Por Jorge Antonio Villalobos

 

¡Niña Veva! ¡Niña, niña! ¿Qué pasa Eulogia? ¿Qué tienes? Vino el Agustín a darme razón de don Ramoncito. El grito de la nana Eulogia interrumpe los rezos de Pilar, quien vuelve su rostro con dirección a la puerta de la pequeña capilla para escuchar a lo lejos el suave ¿Qué pasa Eulogia? ¿Qué tienes?, de su hija Genoveva. Hace años Pilar, como señora de la residencia Rocha, fue el centro y eje de la casa. Todo cuanto sucediera en el interior de sus habitaciones habría de ser verificado y autorizado por ella: doña Pilar de Fátima Saucedo de Rocha. La disposición de muebles, cuadros, jarrones, flores, tapetes; la organización de la despensa, de los sirvientes; las tertulias de los viernes, los encierros de señoras y señoritas en la semana mayor, las visitas del señor cura y otras personalidades; hasta que poco a poco se fue apagando, como los cirios ante los que ahora reza.

Así como la humedad invade los muros y se instala perennemente, la distancia entre Pilar y su marido, Eleuterio Rocha, vino a residir con ellos. La humedad no puede ser extirpada de los muros, hay que tirar las paredes y levantar nuevas, sin embargo, ello no es posible en un matrimonio. Se debe seguir en pie, es menester continuar el papel de muro hasta que por sí mismo se derrumbe, a pesar de que en los escombros la humedad siga intacta. Pilar abandonó todo para dedicarse a dios, dejó a su hija a cargo de la nana, todo para consagrar su fe al creador. Ahora reza, suplica, ruega. No siente paz. No necesita el perdón de dios sino el de su hija pero ¿por qué, si adorar a dios sobre todas las cosas es el primer mandamiento, siente tanta culpa? ¿Acaso no será un pecado mortal aceptar que fue un error dejar los cuidados de su hija en la nana para dedicarse a dios? Se ensimisma otra vez en sus oraciones pero un ¡ay dios mío! surgido de la voz de Genoveva, proveniente de la sala, hace que Teresa tenga un sobresalto. Lleva al pecho su mano derecha, de la que cuelga un rosario. Perdóname señor, perdona a esta tu sierva, perdona todo el dolor que ha provocado en esta familia, perdona a esta tu humilde pero cobarde y débil sierva, padre nuestro… Pilar llora como los cirios que en cada gota van muriendo.

 

¡Niña Veva! ¡Niña, niña! ¿Qué pasa Eulogia? ¿Qué tienes? Vino el Agustín a darme razón de don Ramoncito. Eleuterio desde su estudio escucha a la vieja nana dirigirse a Genoveva y que ella le contesta. Avanza hasta la puerta y está a punto de interponerse en el camino de la anciana para exigirle un comportamiento acorde a la residencia de los Rocha pero la nana pasó de largo con un rostro afligido, distinto al de todos los días, lo que hizo a Eleuterio contenerse. Él, padre de Genoveva, jefe de la casa y la familia Rocha, sigue con la mirada a la nana, preguntándose si ella lo habrá visto; escucha la noticia, cierra la puerta y se sienta frente a su escritorio. Tiene miedo al reclamo, porque en situaciones en las que el sentimiento femenino aflora, las mujeres no saben distinguir entre la prudencia y la verdad. ¿Cómo enfrentar a la nana quien ama a Genoveva como si fuera su propia hija? ¿Cómo negarle razón a esa mujer que años atrás además de sirvienta fue su amante en las caballerizas, en los corrales y a la orilla del arroyo? ¿Cómo pedirle perdón a Teresa del Pilar, por aquella, esta y todas las faltas? ¿Cómo mirar a Genoveva a los ojos? Decide que debe esperar que las mujeres se desahoguen, que salgan de ese trance hasta que nuevamente sean conscientes que ha de guardarse la compostura que el apellido Rocha les impone. Vuelve a su estudio y al sentarse nuevamente frente al gran escritorio escucha la voz de su hija que gime un ¡ay dios mío! Sí, debe esperar a que la rutina, como el moho en las grietas, cicatrice las heridas.

 

¡Niña Veva! ¡Niña, niña! ¿Qué pasa Eulogia? ¿Qué tienes? Vino el Agustín a darme razón de don Ramoncito. Genoveva advierte en la voz de la sirvienta, mientras la sigue con los ojos, desde la estancia que comienza fuera de la cocina hasta la sala donde ella lee, alguna noticia triste. Se levanta del sillón y se para frente a la ventana para darle la espalda, no le corresponde a una señorita decente mostrar júbilo o preocupación alguna por un hombre que socialmente no estuvo a la altura del matrimonio que en casa de los Rocha no ha llegado, de quien pudo ingresar al seno familiar en calidad única de amigo por resolución de don Eleuterio pero principalmente para disimular lo que al menos para la nana Eulogia es del todo sabido, que él, Ramón, fue el único de todos sus pretendientes cuya presencia y recuerdo erizan los vértices donde convergen los senos de esa mujer soltera, doncella y casi a mitad de la treintena, quien aún se esperanza con algún vuelco del destino o en la compasión paterna. ¿Y qué pasa nana?, ¿por qué tanto alboroto? ¡Ay niña!, pos’n… pos es que… ¿Es que qué nana? Eulogia no cesa de ludir sus manos en el delantal y su dubitación se debe a que quiere verla a los ojos para mostrarle lo que siente y no solo anunciar la razón que la hizo dar alaridos desde la cocina como si la finca fuera presa de un incendio. Genoveva sigue observando las cortinas como si no estuvieran ahí y oteara los ires y venires de los transeúntes. Pos’n, pos que… ¡que se murió niña!, dizque diuna neumonía, ¡ay niña!

Al tiempo que Eulogia está emitiendo su frase pos’n, pos que, Genoveva frente al terciopelo que pende del umbral, igual que un párpado de la ventana, percibe claramente las lágrimas de la vieja y con ellas, antes de escuchar se murió, un vórtice de angustia clava en su vientre un vacío, una fría inundación de desamparo, de futura soledad sobre su piel, y una pequeña apnea es el previo impulso reflejo para el escape de un ¡ay dios mío!, surgido de los labios de la niña Veva en respuesta al se murió de la nana. Esos segundos eternos entre el presentimiento y la revelación dan pie a un desplome de sueños en la señorita de la casa, quien gira hasta encontrar la mirada de Eulogia y frotándose las manos como una monja nerviosa, inicia un diálogo de silencio con ella que también permanece restregando sus manos en el delantal. Genoveva comienza un acompañamiento para el lenguaje de las manos con pasos de un lado al otro, con el ritmo de un vals fúnebre, poco a poco creciendo, un segundo ¡ay dios mío!, quedo, atónito, doliente, eco del primero, establece la línea melódica para un luto de recién arribo, al que asiste otro ¡ay niña! de la nana, el cual erige la voz secundaria que flanquea esa melodía que avanza y se hincha en la garganta de la niña Veva ¡ay, ay dios!, ¡ay niña! Melodía y acompañamiento maduran su compás de súbita lasitud en cada marcha de izquierda a derecha hasta que la pieza exige su clímax, el cual se consolida en el preciso instante cuando el cuerpo de Genoveva se abate sobre el sillón donde leía y abraza las piernas de Eulogia, quien se hubo acercado con esa clarividencia materna que la hizo intuir el inminente caer de la ahora virgen vitalicia; así Eulogia continúa, en esos tres pasos hasta el mueble, el acompañamiento, cuyo motivo es retomado y sustituido por esa voz de fondo ¡ay niña!, ¡mi niña!, paralela a la melodía que se desarrolla, corre y modula armónicamente del sollozo al llanto pleno en las cuerdas vocales de Genoveva. La sala en su regazo acoge esa congoja de musical relieve, por momentos abierta, a capela, en otros cerrada, bajo el matiz de una sordina en lastimero corno, cuando Genoveva sumerge su cara en las faldas de Eulogia, desplazándose durante minutos eternos hacia su destino de silencio, en un disminuyendo parsimonioso, hasta que el canto, el llanto, como la lluvia que amaina, dejando únicamente su rastro en el rostro rojo y salado de Genoveva y el acompañamiento ¡ay niña! se ha transformado en un dejo de caricias que la nana vierte en la cabellera castaña y suave de Genoveva Rocha.

 

 

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Jorge Antonio Villalobos (México , D. F., 1972). Abogado y escritor. Ha obtenido las siguientes becas: la Salvador Novo del Centro Mexicano de Escritores (1991-1992)]; la del INBA y el Colegio de México (1994-1995); y la de Jóvenes Creadores en poesía del FONCA de Aguascalientes (2000-2001). Ha publicado en revistas como TROPO a la uña.

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