Números

Números

 

 

NÚMEROS EN ROJO

 

 

Diego Covarrubias

 

 

Quise conocer a Adara por tres razones: su condición de irlandesa, su condición de pelirroja y su condición de matemática.

De Irlanda siempre me han atraído sus drámaticos paisajes, su naturaleza esmeralda, su elevado número de escritores por cada mil habitantes, que incluyen cuatro premios Nobel. Sus duendes, los trebóles de cuatro hojas y la cerveza. Yo, que tiendo a la seriedad y al protocólo, me siento particularmente atraído por el carácter despreocupado y relajado de los compatriotas de Oscar Wilde y James Joyce. No en balde a Irlanda se le conoce como el país del “take it easy”. Además, el verdadero San Valentín está enterrado en la ciudad de Dublín, así que algo sabrán los irlandeses respecto al amor; y yo, lo confieso en privado, aunque siempre lo negaré en público, soy un romántico empedernido.

De las pelirrojas me atrae el exótico follaje que las engalana: pelo de fuego con chispas  ardientes crespando en el aire, ojos verdes como manantiales en la selva, y una piel blanquísima espolvoreada con pecas de diferentes tamaños. Además, cuenta la leyenda, el vello púbico de las pelirrojas tiene efectos alucinógenos en quién lo ve, y sus fervores amorosos son más volcánicos que el del resto de las mujeres, menos cromáticas y menos contenidas por las doctrinas religiosas.

Del hecho que sea matemática me atrae todo; el que haya elegido una profesión que roza al mismo tiempo el infinito y la precisa inmediatez, el enigma de las variables y el equilibrio de las ecuaciones. Sobretodo, tengo la teoría de que el estudio de los números es un antídoto natural contra el veneno de los celos y la inconveniencia de los dramas inecesarios, un muro de contención para los reproches, para los “tenemos que hablar” y para los “¿te acuerdas lo que me dijiste hace siete años y tres meses a las ocho y media en una noche lluviosa y fría que fuimos a cenar tacos al pastor a un restaurancito que estaba en la Avenida Náder?” La memoria bélica de las mujeres es prodigiosa.

Adara, cuyo nombre de origen hebréo significa “virgen”, es mexicana de nacimiento, pero sus padres son irlandeses; él de Limerick y ella de Londonderry. No sé por qué razón terminaron viviendo en Cancún y engendrando una hija mexicana. El caso es que, aunque Adara tiene leves rasgos del carácter festivo de los irlandeses, tiende más al sarcasmo tan propio de los mexicanos. Su comida favorita son los tacos y prefiere el tequila que la cerveza. Su apariencia es volcánica; rulos rojizos ondeando en el viento y como un detalle adicional y sugestivo, un cinturón de pecas orbitando como asteroides anaranjados sobre los pómulos, entre los ojos y la nariz. Pero en la intimidad, Adara es suave como la música de Enya, irlandesa también; y el efecto alucinógeno de su vello púbico está pendiente de verificarse, ya que su monte de Venús está deforestado, gracias a la higiénica pero poco estética moda de la depilación estilo brasileña.

De todo esto me fui dando cuenta a las primeras de cambio, y hubiera desistido de continuar con una relación que fallaba en dos de sus tres adagios, pero el tercero me cautivo inmediatamente. Adara comía, respiraba, bebía, se nutría de las matemáticas, y eso a mí me parecía cautivante; una “rara avis” en el de por sí complejo universo de la naturaleza femenina. Las cosas simples que desenfocan el amor, a ella la tenían sin cuidado: llamarla al día siguiente de una noche juntos era opcional, y optar por no, no causaba tormentas. Preferir una cerveza con los amigos a una cena íntima en pareja en el restaurante de moda, era, no solo bien visto, sino incitado y festejado. En pocas palabras, era una mujer cuyo principal amor eran los números, lo que era una bendición para mi. Hasta que, como todo, dejó de serlo.

No ser la prioridad de tu pareja es gozar de una libertad tan inesperada como bienvenida. Más, cuándo tu rival de amores no es otro hombre, sino el número Pi, la identidad de Euler,  la ecuación de onda, el teorema de Bayes o las ecuaciones de campo de Einstein. Imposible tener celos de la constante de Boltzmann o del número de Avogadro. Hay que guardar silencio con dignidad y disfrutar del tiempo libre. Sin embargo, con Adara empezaron a suceder cosas que encendieron mis alarmas.

Un día, después de hacer el amor, la sorprendí escudriñando mi espalda con una lupa que sacó de quién sabe dónde. “¿Qué haces?”, le pregunté. “Contando tus pecas”, respondió, como si fuera lo más normal del mundo. Otro día, me pidió que le dejara contar el número de pelos en mis cejas. Me negué aduciendo que eran muchos y que tenía que irme a trabajar. “Entonces, al menos los de tus pestañas, que son menos”, suplicó. Por no sonar intransigente accedí a su petición, y tuve que permanecer casi una hora con la cabeza erguida, sin moverme, lo que al día siguiente me causó una tortícolis severa. Su afición por contar cosas en mi cuerpo parecía no tener fin. Por su detallado escrutinio, pasaron las líneas de las palmas de mi mano, los pliegues que se formaban al flexionar mi codo, las arrugas en el dedo índice de mi mano derecha. Cuando me pidió contar las papilas gustativas de mi lengua, me negué con firmeza sin siquiera darle oportunidad de explicarme la metodología que se disponía a usar.

A la etapa de conteo le siguió la etapa de la medición. Armada con una cinta métrica flexible, procedió a medir todas las distancias que había en mi rostro; la de la coronilla a la punta de la nariz, la que había entre una oreja y la otra, la hipotenusa de mi nariz, el diámetro de mi boca totalmente abierta. No hubo distancia en mi cara que quedara sin medirse. Después, midió el largo de mis piernas, desde la cadera hasta la base de mis pies y luego cada tramo; de la cadera a la rodilla y de la rodilla al tobillo. Así con mi espalda y con mis brazos. Midió minuciosamente el largo, ancho y diámetro de cada uno de mis veinte dedos. Aprovechaba el momento inmediato después de hacer el amor, cuando mi cuerpo se dejaba vencer por la lasitud, y yo, desvanecido sobre la cama, accedía a todas sus peticiones.

Un día, le pregunté qué era lo que mas le apasionaba de las matemáticas, y sin dudarlo un instante me contestó que la secuencia de Fibonacci y la proporción  áurea. Aprobé su respuesta con fingido entusiasmo, como si fuera un experto en ambos temas, y le dije que era una excelente elección. Cuando regresé a mi casa me puse a buscar qué demonios era eso. La serie de Fibonacci es una serie numérica, en la que cada número es la suma de los dos anteriores, por ejemplo, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, etc. Si se divide cualquier número de esta secuencia entre el anterior, por ejemplo, 55 entre 34 o 21 entre 13, la respuesta siempre es cercana a 1.618, que es lo que se conoce como la proporción áurea, el número de la proporción perfecta, la que debe de exisitir entre una distancia y otra, entre lo largo y lo ancho, entre dos dimensiones cualquiera. Este descubrimiento aclaró, entre otras cosas, el por qué Adara  anotaba siempre en un papelito las medidas que hacía de mi cuerpo, y después las transcribía a un cuaderno de trabajo que guardaba bajo hermética llave en el cajón de su escritorio.

La semana siguiente, Adara se fue de fin de semana a un congreso de matemáticas en Cuernavaca o en Cocoyoc —no es relevante la precisión—. Como siempre, me dejó las llaves de su departamento para que fuera a darle de comer a su gato, y de paso limpiar el arenero: “Es que si lo ve sucio ya no se mete, y si orina en otro lado, el olor puede durar meses, y es insoportable”, se justificó. En la tranquila soledad de su departamento, violé la cerradura del cajón de su escritorio, saqué el cuaderno, y después de destapar una cerveza, me tumbé en la cama a leer.

Apenas pude creer lo que mis ojos iban descubriendo. En esas páginas estaba perfectamente detallada la numerología de las últimas relaciones sentimentales de Adara. Subrayado en rojo y a manera de encabezado, el nombre del personaje en turno, después una serie de medidas que me eran familiares; conteos y mediciones de diferentes distancias. Al lado de estás últimas, siempre la palabra “negativo” escrita en rojo. Era evidente que buscaba la proporción áurea. Lo más inquietante es que al final de cada “capítulo”, por llamarlos de alguna manera, venía la frase: “Número de veces que hemos hecho el amor”, y después, una serie de palitos. En todos los capítulos, salvo en el mío, los palitos habían sido contados y el número resultante aparecía envuelto en un círculo. Observé que esos números eran los mismos que los números de la secuencia de Fibonacci. El anterior a mi capítulo, uno de un tal “Jerónimo”, tenía el número 21. El anterior, un tal “Bernardo”, 13. Después de “Jerónimo” seguiá yo. Ante mi mirada, se desplegó una minuciosa numerología de mi cuerpo: el número de pecas, pestañas, pliegues, arrugas; todo estaba contabilizado con  precisión de relojería. En el apartado de las distancias estaban todas las que había medido, y siempre la misma respuesta en rojo: negativo. Supe que ninguna de mis medidas tenía la proporción áurea. Por último, el número de veces que habíamos hecho el amor. Ante la ausencia de un número envuelto en un círculo, conté los palitos: 23. Si las matemáticas no me fallaban, faltaban once sesiones de amor para llegar al siguiente número de la secuencia de Fibonacci; el 34. Tomé la pluma roja que yacía en el fondo del cajón y con furia trace los once palitos que faltaban, y anoté en un tamaño desmedido el número 34. Lo envolví en un círculo, y al lado escribí, entre signos de exclamación: “¡Ve a medirle los huevos a tu gato!”.

Terminé mi cerveza y salí del departamento dando un portazo que nadie escuchó. Jamas volví a verla.

 

 

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Diego Covarrubias radica en Cancún. Recientemente publicó en Malix Editores el libro “Entre la memoria y la Imaginación”.

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