Escrito por Mario Alejandro Torres Dujisin, fue uno de los trabajos que participó en el primer concurso de cuento, Rafael del Pozo y Alcalá, organizado por Vértice el año pasado.

Ambientado en un campo de concentración de la Segunda Guerra Mundial, Las Duchas cosechó buenos comentarios del jurado.

Por Mario Torres Dujisin (*)

El invierno llegó antes de tiempo y de un día para otro los alambrados se cubrieron de nieve y el atardecer se ocultó temprano. La palidez del recinto emergía como una ciénaga salpicada de manchones blancos y marrones. Los perros aullaban feroces en las jaulas y un hombre ahorcado colgaba en la entrada principal.

Frente a su ventana, Claus, bebía un sorbo de coñac y contemplaba con nostalgia cómo se desvanecía el otoño. La construcción era perfectamente simétrica, con una calle principal y tres arterias transversales. Desde lejos, la edificación aparecía una catedral dibujada sobre un plano lechoso, con surcos que se angostaban hasta llegar al acceso. Eran los rieles de un tren.

La oficina del Coronel estaba templada, siempre provista de café y coñac. En los muros destacaban fotografías y escudos vistosos, la bandera, una foto familiar y el resto eran archivos. Su capote de cuero negro, en una percha cercana a la puerta y la gorra sobre el escritorio. El lugar se rodeaba de un cerco electrificado con varias torres de ametralladoras y potentes reflectores. A Claus le agradaba vivir en tal ambientación, pero cuando se hartaba, la ciudad de Krakov estaba a sólo a 60 Km. del Campo y podía viajar cuantas veces quisiera a comer un generoso bife apanado, kotlet schabowy, con una botella de vino francés. Sus habitantes le manifestaban gran respeto y él valoraba las muestras de afecto y humildad que le brindaban. No le dejaban pagar las cuentas y un número considerable de mujeres refinadas de la aristocracia polaca, le proponían su compañía. El Coronel rehusaba elegantemente.

Claus von Deniken era un hombre sereno y buen padre de familia. Tenía una esposa culta y hermosa que le otorgó dos hijos resplandecientes. Nació en un período de grandes convulsiones sociales y políticas en un país vencido por el sueño de grandeza y humillado en el terreno militar. Y como ocurre habitualmente, la impotencia es fría y necesita culpables. La idea generalizada era que los usureros y comerciantes avanzaban hacia el poder arruinando a los honestos campesinos que vivían de su trabajo. Eran temas recurrentes en los hogares y lugares públicos. Pensamiento que, poco a poco, se fue transformando en un evangelio de naturalidad escalofriante con algunas razones históricas.

Desde la Edad Media, la Iglesia Católica pregonaba que los judíos habían matado a Cristo para consagrarse a la codicia.

—¡Cerdos!, comentaban en la taberna del pueblo.

—Que regresen de donde vinieron, decían.

—Son iguales a judas, manifestaban las madres.

Muchos alemanes que perdieron sus ahorros, culparon a los bancos y financieras, casi todos en manos judíos inmigrantes que, además, llamaban enormemente la atención por su vestimenta y aspecto, como si pregonaran que su raza y religión eran lo mismo. Un blanco perfecto para ser condenados sin que nadie los defendiera moralmente.

Claus, creció en una familia de clase media en Baviera, en la ciudad de Amberg. Sus antepasados habían pertenecido a la nobleza alemana empobrecida que conservaba la ilusión del esplendor. Su madre, una devota católica lo instruyó en la religión y su padre, luterano, le inculcó la devoción por el orden y la eficiencia. Con su padre también aprendió el uso de las armas y la música. Beethoven, Bach y Wagner eran parte del ambiente familiar. Salían a cazar una vez a la semana por los bosques que rodeaban la ciudad y este paseo, se convirtió en el sentimiento más emotivo que compartieron. Se internaban en la profunda oscuridad de la noche, rastreando las presas que llevarían como trofeos al hogar. Junto a él vivió su primer encuentro con la muerte, a los doce años, cuando debió liquidar a un conejo que había sobrevivido a los perdigones. Desnúcalo, dijo su padre. El animal desesperado daba zarpazos al aire y movía su cabeza con los ojos llenos de espanto y, a causa de sus convulsiones, no pudo eliminarlo como le había mandado su padre y procedió a ahorcarlo, lentamente, como si acariciara la piel del abrigo de su madre. Palpó con sus pequeñas manos ese crepúsculo hacia la nada de la muerte, junto al pavor y la ternura que producen. Pero en un momento, en unos segundos, las miradas del conejo y del joven cazador se encontraron frente a frente, como el chispazo de un relámpago. Permaneció contemplándolo hasta que el animal desplomó su cabeza derrotado. Un suave hormigueo le recorrió el estómago, lo echó al morral  y siguió a su padre.

Claus se integró a las SA, las “Tropas de Asalto”, una milicia que había formado Hitler después de la primera guerra mundial. Lucía orgulloso su camisa parda frente a sus padres y amigos. Siendo algo mayor, participó en lo que se denominó “La noche de los cristales rotos”. Un memorable crepúsculo en que miembros del Partido destrozaron más de siete mil tiendas y almacenes de judíos e incendiaron prácticamente todas las sinagogas. Más de treinta mil  fueron detenidos y doscientos asesinados en los dos días de levantamiento. Las víctimas no creían lo que les estaba sucediendo, miraban incrédulos, como si fuera un error. Algo que siempre asombró a Claus, eran sus caras solicitando explicaciones y no devolviendo golpes como espera un soldado. Fue ahí cuando su odio se hizo auténtico y se desvaneció el poco respeto que le quedaba con esa gente.

Más tarde, como soldado de carrera, ingresó a las Waffen SS, un cuerpo especializado de defensa, fiel a Hitler y con mayor autoridad que los otros organismos armados. Pasó por un largo entrenamiento y fue incorporado a los Escuadrones de la Muerte, alcanzando el grado de Coronel. En la hebilla de su correa relucía con orgullo “Nuestro honor se llama Lealtad”. Combatió en el norte de África y también en el frente ruso, logrando varias medallas al mérito. En Rusia perdió una pierna a causa de una granada bolchevique. Esta desgracia, sin embargo, no disminuyó su elegancia ni destreza como oficial de ejército, al contrario, subió su imagen en el Cuartel General. Rengueaba con desenvoltura, como si hubiese obtenido un galardón.

Un día, entró a su despacho en Berlín y encontró sobre su escritorio una invitación para reunirse con su Comandante en Jefe. La mañana siguiente estaba frente a Himmler, quien le informó -después de alabar su labor profesional – que había sido destinado a Auschwitz, considerando lo delicado del asunto y su vasta experiencia en inteligencia militar. Al principio le pareció extraño, casi deshonroso que lo consignara a un campo de prisioneros, pero el Comandante en Jefe se encargó de aclararle la situación.

­—Es una misión secreta, Claus, una de las más trascendentales para el futuro de Alemania. Y mido bien las palabras, dijo observándolo cuidadosamente. No sólo resolvemos el problema alemán -agregó – sino de todo el mundo civilizado.

Disculpe, mi Reichsführer, pero usted sabe que prefiero el campo de operaciones, dijo mirándolo a los ojos, tratando de descubrir la verdad detrás su mirada, sin saber todavía si se trataba de un castigo o de una promoción.

—Es más fácil dirigir una compañía en batalla-siguió Himmler- que asumir este proyecto con visión de futuro que, además de ser sobresaliente, tiene un sentido místico. La Solución Final es el inicio de una nueva era que requiere cautela, más bien diplomacia, dijo Himmler confidencial. Los ojos del mundo -prosiguió- están sobre todas las actividades del Reich y, al menos por ahora, no podemos disgustarnos con uno de nuestros principales clientes, los americanos. Ellos odian tanto como nosotros a los judíos, pero no pueden hacer pública una verdad de esta envergadura. Son debilidades de la democracia, Claus, agregó el Comandante con disgusto.

—Sí, señor, respondió von Deniken persuadido, pero ¿cómo ocultamos las instalaciones? dijo reflexionando.

—Con prolijidad, agregó y estiró los planos sobre la mesa.

—Son cámaras de gases, señor, los americanos van a presionar a los ingleses.

—¿Qué dice? Las cámaras de gases son instituciones públicas en América, utilizadas generosamente y apoyadas fervientemente por el pueblo, respondió Himmler.

—Pero son nuestros enemigos, replicó Claus.

—Ellos comprenden perfectamente que nosotros personificamos, digna y francamente, la última barricada contra el comunismo y las hordas eslavas que, como bien sabe, no son otra cosa que bárbaros hambrientos, pero con un ejército inagotable, terminó el Comandante en Jefe, se puso los guantes y subió a su coche.

A la entrada de Auschwitz, sobre el imponente portón finamente elaborado, lucía un cartel con el lema “El trabajo os hará libres”. Parecía el ingreso a un paseo público que más adelante exhibía su evangelio. Desde un enorme gancho de carnicero se balanceaba un esquelético hombre con las manos atadas a la espalda y los ojos desorbitados, con un rótulo escrito en su pecho que decía, “Ich bin nichts”, no soy nada. Diariamente ahorcaban a un prisionero a la entrada del campo como una advertencia y mensaje ilustrativo. El procedimiento era simple y al azar, aunque tenían una deferencia especial con los prisioneros en condiciones de trabajar, especialmente los falsificadores de moneda.

Antes de tomar posesión del cargo, von Deniken se informó prolijamente de los adelantos en la tecnología alemana, el gas Ziklon B ahorraba enormes recursos militares, tan necesarios en el frente ruso. Cuando entró por primera vez al lugar, miró las barracas de madera y las caras de sus moradores silenciosos. Se advertía en ellos ansiedad  y una profunda confianza religiosa. Con las gargantas secas y asfixiadas miraban con una esperanza vacía hacia la nada. Una aglomeración humana, sin aire ni espacio, que hizo pensar a Claus en la extraña aversión que la gente le tiene a la muerte cuando se trata de un hecho tan natural, uno de los más humanos e inevitables…así como su olvido, se dijo en silencio. El oficial que lo conducía abrió la puerta del auto y se cuadró ante él.

El Comandante en Jefe, en su exposición inicial, le había dicho a Claus que el trabajo más indecoroso y sucio no lo realizaban directamente los soldados alemanes.

—Para eso están los mismos judíos, había revelado satisfecho. Los Kapos son un grupo seleccionado que se encarga de la ejecución de las labores más odiosas. Son prisioneros de baja peligrosidad, religiosos, asaltantes, convictos de delitos comunes, comunistas y gitanos. Hay de todo, le había dicho, rusos, polacos, checos, croatas y serbios…razas inferiores.

Von Deniken determinaba, con criterio razonable el número de judíos que irían a las cámaras. Primero los enfermos, ancianos, niños y embarazadas, son inservibles para el trabajo. Los homosexuales y los comunistas se llevan en camiones, se tratan con monóxido de carbono. Al final de la misión, terminaban en los hornos, por economía y consideraciones sanitarias. El Coronel tenía la profunda convicción que no trataba con personas sino con una especie que correspondía exterminar. Esas son prioridades, indicó categórico.

Los que están en condiciones físicas, deben trabajar o servir a las investigaciones del Dr. Mengele, ordenó el Coronel, el capitán anotaba cuidadosamente las disposiciones en una hoja de servicio.

En su visita de inspección a las duchas, se veían filas interminables de judíos temblorosos, de cabezas grises y ojos hundidos. Les ordenaban quitarse la ropa y, metódicamente, los hacían entrar en grupos de diez para evitar el amontonamiento. Los Kapos divulgaban, a viva voz, la obligación de bañarse para impedir enfermedades. Al cerrar la puerta, un guardia subía a la azotea, lanzaba el gas por las chimeneas y una vez terminada la operación, trasladaban los cadáveres en carretillas a los hornos por una salida posterior y secreta para evitar que los otros prisioneros se dieran cuenta. La construcción era de hormigón, más sólida que las barracas de los dormitorios y los presos esperaban su turno con miradas curiosas, insólitas, sin pena ni rabia, con una resignación pálida que Claus nunca había visto en el campo de batalla. La puerta de entrada a las cámaras era de color gris con una pequeña ventana a la que sólo tenían acceso los guardias alemanes y los Kapos.

Luego visitó el laboratorio de Mengele. Avanzó por el pasillo del hospital entre el ruido seco de sus pasos y el sonido de los instrumentos. En la parte amplia del pabellón, había gente sentada en butacas de madera, otros en camas a la espera de ser convocados por el doctor. En los recintos privados, cerrados  por paneles sucios, se realizaban los experimentos selectos, aquellos de orden sexual y trasplantes de órganos. Varias mesas de un blanco grisáceo ornamentaban el lugar.

Mengele se lavó las manos y con una sonrisa que reflejaba su humanidad mecánica, se acercó a Claus. Son asombrosos, le dijo orgulloso al Coronel. Estamos haciendo grandes avances para la ciencia alemana y mundial. La capacidad de respuesta al dolor, la fuerza del sexo entre parientes, los gemelos, todo dejó de ser misterio para la ciencia. No tiene idea de cómo el inconsciente guarda secretos que sólo el miedo puede rescatar. ¡Nadie había comprobado semejantes cosas!, agregó satisfecho, mostrando el espacio entre sus dientes superiores.

— No hay duda, dijo von Deniken y procedió a retirarse.

Cuando salía, Claus reparó en una joven sentada al borde de una cama que miraba al muro como si esperara el inicio de un espectáculo. Sus ojos eran de una pureza inocente que parecía una lámina medieval. El Coronel tuvo un instante de incertidumbre, vaciló sin que nadie lo advirtiera, o al menos eso creyó. Recordó, como un destello, la primera vez que conoció el sexo cuando aún no sabía que se llamaba así. A los ocho años vio a su prima Elga orinando en el jardín, con sus calzones a los tobillos y la falda levantada, sostenida por sus pequeñas manos. Claus no supo qué hacer con esa extraña turbación, tomó un leño y la golpeó en la espalda. Fue castigado por sus padres bajo la amenaza que si lo hacía otra vez, sería vendido a los gitanos. Desde ese día, oculto en el granero, observaba a su prima cada vez que ella orinaba y acongojaba de alteración su pequeño universo. Cuando más tarde conoció la vida sexual, como por accidente, casi por urbanidad, permaneció pudoroso, conservando secretos detrás del esplendor de su apariencia.

A pesar que todo sucedió muy rápido, Mengele alcanzó a percibir un ligero temblor en la mejilla de Claus y como si adivinara su pensamiento, le indicó “es un caso especial, Coronel”. Tiene una mezcla original. Su madre es judía, pero su padre alemán de varias generaciones. Era actriz en Berlín… comunista, naturalmente. La mujer tenía el cabello rubio desteñido, los ojos eran de un azul frío y  las piernas sutiles. Sobre su piel áspera resplandecía una luminosidad difusa, inalcanzable. Claus se acercó y le pregunto su nombre. Ella lo contempló con una sonrisa mecánica, impersonal, como si mirara al mar y después de un momento, dijo: Sara.

A la mañana siguiente, las grandes chimeneas del campo diseminaban un polvillo que nublaba el cielo y salpicaban las enredaderas que crecían junto a la cabaña de Von Deniken. Salió al pequeño antejardín y luego se dirigió al laboratorio, donde encontró a Sara limpiando unos artefactos quirúrgicos. En su manera refinada, le preguntó si tenía un minuto.

—Son suyos, Coronel, respondió ella, como si lo esperara.

—Necesito una sirvienta en mi cabaña, dijo Claus con algo de turbación que no tenía con sus subalternos y menos con los prisioneros. Ella se acercó para escuchar mejor lo que decía y Claus advirtió el olor a musgo, delicadamente áspero y esto lo estremeció de una manera impropia para su condición.

Usted ordena, respondió Sara con una sonrisa prudente y un remoto gesto que distingue los misterios del hombre.

Esa noche soñó con sus hijos y en el sueño apareció Sara y no su esposa, un espejismo confuso parecido a una pesadilla, que exhibía entre ellos una intimidad aterradora. Sara le tomaba la mano y le pedía que la acompañara a una cama enorme, parecida a la de sus padres en la ciudad de Amberg. Claus, hechizado, con un sentimiento que oscilaba entre el horror y el placer, la seguía por el dormitorio y luego se confundían las imágenes en un espejismo de cuerpos y miradas que no eran de este mundo. Amaneció mojado por la transpiración y el semen.

De a poco, von Deniken dejó de ir a cenar a Krakov. Prefería quedarse en la casa del Campo, para supervisar mejor, decía. Mientras leía, seguía con sus ojos a Sara cuando ella preparaba la comida y limpiaba la cabaña. Ella no lo miraba directamente y al Coronel esa intimidad indiferente le parecía tan escalofriante como un fenómeno inesperado de la naturaleza, parecida a la atracción irresistible de un suicida frente al abismo. No hablaban mucho, se escudriñaban a hurtadillas, como animales que se preparan para actuar. Ella desaparecía una vez que dejaba todo ordenado, se retiraba al subterráneo donde tenía su habitación, en la bodega de vinos. Él bajaba, tarde en la noche, a buscar innecesariamente botellas que luego consumía para disimular su ansiedad. Claus trataba de maniobrar su intelecto con razonamientos que lo apartaran de esa conmoción. Los judíos, pensaba, han aprendido a sobrevivir durante toda su historia. Su técnica fue siempre la de soportar para sobrevivir. Por eso consideran asombroso que tengamos la intención de exterminarlos, pensó el Coronel. Algo así notaba en la actitud de Sara, un espanto sin fulgor que, para él, encarnaba el secreto del poder total sobre la vida y muerte de un ser humano, el poder divino. No obstante, esta vez no se trataba de un pensamiento, era una zozobra que provenía de su cuerpo, de agitaciones más profundas y primitivas. “Debemos llegar a los treinta mil diarios”, recapacitó como un sonámbulo.

Nuevamente soñó con Sara, pero ahora frente a la puerta metálica de las duchas. En el sueño, había un enorme bosque detrás de las instalaciones. Ella lo ayudaba a despojarse de sus ropas, le sacaba el cinturón militar y le decía “ya es hora”, con la ingenuidad de un conejo que mete el hocico en un recipiente con pasto.  En el espejismo, miraba fijo a un objeto, que no era un espejo pero que deslizaba imágenes inexplicables de la muchacha, como si danzara a su rededor sin dejarse tocar, sólo lo rozaba. Cuando quiso alcanzarla, se encontró mirándola detrás de la ventanilla de las duchas. Despertó agitado y bebió una copa de coñac y luego cuatro más. Bajó al sótano.

Al día siguiente, reunió a sus oficiales y les dijo que las órdenes se debían cumplir con mayor rapidez. El Estado Mayor necesita soluciones y no excusas, afirmó categórico. Ese día ejecutaron a treinta y cinco mil personas, entre judíos, comunistas y gitanos. Von Deniken participó personalmente para agilizar la labor de los guardias y controlar personalmente las operaciones. Las camisas y los pantalones rayados se acumulaban en un inmenso montículo al lado del edificio de las duchas.

—Es una guerra santa, gritaba el Coronel. La humanidad habrá ganado cuando quede limpia de judíos. Es una misión gloriosa, es la voluntad de Dios.

Cuando regresó a la cabaña, Sara tenía preparada su comida, pero él se mostró indiferente y se sirvió otra copa de coñac. Al terminar la botella, tenía los ojos rojizos y la cara desencajada. Le dijo que se acercara. Ella obedeció y se quitó todo sin que se lo pidiera. Apareció ante Claus la línea escuálida pero refinada de su cuerpo y en el rostro, un aire de instintos primitivos.

—Puede hacer lo que quiera, Coronel, dijo Sara sollozando por primera vez. El gemido no era de miedo, era un suspiro de hembra.

La curiosidad de Claus se transformó en deseo y el deseo se inflamó en sentencia. El poder absoluto lo excitaba hasta el ahogo. Le palpitaban las sienes, se le nublaba la vista y se estremecía como un niño ajeno a su corazón y a su verdad. Profanaba un misterio sin necesidad de sus soldados y lejano de sus pánicos. Las lágrimas de Sara eran un vino que lo embriagaba hasta la fascinación. Dejó de lado todo razonamiento y se ofreció al deseo, a la degradación y al dolor sin arrepentimiento. Sintió que le tomaba el pulso al mundo con sus propias manos. Sara no era indiferente a la dominación que la estrujaba con  fervor tan inspirado. Ella saldaba una culpa primitiva, la bendición le producía un dulce y asombroso placer.

Von Deniken no se movió de su cabaña en varios días, pero los trabajos en el campo continuaban con la normalidad establecida. Al atardecer del quinto día, salió al corredor con una barba que hacía juego con la suciedad de su camisa. El oficial que cuidaba su puerta, se cuadró por reflejo, pero estupefacto al ver este espectro que cojeaba como una sombra del Coronel, con la expresión rígida, en trance, donde lo único que sonó real fue la orden taxativa que le dirigió… coñac, traiga más coñac… ¡y la lista de prisioneros que hoy deben entrar a las duchas!, concluyó con rigor.

El teniente se retiró perplejo por el pasillo y Claus bajó lentamente las escalas de la terraza dirigiéndose a las instalaciones para disponer personalmente las maniobras. Todo era tan incomprensible que necesitó algunos puntos de apoyo en su cabeza y en el cuerpo. Caminó por el campamento atiborrado de hollín, se detuvo maquinalmente detrás de una gran fila y pensó en su madre. Si Dios no quisiera esto, madre, le bastaría un solo gesto para detenerlo. Pero no es así. Es su voluntad y le digo amén desde Auschwitz. Si hemos logrado esta maravilla es únicamente porque el Creador nos entregó la fórmula.

Los recuerdos de su madre, de Sara, del conejo, de su prima y sus hijos, fueron violentamente interrumpidos por un guardia checo judío, un Kapo, que lo sacó de la fila y le aulló en un deplorable alemán:

—¡La camisa, judío de mierda, no tenemos todo el día!

*****

(*) Mario Torres Dujisin, de nacionalidad chilena y croata, nació en Santiago de Chile y actualmente reside en la Riviera Maya, México, donde representa a la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

Estudió Economía en Croacia, ex Yugoslavia, para egresar más tarde de Sociología en la Universidad Católica de Chile. Al término de los estudios en Zagreb, vive en Roma, luego en Mozambique e India. Después de 14 años en el extranjero, regresa a Chile y crea una editorial de revistas especializadas (Mercado Moderno, FerMarket, RayClub entre otras). Publica el libro “Los dioses oscuros” y participa en varias antologías literarias en Chile y Croacia. Obtiene dos años consecutivos el Fondo Nacional de las Artes para la publicación de la revista cultural para jóvenes ARTEFACTO. Durante 10 años fue profesor en la UNIACC y UNIVERSIDAD MAYOR en Santiago de Chile. Actualmente escribe ensayos periodísticos para Wall Street International Magazine y Other News.

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