Narrativa con claro acento regional de la escritora Aída López Sosa, originaria de Mérida, Yucatán, que entrelaza lo místico y la violencia que son parte de nuestra cultura.

 

Por Aída López Sosa (*)

 

Teníamos que quitarnos a los enemigos. El asedio era insoportable. Caminamos más de tres kilómetros selva adentro alumbrados por la luna llena con la certeza de no estar sobre campo minado.

Hacía tiempo que en cada paso nos jugábamos la vida, la maquinaria del orden estaba decidido a acabar con los revolucionarios. Protegerse antes de cada ataque ayudaba a tener confianza. “¿Cuánto faltará para llegar?”,  preguntó el sardino del grupo, “No mucho”, respondió Jiménez, “¿Ves esa luz arriba de la loma? Ahí es la casa de la vieja Sofía”. Jiménez fue teniente y odiaba al capitán Torres por un lío de faldas, hizo lo posible para sacarlo del ejército cuando comenzó el rumor de que su subalterno se había echado a su mujer, lo que Jiménez no negaba. Esa noche sabía que Torres descansaba en  el “Caldas”, ahí se iba a refugiar después de las excursiones en las que asesinaba a mansalva a cualquier opositor del régimen.

El último espectáculo de ahorcados infartó a la mamá del raso Pérez antes de ver a su maltrecho hijo colgado. En una caja le enviaron la mano derecha con el mensaje: “Aquí la mano del traidor con la que sostenía el rifle”, la señora no alcanzó a abrir el paquete cuando se desplomó. Así escarmientan a los desalineados.

“Vieja Sofía si te me apareces en pelotas, claro que le entro a esa vaina”, le decía Jiménez con sus ojos saltones. “Ni vas a saber que soy yo el día que pase, cara chimba” y así se la pasaban bacano en la recocha, nos contaba. La bruja caribeña sabía cómo blindar el cuerpo y el espíritu con la magia yoruba, esa noche los que atacarían el “Caldas”, además llevarían amuletos.

Torres andaba con los suyos, dijo Jiménez, varias veces lo acompañó con la mulata que tenía el poder de convertirse en animales o en mujeres bellas para seducir a los hombres y acabar con ellos. Hacía cosas negativas como positivas, ahí fue donde el capitán Torres confirmó que Jiménez se gallinaceó a su vieja, ella misma se lo dijo. No le sacó la piedra porque le dijo que si se quedaba en el ejército lo matarían: “Nicanor Ochoa te protege, cachaco”. ¡Quién sabe! El espíritu del curandero trabaja con la bruja para salvaguardar a militares y narcotraficantes y uno que otro clérigo que recurre a ella por sus poderes curativos. Dicen que en velación saca la próstata cancerosa en una noche para ofrecerla a Nicanor. El bulto con ojos, bigote y pelo negro rodeado de veladoras y flores silvestres, desde la esquina penumbrosa atestigua la “operación sin cirugía” que la hechicera ejecuta en el cuerpo ungido de aceites y yerbas en medio de rezos y abundante ron.

Los cinco hombres que atacarían el “Caldas”, Jiménez y yo, seguimos caminando por la plasta oscura y crocante cuidadosos de no pisar alguna serpiente, a ratos la luna perdía brillo cuando se atravesaba una nube o las copas de los arboles cortaban el cielo.

El ruido incesante del río se imponía al de las aves nocturnas, nosotros continuábamos sin parar, antes de las doce teníamos que estar en esa choza para que les hicieran las limpias y les dieran los fetiches.

A las tres de la madrugada los cinco compañeros se embarcarían en un cayuco por el río Magdalena para salir al mar hasta llegar al barco donde estaba el arsenal con el que atacarían el “Caldas”.

La odisea no sería fácil, aventurarse a mar abierto para zarpar el barco militar requería de la vieja Sofía, del espíritu de Nicanor y de quién sabe qué otras fuerzas malignas para matar a Torres y sus guardias. Teníamos esperanzas de que nadie les hubiera sapeado el plan. En tiempos de revueltas las orejas están hasta en los botes de basura.

El olor a yerba quemada fue la señal de que ya estábamos cerca. La loma empinada nos acercaba a la luna y a la voz de la chamana que entre palabras y lamentos hacía las velaciones protectoras. Jiménez la conoció desde que empezó en la Armada Colombiana, siempre que iban a un “encargo” consultaban con ella para saber si regresarían, varias veces les vaticinó que alguien colgaría los guayos y pasaba, así fue que comenzaron a tenerle fe, ya no hacían operativos sin antes consultarla. Sus predicciones las basaba en la luna y por la intercesión del espíritu de Nicanor, por eso prefería que las limpias fueran en plenilunio cuando el brillo es intenso para iluminarla.

La puerta estaba abierta. En la única pieza de la choza estaban en el suelo pétalos de flores en forma de crucifijo, las veladoras bordeaban las paredes de adobe formando figuras amorfas e infernales que danzaban al ritmo del pabilo que se retorcía por las llamas. “Ya tengo sus amuletos. A las doce en punto ya deben estar acostados dentro de la  cruz los que van  a trabajar”.

En cuanto terminó de hablar se volvió hacia Jiménez, “¿Tú vas?”, “No mi amor, me sigo reservando para cuando rejuvenezcas”. Así se hablan, como que a la bruja le gusta el vacilón.

“Quítense la ropa y salgan atrás. Tienen que darse un baño de luna pasándose limón con un polvo que preparo”. Los manes obedecieron hipnotizados, asentaron sus mochilas en el rincón opuesto al altar de Nicanor y se desnudaron. Ella dio a cada uno una cubeta de agua, un plato con polvo blanco y medios limones.

Necesitaban limpiarse hasta blanquear su energía para que el “cruzamiento” fuera efectivo, explicó. Después les dio otra instrucción: “Pasen, elijan su cruz y métanse”. Ya acostados la mujer trajo una olla con un líquido aromático y lo fue echando en los cuerpos menos en las cabezas. Con una pata de conejo fue repasando en forma de cruz las pieles sin faltar las palabras raras y el ron que bebía a sorbos copiosos. Con una tinta conjurada y un pincel llenó de cruces los cuerpos. Nunca había ido a ese lugar, era la primera vez que presenciaba algo así. Soy un barbero y nunca he tenido que recurrir a la magia, soy el mejor y los clientes llegan sin necesidad de conjuros. De reojo veía a Jiménez que no se inmutaba, hasta parecía que se sabía la letanía, me pareció que abría los labios o quizá fue mi imaginación.

Cuando terminó de cruzarlos formó en el piso unos símbolos con pólvora y los prendió para espantar a los malos espíritus. La pieza se llenó de humo, el bulto de Nicanor en el rincón sentía que me miraba y leía mis pensamientos. Su pose acartonada, enflusada de blanco, con sombrero y bastón, imponía respeto y temor. La vieja Sofía decía que no necesitaba hombre porque esa figura de yeso se convertía en humano, se enguayababan con guaro y tenían sexo, por eso las próstatas de los curas se las dejaba para que se las comiera. Cuando lo contó Jiménez me atreví a decir que en medio del monte a lo mejor se las comían los animales, pero él se puso serio como si hubiera dicho una blasfemia. Pero yo soy solo un barbero, qué voy a saber de brujerías y chamanes. Si estoy metido en esto es por él además de que soy ateo y me molesta que los conservadores permitan que la iglesia se meta en todo.

“Ya están blindados, muchachos. Vístanse, ahora les doy sus amuletos”. Uno de ellos preguntó cuánto le debían, Jiménez se adelantó y dijo que dejaran lo que quisieran, que a los pies del chaman estaba un plato morado donde le ponían los pesos. Se acercaban las tres y debían apresurarse, esa hora era la mejor para entrar al Magdalena, dijo la vieja. Jiménez y yo los acompañamos hasta que entraron a mar abierto y se perdieron. Faltaban unas horas para que aclarara.

A la mañana siguiente abrí la barbería, no se sabía nada de los nuestros ni tampoco del buque militar, mejor dicho de Torres. Aquel día vinieron a cortarse el pelo un cura y el secretario del alcalde, nadie dijo nada. Mientras atendía al cura pregunté si había alguna novedad en el pueblo, y no, nada nuevo.

Al tercer día entró Jiménez con el pretexto de alinearse el corte. “Anoche aparecieron cuatro. A uno de ellos lo capturaron y no se sabe qué pasó con él. Esa noche no pudieron hacer nada fue hasta la siguiente”. “¿Qué pasó con Torres?” “Creen que lo mataron, lograron zarpar al “Caldas” y los encañonaron, pero la oscuridad no los dejó ver bien, la luna ya está menguando”. “Si no lo mataron, esto se va a poner peor”, “Me voy, ya sabes. A ver que más averiguas con tus clientes”.

Jiménez me dejó más preocupado que antes. Pasaban los días y no se sabía nada de Torres ni del revolucionario. Nadie de los que llegaba a la barbería decía nada. ¡Era desesperante! Calmaba la incertidumbre afilando mi colección de navajas mientras esperaba que algún alma me informara, pero no sucedía.  El siguiente domingo no fue el mejor, ansiaba que fuera lunes. En la barbería llegaban militares a mamar gallo en sus días francos y entre plática y plática a veces boqueaban algo. El silencio carcomía mis nervios.

Pasaban tantas cosas por mi mente, ¿y si el rehén hablaba del barbero que les pasa información y los acompañó con la bruja que bien conoce Torres? Tampoco sé si ella guarda el secreto de quienes van a cruzarse… Si seguía pensando iba a enloquecer antes de que apareciera el capitán y me llenara de plomo. Lo mejor que me quedaba por hacer era tener mis navajas listas por si tuviera que utilizarlas para defenderme, las saqué y acomodé en el mostrador.

Estaba afilando la más antigua cuando sentí que alguien cruzó el umbral: ¡Era Torres! No saludó al entrar. Yo estaba repasando sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja.

La probé luego sobre la yema del dedo gordo y volví a mirarla contra la luz.

En ese instante se quitaba el cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola. La colgó de uno de los clavos del ropero y encima colocó el kepis.

Volvió completamente el cuerpo para hablarme y, deshaciendo el nudo de la corbata me dijo: “Hace un calor de los mil demonios. Aféiteme”.

*****

(*) Aída María López Sosa. Mérida, Yucatán (1964). Psicóloga, capacitadora certificada, tallerista de cuento y Correctora de estilo.

Sus trabajos han sido publicados en la Revista Ahuehuete del Seminario de Cultura Mexicana y en los periódicos El Informador, de Jalisco, y La Crónica de Jalisco.

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