Por Daniel Medina

 

La poesía de la península, tan vasta en su ausencia y tan presente en su intención, ha dado en los últimos años una serie de antologías desde diversas visiones. Tenemos Casi una isla. Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de 1980 (SEDECULTA, 2015), compilada por Marco Antonio Murillo y Jorge Manzanilla; Contramarea. Antología de poesía joven de Quintana Roo (Plataforma Colectiva, 2017), compilada por David Anuar, y en tiempos recientes Todo lo que el silencio habita (SECULT, 2019), que reúne a los poetas premiados y seleccionados tras la primera edición del Premio de Poesía Joven de Campeche. Este fenómeno no entrega diagnósticos concretos sino segmentaciones más que interesantes de determinadas escrituras. El mejor de estos casos, me parece y agrego como paréntesis, es el de Contramarea. El hecho, pues, es que ninguno de estos libros está de más: todos son útiles para generar diálogo y crítica, son estos volúmenes un mapa –segmentado, sí– del amplio espectro de la poesía peninsular que goza, valga el lugar común, de una salud decente.

Todo lo que el silencio habita, hay que decir como apertura, es un libro que reúne diez poemarios: primer y segundo lugar más ocho seleccionados con el fin de cumplir la publicación. La naturaleza del material nos lleva a leer las unidades de forma independiente. Las miradas no se entrecruzan en ningún momento.

El jurado calificador, compuesto por Agustín Chuc López, Manuel E. Pino Castilla y Sergio Witz, decidió entregar este Premio de Poesía Joven a Alessander Segovia Haas, sin duda uno de los poetas más constantes en el marco de la muestra, por su obra Ese abismo que cavaron los años. Los textos de Segovia, que van de lo elegiaco hasta la desgarradura desbordante, inician, digamos su primera sección, con un epígrafe de George Trakl –que podría resumirse en el primer verso y quizá los dos últimos– condensando la idea poética de nacer como una herida, es decir, nacer herido e hiriendo. El poeta trata y desenvuelve, en los mejores momentos, la noción de llegar al mundo para vivir y generar problemáticas. Sirva de ejemplo la siguiente línea: “fui la herida que alumbró mi madre en el quirófano”. Y en más de una ocasión sucede este desdoblamiento funcional de la temática clave. Hay que decir, sin embargo, que convive esta marcha con momentos más bien desafortunados: “supurando la carne derramada en las paredes” o bien “¿es mi existencia la ceniza de tu reino?”. A esto me refiero líneas arriba con el término desgarradura desbordante. Los poemas lamentan una muerte al punto de la implosión, que en ocasiones genera una escritura guiada por la sentimentalidad poco propositiva: “Yo era tu sueño, / pero a veces las pesadillas también son sueños”.

Quizá el mejor punto de Ese abismo que cavaron los años se encuentra en la página veintiuno, hay ahí un poema que traza, en una especie de versículo o prosa que la edición no permite vislumbrar del todo, una serie de imágenes naturales que transmiten de la mejor manera la vejez, la nostalgia y la mirada familiar: “Era nuevo el silencio en esta casas donde surgiste, y miraste televisión y bailaste con tu falda de maíz y de agua. Donde te enamoraste de los cántaros y las mazorcas hervidas”.

Es indudable la calidad que guarda la obra de Segovia Haas, pero también son claros sus tropiezos: más de un poema viene sobrando (véase como ejemplo el poema de la página veinte); los epígrafes resultan extensos y en ocasiones innecesarios. Y quizá muchos de estos ingredientes responden a la forma de creación y delimitación libresca que a menudo generan las convocatorias de concurso.

Trayectos, de Antonio Gamaliel Pérez Castro, ganador del segundo lugar, es un texto en siete tiempos numerados con romanos, claro que sí. Avanza sobre el tema de la urbanidad oscura y fría: “ningún pordiosero quiere sentir tanta lástima / como yo estoy dispuesto a sentir / camino a casa”. La calle, tal como la trata el autor, es una especie de campo minado en el que todos los sujetos se reducen a figuras irracionales, tristes y vacías. El punto más alto de Trayectos está en el tercer poema, texto breve y vertical que finaliza: “Truena el teléfono y en él una llamada / con todas las horas que he dedicado a labrar mi vida”.

Si bien es cierto que el poemario termina dándonos la sensación de ser más extenso de lo necesario, quizá su falta más grave es la pésima introducción formal que ofrece al lector desde la primera línea: “En el trayecto que separa mi hogar del lugar donde debo estar”.

Pasamos entonces a los autores seleccionados. Mientras nacen las ciudades, de Natalia Gómez Caamal, es una obra corpórea, física –no precisamente erótica– que en su brevedad y condensación resulta funcional: “Led Zepellin está de fondo, / fumas, / nos colocamos uno frente al otro / como unos edificios sin país”, dice la primera estrofa del trabajo, siendo también la última aunque revertida en forma de eco mediante cursivas.

A nivel de lenguaje, la debilidad más importante de la pieza de Gómez Caamal es el reiterado uso de términos como cuerpo o piel dentro de la propuesta breve. Ojo: la obra no es corpórea o táctil por decir estas palabras más de dos veces, lo es por su propuesta de recorrido anatómico: costillas, bocas, piernas, espaldas. El cuerpo y la piel son puntos de fuga, en ningún momento el leitmotiv de Mientras nacen las ciudades.

Ardor, de Daniela Guadalupe Fuentes Cab, es un peculiar caso de contrastes de calidad. Inicia con el ímpetu maldito y estridente, pero sobre todo facilista, de estas primeras líneas: “Ardiendo en el culo del diablo está mi ciudad / de ocultos chamanes que aúllan a la noche”, pero también presenta juegos rítmicos (como el del poema cuatro), y más de una estrofa importante, como las contenidas en el quinto texto:”tengo una lengua que arde, roba y mata / una lengua amarrada que quiere confesarse de rodillas // tengo una lengua amarga / que en caracteres indescifrables quiere liberarse // y para el olvido tengo noble esperanza” [la palabra tachada es mía].

Jennifer Ivonne Casanova Sansores escribe Una villa sur la mer, un trabajo especialmente cursi que tiene un par de buenos momentos. Pero la lectura, la experiencia verdadera del acto, se complica cuando se desdobla reiteradamente esa escritura (a)morosa: “¿Tiene lunares en el cuerpo?, ¿son marcas de mis besos o son trazos de mi amor?”. Algún juego también se construye a través de la palabra arte, siendo el recurso ya común y descartable, fracasando.

Exhalo tormentas, de Mónica Olivares, transita entre lo contemplativo y luminoso. Un coro de voces marcado por caracteres en negritas y cursivas se presiente. Hay aquí estupendas estrofas como las de Relámpagos: “Nace un niño silencioso / un árbol que se quiebra / […] / Nuestro cuerpo es un abismo / se refleja en las nubes / como granadas”, o las de Coexistencia: “A 1,5 millones de kilómetros de nuestro planeta / un minúsculo sentido de vivir / se expande por las galaxias / por las costillas del cuerpo / un corto y potente estallido de radicación / lo habita a 50 gigavatios de silencio”. Me parece, ahora, que la escritura de Exhalo tormentas no está terminada, y me explico: no hay texto carente de destellos, pero sus finales delatan apresuradas soluciones que brindan la sensación de vacío y desintegración textual. Muchas de estas piezas se desvanecen, y basta una lectura rápida para saber que esa no es su intención. Decía Simic que el final del poema, sobre todo el final, es un jaque mate ejecutado con elegancia, y si ese fuera el planteamiento, varios de estos poemas estarían en jaque.

Entre Poemas sueltos, de Alejandro Dzul Morales, y Un viento frío que malograba el día, de Carlos Rolando Mass Canto, encontramos dos propuestas destacables más allá de lo escrito, es decir, realmente por encima de lo escrito. En el primero de estos trabajos tenemos la propuesta de, precisamente, poemas sueltos; una encadenación de textos guiados por distintas razones entre los que se cuentan el humor, sonetos y homenajes. Del otro lado, Mass Canto presenta el mejor uso paratextual de la antología: títulos, epígrafes que delatan una escritura paratextual donde el poeta se asume creador –y no simple seleccionador– de obra ajena para enmarcar la propia.

David Elías Valle Landa, penúltimo poeta de la muestra, escribe Brumas de Aqueronte, texto de aplaudible brevedad en cada una de sus unidades, pero reiterativo, sí, en sus formas. Algunos inicios, como “No toques la hiel de tu silencio”, auguran momentos poéticos predecibles que con la lectura continua se confirman. Hay una sencillez de por medio, pero no una sencillez construida como recurso discursivo, sino fruto del precario manejo de las ideas medulares. “Te conviertes en testigo de tu memoria”, dice un texto de manera definitiva en su línea final, cuando el desarrollo del resto responde a piezas sueltas, una serie de versos que no logran profundizar entre sí: “Mira la abuela / que decadencia, / yaciendo al olvido del todo. / Arrullada / ayuna asperezas, / canta a sus margaritas delicada melodía. / Almuerza ilusiones / mirando la puerta, donde las arañas han tejido sus redes”.

Souvenir pretérito o instrucciones para refugiar ausencias, de Mara Itzel Campos Herrera, es la pieza que cierra este libro. Siendo la obra más breve de todas, cosa que a estas alturas ya es una propuesta, contiene cuatro textos que inician con un epígrafe de la estupenda poeta colombiana Tania Ganitsky. Entre un autorretrato, una despedida y dos pasajes íntimo-sociales, puede leerse: “En este mundo capitalista / producir cantidad y no calidad / arroja la venta de ruina y exceso”. Y qué simbólica sensación para concluir.

Resta decir, finalmente, que la poesía de la península yucateca va en franco crecimiento: las multitudes de escritores, sobre todo los nacidos en los noventa –los contenidos, por ejemplo, en esta antología–, dan pie a caminos propios que más frecuentemente se deslindan de sus tradiciones respectivas. Un poema bien escrito no es un mérito. El espacio crítico es un factor necesario. Alejarse por tiempo (in)definido del haikú, el malditismo y los responsos, una de las posibilidades más latentes del trayecto.

 

 

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Daniel Medina nació en Mérida, Yucatán, en 1996. Ha publicado El sonido de los cascos al chocarse (Poesía Mexa, 2020), El dolor es un ensayo de la muerte (Fósforo, 2020), Médium (Sangre, 2018) y Una extraña música (Sombrario, 2018). Colaboró en medios como Punto de Partida, Les écrits y Tierra Adentro. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017 y el Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2019. Director de Ediciones O, colaborador de Cracken Fanzine e integrante del Centro de Experimentación.

 

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