Cuento de Ronnie Camacho Barrón, escritor originario de Matamoros, Tamaulipas.

 

REVISTA INNOMBRABLE: "El Séptimo Día" relatos de Ronnie Camacho Barrón

 La inminente colisión de la luna con la tierra ha provocado aumento en el nivel de los mares que está arrasando con las ciudades costeras. Su fuerza gravitacional sacó a los satélites de orbita dejando al mundo entero incomunicado y todos aquellos individuos susceptibles al trastorno bipolar, se están volviendo hostiles con cada persona a su alrededor.

Muy pronto el mundo se acabará y yo soy la única culpable, debí dejarlo donde lo encontré, de haberlo hecho, nada de esto hubiera pasado.

Todo comenzó hace dos semanas, debido a mis años de experiencia en el campo de la arqueología, fui llamada por el gobierno egipcio para ir a investigar una extraña pirámide recién descubierta en El Cairo.

Al tratarse un asunto de estado, la expedición se encontraba bajo la dirección de los militares del país, quienes además de trasladarme junto a mi equipo hasta el sitio, también se asegurarían de mantener alejados a todos los curiosos.

En un principio no comprendí porque tanta discreción, había trabajado en decenas de excavaciones en la misma zona antes y estaba más que segura de que no encontraría nada nuevo, sí que estaba equivocada.

Ya que, además de no parecer afectada por sus siglos enterrada bajo la arena, la pirámide que me habían enviado a examinar, era totalmente distinta a todas las que alguna vez vi.

En lugar de piedra caliza, su estructura estaba construida a partir de una roca negra que parecía absorber la luz del sol y cada bloque, tenía gravados distintos jeroglíficos hechos de plata que contrastaban con su oscura superficie.

Abasi Mustafá, el comandante a cargo, me explicó que intentaron de todo para acceder a ella, desde maquinaria pesada, hasta dinamita, pero nada funcionó, fue por eso que me llamaron, esperaban que fuera capaz de encontrar la forma de hacerlos entrar.

Junto con mi equipo, comencé a examinarla, más de nada me sirvieron mis años de experiencia, nunca había visto un material similar al de aquella roca negra y era la primera vez en mi vida que veía algunos de los jeroglíficos que la recubrían.

Pasamos días inspeccionándola y cuando parecía que fracasaríamos en nuestro intento, fue que lo encontramos el único pictograma que reconocíamos, aquel que representaba al dios Thot.

Éste se encontraba gravado en distintos bloques ubicados en las cuatro caras del monumento y después de haber visto sistemas similares en otras estructuras, hicimos lo mismo que con ellas y los presionamos.

Al instante, una sección del objeto se levantó, dándonos por fin el tan ansiado acceso a su interior.

Cuando el comandante y sus hombres vieron lo que logramos, se apresuraron a entrar y como era de esperarse, nosotros fuimos tras ellos.

Si por fuera la pirámide nos había maravillado, lo que vimos dentro, nos dejó perplejos, pues la entrada daba a una sala circular, cuyo piso se encontraba cubierto por exuberantes flores que parecía morir y renacer a cada segundo, aunque en el exterior era de día, en su techo podía verse el cielo nocturno y en su centro, postrado sobre un trono, se encontraba el cadáver momificado de un ser con cuerpo de hombre y cabeza de ave que abrazaba contra su pecho, un huevo de color gris oscuro.

A pesar de que lo tenía frente a mí, apenas si podía creerlo, ¡estaba viendo los restos de un dios!, pero, ¿Cuál era?, ¿Osiris?, ¿Ra?, ¿Horus?

De inmediato comenzamos a tomar muestras de todo, un poco de tierra, algunas flores y fotografías del techo.

Con lo más sencillo recabado, era hora de ir por lo más importante y con sumo cuidado, intentamos remover los restos de su asiento.

Para evitar que el huevo se rompiera, decidí tomarlo primero, pero apenas le puse un dedo encima, el suelo de la estructura empezó a temblar y las ardientes estrellas del techo comenzaron a caer sobre nosotros.

En cuestión de segundos, todo se volvió un caos y aunque me dolía en el alma dejar a aquel extraordinario espécimen atrás, no tuve alternativa y con su huevo entre mis manos, salí corriendo.

Fue por muy poco que logré salir viva, de no haber sido por el comandante quien me guío hasta la salida, hubiese muerto igual que el resto de sus hombres y mi equipo.

No hubo tiempo para llorarles, aunque la pirámide y todas las muestras se perdieron cuando está colapsó y sus escombros se disiparon como arena en el aire, aún conservaba el huevo y podía examinarlo.

Las pruebas de carbono, databan la antigüedad del objeto en el 1075 a. C., en la era de los últimos faraones, a pesar de eso, los rayos X a los que lo sometí, demostraban que en su interior había algo vivo y palpitante que, en cualquier momento, podría salir de él.

Cuando mis empleadores supieron esto, su decisión fue contundente, aquello dentro del huevo, debía morir antes de siquiera nacer.

Traté de hacerles entender, que era una oportunidad en un millón, la prueba de que todos aquellos dioses que hoy son mitos, alguna vez fueron reales y que podrían volver a serlo.

Su respuesta, en Egipto solo había lugar para un solo Dios.

Obviamente intenté protegerlo, atrincherándome a piedra y lodo en mi laboratorio, sin embargo, poco pude hacer contra el comandante, quien con explosivos derribó la barrera que había formado con escritorios y libreros.

La fuerza del estallido fue tal que por más que lo intenté, no pude levantarme e impávida, observé como los hombres tomaban el huevo y lo destruían al impactarlo contra el suelo.

Pedazos de cascarón volaron por todas partes y bañado en líquido amniótico, en el piso se encontraba el feto de un ser con el cuerpo ennegrecido y lleno de venas de un bebe, cuya cabeza, era el cráneo blanquecino de un ave.

Los militares se horrorizaron al verlo y no satisfechos con lo que hicieron, se dispusieron a pisotearlo, ese fue su último error.

Antes de que el comandante Abasí, siquiera pudiese levantar su bota, el feto levitó del suelo y se posicionó a la altura de la cabeza de todos los presentes.

—¡Humanos insolentes! —bramó con una voz profunda el malformado ser.

—¿qui…qui…quién eres? —tartamudeo el comandante.

—¡Yo soy Thot, señor de los muertos, la escritura, el tiempo y la luna, por milenios, aguarde por aquellos que alguna vez nos adoraron, para renacer y erguir juntos un nuevo imperio, pero en lugar de fieles ciervos, lo que veo ante mí son asesinos empecinados en matarme cuando me encuentro más débil, quise darles una segunda oportunidad y me fallaron, es por eso que morirán! — el dios apuntó su mano hacia los militares y tras chaquear los dedos, estos comenzaron a envejecer tan rápido. que en lo que dura un suspiro, fueron convertidos en porosas pilas de huesos dentro de sus uniformes.

Cuando terminó con ellos, se dio la vuelta y lentamente se dirigió hasta donde estaba.

—¡No me lastimes, por favor! —supliqué.

—No lo haré —murmuró—.Fuiste la única que me protegió cuando mi propia gente, quiso matarme, vivirás, al menos por ahora —

—¿Qué?

—Una raza que ha traicionado a sus dioses, no merece seguir viviendo, disfruta de los días que te quedan, cuando la luna colisione con la tierra, será el fin de todo lo que conoces —

Después de eso, Thot se fue y aunque él me perdonó, el gobierno no lo hizo y por mi traición, fui enviada a prisión y sometida a todo tipo de torturas.

Ahora, con mi cuerpo maltrecho, desde la ventana de mi celda, observo como mi mundo colapsa a cada segundo, no dejo de maldecirme por lo que hice, pero los maldigo más a ellos por dejarme morir aquí.

 

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