Por Ahmel Echevarría

 

Pensar un regalo especial. Poner los sesos a fuego lento por alguien que lo merece, como esa mujer de largas uñas pintadas de rojo y falso cabello rubio. Porque deseas ser una persona especial para alguien. Es por esa razón que alquilo mi alma a El Mexicano —un hijo de puta muy listo para los negocios—. Y ganar una buena suma en una noche cargando cajas para este tipo y otro tanto por manejarle su Ford Econoline 67 cargado con esas cajas.

Pensar en un regalo especial: el Revolving Hotel Room. Una habitación en el Guggenheim.

Janela enarcó las cejas:

—Qué sorpresa, no conocía ese hotel.

Preguntó si era nuevo y si el dueño era algún judío.

No pude evitar la carcajada. Esta mujer es capaz de matarme con sus ocurrencias.

—Esos judíos se las arreglan muy bien con los negocios. Y pensar que los trataron como a la mierda… Puede que alguna vez me haya arreglado el cabello con algún peine hecho de la tibia o el fémur de algún judío.

Sonrió. Se desató la coleta, se batió el cabello.

—Dicen que ahora son los dueños de la mitad del mundo —dijo.

Tragué una gran bocanada de aire para contarle —a esta mujer que para su cumpleaños estrenaría vestido, cartera y tacones— que pasaríamos una noche dentro de una obra de arte.

Fue uno de mis amigos quien me ayudó a decidir. Estábamos en El Albatros. Ese pintor andaba de muy buen humor por haber vendido un par de piezas; tras ponerme el brazo en el hombro levantó la mano y pidió silencio. Era su noche; para fastidiarlo, uno de los músicos se adelantó con una fanfarria.

Crucé los dedos, no estaba para bromas. Pero aquel pintor supuestamente tenía la solución a mi problema: “Como tienes dinero para el regalo de tu mujer, te recomiendo que vayas a este sitio”. Sacó un plegable del Guggenheim. Era la promoción de una obra de un artista belga. Revolving Hotel Room. La obra de un tal Carsten Höller. Era cierto, estaba en su mejor noche, vio mi rostro cuando leí la primera parte del plegable y dijo: “Paciencia, sigue leyendo, soldadito, y verás si tengo razón”.

Me encogí de hombros y le di la vuelta al plegable.

La obra era una habitación con estructuras y cama giratoria. Se podía rentar cuantas noches quisieras. Quien la alquilara podría dormir en su interior además de visitar el museo. Una habitación con minibar, baño, ducha.

Miré a aquella banda de pintores y músicos. El de la fanfarria me pidió el plegable. Se lo di. Lo leyó un par de veces. La primera fue bien rápida y terminó sonriendo. Antes de hacer la segunda lectura se levantó, imitó el redoble de un tambor y en voz alta dijo: “Nuestro soldado llevará a su novia a un museo el día de su cumpleaños, escuchen…”

El pintor me dio un codazo: “No le hagas caso, a ese maricón su marido lo ha dejado por un clarinetista de la Sinfónica. ¿Te parece bien mi propuesta?”

Si a la fuerza los metes en un crisol consigues toneladas de mierda, pero con un poco de paciencia tienes a cambio valiosos gramos de información: nombres, estilos, la razón por la que algunos artistas nunca se alejan del desfiladero y su afición por la caída libre.

 

Le di el plegable a Janela:

—Hay tipos como el tal Carsten Höller que corren con los ojos vendados y descalzos por el borde de un barranco.

—¿Me llevarás a un museo?

Pensar un regalo especial. Poner los sesos a fuego lento por alguien que lo merece.

—¿Cómo crees que voy a celebrar mis treinta en un museo?

Me dio un carterazo en la cara.

—¡Y para colmo toda la noche! —dijo.

Me dio un par de golpes en el pecho. Tenía los ojos inyectados de sangre, lágrimas en la comisura de sus labios por toda la rabia que, como un caballo salvaje, recorría su cuerpo.

Entonces saqué mi pañuelo y se lo brindé.

—Tendremos toda una noche con cama, ducha y minibar en una de las salas del museo —dije y la llamé Mi Reina para tratar de calmarla—. Te arrullaré y te besaré en una cama que gira cada dos horas, despacio… Estarás a tus anchas y de noche en el Guggenheim. Arte cinético y caricias —dije mientras intentaba besarla.

Me volvió a golpear en el pecho pero esta vez muy suave.

¿Podrían morir de amor por mí las mujeres?

Poner los sesos a fuego lento por alguien que lo merece. Como esta mujer de largas uñas pintadas de rojo. Y todo por hacer un regalo verdaderamente especial. Porque también deseas ser una persona especial para alguien.

 

—¿Qué te parece el arte moderno? —dije.

Se encogió de hombros. Sonrió.

Luego de bebernos casi todo el minibar decidimos recorrer el museo. Andábamos en pijama por los pasillos del Guggenheim. Mirábamos las obras y le tocaba el culo. Comentábamos lo que nos parecía alguna pieza y Janela ponía su mano en mi entrepierna. Mi hueso, durísimo, estaba amordazado por la tela de mi pantalón. Creo que justo eso es el arte moderno. Una estampida, una verdadera estampida. Sospechar que los guardias de seguridad tendrían una noche movida tal como la tendríamos nosotros, porque en los corredores del museo nos estuvimos besando y tocándonos mientras intentábamos observar con detenimiento las obras. Creo que justo eso es el arte moderno.

—Mi Rey, suficiente óleo e instalaciones por hoy.

Janela me tomó del brazo y acercó sus labios a mi oído.

Cómo no aceptar su propuesta. Entramos al Revolving Hotel Room.

 

—¿Esto es arte cinético, amor? —dijo cuando ya no quedaba nada en el minibar, cuando estábamos cuerpo contra cuerpo.

Y la besé. Despacio abandoné la cama y busqué mi bolso.

—Sorpresa… —dije y le mostré una botella sellada.

Beberíamos en finos vasos la botella de Johnnie Walker —un pequeño impuesto que le cobré a El Mexicano.

Comencé a tararear una vieja canción de Stevie Wonder.

—Mi Reina, solo te llamaré para decirte que te amo…

Sonrió. La besé. Nos desnudamos.

 

Gemidos. La cama girando. Mi carne, dura, embistió la carne abierta entre sus piernas. Y comencé a taladrarla. Despacio. Nuestros cuerpos girando. Óleos. Gemidos. El cuerpo de Janela bajo el mío. Esculturas. Gemidos. Instalaciones. Mi cuerpo dentro de Janela. El sudor en mi rostro, goteando en su pecho. Hilos de sudor mejilla abajo, en los brazos, mi espalda. Los dos girando. Despacio. Sus largas uñas se clavaron en mi espalda. La cama girando. Húmeda y tibia la piel de Janela. Embestidas. Gotas de sudor. Grito ahogado.

Un largo y profundo silencio. Besos. Una sonrisa.

Janela se sentó a mi lado. Había cerrado los ojos.

—¿Qué tienes? —dije. Sequé mi rostro con una de las sábanas.

Puso sus manos en la sien.

—¿Qué pasa? —y la tomé por un brazo.

Con un gesto brusco apartó mi mano.

Bastaron un par de arcadas para que Janela largara un chorro de vómito sobre las sábanas y el minibar.

—Creo que arruiné tu regalo —dijo.

Mientras le brindaba una servilleta hice un gesto de negación.

—No sé si es la habitación o si mi cabeza es la que da vueltas…

Le propuse darnos una ducha, pero le pedí que se adelantara.

—Lávate el cabello y los dientes. Usa bastante dentífrico.

Tomé la funda de una almohada.

—¿Crees que huelo muy mal?

Asentí.

Me cubrí la nariz, la boca. Alguien debía limpiar aquella lava ácida que había brotado de sus tripas.

 

Sentí unos golpecitos en mi frente. Abrí los ojos. Janela sonreía. Me había despertado con el tacón de sus zapatos. Tenía su rostro frente a mí, una lluvia de tirabuzones caía sobre mi cara, y enredado en la maraña de cabellos su aliento —una mezcla de Colgate y la mitad del alcohol que había en el minibar más buena parte de la botella de Johnnie Walker.

—Mi Rey, ya amaneció… es ahora o nunca —dijo.

Se levantó. Acomodó su cabello con un par de sacudidas. Y me tiró la muda de ropa. Miré el reloj.

—¿Luzco bien?

Qué decirle. Es bien difícil ocultar las marcas de la resaca.

—Ahora o nunca —dijo.

Sus tacones en las manos. Mi camisa a medio abrochar.

Y salimos del Guggenheim en una rápida caminata.

 

—¿Eso era jugar con las percepciones, mi Rey?

Janela se paró en el borde de la acera e hizo una seña. Un Ford Crown Victoria amarillo hizo una maniobra brusca y se estacionó frente a nosotros.

—Vamos —dijo—, ahí está nuestro carruaje.

Tan pronto abordamos el taxi pidió llegarnos a una cafetería.

Era cierto, para comenzar el día necesitábamos algo bien ligero y frío. Terminé de atarme los zapatos y le di la dirección al chofer.

 

 

 

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Ahmel Echevarría (La Habana, Cuba, 1974). Narrador. Licenciado en Ingeniería Mecánica. Ha publicado los libros Inventario (Premio “David” de cuento 2004. Ed. Unión, 2006), Esquirlas (Colección Pinos Nuevos. Ed. Letras Cubanas, 2006), Días de entrenamiento (Premio “Frankz Kafka” de novelas de gaveta, 2010. Ed. Fra, República Checa, 2012). Con la novela La Noria ganó el premio “Italo Calvino” 2012.

 

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