Ensayo

Ensayo | «Quintana Roo una literatura sin pasado» a 30 años de su publicación, de David Anuar


 

Este año se cumplen tres décadas de la publicación de la primera gran antología de literatura escrita desde Quintana Roo. David Anuar, en este brillante ensayo, aborda los aciertos, desaciertos y preguntas que despierta aún este compilado del escritor chetumaleño, Juan Domingo Argüelles.

 

 

Parecería que el antólogo está condenado

a expiar la culpa antes de cometer el pecado.

Juan Domingo Argüelles

 

 

Es 1990. Al fondo suenan las máquinas y un olor a tinta impregna el ambiente. En el galerón se acumulan pliegos de papeles y cajas que unos hombres, ya cansados y friolentos, apilan una sobre otra en la bodega de los Talleres de Multidiseño Gráfico, localizados en la colonia San Jerónimo Aculco, al sur del entonces Distrito Federal. Adentro de las cajas hay siete mil ejemplares de un libro, o con mayor precisión, de una antología que formará parte medular e indispensable de la historia literaria de nuestro terruño. Ahí, en medio del frío otoñal del sur de la Ciudad de México, nacía la primera y única antología de nuestro estado: Quintana Roo una literatura sin pasado. Cuento y poesía (1977-1990).

Desde hace ya varios años, las antologías son consideradas por la academia y los escritores como un género literario más. Alfonso Reyes, uno de los escritores mexicanos más importantes, reconocía en su hechura una “temperatura de creación, de creación crítica al menos”. El académico José Antonio Sabido Pinilla reflexionó a principios de la década pasada sobre las características que una antología debe tener para genuinamente serlo. El autor reconoce, por un lado, la selección (inclusión y exclusión de autores) y la organización de los textos, como rasgos generales que las antologías comparten con otros tipos de documentos (las compilaciones, las memorias, los libros colectivos, etcétera). Sin embargo, en opinión de este académico lo que da un carácter específico, una identidad propia a las antologías como género literario son cuatro aspectos:

 

        1. a) una intención del autor de la antología que se inscriba en el marco de una historia literaria.
        2. b) que esa intención aparezca bajo la forma de un aparato crítico que no supere el 25% del texto total (un prólogo o un epílogo donde el antólogo explique su propuesta antológica, con notas biográficas y bibliográficas);
        3. c) una ordenación de los textos;
        4. d) un corpus que incluya una variedad de autores, como mínimo cinco.

 

 

Además del aspecto técnico de incluir al menos cinco autores, resaltan los otros tres puntos que pueden resumirse en el sentido crítico del antologador, y en cómo éste interpreta el conjunto de textos seleccionado en una historia literaria particular. Punto y a parte de estas minucias formales, las antologías tienen importantes funciones en la sociedad. Por un lado, y quizás esta sea su principal función, sirven para dar a conocer autores y promover la lectura hacia dentro y fuera de una comunidad; por el otro lado, y menos evidente, las antologías buscan crear o modificar un canon literario, es decir, señalar a aquellos autores relevantes de un espacio geográfico definido (un país, un estado, una ciudad), y aún más, fomentar la construcción de comunidades e identidades locales, regionales o nacionales.

¿Qué significa entonces para nuestro estado Quintana Roo una literatura sin pasado? John Donne escribió en 1624 el poema “Las campanas doblan por ti”, donde aparecen estos versos:

 

No man is an island entire of itself; every man

is a piece of the continent, a part of the main

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.

 

Por definición, pareciera que la literatura es el arte de la soledad, resultado del trabajo individual y la expresión de la subjetividad única del escritor. Algo hay de ello, sin duda. Un hombre no es una literatura, por más grande que éste haya sido; Cervantes no es la literatura española, aunque sí una buena síntesis de lo que existía en su época. La colectividad, lo grupal, los conflictos, las rencillas, tambén forman parte de la literatura, tan sólo pienso en los piques de Quevedo y Góngora, o mucho más cercanos a nosotros, de Jaime Sabines y Octavio Paz. Así, la genialidad de este libro compilado, prologado y anotado por Juan Domingo Argüelles radica en haber visibilizado a nivel nacional y local una incipiente comunidad de escritores, aun imaginaria, si se quiere; pero este documento es la primera fotografía rigurosa de nuestra literatura, más allá de las filias y las fobias, de los grupos y los talleres, más allá de los compadrazgos o las disputas en torno a la permanencia y el desarraigo del terruño.

Entre los múltiples aciertos del autor de A la salud de los enfermos (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 1995), puedo señalar que en su prólogo identificó fenómenos sociales ligados a nuestra literatura que, aún hoy, siguen siendo determinantes como el surgimiento de talleres literarios, la migración y la formación de los escritores fuera del estado, ya sea en la capital del país o en otros lugares de la república. De igual forma, dejó apuntada la tenacidad de los quintanarroenses ante el desastre, ya fuese político (la dictadura de Margarito Ramírez) o natural (el paso del histórico huracán Janet), lo que hoy llamaríamos en buen vocabulario millennial resiliencia, y que ha sido testeada este año por el paso de tres huracanes al hilo (Zeta, Delta, Gamma) y en el pasado reciente por la aciaga administración de Roberto Borge Angulo.

En lo estrictamente literario, Juan Domingo Argüelles atestiguó el nacimiento paradójico de nuestra literatura moderna fuera del estado, en el entonces Distrito Federal en 1977. Asimismo, encontró y dio rostro a la piedra fundacional, a ese primer autor, me refiero al poeta Antonio Leal, de quien resaltó sus vínculos con el Taller de Juan José Arreola y el Centro Mexicano de Escritores, dos instituciones que daban un pedigrí literario a nuestros orígenes, pero también un nexo innegable con la literatura nacional. Sin duda, este fue uno de los objetivos no sólo del antologador sino de la colección en que apareció publicado el libro, como se declara en la contraportada del volumen: “Letras de la República se propone sistematizar el conocimiento de la literatura con antologías rigurosas que reúnan lo mejor de la producción literaria de todos los estados del país. Articulando una información dispersa, la colección es un puente para el diálogo cultural entre las diversas entidades”.

 

Por otro lado, desde un punto de vista estrictamente lector, Quintana Roo una literatura sin pasado ha envejecido muy bien, en términos generales sigue siendo un libro difrutable como lo ambicionaba el mismo Juan Domingo: “Esto es lo que aquí se pretende: que el lector, quintanarroense y no, conozca lo que Quintana Roo produce en las letras, a través de una muestra que persigue los fines esenciales de la literatura: conocimiento y placer”. Entre los textos memroables que se reunen en esta antología, vale la pena recordar el poema “Cesare Pavese” de Luis Miguel Aguilar.

 

Sólo hay un modo de hacer algo en la vida,

Consiste en ser superior a lo que haces.

 

No hay modo de escribir un buen poema

Si tú no eres mejor que ese poema.

 

Cada fantasma que dejas de matar

Es un poema menos; has perdido

 

Tus textos peleando un odio absurdo, has envarado

Tu esfuerzo en un conflicto inútil. Pero

 

No hay modo de escribir literatura

Si no eres superior a lo que escribes.

 

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas, pues una de las cualidades intrínsecas de las antologías es tener fecha de caducidad. ¿Qué es, pues, lo que ha caducado a 30 años de distancia? Sin duda, la idea principal del libro, esbozada desde su título y reafirmada en frases lapidarias como “Es inútil querer encontrar, o inventar, otras referencias: no existen”. Esta premisa ha sido ampliamente superada y rebatida por los críticos que han seguido el pulso, pasado y presente, de la literatura escrita en Quintana Roo, me refiero a los trabajos de Agustín Labrada, Norma Quintana y Martín Ramos Díaz. Estos académicos y escritores han dado múltiples referencias del pasado literario del estado, de sus antecedentes más remotos como el caso del poeta Wenceslao Alpuche, los relatos de viaje escritos en la primera mitad del siglo XX, entre los que se encuentra el magistral texto Tierra del chicle (1937) de Ramón Beteta, al igual que el caso de escritores foráneos que radicaron un tiempo en el entonces Territorio de Quintana Roo y produjeron obras relevantes para nuestro terruño, como Poema de la selva trágica (1937) del yucateco Luis Rosado Vega o el libro ¡Carne de cañón!, del jalisciense Marcelino Dávalos, compuesto por piezas narrativas y dramatúrgicas que fueron escritas entre 1902 y 1908 en distintos puntos de Quintana Roo como Chan Santa Cruz (Felipe Carrillo Puerto), Campamento General Vega, Vigía Chico, Xcalak y Noh-bec. Para quienes estén interesados en profundizar en la obra de los críticos de nuestra literatura sugiero consultar los siguientes libros: La diáspora de los letrados. Poetas, clérigos y educadores en la frontera caribe de México (1997) de Martín Ramos Díaz; los libros de Agustín Labrada Aguilera Palabra de la frontera (1995) y Teje sus voces la memoria (2011); así como los múltiples ensayos que Norma Quintana ha publicado en revistas como Tropo a la uña.

También es posible desarmar otras afirmaciones de Juan Domingo, por ejemplo, que no existió un pasado colonial en Quintana Roo fuera de Bacalar, cuando estudios recientes como los de Adriana Rocher Salas y Juan Manuel Espinosa Sánchez han mostrado otros enclaves coloniales como la vicaría de Chichanhá y, en general, la dinámica de reducciones que se dio en la Costa Oriental de Yucatán; asimismo, es inexacta su apreciación sobre la ausencia de una literatura maya, cuando, en realidad, existe en Quintana Roo una robusta tradición oral e incluso un género propio llamado “voladas” que se cultiva en el corazón de la zona maya, como lo ha visibilizado Marcos Núñez Núñez de la Universidad del Papaloapan. Más aún, podría rebatirse el supuesto arranque de nuestra literatura moderna en 1977 en la figura de Antonio Leal, cuando hay ejemplos de narrativa que datan de varios años antes, como el cuento “Divagaciones” de Raúl Villanueva, publicado en Chetumal el 4 de julio de 1969 en el periódico La voz del quintanarroense y que mereció un premio en el “Concurso de Cuentos Cortos” organizado por Difusión Cultural de la UNAM.

Más allá de los aciertos y las inexactitudes, fruto éstas del avance normal del conocimiento más que del error intencionado, lo más interesante de revisitar Quintana Roo una literatura sin pasado a treinta años de su publicación, son las múltiples preguntas a las que puede dar pie. ¿Sigue siendo Héctor Aguilar Camín el único narrador valioso de Quintana Roo? Pienso que no. Entre las voces narrativas consolidadas se encuentran Mario Pérez Aguilar, Macarena Huicochea, Miguel Meza y Elvira Aguilar Angulo, esta última, quizá, la escritora viva más importante del estado, así como narradores nacidos en los 80 entre quienes vale la pena destacar la obra de Mauro Barea y de José Castillo Baeza, e incluso de autores de los 90 como Saulo Aguilar Bernés y Miguel Ángel Canté. Seguramente otras muchas voces se me escapan, pero es momento de preguntarnos por ellas. Por otro lado, cabe cuestionar quiénes son los nuevos poetas del estado. El tiempo le ha dado la razón a Juan Domingo, pues la mayoría de los nombres que seleccionó para su antología sigue vigente, pero muchos otros han surgido con obras poéticas sólidas e incluso premios regionales y nacionales como Omar Ortega Lozada, Ever Canul, Rodolfo Novelo Ovando, Adriana Cupul Itzá, Aldo Revfaulknest, Sinae Dasein, Andrés Mendoza del Valle III, José Antonio Íñiguez, Cristian Poot y Sara Hernández, éstos últimos tres entre los más jóvenes. Esta no es una lista exhaustiva, sólo una mención de quienes me parecen los más destacados en su género.

Otras muchas preguntas pueden plantearse, por ejemplo, ¿qué pasa con el ensayo literario y la dramaturgia? Si bien son géneros menos cultivados en Quintana Roo, el día de hoy existen obras y autores valiosos como el libro de ensayos Nueve voces (2008) del recientemente fallecido Carlos Torres, o Rumores a deshora (2014) de Javier España, donde compila sus disquisiciones en torno a la poesía. En cuanto a la dramaturgia, pisamos terrenos inseguros, aunque a la espera de ser explorados, por el momento puedo dar cuenta del chetumaleño Víctor Pavón León quien apareció compilado en el libro Nuevos dramaturgos de Yucatán (2004), recopilado por Fernando Muñoz Castillo y publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, así como la obra reciente de Saúl Enríquez, destacado dramaturgo y director afincado en Cancún, que durante los miércoles de noviembre (4, 11, 18 y 25) está poniendo en escena Siempre tú con la compañía Nunca Merlot Teatro en las instalaciones de Asmi Roshan en la avenida Tulum. De su amplia obra vale la pena destacar Corazón desazón y Esprin Breiquer, pues en éstas aparecen o se intuyen trasfondos sociales y espaciales propios de Quintana Roo.

En fin, no me gusta hablar de pecados ni mucho menos pensar que el antologador está condenado, como dice a modo de queja y para curarse en salud Juan Domingo Argüelles; en todo caso, la fecha de caducidad que toda antología lleva en sí misma hizo de las suyas. Sin embargo, el autor de Todas las aguas del relámpago (2004), llenó una necesidad de la mejor manera posible con los materiales que tuvo a mano, una necesidad que aún hoy sigue latente, pues a 30 años de la publicación de Quintana Roo una literatura sin pasado, no se ha vuelto a producir una antología con la rigurosidad y la calidad de aquélla, aunque material no hace falta, es más, me atrevo a decir, el día de hoy es más abundante y diversificado que en 1990.

 

5 de noviembre de 2020

Mérida, Yucatán.

 

 

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David Anuar (Cancún, Q. Roo, 1989). Poeta, dramaturgo y traductor. Licenciado en Literatura Latinoamericana (UADY, 2013) y maestro en Historia (CIESAS, 2018). Becario del PECDA (2012, 2015) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020). Ganador del Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011), del Premio Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de maestría (2019) y del Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura (2020). Autor de Erogramas (2011, Catarsis Literaria El Drenaje), Cuatro ensayos sobre poesía hispanoamericana (2014, Ayuntamiento de Mérida), Bitácora del tiempo que transcurre (2015, Ayuntamiento de Mérida), Estrellas errantes (2016, UAEM) y Memoria de Gabuch (2020, ICAQROO). Editor de la antología Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo (2017, Plataforma Colectiva), y de la obra completa de Adriana Cupul Itzá, Y mi cuerpo no ha muerto. Poesía recuperada (1993-2002) (2019, IMCAS). Su obra poética y narrativa ha sido traducida al inglés.

 

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