Manifiesto

 

La obra de Abigael Bohórquez en la poesía mexicana ha sido -sobre todo recientemente- de suma importancia para entender la inclinación hacia un lenguaje más arriesgado y abierto para construir el hábitat en donde hoy confluyen poéticas muy disímiles, pero primas al fin y al cabo. En este ensayo, el poeta yucateco, Adán Echeverría, aborda la valía del trabajo realizado por el poeta sonorense y pone sobre el balance de la modernidad el futuro de su potente legado.

 

 

 

Abigael Bohórquez y su manifiesto poético

Por Adán Echeverría

 

“si no viene mi verso

a decir las verdades del hombre

no me sirve”

Abigael Bohórquez

 

 

En agosto de 2008 me quedé unos días en casa de la poeta y editora Rosa Espinoza (Mexicali, 1968), quien me dio cobijo durante la “gira” que realizara para la presentación del Mapa Poético que recién había aparecido. Y fue ella quien me regaló (entre muchos otros libros) uno titulado Heredad. Antología provisional (1956-1978) de Abigael Bohórquez (Sonora, 1936-1995), con prólogo de Carlos Eduardo Turón. Y desde ese momento, no he podido apartarme de sus poemas, ni de su poética, con la que uno no puede quedarse indiferente. Y cómo podría ser, si desde que uno abre el libro se topa con un poema tan profundamente sincero y emotivo: “Llanto por la muerte de un perro”.

 

“mi perro era corriente,

pero dejaba un corazón por huella;

no tenía argolla ni sonaja,

pero sus ojos eran dos panderos;

no tenía listón en el pescuezo,

pero tenía un girasol por cola”

 

Ese poema, todo nostalgia, del joven que se encuentra lejos de la casa familiar y de su infancia:

 

“Hoy me llegó la carta de mi madre

y me dice, entre otras cosas: —besos y palabras—

que alguien mató a mi perro.”

 

y que a pesar de todo no logra evadirse a la emoción que resulta la noticia del asesinato, y realizar la comparación de esa inocencia de quien fuera su mascota, con la vida adulta en la que comienza a verse implicado:

 

“(…)

la muerte de mi perro sin palabras

me duele más que la del perro que habla,

y engaña, y ríe, y asesina.

Mi perro siendo perro no mordía.

Mi perro no envidiaba ni mordía.

No engañaba ni mordía.”

 

Tan solo abrí el libro y me topé con este tremendo poema con el que el joven poeta Abigael (que rondaba los 20 años) se aventaba sobre la creación poética, sobre el quehacer de la poesía, plantando con firmeza su huella.

21 años tenía Rubén Darío cuando presentó su libro Azul, que solamente implantó el Modernismo en el mundo literario. 24 años tenía Jaime Sabines cuando dio a luz aquel tremendo poemario titulado “Horal”.

Tal como estos jóvenes poetas, Abigael Bohórquez da sus primeros pasos poéticos atrapando terriblemente la emoción entre las letras, para nombrarse poeta y tener de herramienta la palabra con la que nos hará emocionarnos, imaginar y sentir:

 

“A los siete años tuve escarlatina,

y por aquello del llanto y el capricho

de estar pidiendo dinero a cada rato,

me trajeron al perro de muy lejos

en una caja de zapatos. Era

minúsculo y sencillo como el trigo;

luego fue creciendo admirado y displicente

al par que mis tobillos y mi sexo;

supo de mi primera lágrima:

la novia que partía,

la novia de las trenzas de racimo y de la voz de lirio;

supo de mi primer poema balbuceante

cuando murió la abuela;

el perro fue en su tiempo de ladridos

mi amigo más amigo.”

 

En los versos de Bohórquez es palpable el equilibrio entre la mirada inocente: “minúsculo y sencillo como el trigo”, “tenía un girasol por cola”, “mi amigo más amigo”, respecto de la madurez intelectual y corpórea en que el hablante lírico se reconoce: “luego fue creciendo admirado y displicente / al par que mis tobillos y mi sexo”; “me duele más que la del perro que habla, / y engaña, y ríe, y asesina”.

El libro Heredad reúne trabajos de siete de los poemarios del autor sonorense: Fe de bautismo (1960), Acta de confirmación (1966), Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles (1967), Las amarras terrestres (1969), Memoria en la Alta Milpa (1975), Digo lo que amo (1976) y Desierto mayor (1980).

Y es justamente con su “Acta de confirmación” con el cual Bohórquez nos avienta a la cara su poética, el sino de su palabra, cuando presenta justamente su “Manifiesto poético”, con el que pretende dar un golpe sobre la mesa para terminar de una vez por todas con la cursilería poética, el romanticismo inane, sin tener que lanzarse en pos del tremendismo decadentista, ni apuntalarse tampoco sobre el bagaje estridentista con el que Manuel Maples Arce recuperaba el futurismo de Mayakovski, pero sí considerando algún tipo de realidad social dentro de sus letras, bravura, y enojo, desde luego:

 

“Mientras no tenga el lápiz

curvaturas de hoz para segar el trigo

rumor de cascos para horadar la mina,

devoción de machetes para abrir carreteras,

no me sirve.”

 

Luego de trabajar las poco más de mil páginas del proyecto Del silencio hacia la luz. Mapa Poético de México. Poetas nacidos en el período 1960-1989 (siete volúmenes de poemas), lo cursi y lo tremendista en la poesía mexicana me habían dejado agotado. Grandes poemas se habían reunido en dicho trabajo, desde luego; y también había encontrado a algunas promesas de la poesía mexicana que pronto se fueron haciendo realidad, pero reconocía que algo hacía falta en ese documento que reunió a más de 650 autores nacidos o radicados en México. Era notorio que la poética mexicana estaba llena de altibajos entre la obra publicada de un mismo autor, así como entre los autores que habían recibido un mismo premio. Y oscilaba (oscila) en un gradiente que va de lo coloquial de Jaime Sabines hasta lo profundo y erudito de la obra de Octavio Paz. Los trabajos de Bohórquez muestran otro camino, un camino que relata poéticamente la realidad social en la que los hablantes líricos se muestras inmersos; el autor juega con la forma para mantener temas similares: la importancia del ser humano dentro de las sociedades, sus vivencias, desventuras, amargos desencuentros, un testimonio vital hecho poema, con las emociones encimada una sobre otras en un grito que puede causar angustia como alegría y ludismo. Y eso es lo que Abigael Bohórquez deja claro en su “Manifiesto poético”, que el poeta tiene que nutrirse de la realidad: “Canto al hombre del mundo / por el dedo en las llagas de la estatua”; y esos son los extremos “el hombre” como acepción humana del Yo, y “la estatua” como aquel súper Yo, que los otros esperan de nosotros; lo cárnico en contraposición de lo marmóleo.

En el poema “Madre, ya he crecido” de su poemario “Fe de bautismo”, podemos leer: “fui una ronca palabra desolada”, “fui en tu soltería violentada”, que el hablante lírico le habla a una madre soltera; “caminaste con miedo por los cuartos / porque temías despertarme”, una relación poderosa madre-hijo-madre, dualidad indisoluble de arrebatado amor en el que la mujer-madre lo parece todo para el hijo, que en su percepción viene a serlo todo para la madre; una forma enfermiza de la maternidad mexicana: mujeres que jóvenes son embarazadas, abandonadas a su suerte, y que luchan para sacar adelante aquella criatura, que luego se alejará; hijos encarnados en el vientre de aquellas mujeres como una profunda cicatriz, dolorosa luego en la partida de los críos. Abigael lo deduce y muestra:

 

“ya que miraste mi fealdad minúscula,

habituaste a tus brazos con mi peso,

meciste en el impulso de besarme

la formamuerte de mi cuerpo amargo,

y en el vaivén del ritmo señalado

me miraste hacia adentro, estremecida,

y presentiste mi semblante breve,

mi destino poeta,

la dura suerte de sufrir temprano.”

 

Esa voz natural, esa sencilla forma de soltarse en una realidad poética, es tan necesaria, que debe ser recuperada, imitada incluso, y estudiada. Por eso me resultó agradable y necesario encontrarme con su poética: “Mientras no tenga el lápiz (…) no me sirve”. Cuando uno sigue leyendo encuentra:

 

“Ya no estoy para rosas.

Si vienen a saber si estoy en casa

que no estoy para nadie;

mucho menos para esos menesteres

de cantar a la boca, a la libélula,

al sol, a la oropéndola,

a unos ojos remando.”

 

Pero algunos autores contemporáneos en México siguen sin comprenderlo y durante todo el siglo XXI, escriben y terminan publicando cosas como éstas:

 

“Quieren sacarme el cascajo

pero yo no quiero.

Estoy bien.”

 

(Rodrigo Flores Sánchez en La edad de oro)   (los chascarrillos tremendistas)

 

 

“Me dicen que escriba, que escriba y guarde: oh llama de amor

viva que tiernamente hieres, rompe la tela de este dulce encuentro.”

(Maricela Guerrero en La edad de oro)   (lo cursi)

 

 

“Este martes quisiera pedir prestado

un coche

y llevarte a comer carnitas a Huichapan. Este martes quisiera,

pero es martes

y alguien debe llevarle a Tolomeo III, el llamado Everjetes, sus

miles de elefantes.”

(Óscar de Pablo en La edad de oro)   (el erudismo de barrio, que intenta ser un hallazgo)

 

Habríamos de volver a Abigael Bohórquez y a su Manifiesto poético:

“Mientras no tenga el lápiz

sonido de martillos levantando edificios,

cantos de obrero en marcha,

ímpetu de azadón,

pico y máquina de coser;

mientras no venga mi lápiz

a decir las verdades del sudor,

el carrete del hambre;

mientras venga a decirme solamente

de un agónico tacto,

no me sirve.”

 

Ismael Lares escribe: “se le designa poética al estudio que un autor hace sobre alguna obra de poesía”; y desde este apunte podemos reconocer que el “Manifiesto poético” de Bohórquez fue creado para dejar en claro cuál era la poética sobre la que trasladaría los dominios de la palabra, a través de sus emociones. Lares aclara: “Sea cual fuere la razón para crear, los alcances de la poesía pueden hallarse a lo largo de la historia de los pueblos.”

Así nos sostenemos ante la poética expresada por Abigael Bohórquez:

 

“Ha de cantarse —esto es lo que se debe,

señoritos poetas

de intocables perfiles

y cafés literarios—

al hombre por el hacha,

al hombre por el túnel,

al hombre por la huelga,”

 

¿Lo aprenderán alguna vez?

Los inicios del siglo XX traían a los poetas preocupados (aún nos preocupa) sobre el por qué escribir poemas.

Y nos han hablado de aquellos poetas que reconocen que la poesía no se vende, pero no se vende porque ya nadie la paga; porque el poeta en su momento pudo ser utilizado para ensalzar reyes, reinos, reinas, héroes, y fue bien pagado (bien comprado) por quienes requerían que se contara y cantara su historia, pero eso fue quedando en el olvido:

 

“Esto que vais a leer está en verso.

Lo digo porque acaso no sabéis ya lo que es un verso ni un poeta.”

(…)

“Nadie paga ya nada por la poesía.

Por eso hoy no se escribe. Los poetas preguntan:

«¿Quién la lee?» Mas también se preguntan:

«¿Quién la paga?»

Si no pagan, no escriben. A tal situación los habéis reducido.”

(Bertold Brecht, Canción de los poetas líricos)

 

Hasta el grado de reconocer que ser poeta es una vocación a la que uno se entrega para consumirse de manera total:

 

“me di por dar por tara por vocación de dado

por hacer noche solo entre amantes fogatas desinhalar lo hueco

y encontrarme inhallable

hora tras otra lacra más y más cavernoso

menos volátil paria

más total seudo apoeta con esqueleto topo y suspensivas nueces

de apetencias atávicas”

(Oliverio Girondo, Por vocación de dado)

 

Volvamos al Manifiesto de Abigael; el poema continúa y leemos:

 

“puede el hombre, si quiere, torcerse;

con terquedad de péndulos,

llegar hasta los huecos de un cuarto amanecido,

con saliva y cigarros

romperse una quijada,

puede hacer lo que guste;

yo canto al zapatero,

al leñador,

al paria,

al hombre estrictamente situado en sus bolsillos,”

 

y comparemos este fragmento del poema con el monumento de la poesía beat:

 

“He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la

locura, famélicos, histéricos, desnudos,

arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de

un colérico picotazo,” (Allen Ginsberg, Aullido)

 

Abigael ya nos dice que el hablante lírico no necesita ser correcto “puede torcerse”; puede incluso no ser un ejemplo del decoro: “(puede) llegar hasta los huecos de un cuarto amanecido, / con saliva y cigarros / romperse una quijada, /puede hacer lo que guste;”

y no hay forma de no reconocer que el hablante lírico al que apela el poeta sonorense, no es otro más que los personajes similares que presentaría años después el gran poeta beat: “arrastrándose de madrugada por las calles de los negros”.

 

Abigael remata su poema (su Manifiesto) diciendo:

“yo proclamo mi corazón abierto

al músculo cargado de agobiados instantes,

al honesto viandante de cosas permitidas;

mientras no tenga el lápiz

minas,

surcos,

arados,

caballos,

mecánicos,

taladros,

omóplatos doblados por linternas en marcha,

que se me olvide el pájaro,

la camelia y el trino.

Canto al hombre del mundo

por el dedo en las llagas de su estatua,

de su hambre y de su hombría;

si no tiene mi verso

sonido de martillos levantando edificios,

cantos de obrero en marcha,

ímpetu de azadón,

pico y máquina de coser,

si no viene mi verso

a decir las verdades del hombre

no me sirve.

Eso es todo.”

 

Y en verdad que eso ha sido todo. No hay mucho que agregar para reconocer lo que es y debe ser la poesía actual; una en la que se pueda reconocer que el creador no precisa solamente del personaje paria y decadente, o del chascarrillo tremendista, sino que lo que debe perdurar es el golpe en la mirada, en el plexo, en la nuca, en los pulmones: un golpe a las emociones:

 

“es preciso volvernos a tiempo

hacia los que no nos ignoran;

ser prudentes, pacientes, cristianamente

alcohólicos, acostólicos y remonos,

los enemigos no tienen conducta

ni sentido;”

(Aprehensión, de Digo lo que amo)

 

 

“Mi calavera

donde ocurrió la luz

y tremó el corazón y aulló la magia

y la carga mortal de los amoríos,

y que descabelló sus ojos turbios

desencantadamente

sobre hombre de vientre glandular:

ama con su terrena potestad aún

la vida

y le crece la barba y encanece,

pero, ah tú,

el más abandonado y lejos entre la

muchedumbre,

soy tu palabra, cántala conmigo.”

(Carta, en Poesida)

 

Luego de leer a Abigael Bohórquez, entendemos que se cumple lo que ha dejado escrito Carlos Eduardo Turón: Los poetas “no podemos ser simplemente poetas”. Venga, pues, acabemos ya con la cursilería dentro del poema; terminemos ya con los chascarrillos tremendistas que apenas nos hacen escupir risas amargas y a lo que sigue. Hagamos que el poema perdure, sintiéndolo con cada fibra de nuestro ser.

 

 

 

Referencias:

Bohórquez, Abigael. 2005. Heredad. Antología provisional. (1956-1978). El Colegio de Sonora y el Instituto Sonorense de Cultura. Segunda edición. 241 pp.

Bohórquez, Abigael. 2009. Poesida. Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noroeste. Instituto Sonorense de Cultura. Tercera edición. 88 pp.

Lares, Ismael. 2012. Abigael Bohórquez. La creación como catarsis. Programa Cultural Tierra Adentro. 64 pp.

 

 

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MinificcionesAdán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Profesor Investigador CISEAN-UANE. Doctor en Ciencias del Mar. Editor, columnista, poeta y narrador. Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Sus libros más recientes: en poesía Ciudad abierta (2019), en cuento Tutlefem/Lerotic (ITCA 2020), en novela El corredor de las ninfas (2017). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

 

 

 

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