Ensayo

Ensayo | Me acuerdo de las literaturas locales, por Daniel Medina

Me acuerdo
Literaturas
Imagen: David Wojnarowicz.

 

 

Me acuerdo de las literaturas locales

 

Por Daniel Medina

 

Me acuerdo de abandonar una preparatoria para ingresar a otra y estudiar música.

Me acuerdo del solfeo, la armonía y el contrapunto.

Me acuerdo de no seguir el paso a la mayoría de aspirantes a la especialidad.

Me acuerdo de mi primera lectura: un ejemplar polvoso de Como la noche incierta de Aramís Quintero y Luis Lorente. El libro estaba en una pequeña gaveta bajo llave en el segundo piso de la casa. Qué raro es decir “literatura cubana” y no pensar en Lezama o Carpentier.

Me acuerdo de elegir, a último momento, la especialidad de Literatura.

Me acuerdo de los exámenes de etimologías y el reto de un profesor que insistía en mi incapacidad para todo: me desafió a dominar el alfabeto griego en veinticuatro horas. Todavía presumo que lo sé.

Me acuerdo de una clase de creación literaria donde el profesor escribió en la pizarra:

 

Amor

taja

dos

 

después dijo “¿qué es esto?”, a lo que respondimos “¿un poema?”, y corrigió “una curiosa genialidad”.

Me acuerdo de escribir en un ejercicio para esa clase: “el niño estaba alado”. Quise decir que el niño estaba “al lado”, pero me di cuenta tiempo después. Desde eso repudio las imágenes con pájaros.

Me acuerdo de un concurso de literatura en el que obtuve el primer sitio.

Me acuerdo de abrir mi primera cuenta bancaria para cobrar mi premio. Me costó un par de horas replicar mi firma en todos los documentos con exactitud.

Me acuerdo de un ejercicio escolar que consistía en imitar poetas simbolistas. Tomé a Rimbaud y lo reescribí atrozmente.

Me acuerdo de ganar un premio nacional de poesía joven con esa reescritura atroz.

Me acuerdo de nunca ir por la placa de ese premio, porque mi interés estaba en el metálico.

Me acuerdo de los cuatro meses que demoraron en pagar los 10,000 pesos del premio nacional de poesía joven.

Me acuerdo de la carta que realizó un poeta chiapaneco, ganador de un segundo lugar en otra categoría, publicada en varios diarios nacionales. En ella evidenciaba el pésimo trato de los organizadores del premio. Recibimos el pago 24 horas después.

Me acuerdo de que uno de los jurados del premio de poesía joven me invitó a participar en un encuentro de escritores.

Me acuerdo de solicitar el apoyo de la secretaría de cultura del estado para pagar los viáticos.

Me acuerdo que el profesor de etimologías, que al mismo tiempo trabajaba en esa dependencia, me llamó para negarme el apoyo.

Me acuerdo de que la carta del poeta chiapaneco provocó que sucediera lo contrario. Viajé entonces con dos cuentistas locales.

Me acuerdo de haber llamado a uno “usted”, y él decirme “háblame de tú”.

Me acuerdo de asombrarme por la novela que leía en la sala de abordaje.

Me acuerdo de viajar en avión por primera vez y pedir un jugo a la azafata preguntando el costo mientras sonaba la risa de los pasajeros.

Me acuerdo de llegar a Chiapas.

Me acuerdo de un escritor que me decía “morro” durante todo el viaje. Lo vi un par de años después en una feria del libro donde me llamaba igual.

Me acuerdo de escribir unos poemas amorosos que comparten título con una serie de Netflix. Mis poemas salieron antes.

Me acuerdo de obtener una mención en un premio internacional de poesía. Por eso viajé con mi madre a una isla del caribe con todos los gastos pagados. Mi madre miró al ganador del primer sitio: “¿el ganador es ése? Qué traje tan ridículo”.

Me acuerdo del traje del ganador: un esmoquin color aguas del caribe con lentejuelas y espejos. A partir de eso no soporto los poemas que le cantan al mar.

Me acuerdo de lo bien que se sintió regalarle a mi madre unas pequeñas vacaciones en la isla. A punto de volver a casa me miré al espejo y dije en voz alta: pero qué cerca estuvimos de los 3,000 dólares. Lo siento mucho.

Me acuerdo de volver a la realidad y sentirme triste.

Me acuerdo de perder ocho premios consecutivamente.

Me acuerdo de sentir que mi tiempo había terminado, y de “aprovecha que eres joven, van a leerte con entusiasmo hagas lo que hagas. Luego serás parte del montón”.

Me acuerdo de sentir asco por los desayunos de escritores que se realizan en la ciudad. Año con año recibo una invitación que no declino pero tampoco acepto.

Me acuerdo de ganar un premio como uno de los más destacados escritores del año y no entender nada. Ese premio es síntoma de la falta de criterio de las secretarías.

Me acuerdo de no haber ido a recibir el premio. Un amigo me dijo: “estaban muy molestos, escuché tu nombre con una voz profunda un par de veces”.

Me acuerdo de una nota de prensa que decía que estuve ahí y sonreí para la foto.

Me acuerdo de un escritor malísimo que tiene una beca.

Me acuerdo de quienes también piensan que es malísimo pero aprovechan toda oportunidad para estrechar su mano y compartir sus reflectores.

Me acuerdo de decir: qué raro es que te reconozcan por un libro que no existe.

Me acuerdo de ganar otro premio en el que un reconocido escritor de la península obtuvo mención honorífica. Al paso de las horas prefirió rechazarla. Alguien dijo: los tesoros vivientes no hallan la honra en todo esto.

Me acuerdo de un desayuno con dos poetas que me reprocharon por una crítica que alguien escribió sobre mis primeros cuadernos de poemas. “Debe darte vergüenza que esa persona escriba sobre ti”.

Me acuerdo de regresar del desayuno y encontrar una poeta que aprovechó la oportunidad para decirme: “supe que un jurado de tu premio de poesía joven es… Qué cosa tan horrible y qué vergüenza”. Tiempo después esa poeta recibió un premio donde el jurado era el mismo. Y está orgullosa.

Me acuerdo de los que dicen “los premios no representan nada importante, no significan ni demuestran nada”, pero también dicen “los premios que ganamos recientemente prueban que nuestra literatura está resurgiendo de las cenizas”.

Me acuerdo de leer Mis premios, de Thomas Bernhard.

Me acuerdo de los poemas que obtienen premios a menudo.

Me acuerdo de Jaime Luis Huenún:

 

No le pidan más dinero a la poesía,

no más viajes y subsidios, no más luces;

ya la pobre se ha quedado en bancarrota,

ni una papa encontrarán en su alacena.

Déjenla que se vaya por el mundo,

toda coja, toda enclenque, toda seca,

vieja, sola y afirmada en su bastón.

 

 

Me acuerdo de los otros poetas que dicen: “no te ciñas a las modas” pero visten un traje Yves Saint Laurent de la colección Grandes Clásicos de la Poesía Mexicana.

Me acuerdo del crítico de teatro que piensa lo peor de mí porque se lo dijo el gremio escrituril del pueblo. Según sus palabras, ruego a poetas para obtener prólogos.

Me acuerdo de mis libritos (los míos y los que edito) y ninguno tiene prólogo.

Me acuerdo de un prólogo escrito por un estupendo poeta de Guadalajara donde dice: “el autor al que prologo me exigió esto con tanta insistencia que aquí estoy”, y remata diciendo: “sus poemas se parecen a los míos, sus poemas claramente se parecen a los míos”.

Me acuerdo de omitir algunos nombres.

Me acuerdo de la importancia de los nombres para ejercer la crítica. Pero todo eso dejó de interesarme.

 

 

[Texto publicado en el número 3 de Cracken Fanzine]

 

 

 

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Daniel Medina nació en Mérida, Yucatán, en 1996. Ha publicado El sonido de los cascos al chocarse (Poesía Mexa, 2020), El dolor es un ensayo de la muerte (Fósforo, 2020), Médium (Sangre, 2018) y Una extraña música (Sombrario, 2018). Colaboró en medios como Punto de Partida, Les écrits y Tierra Adentro. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017 y el Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2019. Director de Ediciones O, colaborador de Cracken Fanzine e integrante del Centro de Experimentación.

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