Por Mario Pérez Aguilar

 

Ven, te sentaré aquí en la ventana para que te dé el sol. Sí, aquí donde nos imaginabas a los dos jugueteando con las manos. En este cuarto que era la razón de tus celos de mala sangre. Ya sé que a todos se lo decías; que ibas de oído en oído contando tu desgracia. Esa que te causábamos por ser jóvenes… Pero ven, Natalia, te sentaré en esa silla, en aquella donde el sol se desploma todas las mañanas. Yo he tomado un baño y no siento frío, debe ser por el verano. Tú tampoco sentirás frío, ya lo verás; has estado muchos días con esa bata que no he querido quitarte. Tú querías conocer el cuarto, ¿no es así? Desde hace tiempo querías conocerlo. Me lo dijeron tus amigos a quienes les contaste lo que te carcomía el alma. Me los fui encontrando de uno en uno en diferentes sitios y me dijeron lo triste que estabas, lo desgraciada que eras. Que a veces llorabas mucho y que otras veces estabas tan enojada que quizá te hubieras atrevido a cometer un crimen. Eso me contaban, y me contaban también que querías venir donde nosotros, que no te imaginabas siquiera el cuartito de miseria que teníamos. No te atreviste a hacerlo antes y bien sabías por qué. Yo no sospechaba nada. Es más, nunca sospeché nada. A mí, aunque siempre fui tu amiga en las buenas y en las malas, me fuiste tomando desprecio y sólo tú sabías por qué. A mí no me importaba que las edades nos separaran mucho. ¿Te acuerdas cuando te conocí en casa de tus tíos? Yo pensé que eran tus primos porque ya estaban entrando a los cuarenta años como tú; y Gaspar, cuando me lo presentaste, era un muchacho de veintidós. Y yo, ¿te acuerdas?, apenas estaba en los diecinueve. Pero nos hicimos amigas porque me caíste bien. No sé qué te pasó después Natalia. Me parece que te afectó nuestro amor… Déjame llevarte a la ventana. Sí, aquí estarás mejor, te sentará muy bien. Aquí, para que con la luz del sol brillen tus trenzas y se vea bien la pintura de tus labios y el rímel de tus pestañas; para que se iluminen esos ojos claros que siempre te envidié. Para que vean que eres tú, intacta, un poco relamida por la mugre pero intacta. Tú la de Gaspar, la buena amiga de Isabel, la eterna amiga de Gaspar ahora en mi cuarto, en el cuarto de Isabel. En el sitio que hacía tiempo querías conocer; en mi cuartito de miseria… Voy a hacer a un lado las cortinas para que no te dé su sombra. ¿Recuerdas cuando me lo presentaste?, sí, lo has de recordar. Él acababa de salir de la cárcel donde estuvo por tres años cumpliendo una condena por ese desfalco que cometió al banco. Pero ya lo había superado, nos dijo, ¿te acuerdas? Había aprendido manualidades allí adentro, trabajaba en su taller y empezaba a levantar cabeza. Hasta me regaló ese puñal de acero que había hecho a escondidas en la cárcel. Ese día que me lo regaló yo lo encontré muy alegre y pensé que era por mí. No sabía que algo tenía que ver contigo. Tú nada me dijiste. No sé qué pasó después, Natalia, pero lo veía muy seguido por mi calle, pasaba por mi puerta, preguntaba por mí. Y así nos fuimos haciendo al modo y nos empezamos a ver en muchas partes: en los bailes, en los cines, en los parques. Después me puso en este cuartito. Yo nunca te vi con él, todavía hoy no sé a dónde se veían. Yo te platicaba de él, ¿te acuerdas?, y tú siempre disimulaste muy bien. No me decías nada. Mucho tiempo pasó antes de saber que querías venir a conocer nuestro cuarto, adonde sudábamos felices en la cama, y entonces fuiste cambiando y yo le pregunté a él qué era lo que pasaba… Mira cómo el viento mueve tu fleco, ¿lo sientes? Es un viento fresco, suave para ti. Es un viento que no te hará daño ¿Quieres que te quite de la ventana? No, no me contestes, estoy segura que no quieres, pues te sientes bien ahí. Quieres que la gente te vea para que se confunda y no sepa quién de las dos es más demonio, si tú o yo. Ni siquiera quieres voltear a nuestro lecho donde él me hacía el amor. Sé que te parece muy poca cosa lo que tengo en este cuartucho: una cama desalineada, unos cuadros desteñidos y un guardarropa sin puertas. Es muy pobre lo que tengo, lo que me dejó Gaspar. A ti no te dejó nada porque lo tenías todo, habías ganado mucho dinero y quizá pensaste que por eso él debía ser para ti. Pero que tonta fuiste al hacer lo que hiciste, Natalia. No sé qué le dijiste de esa Biblia que siempre andabas en las manos. Hasta aquí la trajiste y por eso te la he puesto en tu regazo para que sigas rezando hasta la eternidad. Quién sabe qué le leíste de ese libro que le hizo tanto daño al punto de no encontrar otra salida como no fuera la muerte. Fuiste apresurada al día siguiente a descolgarlo de la viga en su taller de manualidades. Cuando lo bajaste ya estaba frío; y cuando todos llegaron Gaspar, mi Gaspar, ya tenía muchas horas de haber muerto. ¿Y por qué viniste corriendo a avisarme después? ¡Ah!, tonta, pensaste que iba a tragarme el cuento de que se quitó la vida porque aún vivía el trauma de la cárcel. No, Natalia. Conforme me lo ibas contando bañada en lágrimas, no sé de dónde me salieron fuerzas para no llorar. ¿Te acuerdas que no lloré? Y en cambio fui midiendo tu pecho, el canal entre tus senos, y supe que el mismo puñal que él me regaló era la medida… Ahora no puedes ver cómo brilla su empuñadura. La luz del sol causa destellos en tu pecho, Natalia, y tus ojos abiertos no los ven… Por la noche te pondré frente a la cama donde él y yo fuimos felices y nos imaginarás ardiendo de placer… ¿Sientes el viento, Natalia? Es fresco, limpio. Siente el viento Natalia, el viento que nunca volverás a sentir.

 

 

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Mario Pérez Aguilar (Chetumal, 1954) es economista por la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Ciencias por la Universidad de Michigan, USA. Es autor de los libros de cuentos El motivo de Benjamín (1996) y La historia que viene (2005), y de las novelas Los artificios del agua turbia (1995), Tercera llamada (1997), Por aquí se dan muy bien los muertos (2000), Luna Menguante, historia de un asesinato (2014) y Las mujeres del profesor (2020). Obtuvo mención honorífica en el concurso de cuento “Como el mar que regresa” en 1999 con su cuento “El juez vencido”. Ha sido becario del PECDA para escribir “Las mujeres del profesor” y “Luna Menguante”, servidor público por más de 40 años y docente en materia económica en varias universidades. Actualmente vive en Cancún.
Foto: Graciela Iturbide/autor

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