carranza

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Por Mario Pérez Aguilar

 

Hacía poco más de doce meses que llovían pájaros en Carranza. Era evidente que Ladislao Acuña se había acostumbrado a aquella lluvia avícola nocturna, pues antes de caer el sol acomodaba las redes, encendía el quinqué del comedor y atrancaba puertas y ventanas para que los cuerpos de los animales no se metieran a la casa. Era entonces Carranza un grupo de veinticinco casas de argamasa y techos de palma de huano erguidas junto a un camino antiguo de sascab y líquenes que remataba en un rancho abandonado a sólo trescientos metros al poniente. Sus habitantes―cuando los tuvo―estuvieron alejados no sólo de la mano de Dios sino del mismo hombre. Su armonía rectangular, sin embargo, el embalaje homogéneo de sus techos y el dimensionamiento justo de sus construcciones, contrastaban con la pureza de la selva.

Ladislao Acuña había levantado su casa en una de las orillas de la aldea en una época en que huyendo de las guerras intestinas indígenas de Yucatán, había perdido a su familia en una matanza atroz de blancos cerca de Sabán. Aquel día, a pie pelón había corrido despavorido después de que dieran muerte a su último hijo frente a sus ojos, y no había parado sino después de tres horas continuas de acezante angustia por salvar la vida. Huyó sin ruta fija, sin rumbo ni destino. Atravesó selvas inhóspitas y pantanos inverosímiles; escaló cerros y descuartizó fieras a su paso. Corrió día y noche hasta detenerse con el corazón jadeante frente a un cenote cuyas aguas diáfanas parecían esconder en su fondo verde imágenes de indias vírgenes degolladas.

Ahí había quedado tendido agónico hasta que un hombre jalando una mula pasó por el camino de sascab y se acercó para ayudarle. Estaba tan pálido y tenía los ojos tan fuera de su órbita, que el viajero se apresuró a llevarlo a lomo de mula hasta el rancho. El hombre, que era al mismo tiempo capataz, peón y administrador del rancho, escuchó, durante la siguiente semana en la que Ladislao Acuña se sometió a una etapa de recuperación, los pormenores de la desgracia:

―Hace tres noches, el dieciocho de septiembre para ser exactos, dieron muerte a Jacinto Pat―le contó Ladislao―. Y a pesar de que murió a manos de Venancio Pec, los indios desde entonces quedaron como locos, y ahora irrumpieron en tropel en la iglesia de Sabán blandiendo sus machetes y degollando y macerando a cuanto blanco y mestizo encontraron a su paso. Lo recuerdo como una horrible pesadilla. La gente corría por la iglesia horrorizada. Los lamentos de los sobrevivientes heridos bajo el yugo de los machetes eran lastimeros. Yo estaba con mis cuatro hijos y mi mujer Jacinta frente al altar mayor. Entraron los ingratos por la puerta principal y por la de la sacristía que da directo a los altares. Por eso el cura fue el primero en recibir el golpe inicial de la muerte general que allí se desató. Jalé a mi familia y quise salir de frente por la puertecita de la sacristía; por la misma en la que los indios, con sus rostros descompuestos, entraban enloquecidos de ira. Levantaba los brazos y lanzaba golpes para tumbarlos. Algunos cayeron al suelo. Pero el destino es muy ingrato, sabe: cuando salimos a la calle y quise abrazar a mi mujer y a mis hijos, las dos manitas de mis hijos que apretaba estaban muertas, y mi mujer ya no estaba atrás de mí y nunca más volví a verla. Los indios se nos venían encima. Busqué a mis otros hijos, y desesperado les grite que corrieran. Los vi hacerlo; pero también los vi sucumbir bajo los machetes afilados de los indios. Entonces una rabia de animal me subió a la cabeza, y no sé cómo, pero los desarme y los maté con sevicia en medio de la calle con las mismas armas que aún tenían la sangre de mis hijos. Me vi rodeado de pronto por cinco indios lujuriosos, pero mi rabia no tenía límites: me abalancé sobre ellos y creo que le di muerte a dos, porque sólo tres me siguieron no sé por cuánto tiempo en mi carrera desbocada hasta perderlos. Ahora me tiene usted aquí, con mi vida deshecha y un rencor de loco a esos indios infelices. ¡¿Qué les hice yo?! Dígame usted, señor. ¡¿Qué les hice?!

Después de siete días Ladislao Acuña, que tenía además un instinto animal por la vida, emprendió un nuevo camino a pesar de su desgracia. A sus cincuenta años levantó la primera casa de lo que sería después Carranza. Cuando el hombre del rancho estaba en el lugar comían juntos de las miserias que daba el rancho. Cuando no estaba, se alimentaba de los tubérculos, de las frutas silvestres, de los cocos, de los insectos nocturnos y del agua del cenote. Estaba predestinado sin embargo a no estar solo: atraídos por el rancho, cuyas miserias eran la gloria frente a las matanzas, torturas y otras calamidades humanas recurrentes en los pueblos grandes, empezaron a arribar al lugar familias enteras en el transcurso de los primeros días de noviembre con el único propósito de quedarse. Al hombre del rancho se le conocía únicamente por Demetrio porque sus apellidos los había olvidado de tanto ir y venir por aquel rancho sin futuro. Él también construyó su casa y se sumó a las familias que lograron el pueblo. Ladislao ayudó además a levantar las casas y a edificar la iglesia; a diseñar la imagen urbana; a instalar un sistema singularmente eficiente de acarreo de agua del cenote mediante el uso de la energía mular y perruna; a contrarrestar incendios mediante el sistema primitivo de guardarrayas; a sembrar árboles frutales en los patios para aprovechar también su sombra; a abrir espacios al cultivo en aquella tierra estéril mediante un sistema de canales de riego transversales; a diseñar e instrumentar los calendarios y las guardias para la caza del venado cola blanca; a construir corrales para puercos y gallinas; a diseñar los espacios de corriente de aire en las casas; a definir la orientación de las construcciones para menguar el sol ardiente de la tarde; y a usar el trapiche para el azúcar y para acompañar las fiestas. Fue por todo eso que el pueblo entero empezó a nombrar a la aldea con el segundo apellido de Ladislao, que formalizarían en un acta simple manuscrita en la mañana febril del segundo domingo de diciembre de 1849: CARRANZA.

En verdad el pueblo había florecido. La iglesia, que en los primeros dos años fue usada para almacenar víveres, ahora tenía a su representante oficial de la divinidad: un cura cuyo rostro parecía estar hecho a piedra cincelada que envió el obispado de Mérida tan pronto se enteró de aquella comunidad alejada del mundo. Visto desde arriba, los mangares, las anonas, los guayabales, los caimitos, los ramones, los tamarindos y los flamboyanes, parecían sombrillas naturales sobre los techos de palma. Tenían un gobierno propio y su sistema era sencillo: suspendían la misa de los lunes y las mujeres y los hombres se reunían en la iglesia para distribuirse los trabajos que registraban en un cuaderno ordinario. La distribución de los productos también era comunal. No había escuela, pero los más letrados se las ingeniaban para educar a los niños reuniéndolos en los patios de las casas. Todo iba bien y Carranza se había levantado de la nada. Ahora sin embargo parecía perseguido por la desgracia: estaban lloviendo pájaros nocturnos.

En la primera noche del diluvio avícola, como a las doce, Ladislao despertó y estuvo expectante oyendo desde su hamaca los golpes sobre el techo. Acababa de cumplir sesenta y tres años y la fuerza de sus piernas lo traicionaban, de modo que cada mañana le costaba más trabajo incorporarse, y más aún a esas horas de la noche. Primero pensó que los mangos junto a la casa se estaban cayendo de maduros, pero recordó que era febrero y que los mangares ni siquiera florecían. Luego pensó que podían ser las guanábanas, no sólo porque los árboles que rodeaban la casa estaban cargados, sino porque el sonido sobre el huano era el de objetos pesados y de mayor volumen. Al cabo de un rato en que estuvo con los ojos expectantes en la oscuridad, los golpes fueron disminuyendo hasta desaparecer por completo. «Si son las guanábanas, mañana las recojo», pensó; y se sumergió de nuevo en un sueño profundo hasta que el griterío en la calle y los golpes en la puerta lo despertaron.

Era ya otro día. Lio la hamaca, la sujetó a uno de los rincones del cuarto y fue a quitar la tranca. Cuando abrió la puerta se topó de frente con Demetrio, y, atrás de él, pudo ver entonces los cuerpos: estaban regados en la superficie del patio, y había cientos de ellos sobre el camino.

―Son cuervos―murmuró.

Cruzó el vano de la puerta y salió al patio seguido por Demetrio. Levantó a uno de los pájaros por las patas hasta que el pico del animal quedó frente a sus ojos. Luego lo tomó de la nuca como si cargara a un recién nacido y lo examinó largo rato. El animal tenía los ojos cerrados y el pico entreabierto. Sus plumas eran negras, como la noche más oscura que se hubiera visto en esos lugares. Luego miró los otros cuerpos y devolvió el animal al suelo. Demetrio lo interrogaba con los ojos.

―Es un macho adulto―dijo Ladislao―. Todos son machos adultos, y no murieron de espanto o de envenenamiento.

―¿Entonces de qué murieron?

―No lo sé―dijo Ladislao―. Esto es muy extraño, y lo que supongo debe ser un absurdo.

Aunque no era lunes, el pueblo entero se reunió en la iglesia para discernir sobre lo que estaba sucediendo. Entonces fueron los niños los que aportaron la mayor cantidad de conjeturas, fantásticas y naturales, sobre la muerte inesperada de los pájaros. Las opiniones iban desde un envenenamiento colectivo a causa de ingerir cierta especie de higos verdes, hasta la historia de un halcón gigante―un tipo de Moby-Dick de las alturas―que los había desnucado y arrojado al vacío. Los adultos eran los más asustados. El cuervo había sido siempre un pájaro de mal agüero y alrededor de esa creencia formularon sus conjeturas: habría que construir otro pueblo pues la muerte para todos se acercaba; habría que hacer misa tres veces al día, y los domingos cinco veces, para alejar a los malos espíritus del pueblo; habría que bendecir todas las casas para salvar a sus habitantes en esta vida y en la vida eterna; habría que regar agua bendita en las selvas aledañas; habría que impartir una educación católica a los niños en lugar de laica que se daba; y como Carranza había sido feliz, pues nadie había muerto hasta entonces, habría que ingerir agua bendita por si morían todos de golpe.

Ladislao Acuña puso las cosas en su lugar:

―El cuervo es un animal como cualquiera―dijo―. Este es un asunto de vivos y no de muertos. Por ahora hay que limpiar el pueblo, y para mañana a ver qué gallo nos canta.

Así lo hicieron. Pero para su infortunio el mismo gallo les cantó y tuvieron que seguir limpiando el pueblo todos los días porque la lluvia nocturna de pájaros no terminaba. Al décimo día de hacer lo mismo, y a pesar de que era viernes, el cura en persona tocó a la puerta de las casas convocando a una junta urgente en la iglesia. Ladislao Acuña ya estaba perdiendo no sólo la paciencia sino también la esperanza de que su presentimiento fuera cierto. Cuando iba hacia la iglesia para asistir a la junta levantó a uno de los pájaros que había quedado en el camino después de la limpieza de ese día, y encontró el mismo semblante que había visto en el primero: sus ojos cerrados y el pico curvo entreabierto.

―No creo que estén muriendo de sed―murmuró―. El cenote está muy cerca.

 

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Fue hasta el tiradero que habían improvisado fuera del pueblo, y tuvo que taparse la nariz para dejar al animal muerto pues la hedentina era asfixiante. Lo habían construido hacia el poniente del pueblo de acuerdo a la dominación de los vientos, cerca del rancho abandonado, y lo habían hecho deprisa dos días después de iniciada la lluvia de pájaros. Tumbaron una porción de monte detrás de una cortina de árboles que dejaron para amortiguar los olores cuando los vientos cambiaran. Luego pasó por Demetrio a su casa y llegaron juntos a la iglesia en el momento en que la sacristía estaba atestada de gente; permanecieron de pie junto a la puerta. El cura los había reunido para comunicarles que dejaba el pueblo. Hizo una señal de la Cruz en el aire y les explicó que había hecho un viaje miserable de nueve días hasta Mérida, en donde el Obispo le había dicho que si a su regreso seguía la lluvia de cuervos, debía abandonar―con aquellos fieles que quisieran hacerlo―de una vez y para siempre aquel pueblo del infierno. ―Me hizo ver el Obispo―dijo―, que las fuerzas del mal se han apoderado de estas tierras a causa de que el cenote fue una cámara de sacrificios de los rituales paganos de idólatras de otros tiempos.

Nadie quiso escuchar más. El pueblo entero se precipitó a la calle corriendo despavorido hacia sus casas. Ladislao Acuña y Demetrio tuvieron que darles paso para no ser arrollados.

―¡Es usted un bruto!―le gritó Ladislao desde la puerta―. Eso es un absurdo.

Todo esto pasará y Carranza será feliz como antes.

―Pues quédese usted si quiere―le contestó el cura desde el fondo―. Yo me voy con los cristianos, y ojalá esos animales no le saquen los ojos.

―Estúpido―murmuró él―. Cómo puede ser, si ya caen muertos.

El cura salió enseguida a la calle en donde varias familias ya se habían reunido llevando sus pertenencias a lomo de burro y se marcharon para siempre. En los días que siguieron la gente continuó saliendo del pueblo. Se iban en grupos de dos y tres familias llevando cuanto podían. Antes, sin embargo, pasaban a persuadir a Ladislao.

―En este pueblo moriré―les decía él―. Si me han de sepultar los cuervos, que así sea, pero no me iré, menos por tonterías.

Después de treinta días Carranza había quedado casi desierto. La lluvia nocturna de animales continuaba, y a Ladislao Acuña y a Demetrio no les alcanzaba la vida para limpiar de bien a bien el pueblo. Demetrio se había quedado por un gesto de amistad pero no sabía en realidad lo que esperaban. Durante las noches, oyendo la lluvia de animales, pensaba que su decisión era la correcta. Pensaba que era justo permanecer con él en el pueblo hasta que muriera. Algunas tardes, agotado por el trabajo, la desesperación lo carcomía y sentía que su paciencia se acababa. Pensaba entonces que esa misma noche podría irse sin decirle adiós a Ladislao, pero de inmediato se arrepentía y prefería esperar con la mayor paciencia posible que Ladislao muriera o renunciara de una vez por todas a aquella empresa. A los dos meses de estar solos en el pueblo, el carácter indómito de Ladislao Acuña y su tenacidad a toda prueba, dieron a Demetrio, a pesar de su incredulidad, otra muestra de sus virtudes: diseñó un sistema de redes de captura nocturna con bejucos silvestres que colocaron por secciones en todo el techo del pueblo, de modo que el Carranza solitario quedaba libre cada día de pájaros y plumas. Así estuvieron durante ocho meses. Su trabajo diario lo distribuían entre cuidar la milpa, recolectar las frutas, criar a los animales domésticos y levantar pájaros muertos. Una de aquellas tardes, mientras colocaban las redes pajareras, Demetrio no pudo soportar más y le expresó sus dudas a Ladislao.

―Si deseas irte, puedes hacerlo―le contestó él―. Estás en tu derecho.

Además, ni yo mismo sé bien qué es lo que espero.

―Entonces, si no lo sabes, por qué no nos vamos, éste ya es un pueblo muerto.

―No, no me iré, Demetrio. Aquí está mi casa y éste es mi pueblo. Recuerda que lleva mi nombre.

Ese fue un recurso simple pero contundente. Demetrio comprendió que no se iría, y como no había ningún signo reconocible de que pronto lo alcanzaría la muerte, tomó sus cosas a la mañana siguiente, y después de pasar a casa de Ladislao a despedirse, se marchó. La limpieza tuvo entonces que hacerla solo, y a pesar de estar deshabitado, después de la botada de pájaros en el tiradero, Carranza seguía siendo el mismo: sus calles bien trazadas, sus techos homogéneos, sus naranjales, sus limoneras, sus toronjiles, sus anonas, sus caimitos, sus flamboyanes.

Una tarde nublada de marzo, después de cuatro meses de estar solo y cuando había perdido toda esperanza, Ladislao Acuña oyó unos golpes en la entrada. Movió su cuerpo de cebú senil y fue a quitar la tranca. Cuando abrió la puerta, ahí estaba, en medio de la calle, la respuesta a su presentimiento.

―Disculpe usted―dijo el hombre parado frente a él vestido de camisa de manta y sombrero de paja―. ¿Tiene agua para los caballos?

―Tengo agua para todo un pueblo―contestó Ladislao sin verlo―. Pase.

El hombre entró a la casa, y mientras llenaba los baldes en el pozo del traspatio, le contó a Ladislao que se había perdido tratando de acortar el camino a Peto, y que por la bendición de Dios, se había encontrado aquel pueblo fantasma.

―Llamé antes en diez casas y nadie me contestó. ¿Adónde se han ido todos?

―A buscar la vida―le dijo Ladislao desde la puerta con la vista puesta en el camino.

―No le entiendo.

―Como le dije, a buscar la vida―reiteró Ladislao―. Este es un pueblo muerto.

El hombre, cuyo nombre era Sacristán, y que además de tener la virtud de ser honesto, parecía apenas rebasar los veinte años, empezó a sentir un poco de miedo. Se apresuró a llenar los baldes y salió de la casa seguido por Ladislao. Cuando se inclinó para poner los baldes frente a los caballos para que bebieran, escuchó la voz de Ladislao a sus espaldas.

―¿Qué lleva en la carreta? Sacristán se enderezó.

―Pájaros―dijo.

Ladislao le pidió verlos, y cuando levantaron los costales que cubrían la caja, los cuerpos aparecieron frente a sus ojos. Después de un silencio breve le pidió a Sacristán su autorización para tomar uno. Sacristán asintió y levantó de las patas al más cercano y lo tomó entre sus manos, tal y como lo había hecho trece meses antes con el primero. Las plumas del animal eran de un café oscuro y tenía los ojos abiertos y el pico apretado. Levantó un poco más los sacos y el color café de los cuerpos se hizo más intenso.

―Son hembras―murmuró.

―¿Cómo dice? ―le preguntó Sacristán.

―Son hembras―repitió Ladislao―. Usted no lleva pájaros sino pájaras. Y enseguida le preguntó:

―¿Qué hacen, las matan?

―Las capturan y luego las matan―dijo Sacristán.

―¿Para qué?

―No sé muy bien―dijo Sacristán con la verdad―. Creo que en Sudamérica las compran bien, y para la gente antillana es un platillo barato y exquisito. La empresa está ganando mucho dinero con esto.

Ladislao regresó el animal a su lugar y colocaron de nuevo los costales.

―¿Usted no va a tomar agua?

―No señor, ya no―respondió Sacristán―. Ya es tarde y tengo prisa por llegar―. Y subió a la carreta dispuesto a continuar su camino.

Ladislao Acuña lo detuvo por un instante.

―Dígame algo, por favor, antes de retirarse. ¿Cree usted que se puede morir de amor?

―No. Digo, no lo sé. No creo―dijo Sacristán visiblemente confundido―. ¿Por qué me lo pregunta?

Entonces Ladislao le suplicó con el corazón:

―Hágame un favor. Dígale a los dueños de la empresa que su negocio está bien, pero que no maten sólo a las hembras. Hace más de un año tenemos una lluvia de cuervos machos muertos en este pueblo, y por sus picos entreabiertos y sus ojos cerrados, sé que están muriendo de amor. Dígales que no sigan matando a sus parejas.

Y después concluyó:

―Para colmo, ya mataron también al pueblo que lleva mi nombre: Carranza.

―Carranza―murmuró Sacristán con el ceño fruncido, como si aquel nombre hubiera recorrido ya todos los confines de la península.

―Descuide, señor―le dijo―. Así se lo diré a mis patrones.

Y Sacristán le dio una prueba innegable de su honestidad, pues después de dos semanas, la lluvia de pájaros había terminado.

 

 

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Mario Pérez Aguilar (Chetumal, 1954) es economista por la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Ciencias por la Universidad de Michigan, USA. Es autor de los libros de cuentos El motivo de Benjamín (1996) y La historia que viene (2005), y de las novelas Los artificios del agua turbia (1995), Tercera llamada (1997), Por aquí se dan muy bien los muertos (2000), Luna Menguante, historia de un asesinato (2014) y Las mujeres del profesor (2020). Obtuvo mención honorífica en el concurso de cuento “Como el mar que regresa” en 1999 con su cuento “El juez vencido”. Ha sido becario del PECDA para escribir “Las mujeres del profesor” y “Luna Menguante”, servidor público por más de 40 años y docente en materia económica en varias universidades. Actualmente vive en Cancún.

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2 comentarios

  1. Gerardo Alcaraz González

    Gracias por compartir cuentos breves sobre nuestra cultura .Soy de CD de MX y actualmente vivo en Cancún.
    Cursé la carrera de Sociología educativa en La UNAM y también me gustan los temas de medicina tradiciona y cultura Maya.Ojala podamos coincidir para promover y difundir más sobre estos temas.

  2. Me encantó la historia, y, sospecho que debe estar basada en algún hecho extraño sucedido en tiempos pasados.

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