Tríptico

Tríptico

 

 

Tríptico de ojos

 

Por Adán Echeverría

 

 

Atrás han quedado los cotos de caza, desocupados aún. Ya no hay más carretera, la línea gris en que había depositado la mirada se ha vuelto este polvoriento camino de arenas, con yerba a los costados y en el centro. Hemos entrado quizá demasiado rápido en el recorrido de las dunas, ya se ve el faro de El Palmar. Las entradas al humedal marcadas por letreros que van desde el No tirar basura, Prohibido cazar, hasta Zona de Cacería permitida nos van saludando marcialmente. Los dos estamos fumando para espantarnos un poco los moscos.

Fabián me llamó a las once de la noche para pedirme el favor de acompañarlo. Yo estaba en casa de Leticia, saboreando el sudor persistente de su carne. No podía negarme; lo había dejado claro.

—Me la debes Alejandro.

Conocí a Fabián dentro de las ciénagas, me ayudó a evitar que me detuviera la guardia forestal pues había salido de cacería sin permisos y cobré varias especies protegidas.

Las manos duras y el cuerpo elástico de ese hombre no me permitieron confiar desde el principio. Fue el encanto que tiene al expresarse, el movimiento en los ojos, las risas y albures de su pensamiento ágil. Era el centro de atención de los que lo acompañaban. Esbelto, chaparro, pero con los músculos exactos que le hacen verse más ligero de lo que en verdad es; sabía ganarse la atención de los demás, esas fingidas amistades que siempre percibo en otros, pero por las que jamás me he dejado arrastrar. Ahora que lo he mirado violentarse, reconozco esa mirada endurecida cada que se topaba con un silencio. Siempre estaba sobre los demás, reconociendo sus gestos, arqueando las cejas y tensando los músculos cuando alguien al fin lograba ganarle un juego de palabras:

—Ora sí caíste, putito —dijo Carlos y Fabián sonrió, mientras sus ojos parecían arrancarle la piel. Su humor desapareció una fracción de segundos. Al recordar, lo hago cuadro por cuadro, los signos de su furia ahí estaban. No debí venir, debí negarme a acompañarlo, fingir cualquier cosa. No quise darme cuenta. No pude preverlo. Más bien, no tenía oportunidad de zafarme de su invitación.

La madrugada cuando lo conocí su grupo de cacería había ganado el chuk que los guías que contraté monitorearon desde la tarde anterior. Por eso querían, a punta de escopeta, competir por recuperarlo. Los compañeros de Fabián no estaban dispuestos a irse, y nos hicimos de palabras. Nunca he sido adicto a la violencia, menos cuando me muevo en la ilegalidad, no hay que llamar demasiado la atención. Me gusta ir de cacería, sin aspavientos, jamás respeto las reglas del juego, sobre todo cuando puede costar muchos pesos; por eso no permití la riña, preferí retirarme. A disgusto de sus compañeros, Fabián me pidió que me quedara.

—Hay lugar para uno más, no hagas caso a estos cabrones. Quédate. Me gustan los hombres que no les tiembla la mano. —Carlos miró a mi reciente amigo, y disparó hacia las cercetas que cruzaron tras de mí. No me moví, miraba de frente a Fabián, y su rostro de sorpresa me arrancó la sonrisa.

Aquel día la jornada no estuvo mal. Cobré más de dos veces las aves permitidas: cercetas, gallinolas, patos mayores. Cuando nos cayó la guardia forestal, Fabián entregó el número de cintillos suficientes que ampararan su cacería y la mía.

—Viene conmigo— dijo, y no me solicitaron la licencia de caza, que por supuesto no tenía.

Nos hicimos compañeros para el campo. Comencé a verlo seguido, yo había doblado la guardia. Íbamos de cacería haciendo bromas sobre las mujeres y las conquistas. Confié en él, y dejé crecer la calidez entre nosotros. Hablamos de los fracasos de ambos, de las pérdidas y del miedo. La cacería se hizo más humana.

Mientras esperábamos la luz del sol, flotando sobre los cincuenta centímetros de profundidad de agua ambarina, Fabián habló de su reciente matrimonio. Yo, de mi paso fugaz por las mujeres. Él había despilfarrado los años, y a sus cuarenta (once años más que yo) pensó en sentar cabeza, al menos, así lo haría parecer para la sociedad en que se desenvolvía.

—Hay cosas que no se puede evitar —aclaró mientras encendía un cigarro, con la sonrisa sincera; signos de una amistad que yo no buscaba pero que tampoco quise evitar— no te negaré las canitas al aire. Pero hay que dar a la gente lo que quiere. Ella está feliz en casa, en espera que un crío la marque socialmente. Yo puedo distraerme en lo que quiera, sin que me moleste. Mientras no le niegue nada, ella lo permite todo.

Subimos los escalones hacia la cima del faro. Las piernas se hacen cada vez más pesadas. Él va adelante, su decisión ha endurecido los músculos, y su piel tiene un brillo, por la sudoración abundante. Subo con lentitud, quisiera prolongar el momento. La humedad y la cal con que han recubierto las paredes de los escalones me hacen estornudar.

Fabián tiene una cicatriz en la frente que le cruza el rostro hasta la sien derecha. En ocasiones, cuando la luz del sol apenas asomaba entre los mangles y el agua de la ciénaga sólo es una alfombra color durazno, en esa bruma matutina, el rostro de Fabián me hacía estar precavido, era como una máscara para el día de muertos.

—¡Esto! —señaló su frente descubriendo mi morbo —Un cocodrilo salió del agua, y echamos a correr. Caí sobre una rama antes que un compa acertara su disparo. Estuvo así de cerca.

Con ayuda de un spotlight hemos encontrado desde la altura del faro, el sitio donde Carlos dejó su camioneta aparcada, ahora vamos a su encuentro. Duna tras duna, el grito de las garzas que levantan el vuelo con el sonido del motor incendia mi fe en la naturaleza. Ahí nos esperaría, según Fabián, que se veía bastante excitado, sonreía tal vez demasiado, y eso me ponía nervioso.

Pasó por mí quince minutos luego de colgar el teléfono. Me prestó ropa, y accesorios; había llevado a cenar a Leticia y me quedé con ella. Fabián no quería perder el tiempo en permitirme ir a mi casa por mis cosas. Ya en carretera me ofreció cerveza. La bebí de golpe, fumé un cigarro y no quise beber más. Estaba enojado por haber accedido a acompañarlo así de improviso.

—Me la debes, Alejandro —debí mandarlo a la chingada.

Empezó a hablarme de Carlos. Yo lo recordaba poco, de esa vez cuando Fabián me ayudó. Pero nunca lo volví a ver, y no recuerdo que él lo mencionara demasiado. Ahora cazaríamos los tres. Uno debe cazar con sus propias armas, pero hoy tendré que usar las de Fabián.

—Pinche Carlitos, nunca ha podido conmigo, y escúchalo bien, jamás podrá.

Yo escuchaba el rugido del motor de la camioneta 4 x 4, y buscaba que el viento me golpeara el rostro, tener un poco de frescura, sudaba por el calor de esa noche, calor artero, y por el recuerdo de la desnudez de mi Leticia, sus exquisitas piernas.

Parqueamos la camioneta junto a la de Carlos. Estaba solo. Lo supe por las huellas en el fango. Iremos hacia él en otro alijo.

 

 

2.

 

Cuando uno es cazador suceden dos cosas en cuestión de mujeres: que se acostumbren a tus largas ausencias o que te acompañen en las aventuras. Se emocionan y te acompañan al principio, pero cuando entienden que, durante la temporada de cacería, uno tiene que estar de jueves a domingo en el monte, en los humedales, dejan de disfrutarlo. Todo es coger un poco con ellas y largarse a la espera, bajo las hojas de mangle, con las botas mojándose, y la ropa enlodada. Ellas se quedan enojadas, buscando olvidarnos.

Cuando el teléfono me hizo dejar el cuerpo de Leticia, no pude negarme a acompañarlo. Colgué y ya nada pudo decidirme al orgasmo. Me quedé disfrutando, sosamente de mi novia, acariciarle el cabello, tan largo, mientras pensaba en la voz de Fabián.

—Lo siento— alcancé a decir mientras perdía la erección. Y ella se recostó sobre mi pecho. Se levantó y arrastrando la desnudez, goteando el sudor sobre el suelo, marcando en sus huellas el calor que iba cediendo, se alejó hacia el tocador. Se sentó en el taburete, de frente al espejo y comenzó a peinarse los cabellos.

Encendí un cigarro e intenté no pensar en ella. Pero Leticia vino a mí desde esa calle donde nos cruzamos. Donde casi la arrollé con el jeep. Dejó caer las cosas que cargaba por el susto, y me bajé a ayudarla. Yo vestía mi ropa de campo, camuflajeada hasta la gorra.

—¿Estás bien? —se había llevado las manos a la boca. Le invité a subir al jeep y la llevé a su casa— Me quedaré un rato hasta que se sienta bien.

Nos vimos después hasta volvernos cariñosos, sin sentimentalismos de por medio. Han pasado seis meses. Me he acostumbrado al movimiento de su cuerpo durante el orgasmo. Pienso que quizá no pueda alejarme ya de esta mujer. A pesar de sus constantes silencios cuando me voy de cacería. Siempre que regreso y le hablo, me permite ir a su casa a pasar la noche bebiendo el sudor de su piel.

Horas después, sigo pensando en ella, tratando de rumiar el enojo. Ella y las preguntas constantes, el silencio imaginario de su alma. Escucha mis aventuras sin ánimo, no comparte el amor por la cacería, ni por la persecución de adrenalina, su silencio era un triunfo para su carácter.

Sentada en el taburete del tocador, ella volteó hacia mí. Sus pequeños pechos respingados, el costillar midiendo su respiración, la vellosidad humedecida del pubis.

—Hoy no quiero que vayas…

No quise contestar. Di una chupada larga al cigarrillo.

Ella encendió el propio y bajó la vista para mirarme las piernas, mientras yo me levantaba de la cama para ir hacia el baño…

—O quizá sea mejor que no regreses…

 

 

3.

 

Cuando Fabián terminó la oración, arrastró la letra r como un presagio que se elevó al viento, y fue quedándose detrás de la camioneta, junto al pensamiento de Leticia; y haciéndolo a un lado. No debí haber aceptado acompañarlo.

—Lo voy a matar. —y sostenía la sonrisa hacia mí, yo dejaba que el aire me acomodara los oídos.

—¿Qué dices? —En ese momento supe que debía prestarle atención; regresé el cassette de mi subconsciente, para intentar recordar las palabras que había estado pronunciando mientras manejaba; dejé de pensar en las posibilidades amatorias que tenía en puerta. Quería imaginarme al lado de Leticia, y las sombras de mi soledad me gritaban al oído que nunca se acostumbraría. No estás hecho para vivir en pareja, lo tuyo es la soledad, la espera, el vivir entre lodo, yerba, sol, lluvia, eres una bestia acostumbrada a la libertad. Entre los pensamientos recuperé algunas frases del hombre que manejaba: Es necesario ¿no lo crees? En ocasiones esta gente merece un escarmiento. Bebe un poco. Leticia y sus humores, esos olores que me cubren la piel durante días enteros, y nada, con la brisa, solo moscos y sonidos nocturnos. Me empiné la botella de whisky, el sabor me raspó la garganta y me volvió a la vida. Tenía que estar alerta.

Leticia fue disolviéndose en la bruma. Las estrellas quietas en el cielo. No hay viento. Las cigarras hacen estallar sus ruidos, empujándolos hasta el oído.

— ¿Me traes para que sea testigo? ¿Qué te hizo?

— ¿Acaso la muerte debe tener razones? Si lo encuentro se lo lleva la chingada, ni hablar. Es un parásito.

— ¿Y yo que tengo que ver?

— Me lo debes.

— Me ayudaste con la chota; ¿qué cosa te debo?

— Me debes la emoción. (Hizo una pausa cargada de una mueca idiota) Esto te encantará. No quería que te lo perdieras. —reía, el muy estúpido.

Lo supe en su mirada, en sus movimientos. Nada haría que se echara para atrás. Las armas son de él, y sólo él sabe si están cargadas. Es más fuerte que yo, y por mucho. Ante cualquier intento de mi parte, me acabaría sometiendo. En su cara quedaron marcadas las formas de la violencia. Esa cicatriz. La luna es una moneda gigante tirada al aire que se quedó pegada al firmamento, y el azar tiene mi vida en vilo. Él maneja las escopetas y carga el maletín con la caja de tiros.

— ¿Será un accidente de caza?

— No comas ansias, Alejandro.

— ¿Te traicionó en los negocios?

— Velo como parte de la diversión. —La marca que le cruza la frente se arruga y alisa, como si estuviera hablándome.

Al bajar la nevera, unas gotas de sangre me embarran las botas. Fabián me pone la escopeta sobre el cuello.

— Ábrela —En el interior está la cabeza de una mujer dentro de una bolsa de plástico; pedazos de carne humana, bajo de algunas cervezas. Retrocedo— ¡Vamos, bebe una! —La destapo y bebo de un golpe todo el contenido. El viento que había comenzado a soplar, de nuevo se apaga. No se mueve ni una hoja. Los moscos arrecian. La luna me arranca la sombra y la estira hacia el agua de la laguna costera.

Me ordena subir la nevera al alijo. Me da los remos y me pide navegar sobre las aguas oscuras del humedal. Puedo escuchar los aleteos de las cercetas que pasan a mi lado, el chapoteo de los peces que se alejan de nosotros. El chirriar de las cigarras. El eco de los disparos, a lo lejos, es el punto al que nos dirigimos.

Fabián tiene su lámpara de cazador apagada. No hay viento. Arrecia el calor por el nerviosismo de tenerlo de frente empuñando la escopeta. Carlos tiene su luz encendida. La mueve y sin saberlo nos señala el camino. Fabián me explica lo difícil que será ser considerado persona de credibilidad, por vivir en la ilegalidad constante. Soy su coartada. Estoy con él en esto, aunque yo no quiera. Debí tramitar mi maldita licencia de caza.

—A esta pendeja le rompí el cuello. —patea la nevera mientras bebe— Es hora de arreglar cuentas con Carlos. —¿Debe importarme? Las piernas de Leticia apretándome las caderas. Es rico llegarle al fondo. “O quizá sea mejor que no regreses”. ¿A dónde huir? Esto es en verdad la soledad.

—Quita esa cara de espanto. Sólo es otro día más de cacería.

Giro el alijo para llegar por la espalda a la silueta de Carlos que una luna tenue nos permite advertir, Fabián se agazapa, hago lo mismo. Le llegamos por atrás en silencio.

Dejamos que el impulso del último remazo nos acerque a la sombra de la presa. Fabián salta al agua, mientras levanta la escopeta y suelta el primer disparo que le atina en la pierna. No hubo aviso alguno. El rostro de Carlos no me conmueve. Nada tiene sentido. Las aves se levantan hacia todos lados. Una regla dice: Jamás salgas al campo solo, Carlos debió saberlo.

—Grita todo lo que quieras. —Fabián ríe— ¿Quién tiene la última palabra ahora, eh, putito, eh, putito?

La sangre se vierte sobre los cadáveres de las aves que Carlos había cazado. La poca corriente hace que la barcaza oscile lentamente en su flotación. El rostro de Carlos muestra los signos de una borrachera apenas comenzada. Los mocos y las lágrimas se pierden en el agua pantanosa que le ha pringado el rostro. Grita, grita tanto que no logro escuchar nada, sus gritos han saturado mis oídos.

—Vamos hasta el cenote. —me ordena Fabián.

Al fondo del humedal, por la zona del faro, hay un cenote donde acostumbrábamos a ir a pescar sábalos. Es una garganta de la tierra, no tiene fondo, o si lo tiene sobrepasará la media centena de metros. Fabián enreda una soga a las piernas de Carlos. No está muerto, pero sus ojos han enloquecido. La mordaza le impide gritar por el terror cercano de la muerte.

— No que muy machito. ¿Quién es el chingón ahora? Como te gustaba mi vieja, te la vas a llevar contigo. —Con la misma cinta adhesiva con que le he cerrado la boca, amarra la nevera con los restos de la mujer en su interior al torso y brazos de Carlos. Son varios los objetos del contrapeso: la nevera, las armas y la caja de municiones de Carlos. Servirán como plomada para enviar los dos cuerpos hacia abajo.

La camioneta de Carlos ha quedado abandonada en el sitio en el que la dejó. Pasarán al menos dos días para que vengan a verla y comiencen a preguntar ¿qué ha sucedido? Fabián había dejado la casa de su esposa hacía dos semanas. Esta noche ella y Carlos “vendrían de cacería juntos”. Sorprendió a la mujer preparándose.

— Esta zona está plagada de cocodrilos. Las distracciones pasan. No se debe ir solo de cacería, una regla es una regla.

Cuatro treinta de la mañana. Nos detenemos en otro indicadero de caza, hay otras camionetas. Fabián se baja. Lo saludan los cazadores que se preparan para entrar al humedal.

—Creímos que no vendrías— se acercan a saludar.

—Quieres una cerveza— dice uno de los hombres. Agarro una lata con la mano temblorosa aún. Las piernas de Leticia y el largo silencio de despedida pasean por mis labios, se atoran en mi garganta, me pican en la lengua. Fabián sonríe y platica animado, es el mismo de siempre, atrayendo la conversación. Comienza a amanecer y, a lo lejos, puedo ver la luz del faro de El Palmar, dentro de esta bruma que se extingue. Leticia se recoge el cabello y sin voltear a verme deja salir las últimas palabras: “No quiero volver a verte”.

 

 

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MinificcionesAdán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Profesor Investigador CISEAN-UANE. Doctor en Ciencias del Mar. Editor, columnista, poeta y narrador. Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Sus libros más recientes: en poesía Ciudad abierta (2019), en cuento Tutlefem/Lerotic (ITCA 2020), en novela El corredor de las ninfas (2017). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

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