Letras

Homenaje literario | Novela de piratas y chicleros caribeños, en un Cancún que todavía no existía

Recordamos en Vértice la novela de Leonardo Kosta, El pirata Cornellius Kostacoví, mi bisabuelo, a poco más de 20 años de su aparición, con una reseña que hiciera el escritor Agustín Labrada en ese entonces.

El escritor vivió varios años en Cancún, donde dirigió por una década el grupo de teatro La Bambalina. Hace 17 años que regresó a Querétaro.

 

Por  Agustín Labrada

 

Un viernes ya muy borroso, mi padre me confesó que nuestra familia descendía de un pirata portugués, quien —tras desertar de su barco y huir durante semanas de los soldados españoles— quiso establecerse en el Caribe. Aunque nunca le creí, me sigue gustando esa leyenda y el universo marino que trae entre sus redes pasiones y aventuras.

Esa fabulación, danzante en mis recuerdos, me impulsó a leer la novela de Leonardo Kosta El pirata Cornellius Kostacoví, mi bisabuelo. En ella, el escritor dispone de oficio e imaginería acordes con esta historia en la que se descubren los gérmenes socioculturales donde se asienta Quintana Roo.

 

Aparición en un periódico

Leonardo Kosta homenajea con este texto al siglo XIX. En primer lugar por el protagonista que elige, un aventurero, y el espacio exótico de sus aventuras en analogía con relatos de autores como el italiano Emilio Salgari y el estadounidense Jack London. En segundo lugar, porque tuvo la originalidad extemporánea de compartirlo como folletín en el periódico Cancún, Voz del Caribe, que dirigía Fernando Martí.

En tales vínculos con el pretérito, no hay parodia posmoderna, pues la historia es concebida desde un tono testimonial que irradia verosimilitud aun cuando se asiste a una gran fiesta de la ficción, que al mismo tiempo ofrece una imagen realista con investigaciones donde figuran antiguas cartas, documentos históricos y diálogos de campo.

Aquí el autor manifiesta —a tono con la tradición literaria desde “El Quijote…”— sus intenciones de documentar una historia que merezca ser creída como capítulo de la realidad, y en ese intento —en el que se burla discretamente de los historiadores como hizo Jorge Luis Borges— fabula otra realidad que nos atrapa por su humor y su humanismo.

Un ser lleno de derrotas

Así, el pirata Cornellius Kostacoví no es concebido como superhéroe ni como personaje romántico, sino como un ser lleno de derrotas y triunfos dentro de límites más próximos a la picaresca que a la epicidad. Todo ello se singulariza porque sus tribulaciones tienen más escenarios de tierra que de agua, y porque tales hechos no son ni tan cínicos ni tan deplorables.

El narrador de la novela, muy parecido al autor Leonardo Kosta, es también un personaje que, a cien años de distancia, cuando ya muere el siglo XX, hurga en ese pasado tras un ser novelesco y sus orígenes familiares, y la relativa identidad de una región que (desde raíces indígenas) se expande hacia el cosmopolitismo.

Espiar la industria del chicle

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Cornellius es dejado en esa franja que hoy pueblan los lujosos hoteles de Cancún para espiar la industria del chicle y medir el valor de ese producto para un posible mercado. Obedece a un pirata superior, “El holandés errante”, que a su vez se subordina a proyectos expansionistas del gobierno estadounidense. Kostacoví es una baraja en el juego internacional.

Nunca vuelven por él y sobre estas tierras continúa sus días como el marino vasco Fermín Mundaca en Isla Mujeres o el mítico español Gonzalo Guerrero en los confines del sur. Cornellius, como muchos antepasados de la sociedad quintanarroense, es un hombre de dos mundos que entra al mestizaje hasta que su apellido se trasmuta de Kostacovich en Kosta.

El palo de Campeche

En ese círculo de soledad y lejanía, aparece el primer prostíbulo de Quintana Roo que nombran “El palo de Campeche”, cuya dueña, la española Pilar Monteávila, procrea con Cornellius Kostacoví un hijo mexicano, que es inscrito en Veracruz con el apellido Kosta, pues Kostacovich o Kostacoví —como decían afectuosamente los mayas— es muy extenso para el papel.

Prostitución, contrabando, esclavismo, violencia, heterogeneidad humana, idílicos paisajes que no armonizan con el deterioro ético… son algunos componentes que, en diversos capítulos, colorean el relato, y que, con mayor o menor hondura, aún subsisten en estos lares, y forman el rostro oscuro que no puede esconder el mar.

Cada escritor toma sus particulares referentes para crear su propio tiempo narrativo, que nunca reproduce el tiempo real. En las novelas del noveau roman francés se intenta y el novelista mexicano Carlos Fuentes se lo propone, más o menos, en La muerte de Artemio Cruz, pero no lo logran. Leonardo Kosta propone también su tiempo, aunque sin mayores complejidades.

El tiempo emotivo y el lírico

La narrativa del siglo XIX aprendió a detener el tiempo, expandirlo y condensarlo. Para los narradores clásicos esto se asociaba con la memoria. La Vanguardia destruyó esa noción tradicional del tiempo. En Ulises, el personaje joyceano se libera de tiranías y perspectivas temporales del narrador, y se va hacia su consecuencia, vive su tiempo.

El irlandés James Joyce bebe en distintos conceptos. Para Bergson, el tiempo es personal y tiene una dimensión emotiva. Para Freud, el tiempo es onírico, demuestra que largos sueños duran segundos, pero el recuerdo de esos sueños dura más. James Joyce y el checo Frank Kafka son hijos de Henri Bergson y Freud, del tiempo emotivo y del tiempo lírico.

La Vanguardia añade la noción onírica e imaginativa del tiempo, obras del francés André Breton y la británica Virginia Woolf pueden ejemplificarlo. En El proceso, Frank Kafka expresa el tiempo del absurdo en un orbe antifigurativo. El inglés Rudyard Kipling trasluce la simultaneidad del tiempo onírico y el tiempo real en El cuento más hermoso del mundo.

Intertextualidad

Leonardo dialoga con la literatura y se divierte con la “realidad”. El primer párrafo es un guiño intertextual rulfiano. “Vine a Cancún porque me dijeron que aquí podía encontrar noticias de mi bisabuelo…”, escribe y nos guía al comienzo de Pedro Páramo cuando el personaje narrador llega a Comala buscando a su padre, aunque luego ambas novelas difieren en fábula y estilo.

Otros juegos de Leonardo son exponer al escritor Benjamín Araujo como autoridad eclesiástica o recurrir a Neftalí Pascuales, héroe fabulado en otra novela de su autoría. Asimismo, cita documentos dudosos en idioma aborigen e involucra, como seres ficticios, a personas reales que viven en Cancún y son cómplices de esta narración.

Estructuralmente, el narrador sostiene la novela en primera persona como voz narrativa, excepto en un capítulo absolutamente dialógico como en algunos cuentos de Ernest Hemingway y otros autores estadounidenses del pasado siglo, pero esa variante (por ser tan aislada) lejos de conceder algún brillo crea una ruptura poco armoniosa en el discurso.

Así como Rulfo desacraliza la Revolución mexicana y el papel asumido por los revolucionarios, Kosta va exhibiendo —entre relampagueantes líneas— esos abismos que son sus personajes, envueltos en una decadencia y una amoralidad tan profundas que inspiran más lástima que desprecio. Tales perfiles humanos hoy se reiteran pavorosamente en Quintana Roo.

Crueldades de Porfirio

Porfirio Díaz, ¿héroe a dictador?

La crítica alusiva a las crueldades de Porfirio Díaz quizá el presidente más negativo que tuvo México— asoma en el episodio secundario donde el ex-militar Heriberto Esparza es remitido a labores en la selva no por exponer pensamientos políticos antagónicos a los del gobierno imperante, sino víctima de la venganza personal de un superior.

De modo anecdótico, sin pretensiones de denuncia, se describen numerosos atropellos, raíz capitalista de la explotación del hombre por el hombre, dentro de precipicios legales, en un ambiente rústico y desolado, donde chicleros e indígenas mayas sufren aciagas vejaciones, asumidas por ellos como una aplastante fatalidad.

Visible en un contexto y en una época precisos, esta historia expone en su trasfondo la ocupación militar de la Zona Maya por Ignacio Bravo, el nacimiento de Payo Obispo con su aduana flotante que dirige Othón Pompeyo Blanco, el tren de Vigía Chico… Tales elementos históricos acentúan el enfoque realista.

El narrador que busca enaltecedores recuerdos de un antepasado ilustre, aunque esa gloria se deba a una reputación propia de bandidos, descubre con sobria amargura que Cornellius no hizo nada honorable para permanecer en la memoria colectiva de una comunidad tan heterogénea como la quintanarroense.

 

Fabular mundos perdidos

Es justo señalarle a Leonardo que su lenguaje se vuelve en ocasiones muy informativo, y que la tenuidad con que escribe algunos capítulos impide el proceso de profundización que corresponde a una novela. Aún así, el libro es ameno, labrado en una prosa rítmica, y sirve como ventana para acercarse a la Historia.

Sin alcanzar la altura de Los perros del Paraíso, del argentino Abel Posse, Leonardo logra cierta semejanza con esa narración: carnavaliza un periodo histórico y prosigue una idea volteriana: concebir la Historia como chiste para festejar a los muertos mientras se reinterpretan con ironía y sarcasmo obsoletas “verdades” que consagran libros.

Tres motivos me complacen para ponderar esta obra y los tres me unen a su autor. El primero es que ambos (con pruebas o no) descendemos de piratas.

El segundo es que su apellido polaco y el mío árabe —también sin más pruebas que las invenciones familiares— fueron castellanizados.

El tercero es que hoy los dos podemos fabular mundos perdidos con palabras y sueños.

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Agustín Labrada.

Escritor de origen cubano residente en Cancún, autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la Generación de los Ochenta Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo.

Actualmente escribe una novela.

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