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Artículo | Relaciones epistolares en extinción contribuyen a la inteligencia, de Isabel Rosas

Por Isabel Rosas Martín del Campo

 

 

El acto de escribir una carta se convierte en un continuum evolutivo —para alcanzar un óptimo desarrollo físico, mental y emocional—, que da aliento para seguir vivos. La evocación de hechos es un proceso de pensamiento instintivo que se transforma en energía al ser externado.

Escribir es una dinámica motora, pero mantener una relación epistolar es lo verdaderamente importante en términos biológicos para el ser humano. Se trae ante sí al contar a alguien algo, imágenes que dan sustento a momentos efímeros que mueren al haber sido para renacer a través de un recuerdo latente que se perpetua al escribirlo. Las pulsiones humanas son de corta vida y de una larga y agónica muerte.

La actualidad está llena de otro tipo de escritos y relaciones: los laborales o circunstanciales. En cambio, a través de las cartas se puede dar vida a deseos y fantasías que mitigan el estrés de la realidad; contenidos del pensamiento que colaboran en las relaciones sinápticas de las neuronas que estimulan las áreas de la cognición cerebral, tejiendo redes neuronales que pueden evitar la pérdida de memoria. Pues obliga al escribiente a extraer recuerdos y o aumentarlos; en este último la capacidad de memoria se activa notablemente contribuyendo al mejor desempeño de las áreas cerebrales del pensamiento lógico donde se reactiva, la imaginación, la creatividad, la artisticidad, la percepción y por supuesto la memoria. O sea, el aumento de almacenaje de recuerdos y por ende de la misma. Cuanta más memoria tiene un hombre más rango de inteligencia se desarrolla.

Al mantener relaciones epistolares se es leído y se leen respuestas de corresponsales empáticos con este vínculo emocional, lo cual se transforma en una poética que habita en cada escribiente activando uno de los neurotransmisores más importantes: la serotonina, una respuesta química que contribuye a un sentimiento de bienestar y de felicidad.

Tener un alguien que se encuentre en mi mundo y que me busque en él a partir de las letras va más allá de lo físico. Es metafísico y, por tanto, espiritual. Donde el ser y el tiempo se vuelven un instante de alegoría que se perpetúa en las líneas escritas que modelan ese deseo corporeizado en la luz de cada uno. Una luz brillante que dura justamente hasta recibir la siguiente carta. O será extinguida la luz como la flama de una vela que se queda sin su oxígeno para sobrevivir, todo por la esperanza de una siguiente carta y luego otra y luego otra y así hasta un no acabar. Donde la fantasía encuentra su propio mundo, uno donde no es cuestionada su lógica ni su existencia como facto.

Una carta te permite uno de los procesos de pensamiento más complejos: la disertación y la introspección, conceptos que tienen cabida en el desarrollo de una filosofía moral y ética.

Quizá no nos gusta quienes somos en el mundo real. Porque somos quienes tenemos que ser para sobrevivir y eso agota. Encontrarse en otro mundo, el de las cartas, permite desnudar el alma y encontrarse con la biología de la autenticidad y en consecuencia un sentido de libertad ineluctable.

A diferencia de la mensajería virtual —en tiempo real— que hace de la suyas; es una asesina de ilusiones y se convierte en una amiga dictadora con una hegemónica seducción de ilusorio acercamiento humano. Además de que no permite la acción de pensar analizando el fondo sino la forma. Ahora solo falta encontrar a la persona ideal y correcta para comenzar una relación epistolar productiva y sana para que encienda una llama que indique el regreso de las palabras que viajan por el aire. Pero, sobre todo para hacernos más inteligentes.

 

 

 

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Isabel Rosas Martín del Campo es arquitecta, tiene una maestría en escritura creativa y actualmente estudia un doctorado en filosofía del pensamiento complejo. Su consigna es el estudio profundo del ser humano dentro del espacio arquitectónico como existencia. Es catedrática universitaria, capacitadora certificada, docente certificada para la asignatura de temas de arquitectura y es conferencista en Neuroarquitectura. Vive en Cancún desde hace veintiocho años.

 

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