Cuento de Mauricio Ocampo que participó en el concurso Rafael del Pozo y Alcalá organizado por Vértice.

 

Son casi las 4 de la tarde y el tráfico de la ciudad es sofocante como su smog: avance, espere,

avance, espere… en la radio dicen que es posible que para el siguiente año se de una estabilidad en los índices de inflación y que el peso se irá recuperando frente al dólar.

La voz del locutor es aguardentosa y burlona, como la de aquel payaso nefasto con pelos verde que sale en el noticiero matutino con su pose de intelectual de café y su mote de lame culos; «Qué ingenuo; no hemos tenido ningún avance desde que tengo memoria». Mi aire acondicionado se fue a la mierda y para acabar, la saturación del sonido de los cláxones y la insistente aceleración de los autos hacen que la migraña llegue de golpe. Por fin avanzamos, «¡Caray, antes no había tanto puesto ambulante! Esta ciudad pierde cada vez más su belleza». Freno de golpe, no alcanzo a ver el semáforo y el conductor delante de mí casi se lleva a un cristiano en bicicleta. Un chorro de líquido con jabón empapa mi parabrisas; «¡Me lleva la chingada!, ¿Cuándo dejarán de molestar?».

Desde que inició el día nada me ha salido bien; discutí con María, mi mujer. El tema de siempre; «¡Quiero un hijo, no lo puedes entender! M-E S-I-E N-T-O S-O-L-A».

¿Sola, sola…? Cada que quiere viaja a ver a sus papás a Monterrey y tiene crédito abierto en las tarjetas, sale con sus amigas a lugares de prestigio… ¿Qué sola se puede sentir? Como si un niño viniera a cambiar las cosas: biberones sucios, llantos, pañales llenos de mierda y, eso es para toda la vida. « ¡Ah, María!, ¡qué lejos quedó nuestra estampa en el Central Park de New York!». Después de discutir, me dijo que se iba de la casa, aunque siempre dice lo mismos y a mi regreso me espera con una gran cena para limar asperezas, pero… ¿Si ahora sí es en serio? La verdad es que las cosas entre nosotros no marchan bien desde hace tiempo, sin embargo, la sigo amando y sé que podemos arreglarlo buscando una alternativa, en terapia de pareja quizá, eso siempre funciona, o unas vacaciones, ella y yo solos, en aquella laguna de 7 colores que vimos en una revista cuando éramos novios y prometimos ir y siempre estar juntos. El dolor de cabeza me avasalla, pero tengo que cumplir con mi responsabilidad;

«Doctor por aquí, doctor por allá…», siempre arreglando los problemas de los demás, mientras mi vida se va al carajo: qué paradoja más estúpida.

A pesar de toda lógica he llegado a tiempo al hospital. A las 6 tengo que realizar una operación a corazón abierto. Nos ha costado mucho encontrar un donante, y luego el volado al verificar la compatibilidad; si no hubiera sido porque aquel hombre dio en donación los órganos de su hijo, esa niña no tendría la oportunidad de ser intervenida. Espero que todo salga avante y no vuelva a requerir el marcapaso. «¡Necesito un café urgentemente!». Salgo de la cafetería con un expreso en mano, no había nada mejor; siempre he creído que el café de las maquinitas es una porquería, pero en estas condiciones, me queda claro que es imposible pedir más.

Ha llegado un hombre agarrándose de los barandales del pasillo, entró por la puerta pidiendo auxilio a gritos con una mirada de terror al ver cómo brotaba la sangre de su vientre, su pantalón café, se vuelve carmesí. Tiene facha de ser uno de esos delincuentes que venden droga en la esquina, o un vago sin oficio ni beneficio que, en lugar de ponerse a trabajar, sólo sabe estirar la mano. Los conozco de sobra, diario llegan aquí buscando ser atendidos de inmediato, como si su vida valiera más que la de los demás. El hombre se cuelga de mi brazo, haciendo que derrame mi café sobre el piso y ensucie mis zapatos blancos. Qué ganas de quitármelo de encima con un rodillazo y decirle: «Maldito, muerte de una vez, sólo nos robas el oxígeno».  De inmediato llegan los camilleros y una enfermera, lo suben y se lo llevan al área de urgencias. Tengo que cambiarme, no puedo entrar así a la sala de quirófano.

Me notifican que los signos vitales de la paciente están bien, al igual que el funcionamiento de la bomba de derivación, que ya podemos iniciar la cirugía. Le recuerdo al equipo que me asistirá, que «haremos la operación en dos fases, la primera intervención la ejecuto yo y continúa el Dr. Juárez, una vez que él haga su trabajo, retomo y cierro. Adelante: Pinzas, bisturí…». Realizo las marcas de corte con un plumón mientras pienso en María; No, debo concentrarme.

Tomo el bisturí y abro sobre el esternón capa por capa de la piel, pasando por las costillas hasta llegar al corazón, mientras alguien limpia el sudor de mi frente y succiona la sangre que brota, para dejar visible el área de intervención. Frente a mí, late un corazón pequeño, rojo… pero imponente. No puedo creer que sea imperfecto y que tal belleza pueda ser sinónimo de muerte. Corto las válvulas que lo conectan con el cuerpo que sigue vivo de manera artificial, recostado sobre la plancha de operaciones como si se encontrara en un sueño profundo y placentero.

Tomo en mis manos el pedazo de carne, para posteriormente colocarlo en una charola; aún se aferra a la vida y late, como si supiera que terminará en un frasco de formol o en las manos de un estudiante de medicina. Termino la primera parte de mi intervención, me aparto del lugar que ocupa el cirujano para que el Dr. Juárez continúe haga labor. Me siento exhausto, más que física, mentalmente; y sólo pasaron 2 horas.

«¿Dónde estás linda?».

Salgo del quirófano para ir al baño y después por un café, tengo un margen de una hora en lo que el Dr. Juárez hace su labor, ya falta menos para las loas por otra intervención quirúrgica con éxito; ¡Claro, después de varios años haciendo lo mismo, ya no es tan agradable! Camino por el pasillo que da a la sala de estar, es imposible llegar a la cafetería sin pasar por ahí. En un sillón esperan los padres de la niña que aguarda en el quirófano, uno de ellos me reconoce y dirige su mirada buscando la mía, intenta decirme algo, pero acelero el paso, no me interesa hablar con nadie, no ahora.   Suena mi teléfono. «¿María?» Es un mensaje de texto, pero no es ella, no reconozco el número. Por inercia lo abro:

«Señor, es urgente que se comunique con nosotros.  Su esposa ha sufrido un accidente en la carretera

México – Toluca, y lamentablemente falleció».

Algo me impacta de golpe, mi cuerpo tiembla, entro en shock unos minutos. Cuando vuelvo en sí, marco de inmediato el número remitente. No hay respuesta; una, dos, tres veces más. ¿Qué hago? «Doctor Pedroza, lo estamos esperando en quirófano, el Dr. Juárez está a punto de terminar» ¡Al diablo Juárez y todos en este hospital! Maldito juicio moral. ¡Mi esposa, maldita sea…! Algo sacude mis ideas; «No puedo dejar a esa niña así». Regreso al quirófano, me cuesta trabajo clarificar mis pensamientos, las manos me tiemblan como la última vez que sentí una cruda. ¿Qué hago? Tengo que salvar esta vida, sí. Sólo es cosa de juntar las arterias y coserlas; lo más difícil ya está hecho. Concéntrate, Pedroza, prometiste salvar vidas, o qué… ¿has olvidado el juramento hipocrático?

Apenas me concentro, el sudor moja mi frente más de lo habitual: ¡Mi mujer está muerta! Aviento los utensilios médicos, mi bata, los guantes… salgo corriendo del quirófano sin dar explicación, subo a mi auto. ¿A dónde me dirijo?, no lo sé, esos infelices no me contestan. Quizá al SEMEFO. «¿Doctor, está usted bien?». Una enfermera me regresa. La realidad, ¿la realidad? Sí, respondo con una sonrisa complaciente que no oculta mi cara de dolor y falta de concentración, mientras mis manos temblorosas apenas pueden unir venas y arterias para realizar las últimas suturas. Dejo los utensilios y, sin decir nada, doy por concluida la operación. «Signos vitales estables. ¡Felicidades, doctores, hemos salvado una vida!».

Camino a prisa por los pasillos del hospital con una desesperación latente, tomo nuevamente mi teléfono, suena una vez, dos, tres veces más, nadie contesta. Mis lágrimas caen hasta imposibilitarme ver más allá, me quedo sin fuerzas recargado en la pared y resbalándome lentamente sobre sus mosaicos azules y fríos, con un nudo en la garganta que me ahoga el grito de impotencia: ¡María, por qué tú! Nuevamente suena el teléfono, contesto de inmediato: «¡Bueno!»; «¡BUENO, BUENO…! ¿QUÉ LE PASÓ A MI ESPOSA? ¿A DÓNDE LA TIENEN? DÍGAME, POR FAVOR…»; «Sr. Ríos, le informo que su esposa Alejandra, está en el SEMEFO de la Ciudad de Toluca. Debe pasar a identificar el cuerpo».

Algo en mí descansa.

Es hora de volver a casa y abrazar a mi mujer.

*****

Mauricio Ocampo: Mención honorifica en el XX Premio de Poesía Peninsualar “José Días Bolio”, con el poemario La Inmolación de los Itzaes. Entre sus publicaciones en el ámbito literario se encuentran las plaquettes de narrativa y poesía Pogrom (2002), Del Viento y Otras demencias (2006) [ambos de manera independiente] y Necrologio (2016, ediciones de pasto verde), entre otros. Poemas suyos han sido integrados en varias antologías de México, Argentina y España, así mismo, ha prologado varios libros. Sus publicaciones más recientes son los libros de narrativa También los CERDOS tienen alas (2017), ABYECTARIO (2018), paraphiliacs en 7 tomas (2019), Fosa común (2020) y Se volvieron a apagar las estrellas (2020), todos
ellos con el sello editorial ATZediciones. Actualmente es parte del consejo editorial de la revista digital Palabra Divergente, así mismo colabora en la revista literaria Tropo a la Uña, Cancún y en el periódico electrónico La Crónica, Mérida Yucatán.

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