Por Agustín Labrada

 

Recientemente galardonado con el XXXVIII Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos (2020), en Aguascalientes, con su libro “Alguien hunde mi cabeza”, el escritor David Anuar reafirma su trayectoria artística y, a la vez, pone en la órbita nacional a la península yucateca, donde se concibe una singular literatura.

Nacido en Cancún en 1989, David ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ha ganado, entre otros, el Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada y el Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura. También impartió, durante un tiempo, la materia Literatura de Quintana Roo en la Universidad Autónoma de Yucatán

En su intensa creación, se registran libros publicados como “Memoria de Gabuch”, “Erogramas”, “Cuatro ensayos sobre poesía hispanoamericana”, “Bitácora del tiempo que transcurre”, “Seriales y otros cuentos cortos” y “Estrellas errantes”, así como la selección “Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo”.

Anuar ha trabajado igualmente en la traducción (del inglés al español) de poesía caribeña e insiste, con hondos argumentos, en que Quintana Roo debe insertarse más –a través de diálogos, intercambios y publicaciones– en la vasta y heterogénea literatura que define al Caribe y también en que el movimiento literario del patio requiere de unidad.

 

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¿Con el poemario “Alguien hunde mi cabeza” se cristaliza una voluntad de estilo, que venías experimentado en libros anteriores?

Pienso que sí. Hay técnicas literarias y poéticas que he venido profundizando, pienso en el persona poem y en el monólogo dramático, que comencé a usar en 2012 con “Memoria de Gabuch”, pero que también están presentes en otro pequeño poemario titulado “Estrellas errantes”, de 2016.

Ahora, en este libro, uso ambas técnicas. Por ejemplo, en poemas como “Tricofagia” o “Dentadura equina”, donde la voz y la mirada son las de un niño, ahí está el monólogo dramático; en cambio, la última sección del libro es un persona poem que lleva por título “El demonio de Horton”, donde narro las dolencias de una persona que sufre migraña en racimos.

Al usar un lenguaje tan directo y ambientes cotidianos, ¿no crees que retomas la rebasada estética del coloquialismo?

Creo que el siglo XXI está viviendo una vuelta a lo que llamas coloquialismo. Como todo retorno o regreso, éste nunca se hace por la misma ruta. Para mí, por ejemplo, es importante hacer que la situación e, incluso, la anécdota del poema, se vuelvan metáfora. Además, no creo que una estética esté rebasada, en todo caso, siempre estamos en un diálogo, tenso pero continuo, con la tradición del terruño, de la región, del país y de la lengua.

Finalmente, no creo que sea acertado encasillarme en el coloquialismo, pues si bien empleo ambientes cotidianos y lenguaje directo en algunos de los poemas de mi libro “Alguien hunde mi cabeza”, hay otros poemas que podrían calificarse de barrocos, donde el lenguaje adquiere un papel protagónico. Pienso, sobre todo, en los poemas de la sección titulada “Pica”, donde hablo de las variantes del trastorno de comer lo que no es comestible.

¿Qué te propones con la crítica social implícita en tus versos?

Me parece una pregunta muy amplia, pues no en todos mis versos hay crítica social, aunque sí posturas políticas. Como se ha dicho hasta el cansancio: lo personal es político. Pero una de las cosas que más me desvela es visibilizar y reivindicar a personajes oscuros y olvidados de la historia de Quintana Roo y de la península yucateca. A bote pronto, en este espectro, se pueden encuadrar mis trabajos sobre Gabuch, Luis Rosado Vega y Adriana Cupul Itzá.

¿Podría ser “Memoria de Gabuch” un canto épico fundacional de Cancún?

Definitivamente. Cuando escribí el libro en 2012, hice una revisión de la literatura escrita en Quintana Roo. En ese momento, nació mi amor por la literatura del terruño. Al analizar lo que en ese entonces estaba disponible, me di cuenta de que había una suerte de fijación en el discurso literario y también histórico con la idea de origen y fundación. Paradójicamente, el origen de Cancún era más bien prosaico y carecía de una dimensión mítica. Así pues, en “Memoria de Gabuch” me propuse crear un mito que pudiera darnos a los cancunenses un pasado común.

Haber ganado el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos y haber sido becario de la Fundación de las Letras Mexicanas, ¿qué representa para ti?

La beca de la fundación ha significado mucho para mí. Fue el reconocimiento de escritores a los que yo admiro mucho. Me refiero a María Baranda, Eduardo Langagne y David Olguín, entre otros. Fue una suerte de confirmación de que yo no andaba tan perdido en el mundo de las letras.

La beca me acabó de formar como escritor, me dio el empuje y el rigor que me hacían falta y, sobre todo, tiempo: tuve dos años para dedicarme a escribir de tiempo completo, en dicho lapso escribí cuatro libros de poesía y dos obras de teatro.

De hecho, el primer libro que escribí en la fundación fue “Alguien hunde mi cabeza”, con el cual recibí el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos. Este premio ha sido importante para mí pues ha sido la primera vez que se me reconoce a nivel nacional.

Lo relevante de los premios es la visibilidad que otorgan a la obra propia, pero también a la literatura que se produce en la región de uno. En este sentido, pienso que el premio es un reconocimiento a la efervescencia literaria que vive la península.

En parte de tu ensayística y de tu experiencia docente, abogas por la dignificación de una literatura del Caribe mexicano. ¿Cuál crees que sea la singularidad de esa literatura?

Tristemente, el desconocimiento de sí misma. Tenemos escritores que están de espaldas unos contra otros, de espaldas a su propia tradición literaria e, incluso, de espaldas a tradiciones más amplias con las cuales compartimos mucho como las literaturas caribeñas. Somos una literatura de escritores solitarios y, muchas veces, reñidos unos con otros.

Creo que nuestra literatura crecerá de una forma robusta y positiva cuando, lejos de los logros individuales, nos propongamos trabajar como colectivo, dejando de lado localismos y diferencias, apostando por construir algo en conjunto: antologías, proyectos culturales, libros, encuentros, una vida literaria, pues.

Esto ya ha sucedido antes, cuando estuvieron en todo su esplendor la Casa Internacional del Escritor de Bacalar y la Casa del Escritor de Cancún. Punto y aparte de esta descripción etnográfica, a nivel literario, hay una fuerte presencia de la poesía como género y la reiteración de ciertos temas como la migración, las formas de explotación económica, la relación con la naturaleza (en particular con los huracanes, el mar y la selva), así como una preocupación por la historia y el problema de la identidad, esa siempre acuciante pregunta que brilla detrás de nuestra literatura, ¿quiénes somos?

¿Qué te motivó a estudiar a fondo y crear una antología y un estudio sobre la obra de la poeta bacalarense Adriana Cupul Itzá?

Fue un acto de justicia para quien, considero yo, es la mejor poeta mujer de nuestra tierra. Fuera de ella hay otras, pero su calidad y consistencia no acaban de cuajar. Adriana, en su breve vida, produjo tres libros, uno de ellos de altísimo nivel, me refiero a “Tsunamis inconclusos”. Recuperar la obra de Adriana fue un trabajo que me llevó dos años y muchas horas de desvelos, pero creo que el producto final fue satisfactorio y me gusta pensar que ella está muy feliz de ser leída y releída dentro y fuera de Quintana Roo.

¿A qué apuesta David Anuar con su creación literaria?

Apuesto por el reconocimiento mutuo, por la creación de nexos más estrechos con las literaturas caribeñas, por la recuperación de la memoria personal y colectiva, por demostrar y demostrarnos que Cancún y Quintana Roo no son tierras sin literatura y que somos, más allá de la geografía y los discursos político-económicos, parte integral de las literaturas del Caribe.

 

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Agustín Labrada. Escritor de origen cubano residente en Cancún, autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la Generación de los Ochenta Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo.

 

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1 comentario

  1. Mario Pérez aguilar

    Excelente entrevista

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