Celeste
Celeste
Obra: “La tinozza”, de Edgar Degas.

Los baños de Celeste

Por Alejandro Aura

Me pusieron a cuidarla porque de otro modo ya no se quería bañar, con la manía de que mientras se bañara alguien iba a entrar a matarla. Aprovechando el ruido de la regadera y el momentos crudelísimo en que ella tuviera jabón cerca de sus grandes ojos cerrados, el criminal asestaría el golpe asolador del destino señalado y temido en la imaginación de mi tía Celeste.

La primera medida que tomó contra lo inevitable fue echar llave a la puerta, pero luego pensó que con una ganzúa, alcahueteada por el ruido del agua cayendo sobrre sus cabellos largos se podría dar fácil entrada a la fatalidad; entonces cerro también con llave la puerta de la recámara pero el problema seguía presente y aun agravado con la consideración de que el asesino, que bien podía entrar por la ventana, tendría más libertad para operar con la ganzúa desde la recámara cerrada y acechar el momento preciso para entrar al baño y hacer correr la roja y viva sangre de mi tía Celeste que se iría quedando poco a poco pálida, como de cera, muda, como de cera. Mandó luego construir una celosía con un sistema sensible de alarmas luminosas en el pequeño pasillos que va de la estancia a su recámara. Al principio tomábamos muy en cuenta la celosía pero al poco tiempo, cuando se volvió para nosotros un acostumbrado objeto de decoración, hubo que forzar varias veces la puerta para apaciguar los gritos que pegaba mi tía, sintiendo al apagarse y encenderse los innumerables foquitos de la alarma puesta a funcionar por un descuido de cualquiera de nosotros, cómo la fría mano asesina resbalaba por la espalda, rodeada de delgada cintura, se escurría lasciva por los muslos, las piernas, los tobillos, los mosaicos, la coladera completamente líquida, como la voz de Dios.

Y no quiero enumerar, por abundantes, todas las medidas previsorias que tomó mi tía para librarse de morir terriblemente acuchillada.

Un día nos pidió que, mientras se bañaba, desalojáramos del todo la casa, y cerrada con llave, la rodeáramos para impedir la entrada del inminente matador que solía adquirir diferentes aspectos en la imaginación de mi tía Celeste, según las nuevas conquistas que hacía en el terreno de las enemistades. Una veces eran mujeres feas que la perseguían con saña, cuchileadas por el despecho de los hombres que se rendían a la insondable belleza de mi tía y a los que ella negaba sistemáticamente sus favores esperando una especie de deidad viril que, llegado el tiempo, habría de tomar sus derechos en la graciosa persona de mi tía Celeste conservada en el pleno de su madurez como virgen intacta; otras veces eran competidores envidiosos de alguna metáfora redonda y echada a volar en el vuelo requerido en tal o cual poema de los muchos que ella publicaba, y otras veces, quimeras de distintas formas, ardidas porque sabían menos que mi tía acerca de lo fatal y lo posible.

Aceptamos rodear la casa en una ocasión y sólo por condescender y en cierto modo divertirnos, pero la segunda vez que nos lo pidió, decidimos hacer una reunión familiar para discutir ampliamente los baños de Celeste y tomar una determinación definitiva respecto a lo que se haría en el futuro.

Mi tía llego a la casa cuando yo era todavía pequeño; tendría ella trece o catorce años y yo seis o siete y la recuerdo como la encarnación misma de la belleza. Celeste tenía el andar ligero y plácido, como si llevara un cántaro en la cabeza; durante ciertas horas del día, Celeste bordaba, en sueños, rosetas en la tela de mi alma. Celeste.

Era la hermana menor de mi padre, al que no tuve la dicha de conocer, y hacía desde entonces vida independiente y libre, con tal discreción que a través de los años llegamos a enterarnos de sus actividades por los comentaristas literarios de los periódicos que por su propia, delicada boca.

En noviembre de ese año, cuando cumplí los dieciocho, tuvo mi tía el primer gesto amistoso para conmigo: me obsequió dos libros: uno de poemas suyos, del que nadie en la casa tenía noticia, con una dedicatoria que aun ahora no he logrado descifrar, y otro llamado Sicología y Sicopatología de los Amores Juveniles, edición de bolsillo. Los conservo, ambos leídos, en un rincón del estante de mis libros, como altar secreto y duradero para oficiar dentro y fuera de mi corazón.

Durante la junta familiar en que se discutieron las extrañezas y manís de tía Celeste, yo resulté ser su más íntimo en la casa a raíz de que hablé del obsequio de los libros. Alguien dijo que hacíamos mal consecuentándole sus chifladuras, que si no quería bañarse que no se bañara, y punto, pero todos los demás coincidimos en que era ése un gesto demasiado duro e inhumano y en que teníamos que ver los unos con los otros; quizá fui yo el que la defendió con más ardor y tal vez por eso se llegó a la conclusión de que en adelante yo me instalaría a las puertas del baño todos los días a la hora en que mi tía Celeste entrara a bañarse; yo sería, desde que se tomó el acuerdo, celador de los baños de Celeste.

A partir de ese momento cambió mi vida; más bien debo decir que a partir de ese momento comenzó mi vida; mis razones para vivir se centraron en la hora del baño de Celeste. Con religiosidad esperaba yo todos los días la hora apetecible y tierna en que sonaría la voz grave de mi tía que era el momento de pasar a la recámara e instalarme a las puertas de ese paraíso que me ofrecía, por el ojo de la cerradura, la visión insospechada de la felicidad.

Celeste entraba al baño envuelta en una bata de seda que al principio me disimulaba la encarnada suavidad del cuerpo de mi tía a cambio de batirme la imaginación al punto de la transparencia: veía yo con los ojos del amor a través de la tela, aun antes de que Celeste desatara el cinturón que la ceñía y la dejara colgando de sus hombros, abierta, confirmándome que debajo de ella sólo el cuerpo de mi tía llenaba el universo. Cuando terminaba de quitarse la crema de la cara y el cuello soltaba sus cabellos largos hacia adelanta, y la bata, movida con los movimientos de Celeste, ya se abría, ya se cerraba, y yo me hacía uno con el ojo de la cerradura, y el ojo me crecía como el de una divinidad absorta. Allí estaban los cielos y la tierra; la luz, ya completamente separada de las tinieblas; los animales hembras y las plantas hembras y las constelaciones que tienen nombre de mujer; allí estaba ella, preparada, dispuesta a todo, paseándose cándida por el paraíso mientras la serpiente de agua resbalaba de la regadera y se enroscaba en el cuerpo de Celeste ofreciéndome las rojas manzanas de su pechos.

Algunas veces, los ojos de mi tía, que en el baño tenían siempre un escándalo de reverberaciones, se posaban por un segundo en la chapa de mi ojo y yo sentía, lleno de miedo, que se me detenía la sangre enteramente y que en el baño había un brillo de millones de watts, y perdía el dominio de todos los sentidos. Allí estaba Celeste metida en mis ojos compartiendo mi dicha; allí los dos temblando en el secreto; allí entendí que valía la pena haber nacido y que no había sido tan inútil comer y beber y dormir durante dieciocho años si al cabo de ellos iba a aparecer esta imagen bordada en los bastidores de la magia y a través de los cuales yo habría de encontrar el sentido de la libertad. Ah, Celeste, mis manos eran la tela de las toallas, mis temores eran los tuyos ahuyentados y mi piel era la leve sonrisa que inventabas en el baño y la sabiduría con que pasabas la esponja, cremosa de jabón y amor, por todos los secretos de tu cuerpo; yo era la claridad real con que lavabas tu vientre ofrecido a la puerta donde el ojo de Dios hacía posible la tranquilidad con que tomabas tu baño. Ah, Celeste.

Yo habría de estar a solas finalmente, hundido en mansedumbre, almiatado; porque así como tú no podías escapar de tu destino yo no podía escaparme de mí mismo, desvanecerme en el aire de la recámara aquel día que dejaste la puerta entreabierta, y todo, la manija de la chapa, las paredes, el espejo, estaba lleno de tu perfume.

Porque con la certeza de que algún día estaría yo completamente solo fue que tomé apresuradamente de sobre el secretaire de Celeste la daguita aquella para abrir libros y entré al paraíso, al baño, al sueño que sueño desde entonces, donde Celeste abría los brazos, y los cabellos de Celeste caían por el agua y decían mi nombre cálidamente, líquidamente, qué sé yo cómo, y yo temblando de energúmeno amor, vaciándome y llenándome, y Celeste, tía Celeste, mojada, abría la boca y se reía sin ruido y me daba su cuello para que yo hiciera en él mi voluntad mientras sus párpados bajaban y subían lentísimos, como si los moviera desde afuera. Tía Celeste sabía de los destinos de las gentes y era dueña de mi soledad, por eso se daba toda, enjabonada toda, para que yo dejara al fin de contemplarla, para que yo dejara, al fin, de ser estatua de sal y me embarrara en su cuerpo; para que vivo y rojo, con la daga desde lo alto le fuera resbalando por los senos, por el vientre, por las rodillas, goteando, chorreándome, por los pies, por los dedos de los pies, por los mosaicos del piso, por la redonda coladera…

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