Por Miguel Ángel Meza

 

Aquello estaba en una especie de probeta redonda, amplia, sobre un nicho de metal. Expuesto como un trofeo. Filas interminables de curiosos frente a él no dejaban de asombrarse al verlo, aunque el asombro no era ya una emoción propia de ellos sino un abrir autómata de ojos. Y la curiosidad, una réplica perfecta.

Todos conocían las historias antiguas, perdidas en el tiempo, muy lejanas ya, de especímenes que poseían algo así, sin duda parecido a éste, según ilustraban añejas crónicas. Pero eso era antes, mucho antes de cualquier memoria cibernética, y había quienes dudaban seriamente de la veracidad de esas historias.

Sin embargo, ahora, por fin había una prueba ahí, uno de estos artefactos vivientes, real en su irrealidad casi postrera, nadando aún en aquel viscoso líquido, palpitante aún por un oscuro milagro, como éste al que asistían ellos que ya no necesitaban de aquello para medrar y para desarrollarse, para sobrevivir. Ellos que lo habían perdido todo y ganado todo hacía mucho tiempo. Tal vez durante el último holocausto, tal vez después de aquel siniestro virus del que también se había perdido la más mínima memoria en archivos ya caducos

Y ahora, ahí, asistían multitudinariamente a un instante único, a un momento culminante de una historia de humanos que habían dependido de ese órgano misterioso, de esa forma oscura, rojiza y blancuzca, en todo término increíble si no estuviera ahí; habían dependido, sí, de ese trozo de carne —exhibido ahora en ese nicho de metal— que estaba a punto de llegar al último latido, a la última contracción, al último vestigio de una vida que ellos ya no necesitaban.

Y ahora entraba en el olvido definitivo. Un olvido cuyos inicios habrían de ocurrir ahí ante sus ojos autómatas. Ante su vida artificial. Ante sus ojos abiertos desmesuradamente ahora por emociones muy distintas a las que alguna vez anidó esa masa sangrante. Que por fin dejaba de existir.

 

 

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Miguel Ángel Meza. Ciudad de México. Poeta, narrador, crítico y editor. Desde 1986 radica en Cancún. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004) y de la revista literaria tropo a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor de los poemarios Destellos de mareas (Praxis, 2004) y El rostro que habitamos (2015) y del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar-CCL, 2014). Actualmente, coordina varios talleres de lectura y edita la revista literaria tropo (segunda época). Obtuvo en 2019 el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

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