Por Saulo Aguilar Bernés

 

El Dowtown Hotel era el único lugar en donde dejaban entrar a diez personas en una habitación y en dónde no les importaba que gimieran o gritaran o apestaran el cuarto entero a mariguana o introdujeran su propio alcohol, siempre y cuando no molestaran a los otros huéspedes. Phil advertía esto último, diciendo: “tu problema, tu responsabilidad”. Después de eso me hacía darle la llave al cliente, guiarlo hasta la habitación y enseñarles que todo funcionaba. En los pocos años que trabajé ahí, los pocos que duró ese lugar, nunca vi a nadie contrariar esas pocas reglas.  Así conocí a Elena.

Y es que en ese lugar se veía de todo, pero Phil siempre decía: “yo confiable, no problema”, porque Phil era un gringo que hablaba muy poco español y que al parecer conocía el arte del aforismo como a todos y cada uno de sus clientes que lo saludaban al entrar. Él les devolvía el saludo con un “hey”, mientras tocaba la visera de su gorra roja con las palabras Chetumal Q. Roo  bordadas debajo de un marlín azul. Nunca se quitaba esa gorra que en algún tiempo fue roja.

A Phil nada le espantaba. Un cliente me dijo que era así porque en su juventud fue un marine condecorado, lo que lo llevó a viajar por todo el mundo. Tenía sentido porque Phil tenía un afiche del ejército norteamericano colgado en la pared, que a veces acariciaba y que cubría la tapa de la caja fuerte. Cuando le pregunté si conocía otros países (no tuve valor de preguntarle si en verdad fue marine) me respondió “muchos países, misma mierda”.

Yo vivía a unas cuantas cuadras del Dowtown Hotel, un día, cuando me expulsaron de la escuela, vi el letrero solicitando ayudante. Tenía la ilusión de ahorrar lo suficiente para poner mi propio negocio, la escuela nunca fue lo mío. Cuando me presenté para solicitar el empleo Phil sólo me preguntó si podía mantener la boca cerrada, yo asentí con la cabeza. Luego abrió la puerta para acceder al mostrador y entré. Él se echó en su sillón y continuó cambiando canales en la televisión.

Todo siempre fue muy tranquilo aunque a veces se escuchaban algunos gritos o gemidos que provenían de arriba. En ese caso Phil subía el volumen del televisor. Pero en algunas ocasiones cuando las voces se elevaban en los pasillos, lo que era fácil de notar por el eco, Phil suspiraba profundamente y subía a calmar las cosas. Nunca lo vi levantarse por otra cosa que no fuese una especie de altercado o sacar una coca-cola del refrigerador.

Así fueron las cosas mientras trabajé ahí, hasta que un día llegó una mujer muy mal maquillada diciendo que tenía una propuesta que hacernos. Phil le contestó “No putas”. A lo que esta dijo que no estaba ahí para eso sino para hacer negocios. Entonces Phil se levantó de su lugar, se acercó al mostrador y le hizo un gesto con la mano para indicarle a la mujer que continuara.

Esta dijo que quería aliarse con él para llevar ahí a sus clientes a cambio de tener un lugar seguro y confiable, porque ella brindaba servicios que otras no. Phil le contestó que iba a pensarlo, que tenía que hacer algunas preguntas antes. Así pasaron un par de semanas y ella volvió igual de mal maquillada. Phil aceptó, pero quería el diez por ciento al final de la noche y que al primer problema se acababa el negocio. Ella también aceptó.

A la noche siguiente la mujer se apareció ahí con un grupo de hombres, era la primera vez que yo veía a una mujer llegar con varios hombres. También fue la primera vez que vi que Phil no saludó a los clientes. Ella me dio bastante dinero. Luego le entregue la llave y  me hizo saber que no sería necesario que les mostrará la habitación. Volteé a ver a Phil y él hizo una seña con la mano indicándome que no había problema, sin apartar la vista de la tele.

Horas más tarde los hombres bajaron de uno en uno. Cuando el último de ellos se fue, yo los conté a todos, ocho en total, la mujer apareció despeinada y con la cara brillante por el sudor. Se acercó al mostrador, me entregó las llaves y mil pesos en billetes de quinientos. Luego le dijo a Phil que vendría la próxima semana. Él sólo levantó la mano y dijo “bien”.

Así la mujer comenzó a aparecerse en el Dowtown cada semana, los viernes o los sábados, algunos domingos, por la noche, con grupos muy variados. A veces los grupos se componían sólo de hombres, otras veces de mujeres, algunas veces había hombres y mujeres, y en alguna ocasión hubo dos grandes perros que respondían a las órdenes que una señora daba en otro idioma.

Cuando la mujer mal maquillada aparecía con sus grupos, el silencio abandonaba el lugar y Phil subía el volumen del televisor hasta el máximo, pero ni así dejábamos de escuchar algunos gritos o gemidos o ladridos, hasta que las personas del grupo comenzaban a salir. A partir de ese momento el ruido regresaba a la normalidad y Phil bajaba el volumen.

Al final del día, la mujer entregaba la lleve, los mil pesos y entonces se despedía.

La rutina se mantuvo así durante años hasta que en una ocasión, era un martes, estoy seguro, la mujer se apareció por ahí vestida con pantalones de mezclilla, una blusa de tirantes y sin su maquillaje exagerado para despedirse. Digo que fue para despedirse porque ella así lo expresó cuando le pregunté si esperaba algún grupo. A Phil le costó trabajo reconocerla, tuvo que acercarse al mostrador para mirarla de frente. A ella le dio mucha risa la cara que hacía Phil al mirarla, su risa me hizo sentir alegré, así que sonreí también. Luego se despidió dándonos las gracias. Cuando se fue Phil dijo “Ella muy joven”, mientras negaba con la cabeza. Yo me quedé pensando en ella, en su nariz respingada, en su boca pequeña, e inmediatamente después me sentí triste.

A veces, le preguntaba a Phil si creía que ella estaba bien, “ella más dura que nosotros”, respondía encogiéndose de hombros. Entonces pensaba en que jamás volvería a verla. Pero sí volví a verla.

Una noche regresó al Dowtown Hotel acompañada no de un grupo sino de dos hombres con relojes de oro muy brillantes en sus respectivas muñecas, no estaba mal maquillada, pero sí tenía un vestido con escote. Uno de ellos la sujetaba por el brazo, ella no intentaba escapar, se veía nerviosa. Esos clientes tampoco saludaron. En cuanto entraron Phil no les quitó la vista de encima, se levantó y preguntó “¿qué pasa?”, los hombres le dijeron que venían como clientes, después sonrieron.

Ellos asentaron dos mil pesos en el mostrador y yo entregué la llave la habitación. Luego subieron las escaleras, antes de que pusiera el pie en el primer escalón ella volteó a ver hacia donde yo estaba y me pareció que sus ojos se nublaban de lágrimas, pero no supe que hacer.

Dos horas después (esto lo sé porque apuntaba las horas de entrada y de salida de los clientes en un cuaderno) apareció con el vestido hecho girones y la cara llena de sangre, caminando encorvada, lento, como una anciana. Cuando Phil la vio cruzar frente al mostrador, se puso de pie y fue por ella para después hacerla pasar. Ella lloraba y pedía perdón.

Phil apagó la televisión, nunca lo había visto hacer tal cosa. Luego nos dijo que nos fuéramos. Se acomodó la gorra,  abrió la caja fuerte, sacó un arma y subió las escaleras despacio, sosteniendo la pistola con las dos manos.

Nunca antes hubo tanto silencio en el Dowtown Hotel, sin clientes gimiendo, sin el sonido del televisor, sin gente en el mostrador preguntando los precios.

Antes de que pudiéramos salir de ahí. Escuchamos los disparos, ráfagas de disparos, y  gritos. Nos echamos al piso, boca abajo, y ahí le pregunté su nombre a la chica. Me dijo que se llamaba Elena sin hache, yo le respondí que me llamaba Jonathan con hache. Entonces hubo silencio una vez más y nosotros también nos callamos, quizás porque teníamos miedo o  porque esperábamos que Phil regresara y dijera uno de sus aforismos, no lo sé. Lo primero que escuchamos no fue a Phil sino los quejidos de uno de los tipos  que venía bajando las escaleras, con la camisa llena de sangre y sosteniendo su propio brazo, esto lo sé porque me asomé.

El sujeto nos miró y dijo “ustedes quieren llevarse a mi mejor puta”, entonces comenzó a dispararnos sin puntería hasta que estuvo frente al mostrador, apuntándonos. Ambos estábamos petrificados por el miedo. De inmediato escuchamos otros pasos aporrearse al bajar por la escalera y lo que vimos (porque los tres volteamos) fue como ver a un fantasma, como si se apareciera la muerte misma o un ángel con su halo de  luz y toda la cosa, porque Phil levantaba su arma al grito de “¡Muere hijoeputa!” y los destellos le iluminaron la cara cuando jaló el gatillo.

El tipo aquél cayó al suelo, una bala le había atravesado el ojo izquierdo, las otras dos el pecho, pero Phil también se desplomó y cayó por el último tramo de la escalera. Nos levantamos, fuimos hasta él y nos dimos cuenta de que estaba muy mal, tenía varios balazos por todo el cuerpo, la ropa empapada de sangre.

Nos miró sin decir nada. Sólo nos entregó su gorra roja, cerró los ojos y se quedó dormido. Elena y yo lloramos hasta que escuchamos las patrullas a lo lejos. Cuando apreté esa gorra con todas mis fuerzas sentí algo en su interior. Revisé. Era la llave de la caja fuerte.

Así que fui y boté el afiche del ejército norteamericano, abrí la caja y tomé la bolsa de papel que había ahí dentro. Después salimos corriendo del hotel, tan rápido como las piernas nos lo permitieron por la adrenalina y el terror. Sólo vimos las luces de las patrullas detrás de nosotros, pero lejos, cada vez más lejos.

Esa fue la última vez que vimos ese lugar, que creo que ahora no se llama así sino Hotel Estrella del Cielo o algo por el estilo.

Con todo lo que Phil nos dejó pudimos comenzar de nuevo. Nos fuimos a otra ciudad, pusimos una tienda de ropa y nos dedicamos a eso. Elena ya no tiene que usar más ese horrible maquillaje, tenemos todo lo necesario para nosotros y para nuestro niño que viene en camino. Queremos llamarle Phil.

Nunca habrá otro lugar como ese en Chetumal, eso lo puedo asegurar, porque el Dowtown Hotel era el único lugar en donde dejaban entrar a diez personas en una habitación y en dónde no les importaba que gimieran o gritaran o apestaran el cuarto entero a mariguana o introdujeran su propio alcohol, siempre y cuando no molestaran a los otros huéspedes. Por eso el viejo Phil te advertía esto último diciendo “tu problema, tu responsabilidad”.

 

 

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Saulo Aguilar Bernés (Chetumal, 1993). Autor del libro “Cosas del juego” (Capítulo Siete/UniModelo, 2019) y coordinador de editorial Gazapo. Sus relatos aparecen en revistas como Círculo de Poesía, Blanco Móvil, Letralia y Tropo a la uña. Un par de estos fueron traducidos al polaco y al italiano. Becario del programa Interfaz en Mérida, Yucatán, en narrativa (2017) y del FONCA (2020-2021) en cuento.

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