El escritor vivió durante más de 10 años en Cancún y escribió las novelas Neftalí Pascuales, Cajeta de Celaya y El pirata Cornellius Kotakoví, mi bisabuelo.

 

Por Agustín Labrada

El escritor Leonardo Kosta, quien durante años residió en Cancún y es autor de las novelas Neftalí Pascuales, Cajeta de Celaya y El pirata Cornellius Kotakoví, mi bisabuelo, actualmente reside en la ciudad de Querétaro, donde obtuvo el Premio Estatal de Cultura 2019.

Ganó también el Premio Pantalla de Cristal (canal 22) por Venustiano Carranza en la película Los Constituyentes. Su último montaje teatral es El diario de Ana Frank. Tiene inéditas las novelas Marionetas, y La ninfa y el garañón.

­—¿Está la vida de Leonardo Kosta dispersa entre los personajes de tus novelas?

—Sí, como valoración de las propias experiencias para conocer. Creo que es como las ideas: empiezas con las ajenas y poco a poco vas perfilando las propias. Uno empieza a vivir y se la pasa, como decía John Lennon, haciendo cosas que nada tienen que ver con la vida, mientras pasa la vida. Después, estudiando, leyendo, uno va dándose cuenta que el único dilema importante es “ser o no ser”. Es más, el único punto de referencia es el de la vida de uno y, desde allí, parte e intenta conocerse al mismo tiempo que va creando otras vidas con el arte. En mi caso, solamente lo he intentado. Después de todo, conocernos es lo más arduo que hay en esta vida y conocer a los demás poco menos que imposible.

¿Escribes cuando ya tienes un panorama definido de la historia o la historia va encontrando su camino en la medida en que desafías el silencio de la página?

—Cuando trazas un esbozo general, pereciera que tienes todos los pelos de la burra en la mano, pero no, ya en el trabajo te das cuenta que no es así. Las circunstancias son más complejas, las personalidades más contradictorias. Entonces, corriges sobre la marcha y tampoco quedas satisfecho. Afortunadamente, como decía García Márquez, todos tenemos un negro que trabaja por nosotros mientras descansamos o nos desentendemos. Aclaremos que “negro” se llama en España al “escribidor” que trabaja los best sellers. Los románticos lo llamaban “inspiración”, pero no hay que confiarse, lo único seguro es el trabajo propio. Entre los actores del grupo de teatro La Bambalina casi es un dogma repetir lo que nos predicaba un cura en la prepa: el espíritu no descansa.

—¿Cuáles son los personajes que más se te dificultan en su configuración?

—Los que son totalmente ajenos a mi vida. Digamos, por ejemplo, la familia real de Inglaterra. Entonces, me pongo a estudiar. Los personajes que cargan con todo el peso de una novela, digamos, son complejos (de esa complejidad exoneramos a los personajes circunstanciales, a las siluetas) y se requiere de cierta temeridad para abordarlos. Si leemos a Joyce, por ejemplo, conoceremos personajes que son ventarrones de ciclones catastróficos; si leemos a Proust, nos abismamos en los claroscuros tan minuciosamente pintados en En busca del tiempo perdido. Los que no somos ni Joyce ni Proust sentimos los ventarrones y sopesamos los claroscuros desde las orillas de las tempestades y los abismos.

¿Puedes dominar hasta el fin a tus personajes o algunos de ellos te arrebatan ese poder y trazan sus propios rumbos?

­—Al principio pareciera que sí, pero cuando interactúan con el medio asoman las inconsistencias, hijas de los pre-juicios, que pueden ser verdaderos prejuicios. Por otra parte: si se logra plasmar vida auténtica (cosa que debe ser hermosa cuando se logra) las propias fuerzas internas de esa vida marcarán sus propios rumbos.

—¿Cómo logras perfilar las emociones y la sicología de los personajes femeninos?

—No creo que lo haya logrado jamás. Las mujeres son un son que suena de otra manera. Es difícil conocerlas… Siendo Flaubert tal vez.

—¿Crees que el humor que aflora en tus líneas vuelve menos amargas las realidades abordadas?

—El buen humor pone una chispa de luz en cualquier oscuridad. El buen humor, no como chistorete cotidiano, sino como actitud ante la vida. Después de todo, la soberbia individual le pone demasiada seriedad a la existencia. Por otra parte, Epicuro y Nietzsche escribieron sobre la alegría de vivir y morir, no con la risa que a veces provoca la vida, sino con la alegría de haber vivido.

—¿En qué libro tuyo aparece por primera vez un atisbo de Cancún?

­—En Cajeta de Celaya, que trata sobre un muchacho que emprende un viaje por algunos destinos turísticos (Oaxaca, por ejemplo) y llega a Cancún, donde se sorprende al encontrar zapatistas de la época de la Revolución en las paradas de los camiones urbanos y terminará viviendo el mito de la Xtabay.

—¿Qué importancia tuvo para tu escritura haber vivido tanto tiempo en el Caribe mexicano?

—Cancún te sorprende con los chorros de claridad que el día regala. No es exactamente un puerto y, por lo tanto, no huele a muelles, a pescadores jugando dominó, a marisma. El mar huele a sílex prehispánico y a piratería; guarda la alegría del Olonés (¿o se escribe Holonés?), la nobleza de Drake y la sinvergüencería del abuelo de los Kennedy. Personalmente, con mi hija, sembramos un árbol: bajo su enorme copa me soñé escritor.

—¿Cuál es tu legado literario para la eternidad?

—Un poco del polvo de mis huesos arrojado en el tiradero del olvido.

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Agustín Labrada. Escritor de origen cubano residente en Cancún, autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la Generación de los Ochenta Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo.

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