Tamul 

 

Eres, río, un golpe caudaloso de canto

virados gestos de arena en los bolsillos

estertores de piedras gordas

y mucha agua,

en el grito de la calle silenciosa.

 

En mi andanza huasteca

una falda llegó con sed

muda de humedad y hongos

callada de guijarros y puentes.

 

Allá en Valles

el río está en todas partes

no sólo en la avidez o en el hambre.

 

Para escucharlo,

cierra los ojos y piénsale

llegará solo

como el mejor recuerdo

como el amigo solitario a quien no se convocó.

 

Es la gota de sudor, la abeja

el cañaveral infinito

la rama desgarbada de la palmera

el mandil almidonado o la camisa

es el río, siempre el río.

 

El río está en los piensos de todos

en la boca de nadie

en el grano del maíz

que revienta asediado en el comal

en la luz, la sombra, las llanuras y mesetas

en la carretera densa y la hierba fluorescente

en el musgo de insistencia y abandono

en el camino, la crecida y la cascada:

estruendo acorralado entre las piedras.

 

En el humo y el salitre

río, agua y piedra son lo mismo.

 

Huérfano de humedad

es este corazón que escribe río

tan desabrido y lejano

como su cuerpo en el desierto.

 

 

Lobera

 

Un paraje de arbustos saluda.

Enanos matorrales

preludian el acantilado

y verdes, persiguen tu paso

sin importar el soplo agresivo

que las mece.

 

Una oferta de bosque,

–ruta de arena petrificada–

se puebla de flores nimias

de agreste inspiración.

 

Y en medio de esa pasividad

de panoramas repetidos

uno se vuelve testigo

cuando el agua irrumpe

marina bajo el cielo

y pleno, se abre a la luz.

 

No hay incandescencia,

unos cuantos rayos refrendan

el testamento del fin de la tierra.

 

Esa finitud siniestra,

de caminos donde el agua

soba y traza socavones perfilados

de moluscos que muerden sin piedad

los muros de la tierra apelmazada.

 

Si se piensa en lobos

el corazón palpita

se siente perseguido.

 

Pero en ese baldío

de playas desoladas

hay lobos abismales de ternura.

 

Tendidos bajo el sol

dormitan sosegados y sin miedo

un cansancio eterno

en la herida que las fauces

del agua bravía

ha hecho con esa inmensidad.

 

 

 

****

Rosa Espinoza (Mexicali, Baja California, 1968). Es poeta, narradora, diseñadora, editora y guionista para la radio y la televisión universitaria. Su trabajo ha sido incluido en antologías y revistas literarias como Tierra AdentroCírculo de poesíaGeneraciónOmbligoNavegaciones ZurAquilónPeregrinos y sus letrasBordersensesRío Grande ReviewEl Septentrión, PlásticoBlanco Móvil, por mencionar algunas. Su obra se ha incorporado en las antologías Bethoviana (UABC, 2001), Nuestra cama es de flores (Cecut, 2008), Mapa poético de México (2009), Antología de poesía del Encuentro de Poetas en el País de las Nubes (2015), Anuario de poesía de San Diego, entre otras. Es autora de Señero (2014), Postales de Inglewood (Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro 2017) y Cuadernos de la dispersión recibió Premio Estatal de Literatura de Baja California (2018). Es propietaria, editora y gestora de Pinos Alados.

 

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1 comentario

  1. Me encantaron tus poemas, Rosa. ¡Felicitaciones!

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