Por Lizbeth Peña

 

 

Algunos, los más viejos del barrio, afirman que en la época del gobernador Toribio Jiménez, las nalgas de la Rueca eran orondas y suculentas, que causaban atragantamientos y empachos a los hombres más insaciables. Las nuevas camadas, en cambio, solo veíamos un esperpento de Lucian Freud, vómito de alguno de sus cuadros. Sobre todo yo, que entre mis pesadillas despertaba asfixiado y no porque se me montara el muerto, sino por la lascivia de la Rueca revelada en mis sueños. Porque cada vez que llego del trabajo, logro ver una luz en sus ojillos negros, que me miran bajo sus párpados encapotados.

Hace tiempo leí un libro vaquero sobre una mujer gorda que atraía a los hombres con un perfume casero, aunque a las narices femeninas era realmente apestoso. Con eso atrapó a su macho alfa, quien después de muchas untadas entre brazos y piernas descubrió, ya sin la mágica fragancia, que la manteca era su mero mole. Así yo, con la Ruequita podría hacerme un bufé. Ni juntando todas las chichitas que he paladeado alcanzan para igual una de ella. Por eso y mis repetidos sueños, le propuse ordeñarla, pero como toda perra, se hacía la resistente. Aun con mi propuesta de pago, no me daba el sí, por el puro gusto de hacerse la difícil. Es lo malo de las mujeres antiguas, que se pueden tardar horas hablando sobre las inconveniencias y la moralidad, hasta que les llegas al precio, como la tarde en que la Rueca se puso roja, apretó los labios y sus arrugas se multiplicaron. Fue una ráfaga de rabia, pero al fin asintió como si solo fuera un tic en aquel rostro manchado por el sol y los años.

Me habían contado también que décadas atrás el cabello de la Rueca era su más preciado bien, aun cuando sus carnes no permitían admirarlo, pero ella tuvo que vender sus trenzas y luego lo prefirió así, trasquilado a tijeretazos. “Para ahorrarse jabón, la pobrecita”, decía doña Pura, porque ninguna mujer le dirigía la palabra a la Rueca pero todas la compadecían.

Ante los vanos intentos de mi padre por lograr en mí a un creador como él, con su veta pictórica, me maldijo. Yo carecía de sensibilidad para ser su heredero. Habían sido un gasto esas tardes en que trató de enseñarme el buen gusto, la mirada artística. Pero qué pueden tener de bello las sandeces de los que no pintan lo que ven, sino lo que piensan, y de esos que con un suave cuerpo desnudo al frente, terminan haciendo naturalezas muertas o máscaras africanas.

Ahora hasta las mortificaciones de medir la luz también son estupideces, pérdida de tiempo, una aplicación basta para obtener bellos paisajes. Pero a pesar de mis opiniones, la vergüenza de mi padre seguía presente en mí, punzante. Le ofrecí más dinero a la Rueca para que fuera mi módelo y se dejara amarrar. Ya podía ver mis fotografías de la gorda, en gran formato, entre carnes de animales: la sala principal del museo convertida en una carnicería. Preparé la utilería para el escenario de cuentos de hadas, una combinación de caperucita roja y bella durmiente; claro, después del final feliz y varios hijos, como quedaría una princesa cuando la dejan de de amar: gorda y amargada.

La Rueca llegó recién bañada, con un olor a pinol que ya parecía tener de fijo y con una sonrisa a fuerza. La esperé casi una hora a que decidiera quitarse la ropa y, tras varios intentos de amarres —desde los boy scouts no hacía nudos ni en mis zapatos—, por fin la tuve en una posición más dispuesta. Como buen director, tenía lista una capucha roja, y el vendaje de la boca que no le gustó. Lo más difícil fue colgar todo el peso en un solo pie porque ella y todas sus capas se retorcían intensamente.

Así nombraré mi exposición: La Rueca. Nombre perfecto, tenemos el mito del mito: el huso en una Rueca. Mi gorda requirió muchos filosos besitos para dormirse y seguro necesitará sus correspondientes cien años para volver a despertar.

 

 

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Lizbeth Peña. Becaria en el Festival de Literatura Interfaz-ISSSTE (2014) y en el Festival Internacional de Escritores y Literatura en San Miguel de Allende (2019). Graduada de los diplomados: Mediadores de Lectura (UAM-Xochimilco), Enseñanza de Escritura Creativa (Skribalia) y Creación Literaria (INBAL). Ha impartido talleres para el INBA, la SEDESOL y la Secretaría de Cultura. Trabajó como editora en Tropo a la uña. Dirige Tokonoma, donde destacan las salas de lectura La Tlacuila, Brujas Literarias y la revista Nahualli.

 

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