Mario Pérez Aguilar

Mario Pérez Aguilar

 

La notoriedad del novelista Mario Pérez Aguilar en la narrativa quintanarroense es, a todas luces, incuestionable. Por tal motivo, celebramos compartirles un fragmento del capítulo 2 de su nueva novela, la cual tentativamente lleva el nombre que titula esta entrada: “Razones para atravesar umbrales”, y que pronto, sin duda, se unirá a la escasa pero prometedora lista de novelas escritas desde o sobre Quintana Roo.

 

 

Capítulo 2

(Fragmento)

 

 

Los ojos apenas entreabiertos de Hazael daban la impresión de que estaba profundamente dormido en la habitación 2140 del hospital Galenia en el centro de la ciudad. A Osmaira no le agradaba verlo así y se acercó para cerrárselos con la punta de los dedos: entonces el cuerpo por fin pareció estar listo para entrar a la siguiente dimensión. De una cosa sin embargo estaba segura: la muerte es un sitio del que ningún pasajero regresa, y Hazael, por supuesto, no regresaría jamás. De pie junto a la cama observaba el cuerpo tendido con esas manos entrañables reposando a los costados, manos cuidadas, suaves, uñas acostumbradas al manicure, manos de mago. Se esforzaba por llorar; las lágrimas sin embargo, por alguna razón que no entendía, se le negaban. Parecería que se reservaban para cuando estuviera en el velorio o en el sepelio; o tal vez se debiera al efecto de sus amores pausados y difíciles de antaño, tocados con frecuencia por augurios azarosos: no estaba segura cuál era el motivo por el que las lágrimas se negaban, pero debía estar allí, junto a él, en su última despedida.

Recorrió con la vista el cuerpo del hombre al que amó con todas sus fuerzas. Lo recordaba como un ser extraordinario, padre ejemplar, excelente marido y amigo de casi toda la ciudad; eficaz en las finanzas y un genio en los negocios. A veces se le pasaban las copas y hablaba de más, pero al día siguiente regresaba a la ecuanimidad y al trabajo. No hubo un solo día que no trabajara porque él mismo decía que su método era sencillo: trabajar de lunes a domingo diez horas al día, dormir ocho y disfrutar las restantes. Fue feliz a su lado. Después del bachillerato, los cursos de orientación vocacional en la capital de la república fueron malos y efímeros para ella y no decidió nada sino hasta que estuvo aquí, en el estival extremo norte del caribe mexicano. Hazael la tenía apantallada con sus conocimientos contables y financieros, y ella añoraba hacer una carrera, no sólo para hablar el mismo idioma con el marido, sino también para ser independiente. En 2004, a catorce años de casada, se inscribió en la carrera de medicina en la Universidad Anáhuac, suponiendo que eso le quitaría lo bruta.

Las voces de los médicos llegaban a ella como un eco distante que se aproximaba por el pasillo. Ella y sus hijos habían tenido una atención muy humana, demasiado humana por parte de los médicos e instrumentistas. Ante la irreversibilidad del proceso patológico les hicieron ver la imposibilidad de recuperación de Hazael. Estuvieron los tres acompañados de los médicos y las enfermeras junto a la cama del enfermo. Las expectativas de vida terminaban y quedaban sólo las expectativas de muerte, por lo que fueron muy sutiles en explicarles el proceso y de entrar en ellos para compartir su dolor y sufrimiento. Estando Hazael aún en vida, aunque no podía escucharlos, los hicieron pasar de uno en uno a darle su adiós para siempre. Luego lo besaron con cariño y dejaron a los médicos que hicieran su trabajo. El doctor le dijo a Osmaira que lo llevaría al cuarto para que tuviera un bien morir y ella pudiera estar con él, acompañarlo hasta el final. Así lo hizo y lo sintió morir en la habitación vacía.  Minutos después llegó la enfermera acompañada del doctor y confirmaron el deceso. Arreglarían la habitación, según le dijo el médico, para que estuvieran con él por un momento antes de llevarlo al tanatorio, prepararlo y entregarlo a la funeraria. Fue cuando Osmaira recordó su promesa: se sentó en la silla junto a él, sacó el celular de la bolsa que llevaba colgada al hombro y le envió el WhatSapp a Marcelo. Observó que él no lo leía aún; “tal vez esté ocupado”. Ella en realidad no era nadie, así se sentía: una burócrata más, una asalariada; como no fuera a partir de ese momento la viuda de uno de los empresarios más prominentes de la ciudad, impulsor del turismo y de las buenas prácticas financieras. Recordó que cuando lo conoció estaba en el segundo año del bachillerato y él también era un don nadie porque apenas había salido de la universidad y ni trabajo tenía.

 

Osmaira había nacido en 1972 y crecido en casa de sus abuelos sobre el anillo periférico en la colonia Vicente Guerrero, en el oriente de la capital del país. Era una casa pequeña, de dos plantas, pero infinitamente bella. Además, su abuelo era muy trabajador y no se durmió en sus laureles: con los años amplió tanto la casa que en sus épocas de mayor congestionamiento vivieron en ella él y su esposa, diez de sus doce hijos y siete nietos. Eran diecinueve que mantenían la casa como si fuera un mercado: llena de ruidos, silbidos, música y baile. Desde luego que había algunos pleitos y coscorrones esporádicos: después de todo es bien sabido que familia significa también comidilla de la buena y empacharse de chismes. Con todo, su infancia fue muy entretenida. Todos los años iba de vacaciones con sus hermanos y primos al pueblo donde nacieron los abuelos: Zapotlán de Juárez, en el estado de Hidalgo. Allí donde tal vez se asentaron antaño, durante el auge minero, algunos inmigrantes ingleses y franceses, o donde anduvieron perdidos al tiempo que explotaban las minas de Real del Monte o de Pachuca, o fueron tal vez franceses que se quedaron después de la batalla de 1862. Ellos heredarían a Osmaira esos ojos verdiazules, porque muchas personas le han dicho que cuando está cerca de la vegetación o en el jardín, se le ven verdes; pero cuando está cerca del mar, se le ven azules. Y sólo a ella, porque los hermanos tienen los ojos negros. Entonces piensa que tal vez se debe a su papá, a quien no conoció ni por boca de su madre. Su hermana y el hermano también tienen el suyo, que tampoco vive con su mamá y parece que también desapareció del mapa. Tal vez hasta sus apellidos raros provienen de aquellos europeos anglosajones, incluidos los españoletes.

Fue feliz viviendo sus vacaciones en ese campo frío, seco y abrasador. Le gustaba correr cerca de los matorrales que hacían circunferencias y rodeaban la casa de los abuelos. Parecía que entre ellos había distancias equidistantes, como si fueran dibujadas por un niño precoz y puestos en el mapa del mundo. Veían correr las ardillas, los zorrillos, los coyotes, los conejos. Cuando los animales detenían su carrera para tomar algo del suelo, ellos detenían también sus pasos; los ojos de los animales se topaban con los suyos, y entonces se estremecían. Las patas de estos animales son distintas, los conejos tienen uñas, los zorrillos tienen cinco dedos, el coyote patas y los conejos patas delanteras de cuatro dedos. Se hicieron expertos en identificar las huellas. En los días que el abuelo perdía a un conejo, ahí se iba con los primos y hermanos a recorrer las llanuras y los pequeños bosques siguiendo las huellas de los animales hasta encontrar al del abuelo perdido: era una gran diversión; después de todo mucha gente sabe que júbilo, significa reír.

En el pueblo había más animales que personas; si hoy son como veinte mil habitantes, a principios de los ochenta del siglo pasado, eran como siete mil. Siempre se topaban con las mismas caras. Osmaira recuerda que en aquel tiempo el presidente municipal era Felipe Becerra Vargas y luego entró Cutberto Gómez de Lucio; y eso porque el abuelo estaba al tanto de la política del pueblo. Ayudaban a los abuelos en las labores del campo: leñateaban, cosechaban el frijol, el maíz y la cebada. Al menos cargaban las cubetas y las ponían debajo de las ubres para ordeñar las vacas. Lo que más le gustaba eran las nopaleras y los manzanares. Los nopales por su sabor y las manzanas por su olor. Podía pasarse días enteros echada al pie de los manzanares por el único placer de respirar por los poros su aroma. A veces iban a la zona arqueológica Patria y al cerro del Colorado.

Estudió en la escuela primaria Benito Juárez y en la secundaria técnica cincuenta y ocho de la unidad habitacional Vicente Guerrero. Tuvo muchos amigos; hizo bullying y también lo sufrió, pero nunca perdió la esperanza de ser ella. Esperanza en el sentido de tener un estado de ánimo optimista en el que lo que aspiraba o deseaba, era posible. Esperanza en mantener expectativas positivas respecto aquello que era favorable y correspondía a sus deseos; a saber: vivir con su madre, salir corriendo del centro del país hacia dónde fuera y terminar una carrera profesional; tal vez también incluyó ser madre soltera, pero de eso no está muy segura. En los días que la atrapaba la desilución tomaba a la esperanza como un asidero para no caer en el desánimo y perder de vista aquello que ansiaba alcanzar. Sus esperanzas no eran vanas: no se las dejaba al azar, a la inactividad, a la espera o al olvido. De ningún modo; su vehículo era la acción: estudiar, ir con su madre a Coyoacán apenas tuviera la mínima oportunidad, preguntar y averiguar (no había internet aún) lo más que pudiera respecto a los sitios en los que le hubiera gustado vivir, particularmente en el sureste del país, atraída tal vez por su historia, sus vestigios arqueológicos, su vegetación y el sonido de sus voces; el norte nunca le atrajo mucho. Había conocido en fotografías el color del mar caribe y algunas noches, antes de dormir, se enfrascaba a platicar con él: «cierro los ojos y te veo—le decía—. Casi puedo tocarte.» Era como si guardara su caja de pandora; como si hubiera sido tan ágil como lo fue Pandora, la cuñada de Prometeo, que al abrir la caja la cerró tan rápido de nuevo, que todos los males se salieron y sólo quedó atrapada la esperanza.

Sus abuelos la llevaban con frecuencia a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús; luego, allá en la capital, cuando fue más grande, se alejó un poco de la religión; pero allí, en Zapotlán de Juárez, la imagen de la santísima virgen era la receptora de sus ruegos de  esperanza, en ese caso de la vida eterna, agrupando las virtudes que divulgaba Santo Tomás de Aquino de alcanzar los medios para llegar a ella. El lóbulo frontal de su cerebro, en conjunto con otras redes de carácter psicoemocional, configuraron el circuito de sus esperanzas. Estaba tan aferrada a ellas como prescrita a una esperanza de una vida muy larga (y ella aún espera que en realidad se cumpla; al morir el marido tenía cuarenta y siete y espera negociar el centenario con quien tenga que hacerlo: tal vez—como dicen algunas gentes de nuestra moderna civilización— ser lo que comemos, y negociar entonces con lo que se eche a la boca). Con el tiempo se han ido llenando sus esperanzas con cosas que corresponden a sus expectativas, a excepción de que no fue madre soltera: cayó en los mareos del enamoramiento y es madre de dos hijos.

En el pueblo jugaban en el parque central, frente al palacio municipal de doce ventanales arcados y su reloj vigilante de los lánguidos tiempos polvorientos, en su curioso kiosco, a nivel de piso, de techo abovedado, soportado por seis columnas lisas, y en su plaza terrosa. Terminaban sucios hasta los párpados. Los zapatitos de charol de Osmaira no aguantaban y los calcetines blancos con ribetes y borlas en sus orillas rara vez quedaban servibles para otra puesta. La abuela se rompía el lomo sobre el lavadero y muchas veces los calcetines se deshicieron en sus manos mientras los tallaba en la tarja corrugada de cemento. Entonces Osmaira lloraba como desesperada al ver rotos y para la basura aquellos pequeños adornos de sus pies flacos y desnutridos. Su hermana lloraba igual por los suyos y las primas ni qué decir: se soltaba entonces una lloradera de espanto por las tardes luminosas, y hasta el viento frío se arrugaba. La casa se volvía una especie de lamento: doce o trece niñas llorando al mismo tiempo. Empero, el llanto suele ser reparador, y recobraban fuerzas para saltar otra vez entre el polvo frente al reloj eterno del palacio municipal.

A los dieciséis años se cumplió su primera esperanza: su madre la llevó a vivir con ella a Coyoacán. A diferencia de lo que ocurrió con sus abuelos, llegó a un departamento compartido con los hermanos. De cualquier modo se sintió feliz: estaba con su madre y justo enfrente del colegio de bachilleres cuatro en el que se inscribió enseguida. Si debía hacer una carrera era necesario cursar antes el bachillerato. Era aún la época en que la comunicación con su madre era difícil para los tres hermanos. Nadie sabía a ciencia cierta lo que había pasado en el corazón de su madre antes de que ellos nacieran: había tenido tres hijos y dos parejas, nunca se casó y vivía sola. Daba la impresión de que los hijos llegaron casi a la buena de dios. Lo indispensable nunca se había dicho: “¿Cómo se llaman los padres?, ¿de dónde vinieron?,  ¿a dónde fueron?, ¿dónde trabajan?, ¿eran altos, chaparros, morenos, latinos, blancos, negros, de ojos cafés, verdes, azules?, ¿dónde viven?, etcétera, etcétera”; a la postre nunca supieron y la exasperación de los hijos, sobre todo la de la hermana mayor, nunca se contuvo y aún hoy en día el trato con su madre es lejano y complicado. Por su parte, desde el día en que puso un pie en la casa, Osmaira utilizó lo que tuvo a su alcance para mejorar la relación y comprenderla; decía que sería paciente como una tortuga, y en realidad lo había sido; aunque también por lo mismo se casó apenas tuvo la oportunidad: hacer su vida era lo primero y componer la relación con su madre lo segundo, siempre y cuando la tortuga que llevaba dentro se lo permitiera. Fue la época también en que empezó a convertir en una obsesión a los umbrales; tanto como la parte inferior de los escalones de una puerta, como el punto exacto en que un estímulo ocasiona la transmisión de un impulso nervioso: pasar la vida a otro estadio. Los convirtió en un concepto que vive con ella hasta ahora y que inició el día en que escuchó a su maestro de historia universal hablar sobre los portones de la antigüedad, de las compuertas feudales del medioevo y de las puertas de cristal de la época moderna. Para ella desde entonces las puertas han representado límites, alteraciones, curiosidad, incógnitas, fronteras, precipicios, inicio o fin, entrada o salida, encerrar, huir, volar. Palabras con las que ha caracterizado a los umbrales: el alféizar o el vano de la puerta. Podría inclusive no haber puerta, sólo una señal, un letrero, una cinta, una raya pintada en el camino. Las fronteras entre países o incluso entre estados son puertas, umbrales imaginarios al ser representados únicamente por un letrero en la carretera. Nuestros pasos están condicionados a esos umbrales, a esas señales: unas puertas dan libertad, otras, sometimiento.

La idea de los umbrales contribuyó sobremanera para que, muchos años después, Marcelo se aferrara a su relación con ella: estas ideas apasionaron tanto la pluma del escribidor desconocido que hubiera sido un idiota si las dejaba ir. En sus primeras conversaciones a él se le ocurrió decir: «Como las ventanas.» Pero ella tenía una idea muy precisa en relación a “sus puertas”.  Le aclaró que no era posible sacar una silla y ponerla bajo el marco de la ventana y sentarse. Eso sólo podía hacerse bajo el marco de la puerta. Sentarse a descansar, a reponer fuerzas, a ver la gente caminar, a saludar a los vecinos, a tejer, a leer un libro. Las personas que sacan su silla en el umbral regresan a su pasado remoto en la provincia, a sus pueblos. En la casa de su madre no lo pudo hacer por tratarse de un departamento y la vista del pasillo no era muy agradable. Pocas veces lo hizo en casa de los abuelos sobre el periférico, porque si bien es de dos niveles con una planta baja a orilla de la calle, el congestionamiento vehicular de la lateral de la gran vía es de casi todo el día, y sólo pudo ver pasar los bólidos apresurados, sucios. Los capitalinos si ven a alguien sentado en su puerta se ríen de él, le sacan la lengua y podría ser que hasta los ojos. En casa de los abuelos, en Zapotlán de Juárez, siempre estuvo bajo el marco de la puerta conversando, comiendo manzanas, criticando a los vecinos, haciendo maldades de adultos e insultando en lo bajo a los chiquillos traviesos que se burlaban de sus calcetines percudidos.

Las puertas no son obstáculos, son límites, fronteras, un paso a otra cosa. Entonces Marcelo, a unos años de haberla conocido, le comentaba que sería como el pontón del río Hondo en el culo del mundo, frontera con Honduras Británica. «De éste lado—le decía—son artesanías, celadores panzones, agua de coco, dulces ponteduro, el hablar aporreado de los peninsulares. Pero una vez cruzado el río, a solo veinte pasos, el mundo cambia: negros monumentales, algunos de ojos verdes y fornidos, mulatas nalgonas, un inglés criollo imposible de entender (aunque más cercano al británico que al americano), olor a levadura, pastos infinitos, carreteras sinuosas bordeadas de pastizales, casitas de madera construidas al centro del solar rodeadas de cercas blancas de madera, panes gordos y olorosos, marcos con la fotografía de la reina Isabel colgados en las paredes de la sala de las casas, un olor y un sabor diferente.» Confirmaba la incertidumbre que suponía cruzar una frontera, dar un paso hacia adelante en un umbral: conocer el mundo abriendo y cerrando puertas. Para Osmaira la vida era un pasadizo lleno de puertas en las paredes laterales, unas buenas, otras malas. Era difícil saber qué puerta abrir o en cuál tocar. Había que estudiar mucho las posibles consecuencias. Descifrar qué puertas atravesar era de los más difícil y muchas personas fracasaban. Para ella a eso se debía la pobreza y la falta de oportunidades. «No nos han enseñado a abrir las puertas, las buenas puertas.» A eso también se debía la violencia, los homicidios de todos los días, la impunidad, las catástrofes antropogénicas, las epidemias y pandemias: «Por alguna puerta debió haber salido el virus, o por alguna puerta debió haber entrado al primer cuerpo humano», decía. Algunos años después de conocer la historia de Macario y sus decisiones, había de recordarle a Marcelo sus incontables discusiones sobre aquel tema de los umbrales: ¿Qué puertas había tocado y abierto Macario? ¿Cuáles puertas nunca llegó a tocar porque no se le dio la gana? ¿Las puertas para él representarían encierros y caminos para la preparación de delitos, o sólo serían castigos para pagar culpas? Las puertas y los umbrales de Osmaria serían el centro de las largas conversaciones que tendría con su querido Marcelo.

Viviendo en Coyoacán se reencontró con su madre y la vida le cambió. Era ya una adolescente, los años de niñita juguetona habían terminado y muy pronto empezó a enfrentar una vida de adulto. En un principio era común que salieran juntas al centro de Coyoacán en donde no sólo los esquites y los elotes de la plaza Hidalgo las esperaban, sino también la parroquia San Juan Bautista y el museo Frida Kalho. Alguna vez Osmaira quiso ir al Museo Casa León Trotsky, pero su madre se opuso: para ella era un sitio en el que se había cometido un asesinato y eso la ponía nerviosa. Al final fueron, pero no entraron, sólo la vieron desde fuera y regresaron a casa.

 

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Tres cosas Osmaira no perdonaba cuando salían: los pozoles del mercado atrás de la parroquia San Juan Bautista, los helados junto a la plaza Hidalgo y el café El Jarocho en Allende con Cuauhtémoc. Apenas bajaban del camión en la plaza, los pozoles de todos los colores les llamaban con sus aromas, el humeante caldo con garbanzos y el olor de la carne de cerdo o de pollo se pegaba en sus narices y las conducía por el camino apropiado aún con los ojos cerrados. En ese sitio también les llamaban con su humareda los tacos de lengua y trompa. Tal vez fue en la época en que sus orígenes genéticos se retorcían de angustia por lo que significaba tantos lípidos. Los helados de múltiples sabores contribuían sobremanera con este proceso, aunque los que más solicitaba la pequeña y bella Osmaira eran los de pistache, de piñón, aguacate y el exótico de pétalos de rosa—elaborado con huevo, azúcar, vainilla y pétalos de rosas rosados o rojos. Solangel, su madre, no se iba de la heladería si no comía uno de pulque y otro de chile jalapeño. Parecía su ración: le explicaba a la hija que si no lo hacía no dormía en una semana; no podía deshacerse de esos sabores si no los comía en el instante en que el cuerpo lo pedía. «¿Cómo si se tratara de una atracción sexual?, le preguntaba la hija, y se morían de risa. Después de los helados no se lo perdonarían si no iban al café. Para Solangel eran obligados sus expresos americanos con una dona de azúcar, y a Osmaira no le faltaba su capuchino frío con su dona de chocolate. Con el tiempo El Jarocho recibió varios Awards  internacionales como el Bizz Award 2006 a la Excelencia Empresarial (Nueva York), y la Estrella de Oro al Mérito Empresarial por la Worldwide Marketing Organization de Holanda. Hoy en día el café sigue dando batalla y satisfacción a los chilangos.

Los fines de semana, por la mañana,  las mujeres no estaban satisfechas si no agarraban el camión en Rosa María Sequeira hasta avenida Taxqueña para dirigirse luego al  mercado de Coyoacán  a comer quesadillas, sopes y tostadas de pata. No había lugar en todo el país en donde los hicieran igual. La harina de maíz elaborada en nixtamal y la manteca de cerdo de los sopes, los frijoles y la carne se deshacían en la boca de las mujeres. Las quesadillas de huitlacoche y sesos eran las que más pedía Osmaira, pensando tal vez en que aquello podría aligerar su aprendizaje de cálculo integral y diferencial en el colegio de bachilleres. Estaba segura que aquello le estaba haciendo más redondas las piernas y las caderas pero no podía parar. Luego iban caminando a la capilla de la Conchita, atrás del mercado de comida, cerca de la parroquia San Juan Bautista. Allí Solangel se arrobaba por varios minutos frente al altar mayor mientras la hija esperaba sentada en una de las banquitas metálicas de la placita frente a la iglesia. Osmaira nunca le preguntó a su madre por qué todos los sábados y por qué en esa iglesia iba puntualmente a arreglar asuntos con la divinidad. ¿Su vida anterior se lo pedía? ¿Lo había prometido a alguien? Nunca supo. La hija era, y ha sido siempre, una escéptica respecto al valor de las promesas (a menos de que dependieran de ella en un cien por ciento), y no le preguntó siquiera si era creyente o no. Respetaba el libre albedrío y las decisiones de la madre. A ella no le importaba porque se entretenía viendo las palomas de castilla revoloteando en las copas de los árboles y echando cagadas por donde quiera. Algunos sábados los viveros de Coyoacán recibían la visita de las mujeres enfundadas en sendas vestimentas deportivas, pants y chamarras, caminando y trotando por los pasillos terrosos del parque. Atravesaban por el auditorio al aire libre, el área de las compostas, por el semillero y cerca de un gran humedal que se extendía desde los altos cedros y nogales; las sombras alargadas de castañas, fresnos, palmas, peras y pinos cobijaban su paso; eran observadas y canturreadas por múltiples ojos y picos de carpinteros, colibríes, azulejos y gavilanes volando sobre sus cabezas. Las ardillas eran las más visibles atravesando pasillos y subiendo y bajando por los árboles, comiendo nueces. Esas salidas fueron el primer paso para ir uniendo sus vidas hasta entonces desperdigadas. El segundo paso lo daría Osmaria muchos años después, cuando su hija Ariadna había llegado a la adolescencia, ella cumplía treinta y dos años, y experimentaba entonces un tipo de cariño distinto; una forma diferente de entender a su madre.

El Hijo del Cuervo fue de sus bares favoritos cuando se acercaba a los dieciocho y las salidas con su madre se hicieron más esporádicas. Comenzó yendo con la hermana, que para entonces ya andaba por casarse. Era un lugar de copas, música y cultura que desde 1986 transformaría el corazón de Coyoacán. Oían rock alternativo, Jazz, electro pop y metal. A ella le gustaba la cerveza artesanal o su clásico kalimotxo (un coctel de vino tinto, hielo y refresco de cola o cerveza). Algunas veces se emborrachó entre tequilas y rones. Su ubicación a la orilla del Jardín Centenario, casi frente a la fuente de los coyotes, les deba seguridad. Además, eran otros tiempos: estaba por ser, o era ya, presidente, Carlos Salinas de Gortari y la negociación con los narcos era evidente: había pocos asesinatos, las guerras entre bandas enemigas eran escasas, las rutas del trasiego de droga a través de toda la república hacia los Estados Unidos se desconocía, los índices de drogadicción en el país eran bajos, y la extorsión, el derecho de piso y los secuestros no eran negocios abiertos: habían muy pocos y aislados. Luego Osmaira empezó a ir al Hijo del Cuervo con sus amigas de bachilleres. Casi cumplían con una rutina: se sentaban en la terraza (donde se mantenía la esencia del Coyo: llegaba aún el aroma del copal y el trasiego de los puestos sabatinos de los hippies y artesanos); luego, después de algunas cervezas y botanas, entraban y se perdían en una de sus esquinas favoritas desde donde se observaba todo el ambiente del bar. Adela, una de sus mejores amigas, fue la primera que vio a Hazael sentado en la barra de la cantina. Lo vio de espaldas, estaba solo y llevaba una chamarra de cuero, parecía de ternera o de chivo. Fumaba cigarro tras cigarro y tomaba tequila del bueno. Adela codeó a la amiga: «Mira lo que está sentado ahí.» Ella volteó y aquello no le pareció gran cosa: el pelo hirsuto, las patillas largas, una especie de animal lampiño, su cabeza parecía como un huevo puesto sobre un cuerpo regordete, los ojos algo saltones, unas entradas de calvicie prematura. Sus facciones no eran muy agraciadas y así se lo dijo a la amiga. Adela insistió y dijo que iba al baño a ver si pasaba algo. Habían dos mujeres más en el grupo y entre ellas y Osmaira siguieron una plática a gritos sobre los modales del maestro de química: pareciera que el sujeto buscaba el premio nobel construyendo una teoría de algo que nadie entendía. Al explicar las tablas de equivalencia, palidecía, tanto por teorizar en exceso y volcarse en nombres de autores y fechas de sus descubrimientos, como por los accesos de tos que le sobrevenían de tanto esfuerzo de las neuronas. Además, durante ese frenesí de perderse en pasadizos insondables, se despistaba entre los metales y los no metales y confundía la simbología del sodio con la del silicio, la del calcio con la del cloro, o la del níquel con la del nitrógeno. Cuando alguno de los alumnos lo sacaba de balance con la grosería de levantar la mano para hacer una pregunta, ponía los ojos por encima de los lentes, lo miraba como si estuviera en otro mundo y hacía un movimiento de cabeza de abajo hacia arriba (como preguntando: ¿qiubo?, ¿pasa algo?, ¿tienes que irte?) El alumno le hacía ver que se había equivocado con los símbolos del sodio y el silicio o con los del níquel y el nitrógeno. Entonces rotaba la cabeza de manera muy lenta unos cuarenta y cinco grados hasta estar de cara frente al pizarrón repleto de cifras, signos y garabatos; se tocaba la barbilla observándolo con detenimiento, se movía en diferentes ángulos (tal vez porque el pizarrón, en algunas posiciones, brillaba por el efecto de la luz entrando por las ventanas abiertas), se rascaba la cabeza por sobre las orejas (la nuca más bien se la acariciaba porque ya estaba lisa, con apenas unos cabellos lacios recostados en la brillante calva), se bajaba de la tarima para ampliar su perspectiva, luego volvía a subir y se acercaba a aquel sector de la pizarra donde parecía estar el error, pegaba las narices tan cerca del pizarrón que podía sentir el olor del marcador sobre la superficie; y así, de espaldas al grupo, de repente, dejaba escapar de su garganta algo que parecía un grito incontrolable de lujuria: «¡ARROZ, AQUÍ ESTÁ EL INTRUSO!». Las primeras veces toda la clase había estallado en risotadas, algunos se retorcieron en serio y hubo hasta quienes salieron del salón para reírse a gusto. Conforme pasó el semestre, cuando ocurría algún error, el alumno que lo descubría, simplemente se ponía de pie, tomaba el marcador del escritorio y sin decir palabra corregía los datos. Todo esto porque en las primeras tres veces que ocurrió aquello, después de vociferar su grito acostumbrado y de las consiguientes risotadas, le pidió al alumno que había descubierto el error pasar a realizar la corrección. De modo que los alumnos se habían acostumbrado y cambiaron el hecho de retorcerse a carcajadas por esbozar una sonrisa, pasar al frente y hacer las correcciones sin que mediaran palabras ni instrucciones del profesor. No obstante aquello, el académico continuó profundizando en los análisis teóricos buscando encontrar sus propios temas de investigación: deseaba en un futuro ser postulado para ese premio internacional que muchos buscan y pocos reciben. Ellos, sus alumnos, opinaban diferente: pensaban que si el profesor era postulado para algo, sería para recibir su pensión e irse a descansar a su casa.

Del profesor de química pasaron al de matemáticas. Pero a éste no por lo que sabía o no sabía, sino por su semblante: con sus lentes y cara de tortuga se parecía al personaje Donatello de las tortugas Ninja. Desde el primer día de clases, su nombre de Roberto fue cambiado por el de Donatello. Al hablar de él los alumnos se referían a Donatello por aquí a Donatello por allá: era su estigma. En la mesa del bar recordaron muertas de risa que había sido él el culpable de su apelativo: en el primer día de clases les informó que su deporte favorito era el karate y que había llegado a ser cinta negra. Apenas terminada la frase, hizo un movimiento de esos en el que se lanza la patada para dar en la cara del contrario y caer al piso parado. Todos se sorprendieron de su agilidad, y de la sorpresa pasaron a la broma: «este es Donatello, no hay duda.»

 

 

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Mario Pérez Aguilar (Chetumal, 1954) es economista por la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Ciencias por la Universidad de Michigan, USA. Es autor de los libros de cuentos El motivo de Benjamín (1996) y La historia que viene (2005), y de las novelas Los artificios del agua turbia (1995), Tercera llamada (1997), Por aquí se dan muy bien los muertos (2000), Luna Menguante, historia de un asesinato (2014) y Las mujeres del profesor (2020). Obtuvo mención honorífica en el concurso de cuento “Como el mar que regresa” en 1999 con su cuento “El juez vencido”. Ha sido becario del PECDA para escribir “Las mujeres del profesor” y “Luna Menguante”, servidor público por más de 40 años y docente en materia económica en varias universidades. Actualmente vive en Cancún.

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