Foto: Vacaciones en Cancún (revista ‘Texas Monthly’, septiembre de 1976).

 

A propósito del reciente impacto del huracán Delta y a 15 años de Wilma, David Anuar reflexiona en este agudo ensayo para Letras de Grupo Pirámide sobre la larga lista de huracanes que han azotado tierras quintanarroenses y cómo estos han contribuido a forjar también un nuevo matiz dentro de la identidad caribeña.

 

Por David Anuar

 

 

Hace uno días platicaba con una joven cineasta cancunense. Hablamos de mil y un cosas mientras caminábamos por el parque Gaia en la Supermanzana 15 y veíamos los árboles caídos que dejó tras de sí Delta, el último gran huracán de una larga lista –Dean (2007), Wilma (2005), Emily (2005), Keith (2000), Gilberto (1988), Carmén (1974), Beulah (1967), Janet (1955)– en cruzar por las costas quintanarroenses. A la par que observábamos los montículos de vegetación quemada por el viento y los escombros del pavimento alzado, nos enfrascamos en una conversación cuyo tema nos ha quitado el sueño por varios años a los dos: el problema de la identidad en Cancún. “Nunca me he sentido parte de esta ciudad, pero por algo he regresado”, me dijo y con un brillo particular en su mirada, agregó “en cambio, me siento identificada con los huracanes, con su fuerza, su potencia, su vértigo”.

Huracán, digo una vez. Huracán, paladeo su sonido. Huracán, el golpeteo de sus letras, de sus sílabas que me saben a península y caribe. No sabemos con certeza el origen de esta palabra, pero es, sin duda, un vocablo amerindio. Una posibilidad señala al taíno “Huricán” o “Juracán”, lengua indígena de las Antillas, cuyo significado es “centro del viento” y que los taínos usaban para nombrar a las tormentas tropicales; la otra, es el maya quiché “Hurakan” que significa “corazón del cielo” y que aparece en el Popol Vuh para designar a uno de los dioses principales de este grupo étnico de Centroamérica y el sureste de México. No obstante, los estudios más recientes se inclinan por la hipótesis de que es un vocablo maya que posteriormente fue importado al taíno y de éste al español.

Mayas, taínos, El Caribe, la Península, gentes, lenguas, espacios, geografías. No puedo dejar de darle vueltas a estas ideas. Más allá del superficial tratamiento del Caribe Mexicano como marca comercial que la industria turística y el gobierno federal han utilizado por años, desde las campañas publicitarias de la extinta Aeroméxico en el Texas Monthly en la década de 1970, donde resaltaban lo maya, lo caribeño, e incluso, la condición de isla de Cancún (sí, querido lector, hemos olvidado que Cancún es una isla, que toda la Zona Hotelera es, en efecto, una isla conectada al continente por medio de puentes). Más allá de todo este brandig geográfico, pienso que hay algo profundamente caribeño en Cancún, en Quintana Roo, y en gran parte de la Península. Vale también recordar que en los primeros mapas europeos de Yucatán, este espacio era representado como un isla, por ejemplo, en la cartografía temprana del portugués Diogo de Ribeiro. Más aún, remontándonos a la etimología latina de la palabra “península”, ésta quiere decir “casi una isla”.

Desde hace más de una década, la estudiosa de la literatura caribeña Margaret Shrimpton Masson –profesora de la Universidad Autónoma de Yucatán– junto a otros académicos, ha venido desarrollando nuevas formas de comprender esta área geográfica, lingüística, cultural e histórica. Así, la idea de Caribe Continental se expande desde la Guyana francesa, cruzando los litorales de Colombia, Ecuador, Centroamérica hasta el sureste de México y propone, en definitiva, una nueva forma de entender El Caribe más allá de la visión tradicional que encasilla “lo caribeño” a las islas y a un estatuto racial ligado a la negritud, a las experiencias históricas del pasado imperial esclavista. En este sentido, para quienes deseen profundizar en estas visiones y descubrirse caribeños, recomiendo ampliamente la lectura de los siguientes ensayos de la Dra. Shrimpton: “Derribando la plantación: espacios de la imaginación literaria en la narrativa yucateca-caribeña” (2005), “Islas de tierra firme: ¿un modelo para el Caribe continental? El caso de Yucatán” (2015), así como su libro Tejer historias en el Caribe. La narrativa yucateca contemporánea publicado por la Universidad Autónoma de Yucatán en 2006.

En uno de los ensayos clásicos sobre literatura y cultura caribeña, La isla que se repite (1998), escrito por el cubano Antonio Benítez Rojo, éste señala cómo hay algo que se repite de “una cierta manera” en los territorios caribeños. Sin embargo, en toda repetición siempre hay algo que cambia, algo que varía, que muta. Pienso en todas las veces que he tenido que firmar documentos legales y cada firma es siempre distinta de sí misma aunque todas tengan algo en común. Algo así pasa en el Caribe, hay experiencias que nos unen, que nos hermanan en una zona geográfica y cultural compartida que, no obstante, entraña diferencias. En el caso del Caribe Continental uno de esos rasgos únicos es la presencia de un Caribe étnico, que en Quintana Roo y la Península es representado por la cultura maya.

Pero quiero pensar ahora en lo que nos une, no sólo en ese mar de tonalidades turquesas y arena finísima, o ese modelo agresivo de explotación económica que llamamos turismo de sol y playa, sino también en esos monstruos de viento nacidos del mar que forman parte de nuestro imaginario y de experiencias compartidas que nos vuelven una comunidad, imaginada, si se quiere, como decía el historiador Benedict Anderson, pero al fin y al cabo, comunidad, sentido de tener algo en común, de pertenecer a un espacio, a una geografía, a un mundo. Yendo un poco más allá, me gusta pensar junto al poeta cubano Nicolás Guillén, que los huracanes forman parte de nuestra fisiología caribeña, como lo señaló en su poema “El Caribe”:

 

En el acuario del Gran Zoo,

nada el Caribe.

Este animal

marítimo y enigmático

tiene una cresta de cristal,

el lomo azul, la cola verde,

vientre de compacto coral,

grises aletas de ciclón.

En el acuario, esta inscripción:

«Cuidado: muerde».

 

Sí, los huracanes son un factor de identidad que compartimos como cancunenses, quintanarroenses, peninsulares y caribeños. Se trata de una experiencia de mundo puesta en común, que da forma a hábitos e incluso a lenguajes específicos: las ráfagas, las rachas, los golpes, “nos tocó la colita” o “estamos en el ojo”. Es tal la importancia y memorabilidad de este fenómeno meteorológico en nuestra vida social y cultural que distintos escritores quintanarroenses le han dado cabida en su literatura. Héctor Aguilar Camín narra sus recuerdos del Janet en su novela Adiós a los padres (2014). Su hermano, Luis Miguel Aguilar, menciona en Chetumal Bay Anthology (2001) este mismo huracán en voz de Pechy, quien se confiesa hija “De Janet y del espanto”; Gabriel Vázquez, quien residió varios años en el Estado, dio testimonio del huracán Wilma en un cuento de Recuerdo Cancún (2008) en cuyo provocativo inicio se lee: “Lo despertó el ruido de martillos y taladros de sus vecinos tapiando puertas y ventanas…” A todo esto, hay que sumar los libros de historia, crónica y periodismo como Janet (2004) de Francisco Bautista Pérez, 60 horas con Wilma (2006) de Fernando Martí y Revelaciones del desastre: la negligencia y la corrupción que el huracán Wilma puso al desnudo (2006) de Gloria Palma. Pero el interés y la presencia del huracán en nuestra literatura se remonta incluso a sus antecedentes en el siglo XIX, cuando Wenceslao Alpuche (1804-1841), poeta nacido en el poblado de Tihosuco (que llegaría a ser parte del Territorio de Quintana Roo en 1902, y que hoy forma parte del Municipio de Felipe Carillo Puerto) escribió uno de las silvas más bellas de la literatura peninsular titulada “La vuelta á la patria”, donde se perfilan ya temas importantes de la literatura de Quintana Roo y del Caribe, como la migración, el viaje, y el amor por la tierra natal. Cito la última estrofa.

 

Huracán, huracán, á tí te imploro,

Antes que en esta calma

Que en esta horrible calma me consuma,

Desata tu furor, la mar azota,

Sacude sus cimientos,

Hiervan las aguas. Como débil pluma

De las olas juguete y de los vientos,

Compele arrebatada

Á Yucatán mi frágil navecilla,

Aunque al llegar me estrelles en la orilla.

 

El huracán nos cruza, de Caribe a Caribe y forma parte ya de nuestra cultura, de nuestra forma de estar en el mundo. Pienso de nuevo en esa joven cineasta y en las secuelas que dejó tras de sí Delta. En el fondo sé que a mí también me gustan los huracanes, aunque no necesariamente por las mismas razones. Quizá, como escribió e intuyó Wenceslao Alpuche, ese poeta “quintanarroense” del siglo XIX (disculpen el anacronismo), los huracanes son una forma de volver a casa, a nuestra pequeña patria a la orilla del Caribe.

 

 

 

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David Anuar (Cancún, 1989). Poeta, dramaturgo y traductor. Licenciado en Literatura latinoamericana (UADY, 2013) y maestro en Historia (CIESAS, 2018). Becario del PECDA (2012, 2015) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020). Ganador del Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011), del Premio Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de maestría (2019) y del Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura (2020). Autor de Cuatro ensayos sobre poesía hispanoamericana (2014, Memoria de Gabuch (2020, ICAQROO), entre otros. Editor de la antología Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo (2017, Plataforma Colectiva), y de la obra completa de Adriana Cupul Itzá, Y mi cuerpo no ha muerto. Poesía recuperada (1993-2002) (2019, IMCAS).
 

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3 comentarios

  1. Excelente reflexión muy interesante me encanto la narrativa y la explicación tan clara y conocer un poco más del significado Huracán gracias !

  2. Me encanto! Yo siento mucho respeto por los huracanes y algo de fascinación porque al término de el huracán , siempre hay una playa limpia y nueva , los veo como un inicio .

    1. Muy interesante narrativa, sencilla de leer y entender, nuestra estrecha relación entre huracanes y habitantes que se renuevan una y otra ves después del paso de uno de estos meteoros.

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