El escritor mexicano, Alberto Ruy Sánchez, revela en El expediente Anna Ajmátova (Alfaguara, 2021) el drama humano del personaje, “su verdad poética y su vida interior”.

Por Miguel Ángel Meza

 

Escritor documentalista, explorador de los misterios del deseo, dueño de una prosa de intensidades nutrida en la tradición poética para transmitir las verdades más profundas de sus personajes, Alberto Ruy Sánchez (1951) continúa en El expediente Anna Ajmátova (Alfaguara, 2021) una indagación sobre el fracaso de las ilusiones ideológicas del siglo XX, las oscuridades de la derivación socialista totalitaria y la relación entre los artistas y el poder. Al reconstruir la figura de Anna Ajmátova desde la poética y no desde la psicología, muestra, además, cómo se manifiesta la fuerza de la poesía para escapar a cualquier tipo de coerción.

El expediente Anna Ajmátova. ALBERTO RUY SÁNCHEZ. Libro en papel. 9786073806275 Cafebrería El Péndulo

Ya desde dos libros anteriores —su ensayo Tristeza de la verdad: André Gide regresa de Rusia (1991 / 2017), y luego la novela Los sueños de la serpiente (2017)—, el escritor mexicano había explorado la compleja relación entre los artistas y el poder. Un tema que vincula a la problemática paradoja del bien y del mal. Es decir, esa inquietante conversión del bien supremo que justifica crímenes y odios para defender una única verdad transformándola en su contrario —algo ya estudiado por el autor en su novela corta Los demonios de la lengua (Joaquín Mortiz, 1987).

Para recuperar la vida de Anna Ajmátova —poeta casi desconocida por el público masivo—, Ruy Sánchez recurre a la imaginación literaria, recrea hechos poco documentados y revela el drama humano del personaje, su verdad poética, su vida interior. A partir de la invención de una compasiva y empática narradora que escribe “otro expediente” de la poeta (el expediente emocional y existencial), nos descubre por qué Ajmátova —“la viajera del mundo de adentro”— ocupa hoy un papel tan relevante en la poesía rusa y universal.

Esta narradora, Vera Tamara Beridze, es un personaje en sí mismo fascinante. Salida de la anterior novela de Ruy Sánchez, la citada Los sueños de la serpiente, Beridze —miembro de la GPU (después convertida en KGB)— recibió el encargo de vigilar y espiar a Anna Ajmátova y redactar su expediente por órdenes expresas de Stalin. Ya en la vejez, y exiliada en el rincón tunecino de Cartago, nos transmite ahora la otra historia de la poeta, no la historia mayor por todos conocida, sino la otra, la íntima, este “otro expediente”, y lo hace con la resonancia solidaria y confesional de una voz cómplice.

A través de esta mujer sensible y amante de la poesía, el lector va entendiendo por qué Anna pudo desencadenar tantas pasiones (de amor y odio) en quienes la rodearon y la leyeron, y cómo fue adquiriendo una voz poética profunda y original que cautivó a tantos al convertir “su manera de ser poeta en su manera de estar en el mundo”. Es su fascinación por Anna —por su compromiso con la poesía, por su valiente convicción en esta afirmación de vida y por su dolor resignado ante la adversidad— la que lleva a Vera Tamara a comprender la inutilidad de su función como espía y a rechazar aquello que Anna Harendt define como “la banalidad del mal”. De ahí su complicidad, de ahí su castigo, de ahí su propia desgracia.

Estructura de un expediente

Estructurada a la manera de un expediente (que deja de ser policiaco, para convertirse en testimonial), la novela busca integrar fondo y forma al simular textos escritos en breves cortezas de abedul, donde solo cabe una historia y una anécdota: así, a cada página del libro (178 del expediente) se le asigna una entrada titular y el correspondiente escrito. Lo cual nos recuerda el drama de los escritores exiliados en el Gulag, quienes, imposibilitados de usar papel para escribir, se las ingeniaron para escamotear esta aniquilante prohibición utilizando cortezas de abedul para consignar sus sueños.

El resultado es una novela collage que emplea la técnica de unir y pegar (inventada por los cubistas), para fusionar e intercalar sin solución de continuidad fragmentos de la vida de Ajmátova y de los personajes que la rodearon, principalmente creadores de los grupos literarios con lo que se relacionó: simbolistas, populistas y acmeístas; y al mismo tiempo reproduce imágenes tanto de la propia Anna (óleos y dibujos) como de sus amigos artistas y del propio joven Stalin (Koba), además de carteles de teatro y fotografías de lugares emblemáticos en la vida de la escritora. Lugares visitados por el propio escritor investigador para ambientar su libro.

Ante los personajes de singularidad excepcional que circulan por la obra, Anna Ajmátova demostró un atractivo tan poderoso que ninguno quedó ajeno a su enigmático hechizo: desde aquellos que vislumbraron su grandeza siendo ellos mismos grandes, como Boris Pasternak y Ossip y Nadezhda Mandelstam, o Vyacheslav Ivanov —el líder simbolista más influyente en su momento—, o Inokenti Annesnki —cuyo libro El cofre de ciprés definió la ruta poética de la propia Anna, al integrar mitología y vida cotidiana en sus versos— hasta dos personajes ubicados en las antípodas, que definieron el destino dramático de Anna: Nikolái Gumilyov y Josef Dzhugasvili, alias Koba, el futuro Stalin.

¿Recordaría alguien a Nikolái Gumilyov si no fuera por Anna? Probablemente no. El poeta más importante de la Rusia de principios de siglo XX pasó a la historia con dos equívocos a cuestas: no solo como si fuera únicamente el marido de Anna Ajmátova sino como un conspirador contra el régimen.

Hombre extravagante que reaccionó a los iniciales rechazos de Anna con dos melodramáticos intentos de suicidio, Gumilyov buscaba la fama como explorador a través de sus descubrimientos de sitios en África. Recopilador de historias del folclore africano, excombatiente del ejército zarista en la Primera Guerra Mundial y de alguna manera simpatizante de la revolución bolchevique, fue sacrificado en un juicio sumario ordenado por Lenin en 1921 por participar en un supuesto complot de ingenieros que incluyó a inocentes como él para dar una lección ejemplar a posibles críticos y disidentes. Enterrado en una fosa común, Anna lo buscó durante años en varios sitios anticipando de manera irónica el papel de nuestras buscadoras.

Pero no solo él vivió un destino trágico. El vástago de la pareja, Lev, solo por ser hijo de ese padre y de esa madre pasó diecisiete años en la cárcel en distintos momentos de su vida. Y todos aquellos poetas y artistas que rodearon a Anna, amigos entrañables y admiradores, fueron desapareciendo poco a poco producto de una estrategia sofisticadamente sádica orquestada por la rabia de Stalin. Fue una venganza cruel: matar, encarcelar o exiliar a todos sus conocidos y mantenerla viva a ella para volverla testigo sufriente de ese horror.

Sánchez, Alberto Ruy - Escritores.org - Recursos para escritores

Hipótesis literaria fascinante, Ruy Sánchez sugiere un vínculo secreto de Stalin hacia Anna, y convierte su amor por la poeta en una pasión destructiva. Un amor ambiguo y perverso nacido de la envidia, los celos y la admiración. Cantante de canto gregoriano en su juventud, célebre entre la comunidad que se trasladaba solo para escucharlo y poeta popular cuyos poemas aparecieron en todas las antologías de la época, el joven Koba (uno de los más de veinte alias del futuro Stalin) tuvo tiempo de conocer a Anna en persona mientras luchaba en la clandestinidad contra el régimen zarista y era en Rusia el sicario más destacado de Lenin, quien desde su exilio en Europa preparaba la futura revolución.

Es emocionante asistir así al encuentro entre Anna y Koba en una lectura pública organizada por el Gremio de los Poetas —el grupo al que pertenecía Anna ya en su etapa acmeísta—, donde el joven poeta georgiano revela a la joven escritora que la ha leído y estudiado (incluso haciendo prolijas anotaciones críticas en sus libros) y luego es humillado por los célebres poetas (excepto por Anna), quienes al escucharlo lo revelan tal como es en este terreno: un poeta instalado en la medianía que, además, no dice sus poemas, sino los declama a la manera de panfletos políticos. Las consecuencias de esta ofensa se verán en la novela cuando este joven se convierte en el sucesor de Lenin y en el sátrapa que la historia conoce.

De ahí que la obra registre también esa gran paradoja del régimen socialista soviético: convertir el bien en mal. George Lukács, el más importante filósofo marxista de la época —él mismo un oxímoron del intelecto—, justificó ese acto de maldad como una necesidad de la ética comunista, porque la dialéctica “transforma el mal en virtud”. Así, quienes más apoyaron y encumbraron a sus líderes —los propios bolcheviques— fueron los más castigados, los primeros en ser sacrificados por el tirano. El terrorismo revolucionario será de alguna manera la perdición de Anna.

Considerada por algunos como una escritora incluso tan importante como Pushkin, Gogol o Dostoievski, Anna Ajmátova aparece esplendorosa en la novela como una nueva manera de ser mujer poeta, alguien que se construye a sí misma en la originalidad del acto creativo, tanto en su vida personal como en el hallazgo de su propia voz. Esa voz repercutió sobre todo en las mujeres jóvenes de su generación, quienes vieron en ella un ejemplo de mujer que decide su libertad y la expresa en una poesía que les habla de sus propias inquietudes vitales.

En su reafirmación identitaria Anna enfrentó desde un principio los poderes patriarcales de su tiempo (los familiares, los culturales, los políticos). Se cambia el nombre paterno —Anna Andreiva Gorenko— para no manchar la reputación del padre (que le prohibía ser poeta) y toma el apellido de una abuela tártara; se distancia de la poesía simbolista e incluso de la acmeísta para expresar su voz auténtica; defiende la lectura de sus versos como si leyera partituras haciendo lecturas públicas de su poesía en bares y cabarets junto a otros poetas vanguardistas, y desafía durante su arresto domiciliario la prohibición de Stalin de escribir: los amigos que la visitan se aprenden de memoria los versos que ella redacta en papel de cigarro, que luego destruye. Así fue posible conocer su gran poema Réquiem.

Amante de sus múltiples amantes, entre todos ellos destaca la figura de Amadeo Modigliani con quien vivió una tórrida pasión en 1911. Auténtica novela de amor, pasión y creatividad dentro del expediente, este apartado ofrece la versión ficticia del propio testimonio que Anna escribió en 1958, incorporado después a sus Obras Completas publicadas en ruso en 2001. Único hombre de su vida al que seguiría recordando cuarenta y siete años después, el Amadeo joven, aún ilustre desconocido, compartirá con la poeta el auténtico descubrimiento de un yo erótico más intenso y creativo. Y ambos traducirán en la noche sobre el mapa de los cuerpos el París recorrido durante el día.

Con esta espléndida novela, Ruy Sánchez no solo ha recreado la inmensa personalidad de una de las poetas emblemáticas de la literatura rusa de la primera mitad del siglo XX, sino reconcilia también al lector con el poder embriagador de la poesía. Pienso que su gran logro —más allá del esfuerzo documental, más allá de la recuperación histórica de situaciones y personajes, y su inteligente recreación ficticia— ha sido atraer a los lectores hacia la sensibilidad poética como una forma de rebelión: “la palabra poética como una realidad mejorada”.

Al narrar la rebelión acmeísta proclamada por Gumilyov, Ruy Sánchez parece describir su propia prosa de intensidades además de la aventura interior de la propia Anna y “el poder acrecentado de la poesía”: “La única que en su discurrir ritual logra verdaderamente la epifanía: la aparición de lo radicalmente distinto y de lo sagrado entre lo más común de cada día. La poesía.”

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