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Literatura | Poemario de Yenet Pérez Prieto: “La casa se muere, parece que trae la Nada a cuestas”

CASA DE LA INFANCIA

 

Se muere la casa, los peces grises levantan humosos peldaños

desde el alféizar hasta el cielorraso/ se refugian entre las páginas

manchadas de los periódicos abandonados. La casa arrasada

por el polvo oscuro de la muerte, por la humedad de la tarde eterna/

con el recuerdo apagado de las cucharitas en almíbar, néctar espejeante

y abismal, y el golpe seco de las puertas encartonadas del armario/

los recuerdos también mueren

nos traspasan la columna y los oxidados barandales

del alma/ son viejas lluvias en nuestros maderos, unidos uno a uno

por cales blancas donde luego hubo rastros de alquitrán, de silencio.

Los tambores te asaltan y piensas en los rostros encendidos

de las batuteras

ahí, donde las sucias baldosas tapizaban la tierra/ piensas en los jardines

y en el aroma del ajoporro enredándose entre los dedos, y es la intranquilidad

de los gorriones bajo el chorro de luz que atraviesa la carolina/ entonces

el chirrido acompasado del columpio solo/ las hojas secas que el viento

desprende

mientras tiñe la redondez de los frutos.

La casa se muere, parece que trae la Nada a cuestas, sobre sus engranajes

gastados/ su maquinaría arrasada por la modernidad/ podría sucumbir

contra mis ojos.

Luce tan elegante en el sueño/ con las ventanas girando hacia la calle

y el conocido biombo adornado con paraguas y los sillones

y el mantel bordado tendido sobre la mesa: una taza de café

y las manos de mi padre.

Luce tan distante en el sueño/ bañada por las hojas maduras del árbol

de chirimoya

y la dulce turbación de su ausencia.

 

 

LA MUJER DE LA OLA*

Ola Turquesa Que Rompe, Gotas De Agua Salpicantes, Muy Aguda Imagen de archivo - Imagen de foto, meridional: 168911295

Una vez tuve el cabello chisporroteante, oscuro, me cercaba

los ojos y la sonrisa. Yo existía entre la flotación de los pájaros

y las sales del tiempo.

Una vez tuve certeza (creía tenerla) de la realidad propia

de los caminos

y tuve recuerdos de amigos de cualquier momento de mi ciudad

del pasado que igualmente sobrevivía.

Tuve esperanza de reconocerme con toda imperfección

humana/ un asidero que pudiera salvarme.

Pero mientras iba hundiéndome en blandas espirales

miraba el rostro de una mujer cansada

impasible, reducida como el miedo y el vacío

en donde seguía cayendo convertida en otra.

Tal vez en el fondo de las cosas, en el fondo de los días

era otra.

En mi interior y en la eternidad de mi memoria era otra.

 

Yo escuchaba voces en el viento. La frialdad mojada

de mi silencio atravesó el abandono y la urgencia de los bañistas

circundando las aguas

refluyendo en la orilla como un ramaje de pesadumbre.

Yo estaba dejándome llevar por la ingravidez de las olas/

como si estuviese muerta estaba dejándome llevar

en la inminencia

del último respiro como quien ignora en ese instante

la ilusión remota

todo ímpetu o viaje.

Nadie se interpuso entre mi dolor y la honda, perenne sombra.

 

Dicen los que me vieron que yo era la mujer de la ola, que tenía

su profuso cabello rojo y su mirada de estatua

que las aguas chisporroteantes, oscuras, cercaban su sonrisa.

 

Y yo sentí cuando el agua tranquila deshizo su alma.

 

 

*La mujer de la ola, 1868, pintura de Gustave Courbet.

 

 

DIFERENCIAS

 

Te hospedé y desalojé de incontables maneras

de mi alma animal.

Nosotros que ya sabemos de hábitos y de silencios

pudiéramos seguir cayendo y decir que nunca sentimos

ese vacío tan parecido al sonido líquido de nuestros cuerpos

cuando se sostienen de sus sombras.

Será que solo recoges mis huellas trazadas en la ceniza

mis ojos punzados por el eco del recuerdo

mientras camino y voy perdiendo el miedo y me voy convirtiendo

en otra mucho más sabia y febril.

Sin volverme a la casa indefinida como alguien que logra

ciertas gobernaciones en la memoria de su amado/ cambios

inevitables en las cosas antiguas, en la palabra tiempo.

Será que me tenías/ me tienes en el gusto palpitante/ ilusorio

del vermut / rizoma de lirio de Florencia, en el gusto dulce de la Moscatel

Frontignan/ tan lejana como los vinos selectos del Rhin.

Scoth Lands

en la embriaguez y en el doloroso crepitar de la noche eterna

y mis vestidos y disfraces hacían de quimeras.

 

Si acercamos a la lumbre nuestros maderos, la sangre oscura

y neblinosa que nos bifurca los cuerpos; nuestra carne transida

y temblorosa

qué quedará de su aroma vegetal o del regio frío que regresa

con el ocio, qué quedará de nosotros

cuando transcurran las aguas, ese ensimismamiento de los días

como ráfaga de nada por las manos.

Si nos acercamos

te iré negando/ me irás negando la permanencia.

 

Nosotros que ya sabemos de hábitos y de silencios raudales.

*****

Yenet Pérez Prieto (Placetas, Cuba, 1973) es autora del poemario Mascarada (Letras Cubanas, 2017),  ganadora del Premio de Narrativa en el Encuentro y Provincial de Talleres Literarios de Santa Clara 2013.

Poemas y cuentos suyos aparecen en diversas revistas y antologías.

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2 comentarios

  1. Muy buen poemario el de Yenet, que volvere
    a leeer y relerer varias veces..

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