aferra a Lupita pensando en Mari Chuy pero no en el cuerpo de Mari Chuy, sino en lo injusto que la vida ha sido con Lupita. Mari Chuy era una mujer blanca, de pelo castaño y de facciones finas, piernas y nalgas fuertes, senos grandes con pezones pequeños, rosados; Lupita era morena, de pelo quebrado y negro, sus piernas tienen la forma propia de la juventud pero cuando lleguen a la edad de Mari Chuy la perderán; sus senos son medianos, de pezones grandes y oscuros. Lupita es bonita pero Mari Chuy bella, totalmente bella, y tan solo esa diferencia física hablaba de la biografía y estrato social de cada una de las dos mujeres. Esa es la razón por la cual Eugenio se aferra a Lupita, la abraza y besa, porque es una niña que llegó a él para ser protegida y al mismo tiempo porque la vida de Lupita es un reflejo de la vida de Eugenio. Cuando terminó la universidad era consciente de que en su carrera habría ocasiones en las que su ética debería ser flexible pero en el fondo creía que llegar a ser un abogado respetable con una posición económica envidiable era consecuencia de estudio y trabajo. Quince años después de trabajar ardua y constantemente, de una maestría y de asistir a congresos y conferencias, de ser profesor universitario y un tanto investigador, es consciente que además de eso es preciso tener poder. Está decepcionado de sí mismo, no por no haber logrado lo que quería, sino por haber creído, por entregarse a un simple y pueril sueño. Para tener clientes importantes hay que ser importante, de nada sirve ser responsable y profesional. Todos estos años él se había enfocado en ser sumamente meticuloso y técnico en sus casos, en sus asesorías, en sus clases, lo cual le ha valido el reconocimiento de jueces y magistrados, alumnos y colegas, pero se ha dado cuenta que todos ellos, los que lo admiran, pertenecen al grupo de los que obedecen, como Lupita, y no al grupo al que él quisiera pertenecer, de los que mandan, de los que llevan las riendas de lo que acontece en la vida de los demás. Está cansado de que en toda negociación, en todo juicio, al final el problema se resuelva no conforme a la ley, no conforme al estudio planteado para fundar y presentar el caso, ¡ni siquiera conforme al sentido común!, sino como lo quiera el que puede mandar. Una persona con poder no tiene que esforzarse mucho para lograr lo que quiere, lo que le conviene y así la experiencia se lo ha escupido en la cara. No es que él no quiera esforzarse, simplemente quiere dejar de agachar la cabeza y aceptar, tener que resignarse como sinónimo de impotencia y humillación ante abogados que escriben con faltas de ortografía pero que con una simple llamada telefónica ganan un juicio. En una ocasión en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, un secretario proyectista le dijo: lic, le tengo dos proyectos de resolución, uno es gratis y el otro no, Eugenio siguió el juego, a sabiendas de que el gratuito le era desfavorable, ¿cuánto cuesta el mío?, preguntó. Meses después se enteró que en un caso parecido otro abogado pagó dos veces menos. Eugenio invitó al proyectista a un bar y al calor de los tragos fue directo y lo increpó: bueno cabrón, ahora dime, ¿por qué chingados a mí me cobras una cosa y al pinche Gutiérrez menos?, ¡no mames! El secretario lo miró tranquilamente, pues fácil güey, tu cliente no puede hacer que me corran, los de Gutiérrez sí, así que a ellos nada más les pedimos lo que quieran dar, una propinita, no me voy a pelear con ellos, ponte en mi lugar, tengo familia, y lo que dan es en consideración a que los trato bien; además ¿a ti qué?, tu cliente, pos que pague, si no quiere, pues para eso hay resoluciones gratis, ya después que se vaya a presentar su amparo. Luego el secretario puso su mano sobre el hombro de Eugenio, como para revelarle una verdad guardada secretamente por siglos: ¡y lo que borracho dije, borracho lo sostengo!, y estalló en carcajadas. Su burla quedó grabada en la memoria de Eugenio, fue la manera de decirle que más que un abogado era un niño que no podía ver lo que es evidente para los adultos. Eso realmente le molestaba: encontrar, después de tantos años, esa línea conocida por todos, que divide el mundo de los que tienen que acatar, obedecer, del mundo de los que ordenan. Y fue precisamente ese caso laboral el primer intento de Eugenio de cruzar el vano hacia el otro lado, mismo que fue un fracaso total. Si bien obtuvo una resolución favorable, cuando exigió el pago de honorarios a su cliente, este sorprendido lo recriminó: ¿y por qué voy a pagarle licenciado si usted no hizo nada? La resolución la ganamos porque la pagué, no por usted. Era un estúpido, sí, el abogado Eugenio Hernández Sepúlveda no era más que un estúpido, ¡había roto sus principios y para nada! Pudo haber ganado el amparo pero pensó que una resolución rápida haría ganarse la confianza de su cliente. Fue lo contrario y ese cliente jamás volvió a su oficina. Desde ese momento buscó una segunda oportunidad pero ahora ya no confiaría en ningún funcionario ni en el cliente, debería pasar de una vez por todas al otro lado o terminaría como muchos de los profesores de la universidad: con una pensión miserable, un despacho mediocre pero eso sí, con reconocimientos y posiblemente hasta un aula con su nombre. Por eso el caso de la maquiladora era sumamente importante.

Lupita le acaricia el pelo mientras él besa sus senos y en su mente se fijan los pechos de Mari Chuy. Por momentos siente lástima por Lupita y la abraza tiernamente, en otros momentos le excita el hecho de estar con ella, de haber estado con Mari Chuy, de que regresará a casa y lo hará también con su esposa. La sensación de poder lo invade y lo excita y al mismo tiempo se compadece de Lupita porque no quiere aceptar que se compadece de sí mismo. ¿Me amas? Pregunta Lupita con su voz suave y él le responde que sí, que siempre estarán juntos. Y de hecho él la necesita, ella es lo que la madre de Lupita fue para ella misma: el detonador de lo que no quiere ser. Te amo, te amo, dice y el rechinido de la silla crece en el privado. Piensa en Mari Chuy y levanta su rostro para ver los senos de Lupita y se entusiasma con la idea de que tendrá siempre a Lupita, a su mujer y otras como Mari Chuy.

Conoció a Mari Chuy por su marido, el ingeniero Martínez, con quien se entrevistó primeramente gracias al arquitecto Guzmán, cliente de Eugenio y amigo de Martínez. El primer encuentro fue en las oficinas del arquitecto. Guzmán había llamado a Eugenio para decirle que tenía un caso muy delicado, de un amigo, a quien quería que él lo asesorara. La historia era la de siempre: el ingeniero Martínez era un cincuentón, viudo y rico, de una familia de abolengo en el Estado, que conoció a Mari Chuy en un restaurante bar de lujo. Pero todos le dijimos que no se casara, que nada más le pusiera casa pero ya ve licenciado, verga parada no cree en dios y este pendejo la hizo su mujer y ¡hasta por la iglesia!, decía ceremoniosamente Guzmán, ¿cómo fuiste a meterla a tu casa cabrón? Mira con lo que te paga la muy perra. Ya, ya, ya… decía Martínez compungido. Eugenio llegó a ver alguna vez las fotos de la boda en una revista de sociales de la ciudad y en la bella sonrisa de Mari Chuy se veía la futura tragedia: adulterio. Empero, el ingeniero habría tolerado todas las aventuras de Mari Chuy, él también las tenía, quiso una esposa de sociedad, guapa y joven, para seguir en el rol de los matrimonios de revista. Mari Chuy era hija de un comerciante venido a menos y ya fallecido pero también de una familia de abolengo. Pudo haberle perdonado todo y seguir consintiendo sus gastos y caprichos, pagar algunas deudas familiares, pero no le perdonará nunca que se metiera con su propio hijo. Cuéntale, decía Guzmán, cuéntale, Eugenio es de mi total confianza. Martínez dirigió su vista a uno de los muros y lastimosamente dijo: un día llegué a la casa y al entrar a la sala, mi hijo estaba sentado en el sofá mientras ella se lo estaba chupando. Para Eugenio el detalle de la felación era un elemento accidental del adulterio pero normal de la típica historia, que el hijo de Martínez fuera muy atractivo también era accidental; pero lo que no era parte de la típica historia fue que el marido engañado no quisiera el divorcio. Mire licenciado, quiero que me ayude… que me ayude… volvió el rostro y miró a Eugenio a los ojos con un odio franco: quiero que maten a esa hija de la chingada. ¡Ya ve! ¡Ya ve!, interrumpió Guzmán, ¡ya ve licenciado! ¡Con qué pendejadas anda este bruto! Asesórelo para que se le quiten esas ideas de la cabeza.

¿De veras me amas? Sí, te amo, te amo. Eugenio anhelaba que Lupita fuera como Mari Chuy, no físicamente, sino que tuviera su personalidad, su seguridad y malicia para hacer las cosas que quiere tan solo por desearlas. Lupita se había entregado a Eugenio por necesidad, Mari Chuy porque así lo quiso, si bien porque pensó que le convenía, Mari Chuy no era de las mujeres que hace algo sin quererlo. Esa diferencia entre una y la otra era esa línea que separa a los que obedecen de los que mandan. Lupita es sumisa con Eugenio, lo hace cuantas veces y donde él se lo pida pero es callada, su cuerpo delata el orgasmo mediante una aceleración frágil de movimientos, de su respiración y de un gemido muy tímido que da la impresión de un suspiro, mientras abraza fuertemente a Eugenio, todo como si tuviera miedo de que alguien los descubra, siempre con los ojos cerrados. Mari Chuy gime abiertamente, toma las manos de Eugenio y las lleva a sus pechos o a sus glúteos, pide lo que quiere sin palabras, con sus movimientos; lo prende del cabello y lleva su cabeza al cuello o a cualquier parte donde ella quiere ser besada y lo aprieta y lo balancea con sus piernas y gime y gime, no importa si están en su casa, en un motel o en la oficina de Eugenio, gime como si le dijera al mundo: ¡soy libre y hago lo que quiero! Pero lo que más le fascinaba a Eugenio es que a ella le gustaba ver, abría los ojos para verlo todo al amparo de una luz tenue o total.

Eugenio tuvo ante sí la oportunidad que había esperado y con una perorata de la justicia convenció al ingeniero Martínez de que lo justo era que Mari Chuy pagara por lo que hizo, que sufriera como ella los había hecho sufrir a él y a su hijo pero que muerta no sufriría. Martínez miraba el suelo y con una ira palpable dijo sin levantar la voz: No me ha dicho usted cómo me va a ayudar. Luego soltó un grito extendiendo sus antebrazos y los dedos como si apretara algo en el aire: ¡Quiero que esa hija de la chingada pague! Eugenio lo miró dando a entender que esperaría a que se tranquilizara, era un ritual que como abogado había aprendido para crear una atmósfera de solemnidad en la cual siempre dice la estrategia. Martínez recuperó el color después de que su rostro estuviera totalmente inyectado de sangre y veía a Eugenio dubitativamente. Metámosla a la cárcel, dijo. Los ojos de Guzmán brillaron ante una respuesta que no implicaba la muerte de alguien: ¡lo ves compadre! Este licenciado es un genio. Meter a la cárcel a Mari Chuy la haría sufrir, haría sufrir a su familia.

Para que Mari Chuy conociera a Eugenio, quien ya desde ese momento también planeó las cosas de manera que pudiera acostarse con ella, el ingeniero Martínez le pediría el divorcio y le daría la tarjeta de Eugenio para que ella arreglara lo del convenio. Confiados de que Mari Chuy pediría una jugosa pensión alimenticia y quedarse con el auto de lujo que le compró el ingeniero, pero a nombre de su hijo, así como con todas las joyas, el ingeniero se negaría a firmar ese convenio, tal y como sucedió después de algunas reuniones que tuvieron en la oficina de Eugenio y en las que, para dar dramatismo, el ingeniero le gritó vendido a Eugenio. ¿Y ahora que no va a firmar qué Eugenio?, Mari Chuy desde un inicio lo tuteó y confiaba en él por haber enfrentado a Martínez; pues si su marido no firma le puedo recomendar un abogado para que le lleve un divorcio necesario. ¡Ah! ¿Es que no me vas a ayudar? Yo no ayudo señora, yo llevo juicios y cobro por ellos. Ay Eugenito, por tus honorarios ni te preocupes, hasta me vas a salir debiendo. Para ganarse más la confianza de Mari Chuy, Eugenio le dijo que necesitaba pruebas, es necesario que lo provoques para que te pegue. Mari Chuy siguió las instrucciones y unos días después hizo un gran escándalo en casa del ingeniero y llamó a la policía para pedir ayuda como víctima de violencia doméstica y aunque no hubo golpes, el ingeniero es un hombre de paz y nunca ha golpeado a nadie, Eugenio convenció a Mari Chuy que el reporte policial sería prueba suficiente. Mari Chuy mintió a Lupita para dar más coherencia a su papel. El miércoles de esta semana, el día que Mari Chuy estuvo con Eugenio y que él la llevó a casa de su mamá, al mediodía, una persona de confianza del ingeniero hizo varios disparos en la casa, precisamente en la alcoba matrimonial, y, posteriormente, le entregó el arma a Eugenio. Ese miércoles sería la última vez que Eugenio haría el amor con Mari Chuy y realmente la iba a extrañar. ¿Puedo usar tu baño? Claro, dijo ella mientras fue a preparar algo de tomar. Eugenio sacó el arma de su portafolio se dirigió al baño y ocultó la pistola, envuelta en una bolsa de plástico, en el tanque del escusado. Ella regresó con dos vasos de jugo con vodka. Es necesario que te lleves el coche de la ciudad por unos días, hasta que termine el amparo. El viernes, sí el viernes a las siete lo tendré listo para que lo firmes, nos vemos aquí en tu casa… y hasta ese día no regreses y ya para el lunes podrás usar el coche, una vez que me den la suspensión en el juzgado. Mari Chuy bebía mientras escuchaba a Eugenio. Cobró muy bien sus honorarios, una cantidad de seis dígitos, suficiente para invertir en una nueva oficina, dejar la universidad y dedicarse a relacionarse con nuevos clientes. El ingeniero Martínez pagará la mitad cuando Mari Chuy sea detenida y el resto cuando la sentencien. No se preocupe ingeniero, usted buscará al licenciado Jiménez, es amigo mío, yo lo pondré al tanto… él tiene influencias y creo que mínimo unos diez años le darán por tentativa de homicidio calificado y mire ingeniero, a una mujer bella hombres ricos y maduros como usted pueden perdonarle que sea de cascos ligeros pero ¿quién mete a su casa a una loca asesina? Nadie la va a ayudar, esté seguro de eso…

El rechinido de la silla va en aumento y Lupita con su respiración anuncia que está por terminar. Él le aprieta las nalgas al tiempo que eyacula. Suena el celular de Eugenio que está sobre el escritorio. Lo contesta después de que ha sonado varias veces. ¿Licenciado Hernández? ¡Ay licenciado! Habla la mamá de Mari Chuy, me llamó mija y me dice que unos policías la detuvieron pero no traía el coche, ¡ay licenciado! Yo ando fuera pero de inmediato me regreso, ¿mañana lo puedo… Eugenio dice oquei y cuelga. Está sudado y sobre sus hombros está la ahora calmada respiración de Lupita cuya cabeza reposa sobre el cuello de él. ¿Era tu mujer? No, no, le responde, la toma del rostro y le da un beso pequeño sobre la frente, eran los de la maquiladora, quieren hablar conmigo el lunes… ya ves, todo va a salir bien.

 

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Jorge Antonio Villalobos (México , D. F., 1972). Abogado y escritor. Ha obtenido las siguientes becas: la Salvador Novo del Centro Mexicano de Escritores (1991-1992)]; la del INBA y el Colegio de México (1994-1995); y la de Jóvenes Creadores en poesía del FONCA de Aguascalientes (2000-2001). Ha publicado en revistas como TROPO a la uña.

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2 comentarios

  1. Silvia Nayeli Villalobos

    Me gustó mucho!!
    La Narrativa de Eugenio en el cuento te lleva a visualizar toda la historia.

  2. La narrativa invita a quedarse a leer todo, el relato refleja nuestra realidad, la vida es injusta… disfruten!

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