Blanco

Blanco

 

 

Todo de blanco

 

Por Adán Echeverría

 

Cuando mi novia llamó para decir: ¡Estoy embarazada!, mi corta vida de 19 años cruzó aleteando por la cabeza y en el eco que retumbó en la mente reconocí el reclamo: pero ¡qué tonto he sido! Luego de colgar, paralizado junto al teléfono, con el cable enredado entre los dedos, decidí llamar a Tomás, mi jefe de acólitos en la Capilla de…; él me había invitado múltiples ocasiones a formar parte del Colegio de Árbitros de la Universidad, y yo me había negado a trabajar a su lado, bajo el pretexto de estar dedicado a mis estudios. ¿Y ese cambio?, me preguntó socarrón, porque suponía —tuvo que recordármelo— que yo era alguien de ideas fijas, ideales que no solían romperse, y que estudiar una carrera con dedicación significa no tener tiempo para nada más. Tuve que explicarle de la hiperactividad que me tenía dividido entre el grupo de acólitos, donde coordinaba a los más pequeños, el grupo de jóvenes de la capilla, y que, por las tardes, del miércoles al viernes, asistía al Centro Cultural del Niño… donde era parte de un grupo de teatro con un espectáculo callejero, aprovechando que el centro de la ciudad todos los domingos bullía en representaciones artísticas. Tuve que decirle que en ese grupo la había conocido, me llevaba seis años e intenté no involucrarme diciéndole incluso que no me sentía atraído, pero al final no pude eludir los olores que su piel y su cabello imprimían en mi naciente hombría. Yo era todavía virgen, al igual que ella. “Pero qué tonto. Y eso que estudias para biólogo”, soporté su sermón de coordinador espiritual, de hombre soltero pasados los 45 años, de trabajador incansable “Yo también soy hiperactivo, además de la oficina coordino el grupo en la capilla, y dirijo a todo un cuerpo de árbitros, todos los días hay juegos, y jamás he embarazado a nadie. Te paso a buscar a las nueve. Hoy tenemos reunión”.

El empleo era sencillo, los sábados como el de esa mañana, se reunían en los salones del edificio central de la Universidad, detrás de las canchas. Entre semana por las tardes, y sábados y domingos durante todo el día se realizaban los encuentros que en ocasiones se hacían largos set a set. Adiós a todas mis actividades ajenas a la universidad. Apenas me quedaría tiempo para las tareas escolares.

Un juego de volibol necesita dos árbitros en la red, dos jueces de línea, y al menos un apuntador en la mesa. Durante la temporada regular, en cualquiera de las ligas que se atendían, era suficiente un cuerpo arbitral de tres para la red y las anotaciones. De acuerdo con la posición que te tocara cubrir era el dinero que recibías. Rápido hice operaciones aritméticas de cuántos partidos necesitaba arbitrar para que me alcanzara a mantener al hijo que venía. Si arbitro seis juegos a la semana, más “los findes”, tal vez lo logre. Cálculos estúpidos con los que aún suponía poder seguir con mis estudios. “Viviremos juntos si tus padres te corren de la casa, pero no seremos pareja, que te quede claro; solo te ayudaré con el niño”; me porté renuente porque no estaba enamorado; ella fue quien insistió, yo era joven, con un futuro por delante. “Eres mayor que yo, debiste evitar que esto nos pasara”. Ella en respuesta metía la cabeza dentro del hueco de mi pecho.

En las reuniones de los sábados nos enseñaron las reglas: cómo marcar desde cualquiera de las posiciones, a llenar las cédulas de los partidos, no discutir con los jugadores, mucho menos con los que los entrenan, a quienes en ocasiones pareciera como si su puesto dependiera de gritarle al cuerpo arbitral. Me encantaba formar parte de este grupo. Pero como en todo, tenía que escalar. Los jueces principales, los más antiguos de la cofradía, conocían mejor las reglas, eran los que más ganaban pues cubrían más encuentros, y sostenían amistad con muchos de aquellos deportistas.

A las tres semanas me di cuenta de que era una tontería; jamás lograría el recurso necesario para lo que tenía que enfrentar, me llevaría tiempo volverme árbitro principal. Pero, asistir todas las tardes a las competencias me mantendría lejos de mi novia, y como el fin de semana luego de los partidos playeros nos pagaban, pues decidí dedicarme por completo, y reducir mis tiempos para preocuparme por algo más. Lo cierto fue que me quedé en el cuerpo de árbitros de volibol por las jugadoras y sus diminutos uniformes, ajustados pantaloncillos cortos, los muslos poderosos, las pantorrillas apretando mi deseo. Desde que mi novia me dijo que tendríamos un crío, yo hacía lo imposible para no verla, el trabajo y la universidad eran el pretexto suficiente para ni siquiera contestar el teléfono. Haber perdido la virginidad dentro de su cuerpo hizo que mi mente viajara embelesada sobre la fresca sonrisa que cualquier chica me lanzara. No podía evitarlo. Me sentía encandilado de la poderosa juventud que se cruzaba por mis ojos, incluso sus gritos, sus gestos eran algo que mantenía mi interés. No había tiempo para pensar en novias o en hijo alguno.

Llegó el verano y nos tocó arbitrar partidos del volibol playero. ¿A qué negarlo? Quedé encantado con el número de jovencitas atléticas que tenía ocasión de ver jugar, sudar, gritar, vencerse e insultarse unas a otras, en esas sanas competencias en las que sus ideales bullían de manera efervescente. Por las tardes-noches en el Club Bancarios, los fines de semana en las canchas del Edificio Central de la universidad, o en la playa, los partidos femeniles eran los que más disfruté. La mayoría de los viernes había fiesta en casa de los jugadores, organizada por algún entrenador, o se celebraba el cumpleaños de algún compañero del grupo arbitral. Ahí me sentía libre de toda culpa, de todo yugo, porque en eso se había convertido la futura madre de mi hijo. No me importaba quién salía ganador en los encuentros. No tenía idea de qué equipos eran los “más duros”, o los que podían alcanzar las finales. Me valían los entrenadores y sus enojos. Mi único interés era, desde mi posición de árbitro de línea, regodearme en esas diosas atléticas, en sus evoluciones, saltos, brincos, verlas lanzarse al suelo por una pelota, pasar cerca de mí y mancharme el rostro con sus gotas de sudor. Y entonces, un sábado, durante la capacitación llegó el anuncio: Nuestra ciudad sería sede del Nacional Femenil Universitario. Todas las mujeres que había visto en la vida pasaron por mi mente gritando: “¿Te gusto? ¿Te gustamos?” ¡Estoy embarazada!, era la atadura, el grillete que me traía a la realidad de joven universitario en cuarto semestre de licenciatura, con una chamba mediocre que no le alcanzaba para pagar una maldita renta. Mientras todos bullían en el festejo con los ojos centelleantes por las posibilidades, yo odiaba cada día más mi mala suerte.

El Colegio de Árbitros no se iba a arriesgar al ridículo, por eso solo arbitrarían los que ya tuvieran experiencia probada. Los más recientes, como yo, a lo más que aspiraríamos sería a ser líneas, pero eso sí, necesitaban de nosotros para hacer ágiles los partidos. Todos fungiríamos como recoge balones, teníamos que ser rápidos para que siempre hubiera una pelota y mantener el juego activo. De nuestra agilidad dependía el que los entrenadores y sus asistentes tuvieran menos tiempo para el reclamo de cualquier jugada. “Vienen puros entrenadores acostumbrados a la presión”, había dicho Tomás, “tenemos que estar a la altura, no habrá tiempo que perder”.

Yo llegaba desde temprano a cumplir con mi encargo dentro del torneo. Disfruté el mayor número de partidos que pude. Era verano, y le dije a mi novia que no desesperara, en casi tres meses de embarazo solo la había visto una vez, y me había negado a tener sexo con ella. El evento ocuparía mi tiempo por completo. Lo cierto era que mi libido se mantenía exacerbado por las mujeres de Chihuahua, Jalisco, Michoacán, de las bellezas de Guerrero, de Oaxaca, mi erotismo soñaba con el cuerpo desnudo de las diosas de 1.70 m de la Ciudad de México o de Tamaulipas. Mi corazón latía acelerado, y no podía evitar esa sonrisa idiota del niño goloso suelto en una pastelería. Hasta que llegó un juego crucial en las semifinales.

Me tocó participar como recoge balones. El graderío del gimnasio repleto. Aullaban las porras de cada uno de los equipos, vitoreando por sus heroínas; teníamos que hablar alto porque la escandalera era ensordecedora. Afuera llovía a cántaros sobre los techos de lámina, lo que crecía el ruido en el ambiente. Ciertos charcos aún perlaban las duelas, pues los encargados del Club solo habían secado donde serían los partidos, pero no sacaron el agua en otras zonas. Como he dicho, no tenía mayor interés sobre quiénes eran los equipos que lucharían por derrotarse, solo me maravillaba con el cuerpo de las chicas. Hembras de piernas largas, cuyos muslos impelían al mordisco, nalgas imponentes; seguro de que ninguna de ellas pasaba de los 22 años.

Hubo un remate que hizo al balón picar cerca de la raya, en mi zona. Si fue punto o no, no lo recuerdo, no vi lo que marcó el árbitro de línea; “hay que ser ágiles”, recordé la instrucción, y apenas botó el barón corrí tras él sin lanzar a la cancha la bola que sostenía en las manos. Todo fue instantáneo, al estar a punto de alcanzar la pelota resbalé en el charco que había en la duela, y caí de espaldas sin lograr meter las manos, pues sostenía aún aquella esfera; quedé sembrado de espaldas dentro del agua, con mi uniforme totalmente blanco y salpiqué todo alrededor. El silencio fue total y habrá durado dos o tres segundos en el que supe que todas las miradas se posaron sobre mis espaldas. Dejé de escuchar la lluvia, porque las personas que veían la semifinal, —¿ya dije que las gradas parecían reventar de llenas?—, soltaron la carcajada al unísono al verme levantar totalmente empapado, y aquel sonido viajó en línea recta para retumbar en mis orejas, la nuca, los pedazos de mi carne, como miles de golpes, o bofetadas que reiteradamente iban hundiéndome en la duela.

Lancé la pelota a la cancha, como debí haber hecho antes de correr, pero no pudo cacharla porque tenía las manos en las rodillas riéndose de mí. Tomás, mi amigo que era el árbitro principal, empezó a sonar su silbato, alguien tenía que parar la escandalera, el pitorreo, la mofa, el griterío y la sorna que se lanzaban fúricos sobre mi tropiezo; los múltiples pitidos se extendieron en un vano intento de acallar las burlas que se prologaban e iban golpeándome el rostro, las espaldas, las orejas, los muslos, la nuca, como si todos los presentes se hubieran formado en línea dejando un pasillo entre sí por donde yo era conducido con lentitud y cada risa era un empujón que me hacía rebotar de una mujer a otra, que a su vez me empujaba aventándome de vuelta, agrediéndome, metiéndome el pie, escupiéndome en el rostro: ¡Tonto!, ¡Imbécil! ¡Estúpido! ¡Ridículo! ¡Farsante! ¡Creído!; tenía miedo de levantar la mirada; y cuando lo hice pude ver el rostro de todas las jóvenes reír y reírse de mí sin poder contenerse.

La ocarina de Tomás exigía respeto mientras yo caminaba hacia mi sitio para continuar, con una aparente dignidad bajo mi uniforme, antes todo de blanco, ahora hecho una mancha gris, con el agua escurriendo entre las nalgas; miré con vergüenza hacia el árbitro central, que también sonreía, no sé si de mí o conmigo intentando una complicidad que tal vez imaginó me era necesaria. Uno de mis compañeros vino hasta mí. Pero lo retiré con la mirada. El silencio poco a poco volvió. Tomás había logrado controlar al público. Le tocaba hacer el saque a la chica más cercana a mi posición y reanudar el juego. Levantó la pelota con la mano izquierda, y cuando hizo el movimiento con la mano derecha para golpearla, me miró, la cachó de vuelta y volvió a reírse de mí, con una risotada contagiosa que hizo que la multitud de aficionados, las jugadoras en cancha y aún las de la banca se carcajearan de nuevo; muchas de las chicas, ya de manera incontenible, gritaban su risa apuntándome, mientras se acariciaban el estómago.

Tomás tuvo que detener de nuevo el juego, sonaba y sonaba el silbato llamando al orden. Uno de mis compañeros volvió esta vez con una toalla, me la tiró encima de los hombros y me sacó de ahí. Las puertas del gimnasio se cerraron a mis espaldas, y solo así dejé de escuchar las carcajadas.

Apenas había llegado a los vestidores del Club Bancarios para quitarme la ropa de árbitro, cuando mi novia, a quien no había visto en todos esos días, me llamó llorosa para contarme que lo había perdido. Sollozaba y su voz me sacó de la miseria que estaba viviendo. Se había lanzado el fin de semana con sus hermanos a la feria de la ciudad, y esa misma noche mientras dormía, el dolor la despertó para mirarse sentada en un charco de sangre. Estuvo hospitalizada el resto de esa noche del sábado, pues le hicieron un legrado. El domingo la pasó en cama, y no fue sino hasta el martes, cuando ya se sentía con un poco de deseos de hablar, que decidió marcarme:

—¿¡Entonces, estás bien!?

—Sí. ¡Ven a verme, por favor! ¡Quiero que me abraces!

Colgué el teléfono sin responder. Me quedé sin camisa, sentado en el banco, dentro de mis húmedos bóxers en medio de los vestidores, bajo la tenue luz que entraba por la alta ventana. El silencio al fin se hizo en mis oídos. No fui a verla ese día, y decidí no volver a verla, jamás. ¡Ya no sería padre a los 19 años! Jamás volvería al Colegio de Árbitros de volibol. ¡Ahora tendría una nueva oportunidad!

 

 

 

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MinificcionesAdán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Profesor Investigador CISEAN-UANE. Doctor en Ciencias del Mar. Editor, columnista, poeta y narrador. Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Sus libros más recientes: en poesía Ciudad abierta (2019), en cuento Tutlefem/Lerotic (ITCA 2020), en novela El corredor de las ninfas (2017). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

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