Entrevista Literatura

Entrevista | “La única constante en la vida es siempre el cambio”: Mariel Turrent

Ganadora del premio Rafael del Pozo y Alcalá, organizado por Vértice, la escritora Mariel Turrent habla de su novela Oveja Negra, recientemente publicada por editorial Malix.

 

Por Agustín Labrada

 

Con su libro Oveja Negra, la escritora mexicana Mariel Turrent Eggleton entra en el ámbito de su madurez literaria, no sólo porque alcanza un dominio mayor del lenguaje, sino también porque, a través de esta sucesión de tramas del mundo contemporáneo, mantiene a los lectores en tensión mientras fluye un conflicto que oscila entre la realidad y el deseo.

Narrado en primera persona por la protagonista, una gerente hotelera de cincuenta años de edad, la narración tiene como escenario principal a Cancún, aunque algunos pasajes transcurren en la Ciudad de México, Londres y Ginebra; y comparte características de la novela policiaca, el relato erótico y el género epistolar. Todo ello engarza con fluidez y dinamismo y se entreteje con destellos de poesía.

Mariel es también autora de la novela Hasta el último vuelo, el libro de cuentos Cajón de muerte y amores, y los poemarios Desnudeces del agua, En el profundo oleaje de nuestros amores, La jornada del viento y Desde adentro. Ha obtenido los premios estatales de cuento “Juan Domingo Arguelles” (1999) y “Rafael del Pozo Alcalá” (2021). Vive en Cancún, donde coordina la casa Malix Editores.

Desde su mirada singular, Turrent confiesa en esta entrevista entramados técnicos y perspectivas intimistas, que recorren con cadencia 246 páginas, en las que emergen personajes marcados por circunstancias dolorosas y situaciones conmovedoras y costumbristas, donde el azar pone en juego intensidades que dialogan o huyen hacia la introspección, en la búsqueda más autentica de lo humano.

—¿Concebiste el libro como un proyecto ficcional o te apoyaste en la creación literaria para exponer segmentos de tu vida?

—Lo concebí como un proyecto ficcional en el que pudiera incluir el material autobiográfico que me dejó un familiar. Yo no quería dar mi punto de vista sobre su vida, porque eso implicaría que acabaría contando una historia mía, no la suya, por lo mismo la solución me pareció que era encontrar una historia de ficción en la que pudiera encajar la historia real. Sin embargo, como dice Milan Kundera, no podría contar algo que yo no he vivido en carne propia o de muy cerca, pero mis personajes no son como soy yo, sino otra posibilidad que se abre gracias a la ficción.

 

—¿Por qué elegiste el uso de la primera persona del singular en el narrador personaje?

—Elegí la primera persona para lograr un texto más íntimo, para acercar al lector a los personajes. Ya que las grabaciones también estaban en primera persona, quería darle la misma voz a mi personaje de ficción y contrastarlo con el de las grabaciones. Con la primera persona, pensé que el lector podía reconocer la voz de los personajes como la suya propia, y reconocer esa parte vulnerable que todos tenemos y abrazarla como parte de ser humano.

¿Existe una intención crítica del entorno, las costumbres y la política detrás de una historia que tiende al intimismo?

—Creo que mi visión crítica no es intencional, pero se refleja en mis escritos. Es decir, cuando pienso en la historia, no pienso en dar una opinión crítica sobre el entorno y las costumbres, pero a la hora de escribir lo que piensan, dicen o hacen los personajes, aflora ese ojo del autor, su perspectiva, su punto de vista, la parte crítica, aunque más que crítica diría yo observadora, a veces analítica, que me gusta evidenciar.

¿Cómo lograste dibujar la psicología de los personajes masculinos?

—Siempre me han gustado los hombres (ja, ja, ja). Me gusta tener amigos y escucharlos hablar. A lo largo de mi vida, siempre me he relacionado muy bien con el sexo masculino, he tenido y tengo relaciones muy cercanas de amistad con hombres que me cuentan sus preocupaciones, que hablan frente a mí abiertamente de sus enfoques, de sus relaciones, de sus sentimientos y de sus emociones.

Me gusta ser empática con ellos, ponerme en sus pantalones, ver la vida desde el ángulo en el que ellos la ven. Siempre he estado rodeada de hombres maravillosos, a los que quiero y admiro. Uno de ellos es mi tío, en quien me inspiré para el personaje de Patricio. Sin embargo, creo que no sólo lo hago con los hombres, soy empática con todos.

No me gusta esta cuestión de dividirnos en géneros, menos ahora. Antes, había tres géneros (gay, masculino y femenino) y era más fácil, pero ahora ya ni sé cuántos hay. Hace falta estudiar sobre las diferencias y recordarlas, cosa que trato de hacer por respeto, pero me cuesta trabajo, porque son muchas y tengo mala memoria.

En fin, creo que siempre me pongo en los zapatos de los demás. Sin importar el género, trato de comprender —en todos los sentidos de la palabra (abrazar, contener, entender…)— a las personas, pero si hablamos exclusivamente del personaje de Patricio, realmente no tengo ningún mérito, yo sólo transcribí y le di un orden a las grabaciones que me dejó mi tío. El personaje es real y su voz dibuja su psicología, no hubo necesidad de que yo, como autora, interviniera.

—¿Qué influencias narrativas crees que laten tras tu discurso novelístico?

 —Milan Kundera ha sido mi autor favorito. Lo he leído y releído y siempre me parece que lo que escribe me ilustra, me ilumina, resuelve mis preguntas, mis dudas. Me encanta esa voz que se mete en el relato y cuestiona, argumenta y nos empapa con su filosofía personal. Comulgo con su idea de la levedad del ser. Finalmente, viéndonos con perspectiva, los humanos no somos más que una plaga de un mundo diminuto del Universo.

Me gusta Madame Bovary, de Flaubert, porque creo que no sólo las mujeres, sino todos los seres humanos nos vemos afectados por el abismo entre la ilusión y la realidad. Lo que deseamos, incluso cuando se materializa, jamás será comparable con aquello que habíamos imaginado y esa insatisfacción no es exclusiva de las mujeres. Idealizar tampoco es una cuestión de género.

En los últimos años, he leído con mucho detenimiento a Juvenal Acosta, he aprendido de él (aunque también lo hace Kundera) a meter pequeños ensayos dentro de la ficción sobre temas que ocupan mi mente. En este libro, lo hago con el concepto de la maternidad, el deseo, el derecho de decidir sobre nuestra muerte.

De Juvenal Acosta admiro su capacidad de escribir siempre libros diferentes siendo fiel a su estilo. Antes que novelista era poeta y eso se refleja mucho en su prosa. Me gusta cómo elige las palabras. Cuando lo leo, sé que es su pluma, pero me parece que no se repite. Otra cosa que me gusta mucho de su ficción es que aprendo algo nuevo. Habla de arte, de música, describe diferentes entornos y paisajes y eso me gusta mucho.

Lo hace también Murakami, nos abre puertas a otros mundos que nos dejan un aprendizaje, un gusto por algo nuevo, una mirada diferente sobre un episodio conocido, nos introducen a otro escritor, a otro artista o pensador.

¿Consideras que las confesiones de Patricio enriquecen el ritmo y la estructura de estas páginas?

 —Sí. Creo que alternar la historia de ficción con las confesiones de Patricio le da fluidez a la novela, la hace más ágil y rápida. Aunque mi idea era al revés, escribir una historia que fuera enganchando al lector para que avanzara a través de la historia que narra Patricio. Cuando lo escribí, me propuse crear cierta tensión en la historia de Marcela, con sus romances, para que el lector quisiera saber qué pasa y así leyera también la historia de Patricio. No sé si lo logré o más bien Patricio fue el que llevó la batuta e hizo que el lector siguiera la historia de Marcela.

Día de la presentación del libro en la Universidad del Caribe, junto a los escritores Miguel Ángel Meza, Agustín Labrada.

—¿Sientes que ha evolucionado tu escritura respecto de tus libros anteriores?

—Creo que este libro es muy diferente al anterior. El anterior, Hasta el último vuelo, tiene casi el doble de palabras y requiere de un lector más comprometido, pero no sabría decir si Oveja Negra es mejor. Creo que es más comercial, más fácil de leer, más ágil, y quiero suponer que como escritora he evolucionado, me siento más preparada. Sin embargo, no podría asegurar que uno es mejor que el otro.

Lo veo incluso en los autores consagrados, no siempre sus obras son mejores en la medida en la que más escriben. Me parece que escribir un buen libro no siempre es cuestión de tiempo ni depende exclusivamente del conocimiento de las técnicas. No sé ni siquiera si podré escribir otra novela después de esta y tampoco estaría tan segura de que sería mejor.

—¿De qué manera vuelcas en esta prosa tu visión poética?

—Siempre trato de expresarme con imágenes, de buscar la estética en el lenguaje, de encontrar un ritmo en mi prosa. Lo aprendí de Alicia Ferreira. Alicia escribía prosa poética y, escuchando sus escritos, aprendí a decir las cosas de otra forma. No sé si lo logro, pero trato. Otro de mis maestros fue Carlos Torres, quien era también un poeta y amante de la belleza del lenguaje.

Me gusta que, sin importar qué sea, lo que plasme sea bello y provoque en el lector un sentimiento de gozo. Como cuando leo a Juan Marsé, al final siempre me queda esa sensación de que lo que leí fue hermoso. Cada frase me hace suspirar. Miguel Ángel Meza, quien también ha sido una pieza clave en mi camino por la escritura, siempre habla de la palabra justa, de no caer en lugares comunes, pero no es fácil encontrar siempre una imagen original, no copiar a otros, no repetirse.

 

“La falta de recursos es una de las principales adversidades a las que nos enfrentamos.

—¿Tienes una opinión del movimiento literario local?

—Creo que, aunque esta ciudad es cada vez más grande, siempre han faltado unión e iniciativas desinteresadas que unan a los creadores. La falta de recursos es una de las principales adversidades a las que nos enfrentamos. Cuando se hace algún esfuerzo para incentivar la creación literaria, me parece que se vuelve poco inclusiva, que favorece a quien se tiene a la mano, no hay difusión o la usan para beneficiar a algún proyecto personal específico. Las iniciativas surgen como meras llamaradas de petate, no buscan sino el beneficio momentáneo sin aspirar a trascender. No se piensa en grande, no se ve más allá de las narices de cada quien. Hay muchos celos (siempre los ha habido) y anhelos de protagonismo. . La falta de recursos es una de las principales adversidades a las que nos enfrentamos. Proyectos tan importantes, como la revista Tropo a la uña, han dejado de recibir apoyos y, a pesar de eso, siguen vivos de manera virtual.

Sin embargo, cada vez hay más gente en Cancún y por supuesto que hay escritores y buenos, pero cada uno tiene que hacer su esfuerzo de manera personal, con publicaciones de autor que pagan gracias al trabajo que realizan en otras áreas que nada tienen que ver con la cultura, y la difusión de sus trabajos se ve limitada por sus posibilidades, tanto de tiempo, porque tienen horarios esclavizantes, como económicos, pues no hay presupuesto para publicidad ni distribución.

—¿Te gustaría otro fin para tu novela?

—Me gusta un final abierto. Me gusta que Marcela —y todas las personas— tengamos siempre muchas posibilidades y la libertad para elegir. Me gusta pensar que la única constante en la vida es siempre el cambio y que no importa que camino tomemos, siempre tendremos la oportunidad de volver a elegir. Incluso si elegimos lo mismo. Eso también es una elección.

Me gusta que la literatura puede reivindicar a un personaje de la vida real como Patricio. Gracias a la literatura, su hija puede escuchar su voz, ponerse en sus zapatos y sentir lo que no podría él transmitirle en una conversación entre padre e hija. Me gusta ese final, porque va a donde el lector quiera que vaya, y, si lo lee otra vez, puede decidir diferente.

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