Por Melbin Cervantes

 

Bajé corriendo del ómnibus hacia el wáter más decente de la estación. Después de estirar las piernas adormecidas por el viaje de quince horas, me comí un par de arepas rellenas, para luego caminar hacia la avenida. Mi madre había muerto hace dos meses y yo venía a fisgonear aquello de la herencia. Sos un boludo, pensás; pero los acreedores me apretaban del pescuezo y ni un milagro me hubiera hecho llegar a tiempo al funeral.

Che, tomará cincuenta minutos salir de la ciudad, vos sabés, el tráfico… y otros treinta llegar a la granja que buscás, me dijo el conductor de la vieja pero firme (en palabras de él) vagoneta volkswagen que ofrecía llevarme por mucha menos plata que un taxi en toda regla. Acepté, pero tenía mis dudas sobre aquel boludo y de las estampas del Che Guevara que cubrían el vehículo. ¿Sería un guerrillero?… Caso peor: ¡¿un jugador de la selección de cricket?! Pero accedí cuando me dio la buena noticia de que el almuerzo y el mate venían incluidos.

Ahora me encontraba en la parte trasera de la vagoneta: avanzando en cuclillas entre las jaulas que formaban las paredes de aquel laberinto donde me esforzaba en abrir las ventanillas. Al fin un ápice de luz y el aire fresco entraban por la única que cedió. Encontré acomodo en una esquina donde el latón presentaba no tan graves agujeros como en las otras, donde si estiraba la mano, me era posible tocar el asfalto. Descansaba el orto sobre mi único equipaje, una mochila, donde traía solo un par de remeras de algodón y la cartera con el carné de identidad, y la poquísima –sin exagerar– plata que me quedaba. Sin poder estirar las piernas por completo, abracé la penca de bananos verdes, que me había dado con amabilidad el conductor antes de subir. Che, si querés más decime, el mate más tardecito. Las reservas del decepcionante pero bienvenido almuerzo descansaban copiosas en el asiento del copiloto.

Poco a poco fui víctima del estupor del verano y dejé caer la fruta que recién había arrancado con la intención de dejarlo peladito; sin embargo, la peste de las gallinas enjauladas aunado a su cacareo, terminaron por acurrucarme y comencé a caer en un profundo sueño justo cuando la vagoneta puso marcha.

Desperté al escuchar el alboroto de  las gallinas acompañado por ladridos y una miríada de voces. Me percaté de que la vagoneta estaba aparcada, sabría Dios dónde. Continuaba algo somnoliento cuando la ventisca de la memoria comenzó a remolinear las imágenes soñadas hace un momento, proyectándolas con furia en una visión donde un bulto gris del que sentí emanar un frío polar; que conforme los ojos oníricos se iban acercando, cogía la forma de la silueta de una mujer dándome la espalda y cuando esta mujer de cabello larguísimo y azabache volteaba para mirarme con el rabillo del ojo con su rostro de ¡gallina! Que  en lugar de cacarear: ¡ladraba!

De pronto las puertas de la vagoneta se abrieron, ahogándome en el raudal de luz; varias manos arrastraban las jaulas, era como el golpeo de olas metálicas y, cuando me descubrieron, un par de esas manos rápidamente me apuntaron con una pistola, mientras que yo me escudaba con la penca de bananos. ¡A cada chancho le llega su San Martín!, pensé. En definitiva no eran de la selección de cricket.

 

Me arrastraron de los pies y me dejaron caer a tierra. Continuaban apuntándome con la pistola. Entonces el conductor de la vagoneta apareció carcajeando, los demás le copiaban el gesto.

Sentados bajo el verde cortinaje del ombú cuyas ramas se mecían ligeras por el viento, los pibes con sus metralletas colgadas sobre el cuello me pasaban el canuto y el mate como entrañables amigos. Che, solo es una parada, ya te llevaré.

La digestión de las arepas movía mis entrañas por lo que me alejé de ellos. Acomodado en cuclillas entre unos matorrales, pensaba en el cricket. Un grillo apareció de pronto de entre las hierbas.

—Sos un maldito papá, sos un maldito -dije con la mirada puesta en el insecto.

—…

—Mirá que privarme de mi madre, llevándome contigo a la capital, solo para que te dediqués en cuerpo y alma al cricket… sí… sos un maldito papá, porque es por ello que no tengo memoria de mamá… y, es por eso que…

—…

— ¡Ni una vaina!… que la culpa es mía que hace tiempo que me libré de vos y no tuve el coraje de volver a ella cuando aún estaba con vida.

El grillo se escapó dando largos saltos. Me subí los vaqueros y comencé a caminar siguiendo el prometedor horizonte.

El cuadrante lo era todo: montículos, polvareda, moscas, a veces había selva, a veces solo un camino gris e infinito, es decir, piezas de lo absurdo, de mi madre, de mi padre, palabras: Caminé trazos polvo selva carroñeros jotes calor  sudor vértigo cerrazón lluvia gr a gag  vómito sol sendero cansancio divisar establo llegué casona.

Me parecía encontrar en aquella casona una ciudad perdida. Llamé con todas mis fuerzas. Y nada pude observar a través de los ventanales porque estaban demasiado cenizos. Entonces el grito de una mujer proveniente del establo volcó mis entrañas, haciéndome vomitar la poca infusión que mi cuerpo retenía.

Al asomarme al establo lo que creí que eran gritos de mujer, se trataban de la desesperación de una cabra en labor de parto siendo ayudada por un pibe en cuclillas. Me acerqué sigiloso entre el espeso humo del tabaco que parecía salirle de la mollera. Pero no tardó en oírse un crujir como de huesos cuando pisé sobre el infranqueable heno desparramado; estaba deseoso de huir, pero entonces cuando la placenta liberó al caloyo escapando también el balido primigenio,  la mirada del pibe me encontró, extendiéndose como una sombra que terminó por congelarme.

Você chegou muito cedo.Estaba de pie frente a mí, limpiándose la sangre en los vaqueros. Altísimo el pibe. El vaho del cigarrillo se alargaba en sus narices que parecían resoplar como lo hace un toro de las caricaturas. Disculpá, pero no parlo brasileiro. A vos no te gusta el cricket, ¿verdad? Se apartó de mí y comenzó a subir los peldaños de madera de una escalera apoyada en el segundo nivel del establo. Entre el heno… había más heno, hasta que descubrió una botella de ron.

Anochecía y el pibe me invitó a la casona cuyo interior al fin logré vislumbrar. Carecía de muebles y el eco de nuestros pasos sobre la madera resonaba sepulcral.  Si no fuera por los cueros de vaca apilados cerca del fogón, se diría que estaba vacía; no pude ignorar a la derecha de la lumbre a una oscura pantera disecada.

El calor se hizo insoportable. Tienen que secarse los cueros. Me explicó el pibe hablando en español, quien se dijo llamar: Joao. Y como debían secarse los cueros, él alimentaba el fogón con bastante leña, tanta que las flamas parecían lamer el techo.

Salimos hacia la frescura del atardecer. Joao, me había prometido un par de bifes, pero entre trago y trago dejé de insistir.

Platicábamos al inicio sobre mi travesía. Joao, lamentaba haberme confundido con un pariente suyo. El cerebro se le había pasmado, me dijo, y que no importaba quien le acompañaba tomando el ron, como fuese, él creía sentirse mucho mejor.

Fui a orinar, ya era de noche, una noche ventosa. Entre el matorral algo llamaba mi atención, una serie de movimientos que lo agitaban. Me adentré hasta llegar a un pozo, donde una furtiva nube impedía a la luna aclarar el sitio. Entonces el gélido aullar del viento penetró mi espina, llevándose consigo la nubosidad, entonces la luz de la luna dio de pleno en el rostro de una mujer, ¡era mi madre! Me acerqué a ella de manera automatizada, revistiendo con lágrimas la imagen atrapada en mis ojos de su rostro blanquísimo que de cuando en cuando era cubierto por su cabellera azabache que el viento acariciaba y, queriendo yo hacer lo mismo con sus cabellos, me dijo: No me toqués, aún no he descendido.

Entonces hubo una explosión. Mis sentidos se ocuparon en aquella esfera carmesí en la que la casona se transformaba por el fuego, crujiendo toda. Ante el descuido, mi madre ya no me acompañaba. Miré como un obseso al rededor y a pesar de mis constantes llamados, ella no regresó.

Me fue imposible acercarme al cuerpo de Joao, tatuado por el fuego en el que parecía naufragar. De pronto vi a la pantera salir de la casona deslizándose entre las llamas, trotando hacia la selva. La seguí hipnotizado. Mientras el infierno se acercaba al establo, y el cricket cricketde los grillos se repetía hasta el hartazgo, yo me adentraba a la selva, pareciendo aquello a la distancia un corazón que palpita bajo el confín.

 

 

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Melbin Cervantes. Cancún, Quintana Roo, 1991. Antologado en Karst-Escritores de la Península Yucateca en 2016, Contramarea: breve antología de poesía joven de Quintana Roo (2017), Poetas de Q. Roo: Palabras de valor (2018), Sargazo: Antología literaria de jóvenes escritores quintanarroenses (2020). Autor de Las huellas que dejó el silencio (2016). Actualmente radica en Cozumel.

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