Quezada

Quezada

 

 

Me dice Quezada

 

Diego Covarrubias

 

 

Me dice Quezada que lo malo de los planes hechos al aventón, es que basta que un detalle salga mal para que todo se colapse, como estructura del juego de jenga. Y para confirmar su teoría me cuenta que la primera vez que vio a Sofía fue en el gimnasio; ella terminaba de ejercitarse en la corredora y él se fijó en sus magníficas piernas siluetadas y comprimidas bajo el legging negro, en su abdomen plano y perlado con diminutas gotas de sudor, en su rostro desnudo de maquillaje y enrojecido por el esfuerzo, y finalmente, en su pelo negro anudado con una austera liga blanca, y decidió que todas esas promesas de campaña; las piernas, el abdomen, el rostro y el pelo, le gustaban, y ejerciendo su derecho al voto, votó que sí. Me dice que, en su caso, el preludio de amor siempre empieza por lo que ven sus ojos, y ya después va migrando a lo que siente su corazón. Se acercó a ella sonriéndole desde la zona de peso libre como si fuera una vieja conocida, y después de dos o tres comentarios triviales, se animó a invitarla a salir; y Sofía le dijo que si. Y salieron. Y me dice Quezada que Sofía vive en una mansión gigantesca, ofensiva, ubicada en una de las colonias más añejas y exclusivas de la ciudad, con guaruras en coches blindados, cámaras de seguridad espiando desde todos los ángulos, y servidumbre especializada en los diversos quehaceres domésticos:  manejar, hacer la limpieza, cocinar, lavar la ropa, servir la mesa, cuidar del jardín y de la alberca. Especialistas en la sumisión y en el arte de servir, me dice, con un leve dejo de ironía. Una fifí al cubo, remata.

Me dice Quezada, que a la tercera cita conoció a Verónica; la mejor y única amiga de Sofía, y que al principio se le hizo simpática, aunque le dio la impresión que vivía a la sombra de la amiga rica y guapa. Un planeta gravitando alrededor del sol. Y  que como consecuencia de esa relación gravitatoria, las citas de pareja se convertían en tríos, porque Verónica siempre estaba con Sofía, y que al principio no estaba mal, pero que al cabo de un rato se volvió incómodo y oneroso, porque no era lo mismo para su agónico bolsillo pizza para dos que pizza para tres, ni dos boletos de cine que tres boletos de cine, y que cuándo se despedían, él se quedaba con ganas de darle un beso a Sofía, pero que siempre estaban ahí los ojos de Verónica, estorbosos, invasivos, imposibles de franquear, y que entonces se tenía que retirar con sus ganas intactas y recurrir a otros consuelos, más solitarios y manuales; y que no sabe si se da a entender, pero yo le digo que sí, que entiendo lo que me quiere decir, aunque el simple hecho de imaginarme a Quezada en sus desplantes masturbatorios me quita las ganas de vivir.

Me dice Quezada que a las pocas semanas de frecuentarla empezó a notar ausencias en la mente de Sofía, vacíos etéreos que despoblaban las tardes y las volvían mudas, anodinas, como si Sofía se retirara a sus cuarteles de invierno a vivir un mundo brumoso habitado por sus fantasmas. Que sus ojos azules se nublaban, y que esa intensidad que él había notado en el gimnasio, se desvanecía en una complacencia parecida a una muerte en vida, un desierto en medio de la selva, y que entonces, los diálogos se volvían un compendio de monosílabos y onomatopeyas, de oraciones sin predicado, y que en esos momentos de confusión Verónica entraba siempre al rescate de su amiga y disipaba el silencio con chistes de mal gusto, risas fingidas y un protagonismo que no le correspondía. Y que él se aguantaba, me dice Quezada, porque Sofía regresaba a ser Sofía al cabo de tres o cuatro horas, a veces más y a veces menos, y sus ojos se coloreaban otra vez de azul cielo y el cuerpo firme, elástico, vibraba nuevamente bajo la ropa, y entonces Sofía le sonreía con esa humildad de niña bien a la que no le importa su origen aristocrático, y que no juzga a los demás por lo que tienen o no tienen, sino por lo que son. Y que ya sabe que esto último parece cliché, pero que en el caso de Sofía era una verdad elevada a rango constitucional, porque ella tenía todo y los demás, aunque tuvieran mucho, tenían poco en comparación, y a ella no le importaba eso, ni lo que dijeran sus padres, siempre con las cejas levantadas, como águilas oteando la madriguera de su presa, mandando señales en clave a los guaruras; señales que se traducían así: síganlos, no los pierdan de vista,  y después nos pasan un reporte para averiguar las intenciones del tipejo este.

Me dice Quezada que desde el primer día que entró a la casa de Sofía, la mamá lo miró como si fuera una cucaracha, que haga de cuenta la mamá de Rose en el Titanic, viendo a Jack por primera vez, y que multiplique esa mirada de odio y de desprecio por diez, o por veinte. Y que al principio le incomodó, pero que al mes y medio ya había decidido alejarse de Sofía, no por la mirada de la mamá, sino porque las lagunas mentales eran cada vez más frecuentes, y que además habían empezado las escenas de celos y las agresiones físicas y verbales, y que aunque Sofía regresaba siempre a ser la dulce y determinada Sofía, esos vaivenes de ánimo, esos nubarrones en el cielo que presagiaban más tormentas, sumados a la presencia incómoda y onerosa de Verónica, al desprecio de los padres, y a los diversos  botecitos de ansiolíticos y tranquilizantes que siempre cargaba con ella, le habían llevado a tomar la determinación de que Sofía ya no. Pero, me dice Quezada, que Verónica, anticipando sus intenciones, le había sugerido que siguiera viéndola y que entre los dos se dedicaran a “despelucarla”-me dice Quezada que esa es la palabra que Verónica utilizó-. Que ella, como mejor amiga, y él, como novio subversivo, podían vivir subsidiados por lo menos cinco años, y que de ese contubernio podían sacar coches, y joyas, y viajes, y futuros asegurados. Y que valía la pena intentarlo, que no tenían nada que perder.

Y me dice Quezada que quién sabe por qué aceptó, tal vez por que se le hizo muy fácil el plan, y repite su teoría de que los planes mal hechos se derrumban cuando un  detalle sale mal, como  el juego de jenga,  y le digo que eso ya me lo dijo, y me dice que lo disculpe, que está nervioso, y que su teoría se comprobó el día que Verónica lo citó para ver la forma de convencer a Sofía de que se fueran un fin de semana a Nueva York, VIP, Waldorf Astoria todo incluido, pero que cuando Quezada llegó a la cita, se dio cuenta que lo que Verónica realmente quería era decirle que estaba enamorada de él, y que además de vivir a costa de Sofía, ellos podían vivir un “tórrido” -me dice Quezada que esa es la palabra que Verónica utilizó- romance, aprovechando la discontinuidad en la percepción de la realidad, o sea, la locura,  que sufría su querida amiga. Que qué opinaba. Y me dice Quezada que él opinó que no, que gracias pero no, y no porque tuviera un alto código moral, sino porque Verónica no le gustaba, y que, en vez de inventar una excusa y salirse por la tangente, el muy pendejo así se lo dijo: “la verdad, Verónica, no te ofendas, pero no me gustas”. Y que entonces Verónica se ofendió, y como el volcán Vesubio, hizo violenta erupción, y le empezó a gritar que qué se creía, que era un cabrón, que le iba a decir a Sofía y a los papás de Sofía cuales eran sus intenciones para que le mandaran a los guaruras a ponerle una madriza, y,  ¿que a quién le iban a creer?, ¿a ella?, amiga de toda la vida, casi hija putativa, ¿o a él?, novio-cucaracha salido del gimnasio, advenedizo oportunista con aroma a desfalco. Y que después, se levantó de la silla en la que estaba sentada, como fiera enardecida, y se fue soltando fuego y lanzando una sentencia final: “Y ni se te ocurra buscarnos”, así, en plural, como si ella y Sofía fueran una misma cosa. Pinche-vieja-loca, pensó Quezada, pero ya no le dijo nada, para no azuzar más el fuego.

Y me dice Quezada que lo siguiente que hizo fue venirse al bar, porque se imaginó un séquito de guaruras en mangas de camisa y con garrotes, yendo a su casa a ponerle una madriza de ave maría purísima. Finalmente me dice Quezada, entre trago y trago de su Heineken, que es un pendejo, que está muy, pero muy arrepentido, y que por favor le aconseje qué hacer.

Así es Quezada; invasivo y acaparador, piensa que por el simple hecho de ser yo un cantinero tiene el derecho de aburrirme con toda su epifanía y de exigirme consejos gratis. Puro cliché. En mi opinión, le digo a Quezada mientras sirvo dos tequilas y un whisky en las rocas, la vida es demasiado corta para perder el tiempo en lamentaciones. Si te van a madrear que te madreen y ya, que bien merecido te lo tienes por pendejo y por cabrón, y respecto al arrepentimiento, mejor ahórratelo, porque es como un telescopio en una noche sin estrellas: no sirve para nada.

 

 

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Diego Covarrubias radica en Cancún. Recientemente publicó en Malix Editores el libro “Entre la memoria y la Imaginación”.

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