Haiku

Haiku

 

Por Ahmel Echeverría

 

 

En El Albatros me he apuntado a la sien decenas de veces. Aunque sea el cumpleaños de un viejo amigo, aunque alguien haya decidido hacerme compañía en mi mesa o en la barra.

Beber seis botellas de Beck’s y medio litro de Johnnie Walker con el estómago vacío y la cabeza llena de recuerdos, pesadillas y resabios es jugar a la ruleta rusa con solo una bala de menos en el revólver. Me he apuntado a la sien decenas de veces en ese bar de la avenida del puerto. Y puedo darme con un canto en el pecho y gritar: “Todavía sigo muerto”.

Pero nunca he intentado jugar a la ruleta rusa antes de la cuarta cerveza. Tampoco antes de la medianoche.

 

Ayer puse el cañón del Colt en mi sien —o en mi boca, a fin de cuentas tragué un río de alcohol—. Lo cargué con casi todos mis recuerdos, pesadillas, resabios. Y apreté el gatillo. La verdadera noche de un día difícil.

Oriné las patas de mi jeans, vomité la hiel sobre mi viejo impermeable y las faldas de Monique —una delgada y blanquísima puta pelirroja de largas piernas y corazón pequeño, esta mujer trabaja para El Mexicano—. Era negro y sesentón el tipo que acompañaba a Monique; entre sorbos de cerveza —tal vez una Corona— intentaba meterle la mano en la entrepierna justo cuando largué mis intestinos en la saya de aquella mujer.

Tenía ojos mansos el negro, bebía una cerveza clara y nunca lo había visto en El Albatros —eso sí lo recuerdo—. Era alto, de brazos bastante rudos, algo macilento y de muy pocas palabras —así dijo Irish Coffee—. Con la misma mano de hurgar entre las piernas de Monique, el negro me dio un upper cut o un jab. Cómo saberlo si no entiendo nada de boxeo. Cómo saberlo si tenía seis Beck’s y medio litro de Bacardí corriendo en mis venas.

El negro no hizo diana en mi ojo sano, pero sí en el pómulo. Estaba parado frente a mí, los puños cerrados. Monique no paraba de gritar. Quizá le rogaba a su mascota tener piedad conmigo y no me triturara, a fin de cuentas solo fue un poco de vómito encima de su falda y las blanquísimas piernas. Tal vez le pedía lo contrario, la pelirroja Monique tiene piernas largas y un corazón pequeño.

Pero era la noche de un día difícil. Irish Coffee intentaba atender a un par de clientes y estar al tanto de cuanto sucedía. Pero por más que este barman lo pedía no me callé.

Miré al rostro del negro: ya no eran tan mansos los ojos ni pocas sus palabras. Bastó un nuevo golpe en el mismo pómulo y caí al suelo. Como un saco de mierda. Aquella puta me pegó en las costillas con la punta de sus zapatos, lo recuerdo muy bien. Y le gritó un par de barbaridades al negro. Dijo algo acerca del Mexicano, tal vez le haría su versión de lo sucedido. Y algo le respondí. Quizá hice un comentario acerca de sus piernas y su corazón —así es el inconsciente: un caballo indomable—; solo Dios, el negro y esa pelirroja saben lo que dije. Y recibí otra andanada de Monique antes de que el negro la empujara y cayera también al suelo casi junto a mí. Sonreí, otros también toman muy malas decisiones —el inconsciente es un caballo indomable.

Irish Coffee abandonó la barra —dejó esperando a un par de clientes, eso dijo— y corrió hasta nosotros. Ese adorado barman irlandés no pudo hacer mucho, o bastante si bien miramos. Pudo quitarme de entre las garras de aquel negro y las patadas de Monique.

 

Después de que Irish Coffee me obligara a meter la cabeza bajo un chorro de agua salí del bar. Crucé la avenida del puerto. No sé cómo pude evitar los autos. Quizá mi buena fortuna se debió a la hora —era más de la medianoche—, o sencillamente no me tocaba en suerte morir atropellado. Lo cierto fue que a la media hora de caminar por el paseo marítimo rumbo a mi apartamento vi un bulto blancuzco junto al muro del litoral. Un perro —pensé—. Podía ser un labrador muriéndose de frío, podía ganar dinero si lograba venderlo o hacerlo mi mascota —pensé—. Medio litro de Bacardí y seis Beck’s en un estómago vacío no garantizan ni muchas ni buenas alternativas. Pero era mi día de suerte. Caminé en dirección al bulto, el aire de mar y el agua goteando desde mi cabello sobre la cara y la nuca me sentaban muy bien. Era mi día de suerte, porque pude haber terminado en la sala de urgencias de un hospital con una mordida en la pierna de no ser aquel bulto una mujer desnuda, con el labio partido y varios moretones —uno de los hematomas le adornaba el ojo derecho—. Lo triste es que por una mujer desnuda y con moretones en el pellejo no te ganas ni siquiera un centavo.

La toqué en el culo con la punta de mi zapato. Desde el suelo me miró, en su rostro creí ver cómo el dolor la torturaba. Entonces la ayudé a sentarse en uno de los bancos del paseo marítimo.

—Luces como la mierda —dije.

Me quité el impermeable, se lo ofrecí. Con voz entrecortada la mujer me dio las gracias. Tan pronto se lo puso vi en su cara una mueca de asco.

El abrigo le quedaba muy holgado.

—Tu cara es un maldito poema —dije.

Era delgada, no más de treinta años. Cabello negro cortado sobre la nuca y tetas pequeñas. Una copiosa mota negra en la entrepierna. ¿Una chica que andaba ajena a la moda del rasurado?

—Tu impermeable huele a vómito y tú debes oler a mierda —dijo.

Sonreí. No estaba lejos de la verdad. Recuerdo su mirada: dura, como un par de clavos para encajar en el concreto.

—¿Cómo te llamas, gorrioncito?

—Si solo encuentras mujeres como yo, desnudas en medio de la calle y molidas a palos, entonces tú sí eres un maldito poema.

Escupió. Sangre y saliva.

Abrió la boca, con la punta del índice se tocaba los dientes. Volvió a escupir. Saliva y sangre. La mujer tenía un par de dientes flojos.

—Toma, gorrioncito —del bolsillo de mi pantalón saqué un pañuelo.

Me miró con aquellos ojos de acero.

—No me digas gorrión, hijo de puta.

Extendió la mano y me dio las gracias.

—¿Cómo te llamas?

—¿Qué carajo sabes tú de poesía? —dijo mientras se limpiaba.

Me encogí de hombros.

—¿Acaso eres escritor?

Vi un gesto de dolor en su rostro.

Ella tenía razón: creer en los tipos atormentados no es saber de poesía. Tener cierta fe en esos tipos que saben nombrar el dolor no es saber de poesía. Era la noche de un día difícil. Pero medio litro de Bacardí y seis Beck’s en un estómago vacío tampoco es una impedimenta para lograr buenas asociaciones: mi dedo, un moretón alrededor del ojo —el ojo de aquella mujer delgada de cabello negro, dientes flojos, tetas pequeñas y una copiosa mota como una crin entre las piernas.

—¿De qué te ríes? —dijo.

Estaba dispuesto a ayudarla, a darle algo de dinero para un taxi, pero no quería dejarle mi impermeable. Intenté convencerla de ir a mi apartamento por algo de ropa aunque no le quedara bien.

Aquella mujer le bajó el zipper a mi viejo impermeable:

—Toma…

Otra vez vi sus tetas, los moretones, esa crin entre las piernas.

—Antes de llevarte a mi cama tendría que repararte, gorrioncito. Incluso a estar dispuesto a pelear contra un gladiador…

Bajó la cabeza. Despacio volvió a cubrirse. Con toques suaves se palpaba el moretón.

Me acerqué a ella, le subí el zipperdel impermeable.

—Vamos a mi casa por ropa y dinero. Te lavas, te pones algo, me das el impermeable y te vas.

Insistí en ayudarla pero me rechazó con un manotazo. Despacio se levantó.

—Te dije que no me llamaras gorrión, hijo de puta.

 

Caminábamos rumbo a mi apartamento. Solos ella y yo por el paseo marítimo del puerto. La brisa arrastraba tierra adentro el salitre y el olor del carburante derramado en la bahía. Apenas había tráfico en la avenida.

—Olemos a mierda —dijo.

Sonreí. No estaba lejos de la verdad. A pesar de su mirada, con mi dedo índice intenté tocarle el hematoma. Me esquivó con un manotazo.

Pero insistí un par de veces y dejó de hacer resistencia:

—¿Sabes…? —dije—, en el moretón está el poema.

 

 

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Ahmel Echevarría (La Habana, Cuba, 1974). Narrador. Licenciado en Ingeniería Mecánica. Ha publicado los libros Inventario (Premio “David” de cuento 2004. Ed. Unión, 2006), Esquirlas (Colección Pinos Nuevos. Ed. Letras Cubanas, 2006), Días de entrenamiento (Premio “Frankz Kafka” de novelas de gaveta, 2010. Ed. Fra, República Checa, 2012). Con la novela La Noria ganó el premio “Italo Calvino” 2012.

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