Tríptico

 

 

Por Manuel Campos

 

Valdemar, Francisco y yo trabajábamos en la misma oficina gris de aquella dependencia de Gobierno. Los tres compartíamos aquella turbia soledad que embarga a los burócratas y para aminorar aquel peso, nos escapábamos unas horas del medio para irnos a beber unas cervezas a “La Mansión de Oro”. En el abrevadero aquel le sobaban suavemente el lomo a los parroquianos con una excelente botana y unos tragos bien servidos, además que a las dos de la tarde ofrecían la “Hora del amigo” en la cual daban dos copas por el precio de una.

Cuando los tiempos no eran favorables, nos metíamos a un expendio de antojitos, allí la cerveza era más barata y Lupita, que era la mesera, nos atendía de las mil maravillas.

Una tarde que llegamos hastiados, nos pusimos a beber como si nos estuviéramos preparándonos para un campeonato. Ella se sentó animosa y también se puso a brindar. Estaba contenta pero después de unas tandas le dio por llorar y comentar entre sollozos que le dolía en el alma que su esposo la hubiera abandonado.

Cuando las quincenas eran más largas y los bolsillos nuestros ayunaban economías, nos íbamos a beber a los parques. A la mayoría de la gente no le llama mucho la atención esos sanos lugares de esparcimiento. Así que llegábamos con una bolsa de hielo, vasos desechables y comenzábamos la fiesta.

Aunque en temporadas de lluvia las cosas se complicaban, pues quedábamos como sopa y la tertulia se apagaba entre gruesos chorros de agua.

Recuerdo que en una de esas tardes estábamos bebiendo tranquilamente, repentinamente el cielo se nubló y empezó a llover como un verdadero diluvio. Nos guarecimos bajo un enorme y añoso árbol.

Unos policías nos miraban amenazadoramente. Nos hicieron señas de que nos alejáramos, pero la lluvia continuaba fuerte y los uniformados no quisieron estropear su lindo traje, así que se tuvieron que ir, no sin antes injuriarnos. Como buenos profesionales seguimos dándole a la botella.

Nunca falta en las oficinas gubernamentales la presencia de una mujer hermosa. Y ese honroso papel lo desempeñaba Lucinda.

Valdemar estaba casado y había procreado dos niñas con su esposa, Francisco era el más joven de los tres y era padre de un niño, yo era el más viejo del grupo y ya hacía varios años que me había estrenado como papá, aunque eso no era obstáculo para que suspirábamos por aquella joven que conocía sus atributos.

Los tres deseábamos tener en nuestros brazos a Lucinda y ella demostraba su poderío al coquetear con nosotros.

Un día mi hermano Miguel, que por razones de trabajo viajaba a diferentes partes de la República, me trajo como regalo una botella de tequila de Jalisco. Le agradecí enormemente el gesto, en la etiqueta de la botella había un hermoso caballo negro con marcada tonalidad azulosa.

La mañana siguiente era viernes, buen día para convivir con los amigos. Guardé sigilosamente la botella en una mochila negra y logré burlar la vigilancia del trabajo. Al final del jornal abordamos la destartalada vagoneta de Valdemar y nos fuimos por unas calles cercanas a la escuela donde él estudiaba antropología.

Saqué la reluciente botella y empezamos a beber, de verdad estaba regio aquel néctar de agave. Comenzamos hablando de las cuestiones de la oficina, de los insoportables jefes, de nuestros problemas familiares, pero todos evadimos el delicado tema de la manzana de la discordia.

La tarde estaba cayendo lentamente, allá en el horizonte ardían la últimas luces del día, los tres estábamos pensativos, lejanos de aquella vagoneta que funcionaba como un antro ambulante. Por el espejo retrovisor vi que alguien tomó la botella y sirvió otro trago, después seguí pensando hondamente en Lucinda.

 

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Manuel Campos (Veracruz, 1956). Escritor, periodista, editor, grabador, pintor y escultor. Ha colabiorado en diferentes medios impresos y digitales. Sus relatos y artículos han sido publicados en el Diario Tabasco Hoy, Diario México Hoy, Diario Quequi Quintana Roo, Diario de México, DIario de Playa y en las revistas Al punto, Puntural y Deportiplaya, entre otros.  Ha publicado los libros Naranjas y danzón, y Vaticinios, de reciente aprición.

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