Cuento de F.A.Fields, seudónimo de Federico Alejandro Campos, escritor de cuento corto nacido en Ciudad de México que radica en Cancún desde 1977.

 

María, sentada en un tabique apenas cubierto con un trapo, observa con tristeza las pocas monedas de la venta. Regresa la vista hacia la gente que, sin hacer caso a su pregón, camina despacio al interior del cementerio.

– ¡Flores marchantita, llévele su ofrenda a sus muertitos!

El ruiderío de los autos y los gritos de otros vendedores de flores ahogan su cascada voz.

El aire fresco de la tarde lleva el pelo rizado y gris de la anciana de setenta y cinco años a su amplia frente. Conocedora intuitiva del clima, mira al cielo. Enseguida, sus ingenuos ojos negros, casi ciegos, guían a las manos engarfiadas por la artritis a recoger las flores no vendidas. Dirige sus cansinos pasos a la entrada del cementerio. En la puerta, como todos los días, elige una flor y encomienda el manojo al velador.

Frente a una sepultura, con el ceño fruncido tarda demasiado en hincarse, no sin antes depositar la flor a los pies de la cruz que corona la tumba y un beso en el nombre inscrito en la lápida. Por fin una sonrisa remarca las arrugas de su rostro; murmura:

-Buenas, marido. Hoy no puedo quedarme mucho tiempo, mis güesos me dicen que va a llover y no vaiga a agarrarme la agüita a medio camino. ¿Sabes? Cada vez se me hacen más largos los dos kilómetros de aquí a la casa; imagínate, la terracería llena de piedras, como casi no veo, me trompiezo con los nopales y los cardos que crecen a la orilla del camino. Ayer me caí en un charco de lodo.

Reza una oración e intenta levantarse. Sus adoloridas rodillas no responden. Alguien se compadece y la ayuda, un quedo “gracias” acompaña a la persona que vuelve a su propio difunto.

Ya en el poblado se detiene a comprar tortillas, entrecierra los ojos tratando de recordar si aún queda un poco de sal para acompañarlas.

Arrastrando los pies, mal enfundados en las chanclas de plástico que a gritos piden ser substituidas, sube la pequeña pendiente de la última calle. Llega a la casucha de paredes de adobe. Abre la puerta de apolilladas tablas que, al rechinar, comparten su infortunio. A distancia se oyen los ladridos de un pleito de perros. Una raída cortinilla le da la bienvenida; algunas gotas de lluvia, intrusas, se cuelan por el techo de láminas de cartón.

Entre las piedras que forman el fogón, los leños secos reciben unas gotas de petróleo que al contacto con la llamita de un cerillo pronto regalan su calor. La costrosa olla que descansa sobre lo que fue la tapa de un tambo metálico no tarda en esparcir el aroma del café.

Como todas las tardes, acerca su desvencijada silla al fuego. Después de comer  a pellizquitos un par de tortillas que remoja en el caldillo de frijoles, saca su tesoro: la cajita de madera de donde sus tiesos dedos sacan, una a una, las fotografías descoloridas tanto por el tiempo como por los besos y lágrimas que han caído sobre ellas.

Los ojos, secos, ya sin lágrimas, se detienen en una de ellas. Recuerda lo feliz que era con su marido José. Su casa, humilde, pero limpia. Él trabajaba en el campo y cuidando sus vacas.

Ella tenía animalitos de patio: el cacaraquear de las gallinas llamando a sus críos y el pavoneo de los guajolotes pintaban de alegría su hogar. Alegría que fue completa para ambos con el nacimiento de sus hijos gemelos; José y Mario. Estos cursaron la primaria en la única escuela del pueblo. Para continuar sus estudios, convinieron con el padrino de los niños que se irían a vivir con él a la ciudad. El ataque de una víbora acabó con la vida de José al no haber antídoto en el centro de salud del pueblo. María continuó enviándoles dinero vendiendo poco a poco los animales y lavando ropa ajena. La artritis atacó sus manos. Vendió la casa. Un vecino compadecido le cedió la casucha que hoy habita. Otro, le regala de sus plantíos, las flores para la vendimia.

La lluvia cesa. María arrastra la silla, que deja pequeños surcos en el piso de tierra. En la puerta, del posillo de barro, sorbe un poco de café sin endulzar. Mira hacia la ciudad. La primera estrella la saluda, y la encorvada anciana se reacomoda el desgastado rebozo mientras  espera.

Mario contesta el celular. Es su hermano José:

-¿Ya cobraste?, vamos a comprar el nuevo modelo de celular, está chido.

-No, José, mi novia quiere un vestido y zapatos nuevos. Ya sabes como se pone si no se los compro.

-Bueno, pero no olvides inventarle algo para zafarte de ella este sábado, las hijas del Licenciado Pérez nos invitan a Acapulco. Sus padres salieron de viaje. La fiesta estará en grande.

-Oye, hablando de fiesta, ¿No es este sábado el cumpleaños de mamá?, deberíamos ir a verla, ¿hace cuanto que no vamos?

-Seis… no… siete años, creo, pero un reventón en Acapulco no se puede despreciar. Ya iremos con la vieja el otro año, total, ya se aguantó siete años, ¿Qué tanto es otro tantito?

-Si, ¿verdad?… entonces nos vemos el sábado temprano.

A las ocho de la mañana, los estragos de una noche de parranda desdibujan la cara de José, quien suena el cláxon con insistencia frente al departamento de Mario. Este aborda el auto donde su hermano y tres amigos lo reciben con una cerveza. Alguien brinda;

-¡Por las mujeres!

-¡Salud! -responde el resto y José añade;- Más bien por la cruda, hay que evitarla, manteniéndonos pedos.

Las latas vacías se van acumulando casi tan rápido como los kilómetros recorridos. José se dirige a su hermano;

-¿Qué te parece si regresando de Acapulco vamos con mamá? Le compramos algo bonito y le damos la sorpresa.

-Perfecto, ya tengo ganas de abrazarla.

Al llegar a La Pera, una curva cercana a Cuernavaca, un trailer obstruye su paso. Sus compañeros gritan alegres;

-¡Rebásalo…rebásalo!

José acelera presumiendo su pericia de conductor.

-¡Hijitos míos! ¡qué alegría, por fin puedo abrazarlos!

-Mamita, perdónenos…

-No hay nada que perdonar. Están conmigo y eso es lo que importa.

-Olviden el pasado, la tristeza quedó atrás. –Escuchan a su espalda.

-¿Papá…?

-Si hijitos, papá también está aquí. Miren que lindo, ¡Cuánta gente vino a mi entierro!

 *****

Federico Alejandro Campos, alias: F.A. Fields, nació en la ciudad de México el 27 de febrero de 1954 y radica en Cancún desde el año de 1977.

Se integró a un taller literario bajo la dirección del ya fallecido escritor Toribio Cruz González, quien lo invitó a cursar un diplomado en la Casa Internacional del Escritor en Bacalar, Quintana Roo en el año 2012.

Se especializa en el cuento corto y la revista de literatura Tropo a la uña le ha publicado dos cuentos: Cinco por un peso y Lázaro.

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