Sargazo, antología literaria de jóvenes quintanarroenses (Editorial Gazapo, 2020) se une a una lista, apenas reconocible, de compendios de creación literaria publicados en la península. En la siguiente reseña para Vértice, Letras de Grupo Pirámide, el poeta yucateco Daniel Medina apunta los yerros y aciertos de esta antología concebida desde Chetumal.

 

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En buena medida estoy cansado de iniciar las críticas o ensayos con un pronunciamiento estándar sobre la península, los rasgos antológicos o la discusión de hermetismos inútiles. Me parece más atinado, ahora, apuntar desde el principio: en el año 2018 el PACMYC (cuyas siglas en ese momento respondían al “Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias”) recayó sobre Editorial Gazapo -sello cuyas primeras publicaciones datan de 2016- para realizar SARGAZO, antología literaria de jóvenes quintanarroenses (2020), bajo el cuidado de Viviana Caamal, David Ortiz y Saulo Aguilar, todos ellos juez y parte de la selección, agregados a último momento puesto que no figuran en la lista de seleccionados publicada el día 9 de junio del 2019. En ella figura un ensayista que al final quedó descartado (quedó uno de dos). Resulta importante mencionar, cómo no, a Aldo Chacón, el artista visual que diseñó la portada –con toda seguridad la mejor tapa entre las antologías peninsulares recientes–. Sargazo, por cierto, fue un concepto que se añadió después al título para materializar la idea de los editores que afirman: “aquí no sabemos qué hacer con la literatura”. Asunto curioso.

Entre los autores antologados (once poetas, ocho narradores y un ensayista) figuran nombres conocidos en la región, siendo algunos especialmente capaces: Jhon Mcliberty Domínguez, José Antonio Íñiguez, Cristian Poot, David Anuar, Melbin Cervantes o Daniela Armijo. Y ojo al dato: entre estos nombres figura la totalidad (con obvia excepción) de aquella antología lanzada en 2017, Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo, que ostenta el sitio del mejor volumen de su especie en los últimos años.

Viviana Caamal firma una prudente nota editorial: 1. “La intención de este libro es crear un espacio para publicar y visibilizar a las voces emergentes de la literatura quintanarroense”, 2. Los criterios de selección se basan “en la creatividad y no en un sentido estricto de detalles técnicos”, 3. “hubo poca participación de mujeres que nos permitieran cumplir con una estrategia de igualdad de género”, y 4. “Tres de los autores provienen de comunidades indígenas mayas. Algunos de estos escritos reflejan realidades inmediatas de su entorno, con escritos testimoniales”. Y digo prudente porque evita la sobrejustificación de motivos, como también aclara posibles acusaciones y dolencias.

Posterior a ello, y ahora sí adentrados en materia, David Ortiz firma un prólogo, donde parece estar hablando de poesía todo el tiempo, al que es difícil acceder, y no por una riqueza conceptual o entramados complejos sino por lo acartonado y ligero de sus motivos. Me explico: la formación de un prólogo supone un carácter que va de lo sentencioso a lo analítico. Las medias tintas no sirven, los vacíos y frases hechas tampoco. Ortiz inicia poniendo sobre la mesa –y uso esta expresión para no faltar a los cánones– un planteamiento: “no hay un grupo sostenible de escritores menores de 30 años”. El adjetivo sostenible supone una definición personalísima del autor (esto lo dejará ver más adelante), y la propia afirmación resulta ingenua por, precisamente, insostenible. Las discusiones de la “calidad” de un texto son especialmente brumosas si quien las propone no se toma el atrevimiento de resolver su parte de responsabilidad que pasa a conjetura. Luego suelta: “las voces actuales no demuestran una técnica impecable o un gran manejo de formas tradicionales de la expresión literaria, exponen una gran carencia de oficio (lo que es más notable y recurrente con la poesía)”. Y me responsabilizo de citarlo completo: “es más cierto todavía que en su expresión, al menos en la mayoría de los casos, no puede encontrarse aún un aliento orgánico, maduro, estructurado y no hay, o así lo parece, un código lingüístico personal, es decir, uno lee y no reconoce un lenguaje literario propio de una autora o autor, dicho categóricamente, no hay nada sustancial”. Ahora apunto: es claro que a David Ortiz, autor del prólogo, le preocupa una forma de la dichosa expresión literaria, no la totalidad de las estructuras sobre estructuras que conlleva la disciplina estética, y más aún: la tradición. Vamos a lo sencillo: ¿qué es lo impecable, el aliento orgánico, maduro, estructurado? Categorías que no valen nada en lo absoluto, o que quizá dialogan por lo alto con San Juan de la Cruz, Valente, Meschonnic. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que el manejo de las formas tradicionales y un supuesto “código lingüístico”, que se traduce en la voz unívoca de un autor, no son parámetros para medir la “calidad” de una obra literaria, sino la de ciertas obras que se inscriben en el modus convocado. Si nos ponemos ingleses, fue Eliot quien dijo que al eliminar entre otras cosas el eco “confortante de la rima, queda de manifiesto de modo más inmediato el éxito o el fracaso en la elección de las palabras, en la estructura de la frase, en el orden. Proscrita toda rima [o mecanismo puramente formal], muchos poetastros perderían su peluca”. No parafraseo por motivos de seguridad, pero quedémonos, porque es posible, con las palabras adecuadas para este contexto.

Me detengo en un detalle más del prólogo: se acusa la prisa autoral por hacerse de un nombre en el panorama literario, se dice que los autores jóvenes de Quintana Roo (y esto aplica en realidad para cualquier estado) recurren a un facilismo disfrazado de experimentación. El problema, nuevamente, es que Ortiz no toma la iniciativa de nombrar. ¿Quién lo hace, quién experimenta tan mal que resulta descubierto por la policía del pensamiento literario? Las frases arrojadas al aire, sin trámite dirigido, desaparecen al contacto. Para despedirse, el prologuista remata afirmando que SARGAZO contiene “aquella literatura que está, aunque no debiera, aunque genere conflicto y parezca poner en riesgo el panorama literario, más que enriquecerlo”. Y en parte tiene toda la razón, pero con un ligero apunte: poner en conflicto y riesgo un panorama literario como el quintanarroense es, en este caso, salvar su literatura, darle la vuelta, cuestionarla. No así el masificar la producción de generaciones anteriores tan arropadas en el paisajismo y la visión eternalista.

En pocas palabras y para olvidar esto, me parece que SARGAZO está muy lejos de requerir este prólogo. Resulta difícil comprender las razones que llevan a los editores a mantenerlo. Quizá una falsa ilusión de crítica, es decir, un statement editorial que dicta la necesidad del bombardeo interior, aun sabiendo que la pólvora está mojada.

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Este libro quiere reunir un grupo de voces para su exposición. Pero que nadie se confunda: no hay aquí un coro de voces que se sostienen bajo los mismos parámetros. No hay en términos generales unicidad temática –ocasionalmente sí, como la hay semántica–, tampoco genérica ni formal. Vienen todas las piezas literarias de un mismo espacio, pero con las variaciones lógicas que esto supone (sargazo: rizoides, estipes y lámina). Comento, previo al pase de lista, la curiosa forma de ordenar a los autores: no es alfabética, no es cronológica ni mucho menos jerárquica en cuestiones de calidad (que se haga la bruma).

Jesús Enrique Pacheco Montalbán, poeta que inicia la muestra (interpreto en su primer poema una puya o comentario a cierto poeta de la tradición estatal, pero debe ser cosa mía), escribe desde la brevedad unas instantáneas íntimas que, en sus mejores momentos, escalan, qué ironía, a un estupendo patetismo y sinsabor vital: “…aviento fruta al apagador / para dejar de pensar unas horas”.

Leí un par de poemas de David Alejandro Pimentel Quezada, segundo poeta de la muestra, hace unos cuantos días. Con toda seguridad esos textos exploran una propuesta más ambiciosa y fuera de los límites establecidos (¿o esperados?) en su literatura local. En concordancia con los términos que usamos líneas arriba: eran más arriesgados. Este no es el caso del puñado de poemas que figuran en la antología: se trata en realidad de poemas donde la descripción o referencia pictórica se enlazan con imágenes de corte pasivo, de lenguaje poético reconocido y reconocible: “Los contornos perlados con la luz / en los pliegues de la oscuridad. / El mapa del mundo separado en trasparencia”.

Jorge Damián Ramírez Sánchez y Alvar Leonel Estrada Villanueva son los poetas siguientes. Del primero vale la pena destacar algunos momentos ríspidos del poema “Cuna de periódico”, mismos que están muy por encima de los apuntes de su serie “Oiraid”. Ése sakbej que figura en el verso final (“lágrimas que se vuelven sakbej hacia el cielo”) cierran la catarsis progresiva del poema. Estrada Villanueva, por su parte, incluye una serie de textos donde la figura de García Lorca tiene una presencia constante –el cancionero, cierto aire al juego y teoría del duende–. Quizá poemas y textos iniciáticos de, y cito al autor, un “alma [que] se destila en escribir con sinceridad”.

Sigue en la muestra Jesús Manuel Gómez Casango, quien aporta un poema capitular especialmente lírico: “Lluvia que atormenta”, donde este tópico, la lluvia, se desarrolla entre el nosotros y el Yo; primero: “La lluvia se sostiene en nuestros cuerpos”, después: “La lluvia es el sino de mi tristeza”. No hay demasiada exploración de fondo. Posteriormente hallamos a Héctor Fabián Ramírez Kú de quien cito, a propósito del poeta anterior, lo siguiente: “me dices que lo mejor es que no mencione ‘lloverá esta noche’ / con esa simple y diurna oración, te alejo de mí”. Hay en él cierta evidencia de lecturas del canon mexicano, y quizá un apego a sus máximas expresivas.

Jhon Mcliberty Domínguez, José Antonio Íñiguez, Cristian Poot y David Anuar son los poetas siguientes. No quisiera, para no faltar al objetivo de la antología (promover voces novísimas), detenerme demasiado en sus textos. Los cuatro son poetas con tonos especialmente conocidos, algunos especialmente firmes (en síntesis, nos hacen recordar la disputa mexicana Paz vs Deniz, o el purismo del símbolo frente al avance del humor y el gatuperio, disculpándome desde ya por tan burda anotación). Destaco especialmente sus respectivos poemas: “Una película de softporn”, “Palabras contra la biografía”, “Infancia remota”, y el fragmento “MORDIÓ LA FRUTA”.

El mar hace apariciones súbitas de vez en cuando, como uno supondría. En varios de los poetas anteriores es incluso protagonista o al menos parte del reparto. David Manuel Ortiz Aldana, el mismísimo autor del prólogo y último poeta de la muestra, no es la excepción con tres poemas que se tornan miniserie: “Mirando al mar”, “Retorno al mar” y “Nostalgia en el mar”. Quizá a esto se refería con lo impecable, el aliento orgánico, maduro, estructurado: “Todo es infinito en esta ciudad de agua y sal / y su mar es nostalgia”… Ya ven que la pólvora estaba literalmente mojada.

La muestra poética, en general, contiene una camada de autores que, por momentos, comparten demasiado con sus figuras tutelares. Basta leer en sus semblanzas biográficas los talleres a los que pertenecen o han pertenecido. No quiero usar el tono profético de siempre para decir lo obvio (“es tarea de cada quien seguir su camino”), así que me detengo.

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El caso de la narrativa es un mundo aparte, y desde ya adelanto el carácter de sinopsis de mi repaso. Alguien dijo: el cuento mexicano joven, o más reciente, “tiene mamitis y papitis”, lo que significa en realidad que hay una constante aparición de los padres –sí, arquetipos bajo el nombre de “mamá” y “papá”– en la construcción de una historia con su respectivo lapso de niñez. A menudo pienso en otros casos que se mencionan constantemente: estética bloggera, conflictos similares al grado de caer en la monotonía de personajes que parecen formar parte del mismo universo, e incluso una prosa lineal enmarcada por un punto de vista prácticamente idéntico. Se trata, pues, de una forma imperante, también reconocida y reconocible.

SARGAZO empieza su sección narrativa con el cuento “Lluvia”, de Gonzalo Vega León, que transcurre en el centro histórico de la ciudad de Chetumal: un hombre se refugia de la lluvia mientras, al lado suyo, una mujer y su hija conversan sobre el ciclo del agua. El eje del texto radica en un diálogo que muta tras cierta circunstancia: “Mami, ¿Por qué llueve? Las gotas están frías”, y después: “Mami, ¿por qué llueve? Las gotas están tibias”. Sin mayores mecanismos, los enunciados de la hija se retuercen hasta lograr incomodar –al personaje de la madre, al menos– y redirigir el ambiente de la narración.

“Proyecto liliput”, de Gonzalo Roberto Ramos Ortega, parte de una propuesta política que consiste en reducir el tamaño, más bien la altura, de la población “a un 10 por ciento de su estatura original”. En cinco tiempos y una coda (una especie de escena poscréditos), describe la situación desde los ciudadanos. Hay una minuciosa descripción, en la coda, de los beneficios del P.L., asunto que resulta lo más destacable del texto. Cierto uso de personajes como el hippie recuerdan a las parodias televisivas. La situación distópica, entretejida en la doble lectura con miras a lo social, recuerda a cuentos mexicanos como, por nombrar uno fácilmente rastreable, “El orgasmógrafo” de Enrique Serna.

Posteriormente llega “Los inmortales”, de Laura Viridiana Angulo Ruíz, un texto que reivindica el ejercicio de re-construir el terruño a través de activadores memoriales: un personaje femenino, Aura –junto a su abuela, que constituye, cómo no, el resto del guiño– descubre que el pueblo de su infancia “ya no es lo que era”. Un asesinato por presuntas prácticas ilegales, la temprana muerte de una madre y su hija, el temor a la fragilidad. Los motivos de “Los inmortales” parecen rondar escenas periféricas y sus rituales mortuorios, a la par de la transición del lugar pacífico al violento.

“Nubes”, de Melbin Cervantes, y “La frustrante fuerza del toro”, de Jorge Orlando Correa, son los próximos. En “Nubes” encontramos un fotógrafo en los altos tiempos del SIDA cuya obsesión central es la belleza. En el segundo, a partir de un bloque descriptivo de la tauromaquia, un manifestante es arrestado por la sorpresiva muerte de un torero en acción. A este punto, los cuentos de Cervantes y Correa destacan entre los anteriores por su matiz, la desaparición del diálogo, la intención y resolución temática. En este mismo sentido, la ejecución de “El aliento del diablo”, de Daniela Armijo, se ubica también como uno de las más interesantes (con sus recursos y procesos) a partir de los efectos de una potente droga cuyo objetivo es inhibir la voluntad de una víctima.

Para finalizar la muestra narrativa: “Una por otra”, de Saulo Aguilar Bernés, y “Ale-Gatos”, de Viviana Genoveva Caamal Estrella. El de Aguilar Bernés plantea la situación del narcotráfico y la parodia policial que, con el paso del tiempo, se ha instalado en el “caribe mexicano”. Con todas las de la ley, es un cuento característico del norte situado en un escenario sureño. El cierre de la sección lo realiza Viviana Caamal: un breve cuento respecto a la observación de un gato por parte de su dueña pasando por la cadena alimenticia y la estructura social. Se trata, pues, de una especie de ráfaga.

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Se cree que el ensayo literario joven se ha reducido, en la península, a ciertas columnas en publicaciones seriadas, libros de beca sin continuidad y alguna narración en textos académicos. Casi cierto, de no ser por autores que no ponderaré ahora porque no es el sitio. Pero SARGAZO, al menos, propone “La tropicalidad de las estrellas”, de Christian Olivier Lozano Villanueva: “¿qué tradición de pensamiento se ha consolidado en el caribe que vivo?”, pregunta, y construye una especie de respuesta a través de referencias bibliográficas y conceptuales que alimentan un análisis de la obra de Wildernain Villegas. En realidad se trata de un ensayo (semi)académico con ciertas fugas.

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SARGAZO, antología literaria de jóvenes quintanarroenses no busca un estudio minucioso: su afán es soltar nombres, transportarlos de un sitio a otro para, en el mejor caso, entablar un diálogo y servir de antecedente. La literatura de Quintana Roo tiene un problema del que se habla demasiado: la eternización de sus vacas sagradas, la negación del parricidio –o el parricidio ciego–, y la constante idea de “representar” una literatura local, de ser bandera (ah, cómo se parece la península). Pero hay algunas excepciones, como algo de lo incluido en este libro.

 

 

 

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Daniel Medina nació en Mérida, Yucatán, en 1996. Ha publicado El sonido de los cascos al chocarse (Poesía Mexa, 2020), El dolor es un ensayo de la muerte (Fósforo, 2020), Médium (Sangre, 2018) y Una extraña música (Sombrario, 2018). Colaboró en medios como Punto de Partida, Les écrits y Tierra Adentro. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017 y el Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2019. Director de Ediciones O, colaborador de Cracken Fanzine e integrante del Centro de Experimentación.

 

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